Capítulo 39 #2
Con una delicadeza que contrasta brutalmente con la violencia de mi deseo, la tumbo en la cama.
El colchón cede bajo su peso y verla ahí, desnuda y entregada sobre las sábanas blancas, es una jodida maravilla que me hace perder la razón.
Me deshago de mis vaqueros con torpeza, la impaciencia me tiene al borde del colapso; la tela se me resiste, los botones parecen enemigos…
cada segundo que no estoy piel con piel con ella es una puñetera tortura.
Me abro paso entre sus piernas, pero esta vez no para besarla en los labios.
Me detengo ahí, de rodillas ante ella, en el centro de su universo.
Nos miramos a los ojos. Los suyos están vidriosos, centellean con una mezcla de ilusión, miedo dulce y unos nervios preciosos que me encogen el corazón.
Brooke me observa, su respiración es un jadeo errático, y yo me rindo por completo.
Sus manos temblorosas buscan mi contacto y se aferran a mis caderas tensas, apretándome con fuerza como si temiera que me alejara.
Sube una mano por mi torso desnudo hasta mi pecho, sus dedos clavándose ligeramente en la piel en un mudo reclamo de auxilio ante el torbellino de sensaciones que la inunda.
Pero yo tengo otros planes para ella esta noche.
Niego suavemente con la cabeza, sosteniéndole la mirada cargada de promesas mientras sus manos se aferran a mí. Me detengo a medio camino, lo suficiente para que mi aliento roce su piel, y le susurro con una voz tan ronca que apenas la reconozco como mía:
—No tengas prisa, Brooke. Ahora vas a mirar cómo te adoro, porque no voy a parar hasta que me supliques que me detenga… y entonces, te daré todavía más.
Sus ojos se dilatan ante mis palabras y un jadeo mudo escapa de sus labios.
Sin darle tiempo a procesar la descarga eléctrica que acabo de enviarle, me deslizo hacia abajo.
Me clavo entre sus muslos, separándolos con firmeza para tener el control absoluto de su placer.
La vorágine de pasión que siento es imparable, pero quiero verla temblar de nuevo.
Quiero ser yo quien la empuje al abismo.
La observo un segundo, adorando la imagen que me regala: dominada por el mismo apetito sexual que yo, pero multiplicada por todos estos sentimientos antiguos que me desbordan y me asustan.
Me inclino y clavo mi mirada en su intimidad.
Mis dedos, impacientes, se adelantan; acaricio su calidez, separando la carne rosada y tersa con una vehemencia que la hace jadear y arquear la espalda, dejando a la vista su centro completamente encendido y brillante por su propia humedad.
Y entonces, hundo mi lengua en ella.
El primer contacto es un choque eléctrico para ambos.
Aspiro su sabor, lamiéndola de abajo hacia arriba en un trazo firme y húmedo que la hace soltar un grito ahogado que me bebo con devoción.
Pierdo la noción del tiempo escuchando sus gemidos, que ahora son diferentes, más agudos, más desesperados.
Me concentro en recorrerla, usando mi lengua con una parsimonia tortuosa sobre su punto más sensible, atrapando ese pequeño botón entre mis labios mientras mis dedos trabajan al unísono, hundiéndose y saliendo de su interior, completamente lubricado, a un ritmo que la tiene atrapada.
—Jack… no creo que pueda aguantar más… —jadea mi nombre, y esas palabras me dan más poder que cualquier otra cosa en el mundo.
—Oh, claro que puedes, cariño.
Estoy perdido en el sabor de ella, en su calor, en cómo tensa los muslos y clava los talones en el colchón buscando más apoyo. Me aprieta la cabeza contra ella con sus manos, reclamando mi lengua, buscando una fricción más dura que me hace perder la maldita cabeza.
Cuando explota de placer por segunda vez en pocos minutos, el gemido que emite es tan sexy, tan crudo y desgarrador, que se me clava en el centro del pecho.
Siento las contracciones rítmicas de su cuerpo entero acechando mi boca mientras se derrama por completo.
Me quedo ahí un momento más, saboreando cada uno de sus temblores, succionando con suavidad el final de sus espasmos.
Me incorporo despacio, saboreando el rastro de ella en mis labios, y la miro desde arriba. Brooke tiene los ojos entornados y la respiración acelerada.
—Te lo dije, cariño —le susurro, con una sonrisa lánguida y cargada de suficiencia—. Te dije que te adoraría hasta que no pudieras más… y esto es solo el principio.
Ella apenas logra articular palabra, soltando un jadeo que suena a rendición.
La necesito. Joder, cómo la necesito. Quiero que me lo dé todo.
Busco la protección que guardé en los pantalones en un acto bastante esperanzador y, con la impaciencia haciéndome temblar las manos, me la coloco. Me incorporo y me instalo de nuevo entre sus piernas, que ahora están laxas, bañadas en el rastro de su propio placer.
Pero antes de dar el paso final, necesito oírlo de sus labios. Necesito saber que ella quiere esto con la misma intensidad desesperada con la que lo quiero yo.
—¿Estás bien? —le pregunto, mi voz una octava más baja.
Brooke asiente con una risa nerviosa y preciosa. Tiene los labios hinchados, el pelo revuelto y brilla como el sol de primavera despuntando tras las montañas. Está llena de vida, y joder, me hace sentir más vivo que nunca.
—Muy bien… —suspira, y esas dos palabras son mi sentencia de muerte.
—Si en algún momento quieres parar, dímelo. ¿De acuerdo? —insisto, acariciando su rostro.
—Estoy perfectamente, vaquero —me dedica una mirada desafiante y cargada de deseo—. Y lo que menos quiero ahora es que dejes de hacer lo que estás haciendo.
Sonrío, mi comisura elevándose con esa suficiencia que sé que la exaspera.
Me inclino para darle un beso que empieza casto y termina siendo un incendio tórrido.
Cuelo una mano bajo su espalda, arqueándola hacia mí, mientras la otra sostiene mi peso.
Aprieto su trasero con ansia, sintiendo su suavidad, obligando a su cadera a elevarse para buscar el ángulo perfecto.
Siento su humedad rozándome, una fricción abrasadora que casi me hace perder el control antes de empezar.
Empujo despacio, centímetro a centímetro, hundiéndome en su estrechez sedosa.
Brooke suelta un gemido ahogado contra mis labios cuando la lleno por completo, sus paredes calientes apretándome con fuerza, amoldándose a mí con una necesidad imperiosa.
Me fundo con ella de una manera sobrehumana. Es una tortura lenta y perfecta. Es como si por fin la hubiera encontrado después de una vida buscándola. Me da igual que se fuera, me da igual el tiempo perdido; fue obligada a alejarse. Pero ahora está aquí. Conmigo al fin.
Pierdo la cordura en cada embestida, ganando velocidad a medida que la escucho jadear.
Mis estocadas se vuelven más profundas, rítmicas, pesadas, centradas únicamente en los sonidos y en cómo se le nubla la mirada.
Me preocupa no aguantar, explotar antes de tiempo porque tenerla tan ajustada a mí es demasiado para cualquier hombre.
Me incorporo levemente y cuelo mi mano entre nuestros cuerpos, buscando el nodo de su placer.
Empiezo a masajearla con el pulgar justo donde nuestras pieles chocan y se frotan con fuerza en cada embestida.
Ese estímulo la vuelve loca; Brooke arquea la espalda por completo, clavando las uñas en mis brazos mientras nos movemos al unísono.
Siento que estoy a punto de perder el puto control. Me pego a su cuello, embistiendo contra ella con una urgencia ciega, y le gruño al oído con la voz completamente ronca.
—Mírame, Brooke… Joder, mírame. Eres mía, cariño. Toda mía.
Ella abre los ojos, fijos en los míos, perdiendo así el sentido de dónde termina ella y dónde empiezo yo.
El calor se vuelve insoportable, la fricción es gasolina, hasta que su interior vuelve a contraerse, atrapándome en su clímax mientras yo me hundo una última vez, profundo, dejando que el mundo entero estalle en mil pedazos cuando ambos nos entregamos a la misma locura.