Capítulo 36
Livingston, Montana
Noviembre
—Jackson—
Pienso que ha sido una buena idea. O puede que no.
Sinceramente, ahora mismo no sé ni lo que pienso; mi cerebro parece haber entrado en un bucle extraño desde que ella aceptó.
¿Desde cuándo me pongo tan malditamente nervioso por una cita?
Porque esto lo es, ¿no? La he invitado a salir y ha dicho que sí.
Así que supongo que sí, que oficialmente Jackson Moore tiene una cita.
Mi madre siempre me suelta el mismo discurso sobre disfrutar de mi soltería, aunque sabe de sobra que no soy el tipo de hombre que pierde el tiempo yendo de flor en flor.
Ella insiste en que solo alguien «extraordinario» conseguirá sacarme de mi estado, y siempre remata con ese dichoso refrán de que «el que mucho busca, lo peor encuentra».
Quizá por eso nunca he sentido la necesidad de atarme a nadie.
Hasta ahora, mis historias con mujeres han sido simples transacciones de piel.
Noches de sábanas revueltas, placer directo y un adiós antes de que el sol asomara por el horizonte.
Nunca he buscado complicaciones, y mucho menos con las chicas de por aquí; en un lugar como este, un desliz se convierte en el cotilleo del pueblo antes del desayuno.
Mis reglas siempre han estado claras: nada de segundas veces, nada de llamadas y, desde luego, nada de compromisos.
Mi vida en el rancho absorbe demasiada energía.
Mantener este lugar en pie exige una atención constante, desde que clarea el día hasta que se esconde el sol, y el cansancio acumulado no deja espacio para mucho más.
Hay noches en las que vuelvo a casa oliendo a sudor y a tierra, con el cuerpo tan agotado que lo único que me pide es apagar la mente.
Y la verdad es que nunca me ha importado. Porque este lugar es parte de mí.
Llegué a Livingston siendo un crío y eché raíces aquí antes incluso de darme cuenta. Entre estas montañas aprendí quién quería ser. Esta tierra me ha dado más de lo que jamás podré devolverle.
Por eso nunca he intentado encajar a nadie en mi vida. No de verdad.
La mayoría de las mujeres que he conocido buscaban algo distinto.
Y no las culpo. No todo el mundo entiende lo que significa levantarse antes del amanecer y cargar con el duro trabajo que acarrea un rancho.
No todo el mundo quiere compartir su vida con alguien para quien este lugar siempre será una prioridad.
Y yo tampoco estaba dispuesto a pedirle eso a nadie.
Pero con Brooke… joder, con ella las barreras que llevo años levantando dejan de tener sentido.
Puede que sea porque la conozco desde que ambos corríamos descalzos por el barro, tratando de cazar ranas en el arroyo, mucho antes de que el mundo la convirtiera en la mujer que es hoy.
Compartimos una historia que ella ha enterrado, pero que yo sigo llevando conmigo, protegida en algún rincón al que nunca he permitido que llegue el tiempo.
A veces basta con verla sonreír para recordar a la niña que aparecía por casa con las rodillas llenas de arañazos y las manos sucias de tierra.
La que se pasaba horas inventando aventuras locas en el bosque.
La que encontraba tesoros donde los demás solo veíamos piedras y ramas.
Hay recuerdos que se desgastan.
Los que tengo con Brooke no. Esos siguen ahí, intactos, ocupando el mismo lugar que ocuparon siempre.
Fuimos amigos antes que cualquier otra cosa, y ahora, el calor que siento en el pecho cuando estoy cerca de ella es placentero, raro e inexplicable. Nunca me había pasado con nadie. Este latido desbocado, esta forma de perder el control por algo tan simple como esperar a que aparezca.
Por eso estoy así de tenso. He caminado arriba y abajo por el sendero de su casa tantas veces que me extraña no haber hecho una zanja en la tierra. El corazón me golpea las costillas con una insistencia que me descoloca por completo.
Incluso me he arreglado más de la cuenta, intentando estar a su altura, a esa elegancia natural que ella exhala.
Repaso mi atuendo en el reflejo de la camioneta: camisa y vaqueros negros —un conjunto que me habré puesto cuatro veces en la vida—, mi cazadora de piel y unas botas que tenía guardadas en el fondo del armario, esperando una ocasión que nunca llegaba.
Hasta hoy.
El sonido de la puerta al abrirse me paraliza.
Me quedo estático mientras la silueta de Brooke recorta el umbral.
Cierra tras de sí y baja los escalones con una parsimonia que me corta el aliento.
La veo caminar hacia mí y, por primera vez, decido mandar al infierno las reticencias de Zac y mis propias advertencias mentales.
Quiero dejarme llevar. Quiero ver a dónde nos lleva este camino, aunque termine quemándome vivo.
Sé que tiene que ser ella. No tendría ningún sentido si fuera otra persona.
Pero, según se acerca, el pánico me estruja el corazón con un puño de hierro.
¿Y si dejo que esto avance y ella vuelve a irse?
Porque lo hará. Estoy seguro. Brooke no ha venido a Livingston para echar raíces; su antigua vida sigue reclamándola en cada llamada telefónica que ignora.
Pero cuando despliega esa sonrisa frente a mí, decido que no me importa. Si su estancia aquí es una casualidad o un regalo de la vida, voy a exprimir cada segundo. Disfrutar de Brooke merece la pena. A la mierda mi corazón; ya veré cómo recojo los pedazos del suelo cuando ella se marche.
Estos días a su lado han sido una revelación.
Ver a la mujer sofisticada que llegó aquí transformarse en alguien que no teme ensuciarse las manos ni arrimar el hombro ha sido fascinante.
Pero no estoy preparado para lo que veo ahora.
Mi mente se había acostumbrado a su imagen de estos últimos días —vaqueros, rebecas anchas y botas sucias—, pero la luz de finales del otoño, que se filtra entre las nubes en un incendio de tonos dorados, la envuelve por completo y me impide verla con claridad hasta que está a un par de metros.
Y, joder… Menuda estampa.
Si me preocupaba no estar a la altura de lo que ella acostumbra en Chicago, el pensamiento se evapora en cuanto me fijo en los detalles.
No lleva joyas ostentosas ni marcas de lujo, pero está más arrebatadora de lo que jamás la he visto.
Viste un vestido blanco, sencillo, con encajes que sugieren más de lo que muestran y que le llega a mitad del muslo.
Lo combina con una chaqueta vaquera unas tallas más grande; el grueso forro interior de borreguito parece mantenerla a salvo del frío, y verla medio perdida dentro de una prenda tan grande le da un aire de ternura encantador.
Remata el conjunto con unas botas altas de estilo cowgirl.
Es un equilibrio perfecto entre la mujer de ciudad y la chica del rancho.
Su melena ondulada cae en cascada sobre sus hombros, el flequillo enmarca su rostro y el maquillaje, sutil pero letal en ojos y labios, la hace parecer… una tentación prohibida.
Pero lo que termina de desarmarme, lo que hace que un nudo de orgullo y algo mucho más profundo se me instale en la garganta, es ver que corona su atuendo con aquel sombrero de fieltro en color arena que le regalé hace unas semanas.
Se lo entregué casi sin pensar demasiado en ello, una excusa para que se protegiera del sol del rancho, pero ver cómo lo lleva ahora, cómo ha hecho suya esa prenda integrándola con tanta naturalidad, me sacude por dentro con una fuerza brutal.
El tono claro del sombrero resalta su piel y le da ese aire de autenticidad que tanto me gusta.
Me mata que haya elegido precisamente mi regalo para salir hoy conmigo.
Está preciosa. Jodidamente preciosa.
Se detiene frente a mí y me quedo mudo, admirando cómo la luz anaranjada del atardecer se refleja en sus ojos.
Su iris parece un trigal ardiendo bajo el sol de poniente.
Pienso en su risa, en su forma de defender lo que le apasiona, en los muros que levanta para esconder sus miedos…
y trato de recordar todas las razones por las que no debería rendirme ante ella. Pero es inútil.
Niego con la cabeza sutilmente, hipnotizado por la forma en que sus labios se entreabren.
—¿Jack? —Su voz me saca de mi estupor. Parece que no es la primera vez que me llama—. ¿Te encuentras bien?
Carraspeo, tratando de recuperar el habla y el aire que me ha robado de un plumazo.
—Sí, sí. Por supuesto. Es solo que… —Ella inclina la cabeza, manteniendo esa sonrisa juguetona—. Estás preciosa, pequeña.
Brooke frunce el ceño un instante, haciendo una mueca divertida. Todavía no sé si ese apelativo le gusta o le molesta, pero no puedo evitar que me salga del alma.
—Gracias. Tú tampoco estás nada mal, vaquero —responde, y ahora sus ojos también sonríen, brillando con una luz que me calienta por dentro—. ¿Nos vamos?
—Claro.
Le ofrezco el brazo y ella, para mi sorpresa, se engancha a mí sin vacilar.
La acompaño hasta la camioneta y le abro la puerta con una caballerosidad que hoy acepta sin rechistar.
Una vez en marcha, Fast Car empieza a sonar por los altavoces.
Miro a Brooke de reojo; oficialmente, esta es una de nuestras canciones.
Ella sonríe hacia la radio, confirmando que siente lo mismo.
—Espero que estés preparada para las fiestas de por aquí —le digo, intentando romper el hechizo del silencio.
—Jack, por favor. He estado en innumerables fiestas —me lanza una mirada de suficiencia, recordándome su mundo de eventos glamurosos.
—Oh, pequeña… no como estas —elevo una comisura, divertido.
—¿Tan seguro estás? —Entorna la mirada, aceptando el desafío.
—No he estado en los eventos de etiqueta a los que sueles ir tú, pero te aseguro que esto es otro mundo —la pico, queriendo ver hasta dónde llega su competitividad.
—Está bien, vaquero. Si tanta seguridad tienes… demuéstrame de lo que sois capaces en Livingston.
Le guiño un ojo, notando un sutil sonrojo en sus mejillas que me hace sentir victorioso. Me tomo sus palabras como un auténtico reto. Esta noche no es solo una cita; es el momento de demostrarle que aquí, en mitad de la nada, la vida tiene un sabor que ninguna ciudad podrá igualar jamás.