Las cicatrices del ayer (Montana 1) Capítulo 41
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Capítulo 41

Livingston, Montana

Noviembre

—Brooke—

Nunca había estado tan sumamente cansada y, a la vez, tan deliciosamente dolorida. Tras nuestro despertar, mucho antes de que el tímido sol de noviembre se atreviera a asomar entre las nubes, me refugié en la ducha.

Estaba abrumada. También sudada, con el pelo convertido en un nido de nudos y ese embriagador aroma a sexo pegado a la piel que parecía gritar lo que habíamos hecho a un kilómetro de distancia.

Mientras el agua se empezaba a calentar, mi mente voló a la noche anterior.

Cuando bailaba en la pista y vi su sonrisa entre el público, corrí hacia él por instinto, pero jamás imaginé que terminaríamos así.

Llevaba semanas reprimiéndome, gritándome por dentro que no sucumbiera, que abrir esa puerta sería mucho peor.

Lo último que quiero es romper a Jack… y sé que soy experta en dejar ruinas a mi paso. Él no se merece eso.

Pero, ¿qué se supone que debía hacer tras sus palabras? ¿Cómo ignorar a un hombre que me confiesa, con esa mezcla de devoción y dolor, que se muere por besarme? Me dijo que en sus brazos cualquier problema tendría solución. Y, por primera vez en mi vida, lo creí.

Llevaba apenas dos minutos con el chorro de agua cayendo, perdida en el peso de lo susurrado y lo callado, cuando la puerta se abrió.

Jack me levantó en volandas por el abdomen antes de que pudiera protestar.

Solté una carcajada limpia, vibrante. Con él, todo tiene una facilidad pasmosa, una familiaridad que me asusta; es como si este hombre me conociera de otra vida.

Intenté balbucear que necesitaba un respiro, que si seguíamos a ese ritmo iba a terminar conmigo, pero él solo arqueó una ceja con esa sonrisa lobuna y sexy que me robó el aliento.

—Solo quiero ducharme contigo, pequeña —prometió.

Y así fue. Al menos, los primeros cinco minutos.

Jack tomó el control. Me guio bajo el torrente de agua caliente, enjabonándome con caricias lentas, casi mortíferas por la carga de dulzura que arrastraban.

Desdibujó cualquier rastro de tensión en mis hombros y me lavó el pelo con una delicadeza que me encogió el corazón, haciéndome sentir pequeña, cuidada, protegida del resto del mundo.

Durante años me he grabado a fuego que soy una mujer independiente, que no necesito a nadie.

Pero allí, envuelta en el vapor y en sus manos grandes, descubrí que sienta malditamente bien apagar el cerebro un momento y dejar que sea otro quien se ocupe de ti.

Era mi primera vez compartiendo algo tan íntimo como una ducha.

Mis últimos meses se estaban convirtiendo en un catálogo de «primeras veces» con él.

Y mientras me enjuagaba, una punzada de celos —un sentimiento desconocido y amargo— me atravesó el pecho al pensar si él solía resguardar a otras mujeres exactamente de la misma manera.

—¿Esto lo haces con todos tus ligues? —solté, intentando sonar divertida y despreocupada.

Fallé estrepitosamente.

Jack se detuvo. Su voz se deslizó cerca de mi oído, cargada de una vibración que me hizo temblar.

—¿De verdad quieres saber eso?

—Puede… —respondí, sintiéndome ridícula.

Me giró con un movimiento audaz, obligándome a chocar contra su cuerpo sólido y desnudo.

Estaba empapado; podía ver las gotas resbalando por su torso bronceado y sentir su excitación, firme y clara, presionando contra mi vientre.

Me sostuvo por la espalda, pegándome a él hasta que no quedó espacio entre nosotros, y me obligó a mirar ese cielo azul que tiene por ojos.

Acarició mi mandíbula con los nudillos, con una seriedad que me cortó el aliento.

—No.

Una sola palabra. Directa. Sincera. No necesitó darme una lista de exnovias ni explicaciones baratas.

Supe que era verdad. El alivio que sentí fue tan inmenso que solté un suspiro que llevaba retenido horas.

Y la culpa de lo que vino después fue toda mía.

Me puse de puntillas y lo busqué. Quería que fuera un beso de agradecimiento, algo casto, pero entre el vapor, la desnudez y el calor abrasador que Jack desprendía, mis buenas intenciones se evaporaron.

—Eres hermosa, Brooke —gruñó contra mis labios, recorriéndome con una mirada que me hizo sentir la mujer más deseada del planeta—. Y tentadora. Muy tentadora.

Me empujó suavemente hacia atrás hasta que los azulejos fríos chocaron contra mi espalda. El contraste del frío de la pared y el calor de su cuerpo postrado ante mí me dejó en shock. Allí, con las rodillas temblando y el baño inundado de un vaho espeso por nuestros jadeos, volví a perderme.

Contemplo a Jack unos minutos más, los suficientes para vestirme con su camisa —que me queda enorme y huele a él, a esa mezcla de bosque y hombre que ya se me ha instalado en el cerebro— y calzarme las botas.

Saboreo cada segundo al verlo así: desaliñado, desnudo entre las sábanas revueltas y…

terriblemente sexy. Me he dado por vencida; es inútil buscar un solo ángulo en él que no me resulte una tentación.

Duerme con una paz que me hipnotiza. Me pregunto si alguien lo echará en falta en el rancho, porque sé que es de los que no fallan al trabajo jamás.

Jack vive por y para esta tierra, no conoce los días libres.

Sentir que soy la responsable, y a la vez experimentar ese orgullo extraño y cálido que me ensancha el pecho, de saber que soy la única persona en el mundo capaz de hacer que se olvide del reloj, de las obligaciones y del trabajo hasta las diez de la mañana, me dibuja una sonrisa inevitable.

Con un vuelco cálido sacudiéndome por dentro, cierro la puerta con sigilo. Lo hago despacio, conteniendo el aliento, como si intentara resguardar la paz de su descanso de la cruda realidad que me espera al salir al exterior.

Al levantar la vista, el mundo real me golpea de lleno.

Anoche la oscuridad lo camuflaba todo, pero ahora, bajo la luz moteada del sol que lucha por atravesar las nubes, el paisaje es abrumador.

El valle se extiende como un mar verde infinito, salpicado de cabañas, pero mis ojos se clavan en un punto concreto: un gran árbol en la lejanía con un viejo columpio colgando de una rama robusta.

El corazón se me contrae con una violencia tan brutal que me drena los pulmones.

Escenas que creí haber sepultado en el olvido regresan a mi mente como fogonazos cegadores, quemándome por dentro.

Siento un pinchazo agudo, físico y lacerante en el pecho al comprenderlo todo.

Aquel niño… el niño que un día fue mi mundo entero… me olvidó.

Tuerzo el gesto, frunzo los labios y noto cómo mis cejas se juntan en un gesto de confusión.

Algo en mi interior hace un «clic», pero mi mente se resiste a procesarlo.

Es como si estuviera viendo una película cuya trama me resulta familiar, pero no consigo recordar el título.

Sé que todo esto significa algo, pero hay un muro de hormigón en mi memoria que me impide cruzar al otro lado.

Dicen que el cerebro es experto en borrar aquello que nos rompió el corazón para permitirnos seguir caminando.

Y yo me rompí hace dieciocho años. Por eso, aunque los fogonazos de recuerdos me asaltan como cristales rotos, me niego a creer lo que tengo delante.

Aquel niño es un fantasma que vive en una parte de mi alma que juré no volver a visitar.

Arrastro los pies por el césped húmedo, escuchando cómo la hierba cruje y se queja bajo mis botas en un susurro constante, y giro despacio sobre mí misma.

Intento forzarme a disfrutar del paisaje, a buscar algo de paz en la inmensidad, pero el frío que me cala los huesos y me congela la sangre no tiene nada que ver con el viento de noviembre.

Al completarse el giro, choco de frente con la realidad.

Una gran casona emerge al fondo, imponente, enmarcada por las mismas montañas que vigilan mi ventana cada mañana.

El aire se me atora en la garganta y me quedo completamente paralizada.

«Recuerdo esa casa».

Trago con dificultad. Camino hacia la entrada con nostalgia.

«Emily», murmuro para mis adentros.

«Robert», repito.

«Jackson».

Pronunciar esos nombres es doloroso. Los recuerdos se desbordan: tardes enteras horneando bizcochos con Emily, el olor a harina y azúcar; las subastas de terneros con Robert; las risas que llenaban cada rincón. Y, sobre todo, nosotros.

Éramos inseparables. Escapábamos de noche para tocar el cielo con los dedos bajo las estrellas.

El columpio… ese columpio se fabricó específicamente para mí.

Recuerdo el sonido de mis risas mezcladas con sus refunfuños de niño mayor que intentaba hacerse el duro mientras me empujaba.

Los baños en el río que se alargaban hasta el anochecer.

Nuestra primera Navidad. Aquellos bailes ridículos bajo las tormentas, celebrando la lluvia como si fuera magia.

Él era mi universo. Y yo, una niña de cinco años, que sentía por él una devoción que no ha vuelto a repetirse.

El nudo en mi garganta crece hasta quemar. ¿Cómo pude olvidarlo? ¿O cómo pudo él dejar de buscarme? Las lágrimas amenazan con salir y lucho contra ellas, pero el dolor del abandono es más fuerte. Nadie luchó por mí. Nadie me escribió. Todos dejaron que me fuera como si nunca hubiera importado.

Estoy ahí, sorbiendo por la nariz y limpiándome las lágrimas de mis mejillas con la manga de la camisa de Jack, cuando la puerta de la casona se abre. Una mujer, tan hermosa como la recordaba, pero con la sabiduría del tiempo en el rostro, se queda de piedra al verme.

—Cielo… —susurra Emily. Sus ojos se abren de par en par, reconociéndome al instante a pesar de los dieciocho años de distancia.

—Emily… —mi voz es un hilo tembloroso—, ¿te acuerdas de mí?

No le hace falta responder. Se acerca con pasos lentos, estudiándome con una ternura ante la que es imposible luchar.

Veo el alivio en su mirada, esa sutil sonrisa que solía regalarme de pequeña.

Antes de que pueda decir nada más, se lanza sobre mí y me estruja en un abrazo.

Es un abrazo de madre, cálido, protector, de esos que mi propia madre nunca supo darme.

—Oh, cielo, pues claro. Te hemos echado de menos.

Ese «hemos» resuena en mi cabeza como un disparo. ¿Él también? ¿Jackson me echó de menos mientras yo creía que me había borrado de su memoria para siempre?

De pronto, algo húmedo me hace cosquillas en las piernas. Dairon. Mi amigo perruno me reclama con entusiasmo, lamiéndome las manos con devoción. Me agacho para acariciarlo, ocultando mi confusión.

—¿Qué haces aquí, amiguito? —le pregunto, aunque la pregunta va para Emily.

Ella me observa con una agudeza que me pone sobre aviso. Su mirada recorre la camisa de Jackson que llevo puesta y una sonrisa sagaz, casi de complicidad, ilumina su rostro.

—Oh, a este perro le encanta merodear por aquí —dice con naturalidad, algo sospechada sinceramente, como quien calla una verdad mucho más grande—. Vamos, entra en casa. Hay café y bizcocho recién hecho.

Dairon entra trotando, como si estuviera en su propia casa. Me debato un segundo entre volver a la cabaña con Jack o entrar en esa casa que huele a mi infancia. Al final, la promesa de respuestas y el aroma a dulce me ganan.

Necesito ese café. Necesito entender por qué este lugar me hace sentir que estoy despertando de un sueño de dieciocho años.