Las cicatrices del ayer (Montana 1) Capítulo 40
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Capítulo 40

Livingston, Montana

Noviembre

—Brooke—

Me despierto muchísimo antes de que amanezca.

La luz violácea y fría de la madrugada se filtra a través de las delicadas cortinas, dibujando sombras alargadas en las paredes de madera.

Estoy bocabajo, con la piel todavía sensible y el peso de la sábana blanca rozándome hasta la cintura.

Al intentar darme la vuelta, un tirón me recorre los músculos; es el placentero dolor entre mis muslos, el recordatorio físico del causante de mi desnudez.

Me giro y ahí está él.

Pensar en cada asalto de la pasada madrugada me hace sonreír contra la almohada.

Me ruborizo al recordar la urgencia de sus manos, la forma en que hundía sus dedos en mi pelo como si quisiera anclarse a mí, y cómo presionaba sus labios contra los míos con una fuerza que me dejaba sin aliento.

Aún puedo sentir su lengua reclamando la mía y los gemidos que no pude reprimir, vibrando directamente en mi bajo vientre.

Jack es insultantemente adorable mientras duerme.

Tiene el pelo revuelto, oscuro contra la tela blanca, y esa barba de varios días que le otorga un encanto salvaje, casi rudo, pero que se suaviza con la paz profunda de su rostro.

Tiene la marca de la almohada entre la mejilla y la ceja derecha, y su respiración pausada es el único sonido en la cabaña.

«Madre mía».

Un aleteo violento en el pecho me obliga a seguir admirándolo.

El corazón me late a un ritmo acelerado y el pálpito desciende, denso y caliente, hasta mi vientre.

Otra vez. Son palpitaciones que se instalan en mi pecho como una advertencia que no quiero escuchar.

No soy tonta; sé perfectamente qué significan.

Y no estoy preparada para que el nombre de Jack signifique «hogar».

Siento el corazón pleno, y eso es lo que más me aterra.

Esto no ha sido sexo vacío. Una parte de mí ya sabía que, con él, no habría una «mañana siguiente» sin consecuencias.

Lo que ha ocurrido entre estas cuatro paredes es algo más fuerte que el simple choque de dos cuerpos; es una conexión que se me escapa de las manos.

No debo sentir esto. No puedo.

Me debato entre el deseo egoísta de quedarme, de estirar estos días hasta que se conviertan en muchos más meses, años quizá…

, de arreglar las cosas con mi padre y ver qué demonios quiere regalarme el universo junto a Jack…

y el impulso visceral de largarme ahora mismo y no volver la vista atrás.

Este no es mi lugar. Estoy descuidando mi carrera, mi vida en Chicago y la relación con mi madre, a quien no le hace ninguna gracia que mi estancia en este lugar de mala muerte —palabras suyas— se alargue.

Intento acallar la voz de la razón, pero fracaso estrepitosamente.

Me giro un poco más hacia él y le estudio como nunca he hecho con ningún hombre.

Normalmente, mis encuentros terminan con un taxi a medianoche o un adiós apresurado antes del café.

Esta es mi primera vez «después de». Y resulta que es…

cómodo. Seguro. ¿Cómo sería compartir cada mañana con este vaquero?

¿Cómo sería compartir una vida entera con alguien como él?

Cuando soy consciente de lo que mi mente acaba de formular, el pánico me atenaza. Jack se ha enredado bajo mi piel, extendiéndose por mis venas como un incendio que no sé si quiero apagar.

He tenido novios, o al menos así los llamaba mi madre cuando me obligaba a salir con hijos de empresarios ricos para tejer alianzas en su mundo elitista.

Yo los llamaría rollos de una noche que se alargaban en el tiempo.

Pero nunca, ni una sola vez, me planteé un futuro.

Tras ver lo que mi madre sufrió —y lo que nos hizo sufrir a nosotros—, la idea del amor siempre me ha parecido un concepto sobrevalorado.

Un invento comercial muy útil para mis campañas de marketing de San Valentín, pero nada más.

No puede ser para mí. No debe ser para mí.

Jack empieza a moverse. En un acto de cobardía absoluta, cierro los ojos y finjo dormir.

No quiero que me pregunte si estoy bien.

No quiero hablar de «nosotros». Mi actitud es estúpida, se supone que soy una mujer madura, pero ahora mismo me siento como una niña pequeña escondiéndose bajo las mantas.

Percibo cómo se acerca. Su calor me envuelve incluso antes de que me toque.

Siento sus labios y su nariz rozando mi coronilla, bajando en una caricia lenta por mi sien hasta mi hombro desnudo, dejando a su paso un rastro abrasador que me recorre la espina dorsal y me eriza la piel en un escalofrío incontrolable.

—¿Estás despierta? —susurra contra mi oído.

Si la voz de Jack ya es un arma de seducción masiva, ese tono ronco, bajo y sexy de recién despertado es un golpe bajo. Siento un fuego avivarse en mi interior y me maldigo. Si pensaba que iba a ser capaz de dejar esto en una noche más, estaba jodidamente equivocada.

Gimo un poco, rindiéndome, y abro los ojos. Él deposita un beso suave justo donde late la vena de mi cuello.

—No sabes cuánto te he echado de menos, pequeña —susurra contra mi piel.

Frunzo el ceño. ¿Echarme de menos? Si ni siquiera nos hemos separado desde ayer.

Pero no me da tiempo a preguntar a qué se refiere.

En un movimiento veloz, cuela su brazo bajo mi cabeza y tira de mí hacia él.

Acabo apoyada sobre su pecho, rodeada por la inmensidad de su abrazo.

Sus dedos empiezan a dibujar eses en mi costado, un recorrido pausado que me electriza la sangre y me recuerda, con cada centímetro de piel erizada, que bajo su tacto ya no soy dueña de mí misma.

Mi cabeza descansa sobre el lado derecho de su pecho.

Tardo solo unos segundos en darme cuenta de que el latido que retumba contra mi oído es el de su corazón.

Bombea con una fuerza nítida, rítmica. Sentir su corazón golpeando al mismo ritmo frenético que el mío me alivia; al menos no soy la única cuyo pecho está a punto de estallar.

Apoyo la palma de mi mano sobre su piel desnuda para sentir el pulso más cerca.

Alzo la mirada, en un arranque de valentía, y me encuentro con la suya.

Es sincera, brillante, de un azul tan resplandeciente que duele.

El miedo me golpea de nuevo. Jack está derribando los muros que tardé años en construir, y la idea de que pueda ver lo que hay detrás me aterra tanto que suelto lo primero que se me ocurre para romper la magia:

—¿No deberías ir a trabajar? —Mi voz suena rasposa, atrapada por el nudo en mi garganta.

Jack, como siempre, me rompe los esquemas con una sonrisa lenta.

—No debería estar en ningún otro lugar que no sea aquí, contigo —se inclina y une sus labios a los míos en un beso que sabe a deseo contenido y a una urgencia tan dulce que me deja sin aire, recordándome que cada rincón de mi boca ya le pertenece tanto como el resto de mi cuerpo.

Si sé que esto va a acabar mal, si sé que voy a salir lastimada y que lo lastimaré a él…

¿por qué le devuelvo el beso con esta desesperación?

¿Por qué me muevo instintivamente para colocarme sobre sus caderas?

Él obedece de inmediato, guiando mis movimientos con sus manos fuertes.

Todo sería más fácil si él hubiera entendido que mi pregunta era una invitación para que se fuera, para que me dejara sola con mis fantasmas.

Pero en lugar de eso, nos perdemos de nuevo.

Le devuelvo cada caricia, cada palabra susurrada, cada pedazo de piel.

Sus manos grandes y callosas recorren mi cuerpo de forma tortuosa, como si estuviera memorizándome por si acaso desaparezco.

Sus besos húmedos siguen el rastro de sus dedos hasta que, con un movimiento ágil, me tumba de espaldas y se posiciona entre mis piernas.

Nuestros cuerpos encajan con una perfección aterradora, como si hubieran sido diseñados el uno para el otro.

—Buenos días —me dice, besando la punta de mi nariz.

—Buenos días —respondo, atrapada en su propia órbita.

Sonríe de esa forma que solo él sabe hacer, y por un momento, me olvido de Chicago, de mi madre y del miedo. Soy un amasijo de nervios, deseo y delirio.

No tarda en alcanzar sus pantalones en el suelo, igual que anoche.

Se pone protección y vuelve a cubrirme con su cuerpo.

Se hunde en mí con un gruñido grave, largo, que me vibra en los huesos.

Me embiste con una fuerza deliciosa, desesperado por reclamarme una vez más, pero hay algo en sus movimientos…

una forma de sostenerme, de anclarse a mí, que me dice que con él estoy a salvo de todo. Incluso de mí misma.

No puedo hacer nada más que gemir, perdida en la marea de sensaciones.

Mis dedos se clavan en sus antebrazos mientras su piel roza la mía, creando un incendio que lo consume todo.

Sus dedos se anclan a mis caderas, hundiendo las yemas en mi carne como si quisiera tatuarse en mí, dictando un ritmo rápido, pesado y profundo que me hace arquear la espalda en cada embestida.

La fricción es tan intensa que me quema por dentro; cada estocada me empuja un poco más hacia el abismo, y el sonido de nuestros cuerpos chocando inunda la habitación.

El ritmo apremia, el aire se acaba, y en un instante, la realidad se desintegra bajo nosotros, dejándonos a la deriva en una marea de placer tan violenta que me obliga a aferrarme a su cuerpo como si fuera lo único sólido en el universo.

Y por mucho que intente autoconvencerme, sé que esto no ha sido solo un orgasmo más. No ha sido solo sexo. Es algo único, algo que no he sentido jamás.

Y ahora, mientras recupero el aliento bajo su peso, estoy mucho más aterrada que antes. Porque ahora sé exactamente lo que voy a perder cuando me vaya.