Las cicatrices del ayer (Montana 1) Capítulo 42
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Capítulo 42

Livingston, Montana

Noviembre

—Brooke—

Dairon sigue sentado a mi lado, pegado al taburete en el que me encaramé frente a la isla en cuanto Emily me hizo entrar en la cocina.

Me mira con esos ojos golosos, moviendo el rabo con un ritmo acompasado que golpea suavemente la madera.

Tengo entre mis manos la segunda taza de chocolate caliente.

En un principio, venía convencida de que necesitaba la bofetada de cafeína de un buen café negro, pero al cruzar el umbral, el olor a bizcocho recién horneado y chocolate fundido asaltó mis fosas nasales, arrastrándome a un rincón de mi memoria que se sentía cálido y seguro.

Emily tiene repartido sobre la isla un buffet digno de un hotel de lujo, una mezcla perfecta de dulce y salado.

Mientras me sirve, me explica que ahora regenta este lugar como un Bed por su cara de amargura, está claro que no tenía muchas esperanzas de que este fuera su hogar.

Recuerdo vagamente que no tenía padres biológicos.

Quizá era demasiada información traumática para una cría tan pequeña, solo sé que ellos le abrieron las puertas de su corazón.

Según avanzo frente a la estantería, las imágenes dejan de ser simples fotos para convertirse en ventanas de recuerdos que estallan frente a mis ojos.

Voy recuperando esos fragmentos del pasado que me fueron robados, pero no regresan con suavidad; regresan con la violencia de un alud que lo arrasa todo a su paso.

El silencio en la habitación se vuelve denso, hasta que solo queda el sonido de mi propio corazón golpeando contra mis costillas, un eco sordo y desesperado que retumba en mis oídos.

Mis ojos se clavan en una instantánea concreta: un chico joven, con esa misma mandíbula fuerte y una mirada que ya entonces parecía cargar con el peso del mundo, sale abrazado a un Dairon mucho más pequeño, que le lame la cara entre risas.

Me quedo paralizada. El aire se vuelve sólido en mi garganta, un nudo que me impide inhalar.

Siento que mis pulmones colapsan, incapaces de procesar el oxígeno que necesitan.

Alzo una mano para coger el marco, pero el temblor es tan errático, tan incontrolable, que mis dedos apenas logran rozar el cristal frío.

«No puede ser. No, no, no…».

Pero las esquirlas de los recuerdos, las cicatrices del ayer, ya se me han clavado hasta en la piel, desgarrando la venda que mi cerebro me impuso para sobrevivir a otra vida.

Siento una ráfaga helada colándose en mis entrañas, una punzada eléctrica que me recorre la columna al entender que he estado durmiendo con mi pasado, besando a mi infancia y entregándole mi cuerpo al único hombre que mi mente se había esforzado en borrar para no morir de tristeza.

He sido desbloqueada. El muro de contención se ha roto y la riada de la verdad me arrastra sin piedad.

«Sé quién eres».

«Aprendí a hacer trenzas cuando era un niño».

«Nebraska y Alabama… da mala suerte cambiarles el nombre».

«Perrito caliente completo».

«Pequeña».

«Te he echado de menos».

¿Cómo he podido estar tan ciega?

—Brooke… —una voz me sobresalta y llevo mi mirada acuosa hacia ella.

Ahí, ocupando prácticamente todo el marco de la puerta, está él.

Jack… o, mejor dicho, Jackson. Sigue vestido con los tejanos de ayer y una camiseta.

Aún tiene los ojos azules soñolientos y satisfechos de quien acaba de despertar de una noche perfecta.

El pelo revuelto y la marca de la almohada en el rostro le proporcionan un encanto que me deja aturdida un instante.

Sin embargo, al ver que no me quita los ojos de encima y me observa con una expresión intensa, un pellizco de ansiedad se implanta en la boca de mi estómago.

Se acerca a mí con tiento. Yo no me muevo; estoy petrificada. Mi cerebro intenta encajar las piezas a mil revoluciones por segundo.

«No puede ser… simplemente no puede ser».

Pero lo es. Lo he tenido frente a mis ojos todo este tiempo.

Por eso me resultaba tan familiar, por eso mi cuerpo lo reconocía antes que mi mente.

Soy un nudo de nervios y lo único que puedo sentir con claridad es el calor que emana de su cuerpo hacia mí, atravesando la delgada tela de mi camisa, que en realidad es suya.

Nos quedamos cara a cara, tan cerca que puedo distinguir el patrón de motas amarillas que salpican su iris azul.

Mis pies siguen anclados al suelo. Él se atreve a acariciar mi mejilla con los nudillos, con una dulzura extrema, con la mayor ternura que he visto jamás reflejada en unos ojos.

Una pequeña sonrisa empieza a tirar de sus comisuras.

El corazón me da otro vuelco al reconocerlo de verdad. No sé de dónde saco la valentía para preguntar, pero lo hago.

—¿Jackson?… —mi voz tiembla, rompiéndose en el aire—. ¿De verdad eres… mi Jackson?

Él asiente lentamente. Al parecer, ha estado esperando este segundo durante dieciocho años.

—Joder, ya era hora, pequeña —suspira con un alivio que parece arrancarle el alma. Pasa un brazo por detrás de mi nuca y me atrae hacia su pecho con firmeza—. Sí que has tardado en volver a casa.