Las cicatrices del ayer (Montana 1) Capítulo 37
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Capítulo 37

Livingston, Montana

Noviembre

—Brooke—

El trayecto es corto, apenas quince minutos, pero la tensión en la cabina de la camioneta hace que parezca un viaje a otro planeta.

Jack aparca en una zona habilitada donde el movimiento ya es frenético.

Al bajar, el aire frío de la tarde me golpea el rostro, mezclándose con un aroma que me resulta extrañamente acogedor.

Caminamos hacia la entrada de la feria y me quedo sin aliento.

No sé por qué imaginaba algo más urbano, asfalto, luces de ciudad…

pero esto es otra cosa. Un terreno inmenso en las afueras, abierto, vivo, otorgándole un cariz silvestre, rústico y espectacular.

El sol está a punto de rendirse tras las montañas, tiñendo el cielo de un violeta encendido.

Aprovecho cada segundo, dejando que mis ojos viajen por cada rincón decorado con una devoción casi artística por la cosecha.

Jack camina a mi lado, en silencio, pero siento su mirada posándose en mí de vez en cuando. Sé que me está observando, estudiando mis reacciones, buscando las grietas por la que se cuele el asombro.

Lo primero que me invade es el olor: es una bofetada de nostalgia y azúcar.

Hay puestos que desprenden vapores de café recién hecho y helado artesanal, todo con ese toque inconfundible de calabaza y especias.

Otros ofrecen bocados salados que jamás habría imaginado.

La gente se agolpa ante las calabazas talladas; algunas son auténticas obras de arte, rostros y paisajes esculpidos con una paciencia infinita.

—Durante el día no paran las competiciones —me cuenta Jack, acercándose tanto que su voz me vibra en el hombro—. Música, artesanía, comida de la temporada… Todo lo que ves está hecho por la gente de aquí.

Me detengo a observar. El espacio está aprovechado al milímetro: mesas largas de madera donde las familias comparten manjares, una zona infantil que resuena con risas y, al otro lado, el terreno de los adultos.

Veo gente lanzando el lazo, compitiendo con herraduras y, al fondo, un toro mecánico que preside la zona con un aire desafiante.

Hay dos escenarios; en uno la música country en vivo envuelve el ambiente y en el otro, las parejas ya han empezado a dibujar sombras al bailar.

Las pantallas gigantes replican el movimiento, haciendo que la energía de la feria sea omnipresente.

—¿Y tus amigas? —pregunta Jack de pronto, rompiendo mi ensimismamiento.

—Oh, no podían venir. Candy tenía planes con su hermano y Jenna… bueno, Jenna decía que necesitaba descansar —hago una mueca, sospechando por primera vez que algo no encaja. Jack alza las cejas, divertido—. ¿Y los chicos?

—Se les ha complicado la noche. Tampoco vendrán.

Noto un rastro de nerviosismo en su voz, como si temiera que, al vernos solos, yo fuera a dar media vuelta e irme.

Pero mi sospecha se confirma: mis amigas y sus amigos nos han tendido una emboscada en toda regla.

Esas dos locas no se perderían una fiesta ni aunque el mundo estuviera acabándose.

Han conspirado para dejarnos solos. Y lo peor… es que no me molesta.

—¿Tienes hambre? —me pregunta, rescatándome de mis pensamientos.

—Mucha. Todo huele demasiado bien como para ignorarlo.

—Pues vamos.

Jack me coge de la mano. No es un contacto casual; entrelaza sus dedos con los míos con una firmeza que me deja sin habla.

Tira de mí con delicadeza y yo lo sigo, incapaz de apartar la vista de nuestras manos unidas.

El contraste es brutal: la suya es grande, de piel tostada y endurecida por el trabajo duro del rancho; la mía es pequeña, pálida y suave, acostumbrada a la vida de oficina.

Sin embargo, encajan a la perfección, como si hubieran sido diseñadas para este momento.

Siento un torbellino de emociones: el calor que emana de su palma, el ligero temblor que me recorre el pecho…

Me obligo a mirar al frente antes de que mi corazón decida por mí.

En pocos minutos estamos ante un buffet de bocaditos de calabaza que desafía mi paladar exigente.

Pruebo uno con queso crema y cebolla caramelizada, otro crujiente con foie, y uno sorprendente con coco.

Es una explosión de sabores que nunca habría combinado en esas cenas perfectamente organizadas por mi madre.

Suelto un gemido de placer involuntario al saborear uno de ellos y escucho la risa de Jack.

Es una risa profunda, que nace de algún lugar sexy de su pecho y que hace que se le formen esas arruguitas en las comisuras de los ojos que me desarman.

Hoy está insoportablemente guapo. Se ha acicalado la barba y se ha perfumado más de lo habitual; su olor es ahora una mezcla embriagadora de madera, aire limpio y algo salvajemente masculino que me nubla el juicio.

Sin previo aviso, vuelve a tomar mi mano y me arrastra hacia la multitud que baila al son de Riley Green.

Bailamos pegados. Muy pegados. Mi piel arde bajo el vestido; la tela me parece un estorbo ante el contacto de su cuerpo.

Me observa con una intensidad tan abrasadora que tengo que desviar la mirada en un par de ocasiones.

Noto cómo varias chicas jóvenes lo devoran con los ojos, cuchicheando entre ellas.

Es obvio que Jack sería el sueño de cualquier mujer del condado.

—Jack, ¿por qué no tienes novia? —pregunto sin preámbulos, la curiosidad venciéndome—. Salta a la vista que te sobran candidatas.

Él entrecierra los ojos, clavando su mirada divertida en la mía mientras nos balanceamos.

—¿Por qué? ¿Acaso tú quieres ser una de ellas? —se inclina hacia mí, con esa media sonrisa que es mi perdición.

—¡Já! —suelto, demasiado rápido, delatando mis nervios. Me arrepiento al instante de haber soltado eso con tanta frialdad; como si la idea no me hubiera rondado la cabeza mil veces y él fuera un loco por siquiera imaginar que yo me fijaría en alguien como él—. No sabes lo que dices.

—Créeme, la que no tiene ni idea de lo que dice eres tú —replica con una seguridad que me deja descolocada.

—No has contestado a la pregunta —insisto, intentando que corra algo de aire entre nosotros, aunque mis manos parecen haber encontrado su sitio tras su nuca de forma instintiva.

—No lo sé, Brooke. Supongo que siempre he estado esperando a que apareciera la idónea —dice, y su voz baja un tono, volviéndose más íntima—. ¿Y tú? ¿Por qué no tienes novio?

—¿Quién te ha dicho que no haya alguien esperándome en Chicago? —lanzo la pregunta como defensa, más que como una verdad.

Veo cómo su mandíbula se tensa al instante. Un movimiento sutil, casi imperceptible, pero cargado de posesividad.

—¿Lo tienes? —pregunta, su voz endurecida.

Podría mentir. Podría jugar a la mujer misteriosa para alejarlo, pero la verdad es que ya estoy cansada de mentirme a mí misma. Además, él lo sabe. Lo lee en mi forma de mirarlo.

—No —suspiro, rindiéndome.

—¿Por qué?

Acomodo mis brazos sobre sus hombros. La música lenta nos envuelve.

—Porque mi vida no está hecha para eso, Jack. No quiero a alguien a mi lado que termine cansándose de mí. Tarde o temprano todos se van, y acabaría sola. Como mi madre.

Jack frunce el ceño y sus manos en mi cintura se aprietan, pegándome más a él, si es que eso es posible. Siento su aliento, un susurro cálido contra mis labios.

—¿Quién en su sano juicio podría dejarte a ti?

Trago saliva, con un nudo en la garganta que amenaza con desbordarse. Por suerte, la canción termina y el aplauso del público rompe el hechizo, salvándome de tener que confesarle que mi propia familia ya lo hizo una vez.

—Ven conmigo —me dice, volviendo a aferrar mi mano como si ya no supiera vivir sin ese contacto.

Me arrastra hasta el toro mecánico. Al verlo, me planto en el sitio. Ni loca voy a subirme a ese trasto para acabar por los suelos.

—No, Jack. Olvídalo.

Él se detiene y me sostiene el rostro entre las manos, obligándome a mantenerle la mirada. Sus palmas están calientes y su tacto es firme.

—Brooke… eres carismática, efusiva, centrada, sexy y fascinante —enumera, y cada palabra es un dardo que atraviesa mi armadura—. Pero vives cohibida. Déjate llevar, pequeña.

El hecho de que me haya llamado sexy y fascinante hace que las mariposas de mi estómago se conviertan automáticamente en una estampida de caballos salvajes.

—¡Venga, guapa, es muy divertido! —me anima una chica que acaba de bajar, radiante y despeinada.

Miro a Jack. Y lo que termina por doblegar mi resistencia es esa maldita y preciosa sonrisa suya; una combinación letal de atracción pura y una ternura que no me esperaba.

Pero son sus ojos, esos orbes azules que me observan como si yo fuera la única mujer sobre la faz de la tierra, lo que me deja sin defensas.

Me hace sentir el centro de su universo, y esa sensación es más adictiva que cualquier éxito que haya experimentado con anterioridad.

—Vale, vale. Está bien. Tú ganas —suelto un resoplido, fingiendo una molestia que ya no siento en realidad.

Me acerco un paso más a él, invadiendo su espacio personal hasta que el calor que desprende su cuerpo me envuelve.

Entorno la mirada, tratando de recuperar algo de mi antigua altivez, y le doy unos golpecitos juguetones en el pecho con el índice.

Noto la dureza de su torso bajo la camisa negra, un recordatorio de que este hombre es todo músculo y nervio.

—Si me caigo y me rompo un brazo o una pierna, te tocará cuidarme —le advierto, alzando una ceja—. Y te prometo que te haré la vida imposible mientras te tenga bajo mis órdenes. No tienes ni idea de lo insoportable que puedo llegar a ser como paciente.

Jack no retrocede. Al contrario, se inclina hacia mí, acortando la distancia hasta que su boca queda a milímetros de mi oído. Su aliento cálido me eriza la piel, enviando una descarga eléctrica directamente a mi vientre.

—Nada me gustaría más que estar a tu merced, pequeña —susurra con una voz ronca, cargada de una promesa que me hace temblar las rodillas.

Se yergue con suficiencia, disfrutando del efecto que sus palabras han tenido en mí. Me quedo perpleja, con los ojos abiertos de par en par y el rostro encendido por un rubor que no puedo ocultar. Mi mente, siempre tan rápida para las réplicas mordaces, se ha quedado en blanco.

«¿Se puede saber desde cuándo un hombre es capaz de hacerte enmudecer así, Brooke? De verdad, pareces otra persona».

Me recrimino internamente. La antigua Brooke habría tenido una respuesta ingeniosa; la Brooke de ahora solo puede intentar recuperar el aliento.

Antes de que pierda el valor, me llevo las manos a la cabeza y me quito el sombrero. Se lo tiendo con un gesto decidido, y él lo acepta sujetándolo por el ala, pegándolo a su pecho como si fuera un trofeo.

—Pero no te pasará nada. No te haría hacer nada que pudiera ponerte en peligro—añade él con una seguridad que me calma y me altera a partes iguales.

—Venga, entra ahí y diviértete —me anima, poniéndome una mano sobre el hombro.

Me hace girar con suavidad, pero con firmeza, empujándome hacia la lona.

En cuestión de segundos, me encuentro montada sobre el toro mecánico.

El cuero frío bajo mis muslos contrasta con el calor que todavía siento en mis mejillas.

A mi alrededor, la multitud empieza a animarme; escucho silbidos, aplausos y la voz del animador que, micro en mano, empieza a caldear el ambiente para la atracción.

Lanzo una mirada veloz hacia la valla. Allí está Jack, apoyado con los brazos cruzados, observándome con una expresión de deleite absoluto, como un niño pequeño que acaba de salirse con la suya.

Verlo así, tan relajado y disfrutando de mi pequeña tortura, me da el empujón que necesito para dejar de lado la vergüenza.

Si él quiere diversión, se la voy a dar.

Me sujeto con fuerza a la empuñadura mientras el toro empieza a moverse lentamente.

Solo espero hacerlo bien y no terminar haciendo el ridículo.

Y, por Dios, espero que el vestido no me juegue una mala pasada.

Aunque, pensándolo bien, mientras noto la mirada de Jack fija en mis piernas, sonrío para mis adentros.

Esta noche he decidido ponerme la lencería más bonita y sexy que traje en la maleta; si el mundo tiene que ver algo, que al menos deje huella.

Aprieto los muslos contra el flanco del animal mecánico, clavo la mirada en los ojos azules de Jack y le regalo una sonrisa desafiante.

Que empiece el juego.