Capítulo 38
Livingston, Montana
Noviembre
—Brooke—
Pues no, no me he roto la crisma. Y, además, ha sido condenadamente liberador.
Nadie ha visto la lencería fina que llevo puesta y, por supuesto, he aguantado sobre ese trasto el tiempo suficiente sin dislocarme un hombro.
¿Se puede saber por qué tenía tanto miedo?
Ha sido divertidísimo, una descarga de adrenalina que me ha dejado la sangre burbujeando.
Jack está ahora hablando con un señor que se ha encontrado; intercambian gestos serios sobre lo que parece ser un asunto importante del rancho. Les dejo a lo suyo mientras paseo la vista por el ferial y me llevo una gran sorpresa al descubrir a Ava sobre el escenario.
¿Qué hace ella ahí arriba?
La contemplo unos instantes. Con ese atuendo y la energía arrolladora que desprende, Ava parece una fuerza de la naturaleza.
Es fuerte, segura, una mujer que se mueve con una seguridad absoluta, aunque guarde a sus propios demonios bajo llave.
Siento un pinchazo de envidia sana; ella es increíble y, por primera vez en mucho tiempo, deseo con todas mis fuerzas dejar aflorar esa parte de mí que se le parece.
La Brooke que no se encoje para encajar, que no le pide permiso a nadie para existir.
Hay varias chicas agrupadas a los pies del escenario e intuyo que van a subir. Como Jack sigue absorto en su charla, decido acercarme. Me he venido arriba; el aire de este lugar o quizá la mirada de Jack han hecho que algo en mí se resquebraje, y solo quiero seguir lo que me dicta el instinto.
Ava me recibe con un abrazo enérgico, como si fuéramos amigas de toda la vida.
Me presenta a las demás y me explican los pasos básicos entre risas.
En el último segundo, el pánico me atenaza.
¿Qué estoy haciendo? Haré el ridículo. Pero antes de que pueda huir, me veo en lo alto de la tarima.
Los focos nos ciegan ahora que la noche ha caído y la multitud se agolpa a nuestros pies como una marea expectante.
Es inevitable que piense en la vida que he puesto en pausa en Chicago; ¿cuántas veces he deseado rodearme de personas así, que me acepten solamente por ser quién soy y no por mi apellido o mi puesto de trabajo?
Aquí el aire es distinto, más salvaje… siento una libertad que nunca me había permitido probar.
Si mi madre me viera…
La idea cruza mi mente un segundo y la aparto con rapidez. Ella no está, así que no dejo que me arrastre hacia la oscuridad y me obligo a quedarme en este momento, a disfrutarlo.
Busco a Jack entre la multitud. Ava, dueña absoluta del micrófono, grita con esa voz que domina el recinto y es imposible de ignorar:
—¡Amigos, hoy tenemos a una invitada especial! —Me señala y el corazón me da un vuelco mientras la gente aplaude—. ¡Esta belleza se llama Brooke!
Al instante, la cabeza de Jack se gira. Su mirada se estrella contra la mía con la fuerza de una colisión frontal.
Siento una presión deliciosa en el vientre, ese cosquilleo que me ha perseguido toda la noche.
Al verme, sus labios se curvan primero con sorpresa y luego se expanden en esa gran sonrisa que le llega a los ojos y me desarma por completo.
Se me para el corazón al percatarme de que todo en él ya me resulta peligrosamente familiar.
Estoy jugando con fuego, lo sé, pero verle tan orgulloso de mí me da el empujón que necesitaba.
Ava se acerca a mí en un torbellino de alegría y asiente con aprobación, dándole un toquecito juguetón al ala del sombrero para ajustármelo mejor.
— ¡Rómpeles el corazón, preciosa!
Pienso en aquella otra vez en la que quise hacer algo parecido… y en cómo terminó todo. Sin embargo, esta vez es distinto. O eso quiero creer. De todos modos, ya estoy aquí. Así que, ¿por qué no? Solo espero no hacer demasiado el ridículo.
La música comienza. Un acorde vibrante de country que reverbera en la madera bajo mis botas, como si el mismo suelo tuviera pulso. Las chicas comienzan a moverse y las imito, fijándome en los primeros pasos, con toda la atención puesta en no perderme.
No es tan difícil. En menos de un minuto mi cuerpo ya ha entendido la secuencia, y sin darme cuenta dejo de pensar tanto.
Me dejo llevar. De verdad. Sin analizarlo. Sin frenarme, Y por un instante siento algo que se parece demasiado a la libertad como para ignorarlo.
Los giros, la sincronización de las botas, el movimiento en grupo… todo encaja con una naturalidad que me resulta casi irreal, como si alguien hubiera cambiado el escenario de mi vida sin avisarme.
Y lo peor —o lo mejor— es que no me cuesta imaginarme dentro de todo esto sin esfuerzo, con la sensación de haber pertenecido siempre a este lugar.
Solo tengo ojos para Jack. Está apoyado en la valla, disfrutando como un niño pequeño, y me sigue mirando con una admiración tan cruda y sin filtros que no alcanzo a comprender qué ve en mí para merecerla. Esa mirada me hace sentir invencible y, al mismo tiempo, completamente vulnerable.
Una vez termino, con la respiración agitada y la sangre bombeando con fuerza bajo mis mejillas sonrosadas por la emoción, con la embriagadora certeza de haber hecho lo que me placía y ver cómo la gente disfrutaba con ello, busco a Ava.
Le grito un «gracias» que la música devora, bajo apresurada los escalones, necesitando la tierra firme bajo mis pies. Necesitando a Jack.
Él ya viene en mi dirección, su figura imponente sortea y esquiva a la gente que se pone en medio como si no fueran más que estorbos en su camino hacia mí.
Cuando finalmente nos encontramos, todo lo demás desaparece.
Jack me coge por los costados con una posesividad que me hace estremecer, coloca con rapidez sus fuertes brazos alrededor de mi cuerpo y me alza en volandas, como si no pesara nada.
Yo apoyo mis brazos sobre sus hombros para sostenerme y me pierdo irremediablemente en su mirada.
No puedo dejar de sonreír como una boba, el corazón desbocado contra mi pecho, mientras él nos hace girar bajo las luces borrosas del ferial.
—Lo has bordado, pequeña —dice, y su sonrisa se ensancha todavía más, si es que eso es posible, iluminando su rostro de una manera que me oprime el pecho.
—¿No te ha parecido aburrido? —pregunto, mi voz un hilo tembloroso—. Podría haberlo hecho mejor…
—Sin duda, la mejor del escenario —sentencia en voz baja, y la absoluta convicción en su tono me hace arder.
Se ha detenido por completo. Me baja con una delicadeza que contrasta con la fuerza de su agarre, deslizando mi cuerpo contra el suyo hasta que puedo tocar el suelo.
Ahora tengo que levantar mucho la mirada para contemplarlo.
Aunque mis pies ya han tocado tierra y el mundo ha dejado de girar, Jack ha implantado sus manos en mi cintura y las ha dejado ahí, con la intención de no soltarme jamás.
Apoyo mis manos en su pecho, sintiendo el galope atronador de su corazón bajo la palma, y sin ser consciente de ello respiro cada vez con más rapidez, el aire volviéndose espeso entre los dos.
La sonrisa que me está dedicando Jack bastaría para hacerme arder en llamas en este mismo instante.
Y yo no sé cómo pararlo. No tengo ni la más mínima idea de cómo hacer que no avance esto que estoy sintiendo en el centro del pecho y que se va expandiendo irremediablemente, como un veneno dulce, al resto de mis órganos y funciones motoras. Me estoy disolviendo.
Cuando estoy así, delante de Jack, siento que el mundo se hunde conmigo y esa sensación de caída libre me inunda al completo.
Es como si me estuviera moviendo en una especie de vaivén hipnótico, flotando en el aire, suspendida en su órbita.
Los sonidos del ferial se vuelven sutiles, lejanos, a pesar de que puedo escuchar la canción que suena otra vez: Fast Car.
Dios, es como si esa canción nos persiguiera, marcando el ritmo de cada momento importante.
Las luces y las mil bombillas que hay repartidas por el ferial parecen estar ahí tan solo para alumbrarnos a nosotros dos.
El ruido y la gente que nos rodea se desvanece hasta volverse un borrón gris e irrelevante, mientras Jack y yo seguimos momentáneamente conectados, conscientes de que él me ve solo a mí y yo a él. No hay nada más en el universo.
Decide soltar una mano de mi cintura; su rastro de calor es sustituido por el pánico de perder su contacto, pero su mano viaja hasta la línea de mi mandíbula.
Sus dedos callosos acarician mi piel con una suavidad devastadora.
Las rodillas me fallan levemente al sentir ese simple roce de sus dedos, una corriente eléctrica viajando directamente a mi vientre.
—Eres hipnótica. Y tentadora —susurra, y la forma en que su voz ronca acaricia esas palabras me hace temblar.
Acorta la distancia entre nuestros labios hasta que casi puedo percibir su aliento enredado con el mío, caliente y con sabor a los dulces que hemos probado antes.
—Creo que no entiendes que cada vez tengo más ganas de verte, hablarte, pasar tiempo contigo…
incluso molestarte si con eso consigo una de tus sonrisas.
No sé, Brooke, pero yo no podría aburrirme de ti jamás.
Está rescatando nuestra pequeña conversación de hace un instante, y el peso de sus palabras me abruma. Acaricia muy despacio mi mejilla con sus nudillos, un recorrido lento y tortuoso que me hace cerrar los ojos, hasta que lentamente llega a mis labios.
Me detengo. Mi corazón se paraliza por completo, un segundo de silencio absoluto en mi pecho, y justo después arranca a latir como un degenerado, con una violencia que me asusta. Me sacude una tormenta indómita en cada una de mis terminaciones nerviosas.
—¿Puedo besarte? —susurra contra mi boca.
Sus dedos se mueven, apartándome el flequillo largo y recogiendo un mechón de pelo tras la oreja, rozando el ala del sombrero.
Es un gesto tan sencillo, tan dulce y lleno de reverencia, que una descarga eléctrica me recorre la espina dorsal, dejándome sin defensas.
Mi corazón vuelve a detenerse, pero esta vez el pánico me invade, un frío paralizante que siento en ese mismo órgano, corriendo por mis venas y helándome la piel.
Recapacito. La realidad me golpea. Debo hacerlo. Debo frenar esto. Por el bien de los dos.
Le sostengo la mirada con desesperación, intentando centrarme en lo importante, en las ruinas que soy, y no en lo jodidamente atractivo que es.
Creo que lo que quiero conseguir mirándolo del modo en el que lo hago, con toda la intensidad de mi dolor, es que entienda y sepa que soy sincera. Que no es un juego.
—Jack… —le dedico una sutil sonrisa que es agonía en estado puro y que sé que no se refleja en mis ojos.
Me tiemblan las manos violentamente; aún siguen contra su pecho y arrugan en un puño la tela negra de su camisa, aferrándome a él mientras intento empujarlo lejos.
—Estoy segura de que eres un hombre que cualquier mujer querría besar.
Pero estoy rota, Jack. Y no quiero romperte también a ti.
Suelto el aire en un suspiro, cierro los párpados, agachando la cabeza para escapar de su escrutinio.
De hecho, estoy cien por cien segura de que Jack parece alguien que hará ridículamente feliz a alguna mujer algún día.
Y esa mujer no soy yo. No puedo serlo. Decir mis pensamientos en voz alta ha dolido más de lo que esperaba; es como clavarme un puñal yo misma.
Jack reacciona instantáneamente. Hace presión con la mano que sigue en mi cadera, una fuerza firme e ineludible que me aprieta dolorosamente contra su cuerpo, borrando cualquier espacio entre nosotros.
La mano que me sostenía la mejilla desciende hasta mi barbilla con posesividad; sus dedos se cierran con suavidad en mi mandíbula y me obliga a levantar el rostro.
Es entonces cuando ocurre. Una lágrima se me escapa, resbalando por mi mejilla. Jack la atrapa con el pulgar antes de que caiga del todo.
Me pierdo en ese azul de sus ojos, que se ha oscurecido hasta volverse casi negro por el deseo y la determinación, y que brilla intensamente por la iluminación artificial de este lugar ferial. No hay escapatoria.
—Si no te beso, sí que me romperé.
Vuelvo a cerrar los ojos, apretándolos con fuerza por la brutalidad de sus palabras y lo que han provocado en mí: una esperanza desesperada y un miedo atroz.
—Mírame, Brooke. —Frunzo el ceño y niego un par de veces, luchando con todas mis fuerzas para no sucumbir a su orden, para no dejarme arrastrar por su corriente. —Mírame, por favor.
La súplica en su voz me rompe. Esta vez, obedezco. Abro los ojos y me encuentro con su alma expuesta.
—Rómpeme, me da igual. Rómpeme como te rompieron a ti y compartamos el dolor hasta sanar juntos, pequeña.
Sus labios encuentran el pequeño camino hacia los míos con una urgencia que me marea.
Nunca, jamás en mi vida, un beso había tambaleado tanto mis cimientos.
En cuanto su boca choca con la mía, tengo la absoluta y devastadora sensación de que jamás me han besado antes.
Que todo lo que he experimentado en lo que a besos se refiere han sido meras distracciones vacías, simulacros sin alma.
No hay ni un solo beso que recuerde que despertara sensaciones ni remotamente parecidas a lo que estoy sintiendo ahora mismo.
La boca de Jack es suave y firme, una contradicción deliciosa.
Inclina la cabeza para profundizar el contacto, haciendo que el beso sea todavía más voraz, más hambriento, con sus labios rellenando todo el espacio libre de los míos, reclamándome.
El placer se clava como una estaca en el centro del pecho y el beso estalla, dejando salir todos los sentimientos reprimidos, toda la rabia, la pena y el deseo, mientras nuestras bocas se unen al unísono en una danza desesperada.
La temperatura de mi cuerpo alcanza el nivel abrasador de mis mejillas.
Este deseo no es solo el pensamiento físico y primitivo de que Jack podría destrozarme con su cuerpo si quisiera, y que yo se lo permitiría, sino que también es íntimo, dulce y quema desde el interior con un fuego que amenaza con consumirme.
Los gemidos ahogados que escapan de su garganta cuando acaricio sus labios con mi lengua, cuando rodeo su cuello con mis brazos y enredo mis dedos con desesperación en su pelo, me provocan un dolor desesperado y físico tras mis costillas. Quiero más. Lo quiero todo.
Jack se separa de mí bruscamente, ambos jadeando, con la respiración entrecortada y los labios hinchados.
Escucho en una especie de embotamiento sensorial, como si estuviera bajo el agua, otra canción que empieza a sonar: In Case You Didn’t Know de Brett Young.
La letra parece burlarse de mi intento de resistencia.
—Vámonos de aquí —suelta él con la voz impregnada de un deseo tan espeso que se prácticamente se puede cortar en el aire.
Con las mejillas encendidas y el corazón latiéndome en la garganta, asiento de una forma tan enérgica que casi me da un poco de vergüenza.
Jack sonríe de una manera un tanto lobuna, peligrosa y posesiva; los ojos le brillan con una picardía que me hace temblar.
Entrelaza sus dedos fuertemente con los míos, una unión que se siente permanente, y me dejo guiar por él, sin oponer resistencia, adonde quiera llevarme.
Al fin del mundo, si es necesario.