Capítulo 39
Livingston, Montana
Noviembre
—Jackson—
Llegamos a trompicones, devorándonos las bocas como si nos fuera la vida en ello, hasta la puerta de una de las cabañas más pequeñas que hay en el linde del rancho.
Técnicamente, estas tierras pertenecen a los Collins, pero mi familia se las tiene alquiladas desde hace tanto que las siento como propias.
Es un terreno suspendido entre dos vidas, una frontera entre su mundo y el mío, y sé que no habrá nadie merodeando por aquí este fin de semana.
Doy gracias al cielo por ello, porque no creo que hubiera sido capaz de conducir ni un kilómetro más sin cometer una locura.
En el trayecto, no podía dejar de mirarla de reojo.
Brooke seguía con las mejillas encendidas, ese tono rosado que delataba el caos emocional que llevaba por dentro, y joder, nunca la había visto tan adorable y, a la vez, tan letal para mi cordura.
A mí me pasaba lo mismo; las manos me temblaban sobre el volante y el corazón me golpeaba las costillas con una violencia que me dificultaba hasta respirar.
Mi desesperación por sentirla, por saborear cada milímetro de su piel, era tan jodidamente real que estuve a punto de parar la camioneta en la cuneta y hacerla mía allí mismo, bajo las estrellas.
Pero ella no se merecía algo así.
Brooke no es una más de esas noches sin compromiso ni una distracción pasajera.
Con ella, cada roce lo siento como si me estuviera jugando la misma vida.
Lo que le dije hace quince minutos era la puta verdad: puede romperme si quiere.
Me da igual. La dejaría destrozarme con gusto si eso significa tenerla así de cerca.
Ya me encargaría yo de recoger nuestros pedazos y sanar juntos después, pero el riesgo de perder la cabeza por ella merece la pena.
Cada lágrima que le he limpiado, cada muro que he visto tambalearse en sus ojos…
todo me ha traído hasta aquí. Podría estar en mi peor momento, hundido en la mierda, y aun así encontraría fuerzas para cuidar de ella, encontraría la manera de sostenerla.
La acorralo contra la madera de la puerta, atrapándola entre el calor de mi cuerpo y la pared fría.
Nuestras respiraciones se estrellan, mezclándose en el aire pesado.
Le paso una mano por la cintura, pegándola a mis vaqueros, mientras apoyo el otro antebrazo junto a su cabeza.
Hundo la nariz en el hueco de su cuello, aspirando su aroma.
Su perfume sigue ahí, mezclado con el aroma de las flores, la hierba y aire libre.
Una combinación de la que me adueño y que se me mete bajo la piel sin remedio.
Toda ella es mi droga.
La oscuridad lo envuelve todo, excepto por el círculo de luz amarillenta que desprende la bombilla sobre nuestras cabezas.
Me sorprende notar mis propios nervios al intentar meter la llave en la cerradura; me tiemblan los dedos como si fuera un crío en su primera vez.
Brooke suelta una pequeña carcajada, un sonido explosivo y sexy que termina de caldearme la sangre.
Cuando por fin abro, el silencio de la cabaña nos rodea como una especie de manto denso. Me pego a ella de nuevo, aplastando mis caderas contra las suyas. Estoy seguro de que puede sentir mi pulso disparado y la dureza de mi deseo reclamándola a través de la ropa.
Nuestras miradas se cruzan, un choque eléctrico.
Le paso un dedo por la línea de la mandíbula y un escalofrío me recorre la columna.
No hay nada amistoso en cómo la estoy mirando ahora mismo.
Mis ojos le están diciendo exactamente lo que voy a hacerle.
Y los suyos… joder, los suyos están cargados de la misma hambre.
Me zambullo en su boca. Sus labios dulces son mi perdición.
Al saborearla, el poder se me propaga por las venas, la sangre me hierve de una forma que nunca he sentido con otra mujer.
Brooke emite un sonido ronco en la garganta que me vuelve loco, y sus manos suben por mis brazos, apretando mis músculos hasta enredarse en mi cuello.
Ella revela esa picardía en sus ojos color almíbar, disfrutando del poder que tiene sobre mí. El rubor de sus mejillas la hace condenadamente atractiva, y saber que yo soy el causante de ese estado me pone al límite.
Clavo sus caderas contra la pared con un movimiento impulsivo de las mías. Un gemido se le escapa de los labios y eso es todo lo que necesito para perder el control.
—Ya es suficiente —gruño contra su boca.
Estrello mis labios contra los suyos y el mundo exterior deja de existir.
La levanto y ella, por instinto, rodea mi cintura con sus piernas. La sujeto con más fuerza, necesitándola cerca de una forma que ya ni siquiera sé explicar.
Entro en la cabaña sin apartar los ojos de los suyos, cargando con ella como si fuera lo más valioso que he sostenido nunca.
Empujo la puerta con el pie y la cierro tras nosotros.
Mis labios encuentran los suyos una vez más, carnosos, ardientes. Y, por un instante, me permito olvidar todo lo demás. El miedo. Las dudas. La posibilidad de que esto salga mal.
Deslizo la boca por su mandíbula, devorando cada centímetro hasta llegar a su cuello, incapaz de apartarme de ella.
La noto estremecerse. Siento cómo se le pone la piel de gallina y cómo contiene el aliento.
Me muero por morderla, por dejar mi marca en esa piel suave para que el mundo sepa que Brooke Collins Brown me pertenece, que siempre ha sido mía, incluso antes de que nosotros mismos lo supiéramos.
Sé que suena a locura posesiva, que quizá no es sano pensar de ese modo, pero Brooke se me ha metido bajo la piel de tal forma que, tenerla así, hace que mi capacidad de razonar se evapore.
Llegamos a la pequeña cocina y la deposito sobre la isla de madera.
En movimientos lentos, casi dolorosos por la anticipación, la descalzo y separo sus piernas para encajarme entre ellas.
Subo una mano a su nuca, enredando mis dedos en su pelo, mientras la otra rodea sus costillas.
La inclino hacia atrás, buscando ese ángulo perfecto para que nuestros cuerpos se fundan en besos voraces.
Y entonces, mi mente toca fondo. Me doy cuenta de la verdad que he intentado ignorar: estoy enamorado de ella. La quise de niño, nunca la olvidé, pero esto… esto que se ha fraguado estos meses es un incendio que no puedo apagar.
Me deshago de su chaqueta y la tiro al suelo sin miramientos.
Ella hace lo mismo conmigo, sus dedos vuelan sobre los botones de mi camisa hasta que logra deshacerse de ella.
Cuando posa sus manos desnudas sobre mi torso, reprime un pequeño jadeo.
Me mira como si fuera un tesoro, y ese reconocimiento me llena de un orgullo primitivo. Me encanta alterarla así.
Sonrío de medio lado, pegándola a mi pecho desnudo.
La firmeza de sus muslos rodeando mis caderas envía una descarga de lujuria por todo mi cuerpo.
Tengo que contenerme para no dejar salir al salvaje que llevo dentro.
Quiero devorar el interior de sus muslos, sentir su calor abrasándome la mano.
Necesito caer de rodillas ante ella y demostrarle que no hay otra mujer en la tierra que pueda hacerme sentir así.
Nos sostenemos la mirada un instante. El fuego atraviesa el aire que compartimos.
Mi mano, por fin, hace lo que lleva horas gritando: se desliza desde su gemelo, subiendo por la piel tersa de su muslo, colándose bajo el dobladillo de ese vestido que ha sido mi perdición desde que la vi salir de su casa.
Se lo quito por la cabeza con un movimiento fluido y me quedo extasiado contemplando la perfección de su cuerpo.
El sujetador de encaje apenas contiene el sube y baja frenético de su pecho.
Le quito el resto de la lencería con una urgencia desesperada, dejándola, al fin, completamente expuesta para mí.
En cuanto mis dedos buscan su centro y rozan su calidez más íntima, un gemido estrangulado se nos escapa a ambos.
Brooke tiembla bajo mi contacto, deshecha y empapada, y ese rastro de humedad deliciosa en mis yemas me vuelve loco.
Deslizo un dedo, y luego otro, adentrándome despacio en su interior, hundiéndome en su calor sedoso mientras ella se arquea contra mi mano, echando la cabeza hacia atrás.
—Jack… por favor, Jack… —jadea, clavando las uñas en mis hombros descubiertos, buscando desesperadamente mi boca.
Me pego a su oreja, dejando que mi respiración agitada la queme antes de susurrarle, con la voz grave y ronca por el deseo:
—Mira cómo estás por mí, nena… Tan jodidamente apretada y húmeda que me vas a volver loco. No te reprimas, Brooke, quiero oír cada puto gemido.
Brooke tiembla ante la invasión, su pulso acelerado golpeando contra mis dedos que se mueven dentro de ella en un ritmo constante, asfixiante.
Me concentro en recorrerla, en acariciarla con una vehemencia que la haga olvidar hasta su propio nombre. Subo el pulgar para presionar el pequeño botón de su placer, y el contraste de la fricción exterior con la humedad profunda en la que mis dedos entran y salen la hace perder el control.
Ella sigue mis movimientos con la mirada perdida, jadeando, y mis pulmones empiezan a fallar.
Verla así, entregada, con ese tono rosado extendiéndose por su pecho y sus mejillas, me hace adorarla como a una diosa.
El erotismo en la cocina es casi tangible.
Cada jadeo de Brooke, cada gruñido sexy que escapa de su garganta mientras se aferra a mis hombros, es música para mis oídos.
Aumento el ritmo de mis dedos, hundiéndolos con más fuerza, buscando su fondo mientras el pulgar presiona sin piedad. El calor nos devora.
—No pares… Jack, por favor, ya casi… —suplica en un suspiro roto, abriendo más sus piernas para mí.
—Eso es, entrégate a mí, nena. Estás preciosa así, joder.
Me dejo llevar por el sonido de su placer, por cómo sus paredes internas se contraen con violencia, atrapando mis dedos justo cuando el clímax la alcanza. Se deshace por completo entre mis brazos, vibrando en oleadas de espasmos incontrolables mientras grita mi nombre contra mi cuello.
Sin darle tiempo a que se recomponga del primer orgasmo que la ha dejado temblando en mis brazos, la levanto de nuevo.
Se agarra a mí como si fuera su única balsa en mitad de una tormenta, hundiendo su rostro en mi cuello mojado de sudor.
Enfilo la habitación con zancadas rápidas, impulsado por una urgencia que me araña y me quema las entrañas.