Las cicatrices del ayer (Montana 1) Capítulo 34 #2
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Capítulo 34 #2

Me advierte de que con Jack no sería «sexo sin más».

Con él sería un salto al vacío sin paracaídas.

Si permito que esa barrera caiga, no solo será mi cuerpo el que se entregue; será todo lo demás.

Y al final, cuando tenga que marcharme, acabaré con el corazón hecho trizas.

Y él también. Sobre todo él, porque algo me dice que Jack no sabe querer sin implicarse por completo.

Siento un nudo en la garganta y una presión en el pecho que me recuerda que, a pesar de lo mucho que me quema el deseo, sigo sin estar preparada para el naufragio que supondría enamorarme de Jackson.

—La que necesita un baño eres tú, pequeña.

Él no me besa. Quizá espera una señal, o quizá está disfrutando de mi agonía.

Se deshace con lentitud de mi rebeca, convirtiendo el momento en algo insoportablemente íntimo.

La deja caer al barro —total, ya da igual— y me deja solo con mi camiseta de tirantes blanca —que evidentemente, ya no lo es—.

Coge la manguera y deja caer el agua tibia por mis hombros y mi cuello.

Siento el agua resbalar hacia mi pecho y noto cómo la prenda se trasparenta de más; doy gracias por llevar sujetador, pero el modo en que Jack traga saliva mientras mira mi cuello me deja sin aliento.

Eleva una mano mojada y, con su pulgar, me limpia con una dulzura lenta las manchas de barro de la mejilla y la barbilla.

El contraste de esa tibieza resbalando por mi piel con el calor volcánico que emana de su cuerpo me eriza hasta el último vello del cuerpo.

Me indica con un gesto que eche la cabeza hacia atrás y deja caer agua sobre mi pelo, acariciándolo para quitar unas briznas de hierba.

Mi cuello queda totalmente expuesto y veo cómo aprieta la mandíbula, como si necesitara toda su voluntad para no devorarme aquí mismo.

Imagino la escena y un calor infernal se adueña de mí.

Mis dedos se clavan en sus bíceps porque mis piernas están a punto de fallar.

Jamás en mi vida me he sentido así, tan deseada, tan consciente de mí misma bajo la mirada de alguien.

—¿Se puede saber qué hacéis?

La voz jovial de Austin estalla en el aire de forma brusca, sobresaltándome de tal manera que el corazón me da un golpe seco contra el pecho.

Con toda la dignidad que soy capaz de reunir en mi estado, me aparto de Jack de un salto, sintiendo cómo el aire frío ocupa instantáneamente el espacio que antes reclamaba su cuerpo.

Austin nos observa con un semblante extraño, una mezcla de sorpresa y algo que no alcanzo a descifrar.

Jack, sin embargo, no aparta los ojos de mí; tiene la mirada clavada en mi rostro como si estuviéramos solos en el mundo.

Yo, en cambio, miro a Austin sintiendo un bochorno que me incendia las mejillas.

Sé que no estábamos haciendo nada malo, pero la culpabilidad me invade de repente.

Me ruborizo violentamente al pensar que Austin pueda leer en mis ojos el estado de agitación en el que me encuentro, o peor aún, que perciba esa punzada de deseo eléctrico que me recorre la pelvis desde hace un buen rato.

Al mirarlo, no sé si su expresión es de diversión o de una perplejidad absoluta ante nuestra estampa.

—Jackson, tío, ¿estás loco? Vas a hacer que enferme —dice señalándome.

Escuchar a su amigo llamarlo por su nombre completo me hace fruncir el ceño, sacándome por un segundo de mi aturdimiento.

Jack me observa con atención, y veo cómo aprieta la mandíbula; parece estar castigándose mentalmente por no haber sopesado que el frío de esta zona no perdona.

Aunque juraría que sí lo sabía, que en el fondo su instinto de protección es mayor que cualquier juego, pero que mi estúpida provocación con la manguera lo forzó a reaccionar así.

—Tranquilo, Austin, estoy bien —mascullo mientras intento estrujarme el pelo empapado.

Recojo mi rebeca del suelo; ahora pesa una tonelada, empapada de agua y barro, un recordatorio físico de lo mucho que me he dejado llevar. Sin decir una palabra más, desaparezco de allí a paso rápido, dejando atrás a Jack y a Austin en el establo.

Camino enfrascada en mis propios pensamientos, reprendiéndome por ser tan jodidamente idiota.

«¿En qué estabas pensando, Brooke?».

Me prometo a mí misma que ni muerta volveré a acercarme a él de ese modo. De hecho, me impongo un reto: si consigo evitar a Jack por completo las próximas veinticuatro horas, lo consideraré el mayor triunfo de mi vida.

Estoy inmersa en ese plan de huida cuando su voz me detiene en seco.

—¡Brooke…!

Giro sobre mis talones. Él se ha quedado a una distancia prudencial, lo cual agradezco infinitamente, porque mi cuerpo sigue irradiando un calor que, claramente, no tiene nada que ver con el clima.

Se lleva una mano a la nuca, un gesto que delata una vulnerabilidad extraña.

Ver al vaquero seguro de sí mismo, al hombre que domina este rancho con tan solo una mirada, mostrándose nervioso ante mí… me resulta peligrosamente tierno.

—Dime —respondo, abrazándome a mí misma en un intento de ocultar que sigo tiritando y que mi camiseta mojada ya no esconde nada de nada.

—Esta tarde es el festival de las calabazas…

—¿De las calabazas? —la ironía me devuelve un poco de mi antigua piel y arqueo una ceja—. ¿No se supone que eso es a finales de octubre?

—Sí. Pero bueno, ya sabes cómo es la gente por aquí —hace una mueca graciosa que me obliga a sonreír a pesar de mis propósitos de enmienda—. Le encantan las fiestas y, como todavía quedan miles de calabazas de la última cosecha, han decidido añadir otra fecha al calendario.

Verlo tan aturullado me descoloca. El gran Jack, balbuceando por una fiesta de pueblo.

—¿Y? —lo presiono, disfrutando de su confusión.

—Me preguntaba si te gustaría acompañarme —suelta, y sigue hablando antes de que mis defensas puedan alzarse—. Los chicos irán también. Puedes llamar a tus amigas, que se unan a nosotros. No tiene por qué ser… algo serio.

Lo pienso durante unos segundos demasiados largos.

Hace apenas un minuto me estaba jurando a mí misma poner tierra de por medio para no caer en la tentación.

La antigua Brooke, la que sabe que esto solo puede acabar en desastre, tiene la palabra «no» en la punta de la lengua.

Pero la Brooke de ahora, la que todavía siente el calor de las manos de este hombre en su cintura, tiene otros planes.

—Jack… yo… —resoplo, dándome por vencida—. Me encantaría.

El vaquero despliega entonces su gran sonrisa, una de esas que iluminan hasta el rincón más oscuro de mi pecho.

Me guiña un ojo mientras empieza a caminar de espaldas hacia los establos, recuperando en un segundo toda esa masculinidad arrogante y segura que me vuelve loca.

Al fondo, Austin lo espera con los brazos cruzados y una sonrisa de oreja a oreja que le marca los hoyuelos.

No tengo ni idea de qué le hace tanta gracia.

Exhalo todo el aire que tenía retenido en mis pulmones, tratando de acompasar los latidos de mi corazón, que sigue galopando sin control.

«Bravo, Brooke. Estupendo. Te aplaudo. Ni en ti misma puedes confiar».