Las cicatrices del ayer (Montana 1) Capítulo 34
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Capítulo 34

Livingston, Montana

Noviembre

—Brooke—

Llegamos a las cuadras casi media hora después.

La manta que Jack me echó sobre los hombros ha sido mi único salvavidas contra el frío; este hombre siempre parece ir un paso por delante de cualquier desastre.

Hoy el sol juega al escondite, asomando tímido entre nubes densas, pero no calienta lo suficiente como para aplacar el viento cortante que, sumado a mi ropa empapada, me cala hasta los huesos.

Estoy hecha un auténtico desastre: cubierta de barro, despeinada y tiritando.

Sin embargo, por primera vez en años, me importa bien poco.

Y hay algo en este momento que me ancla a la vida, que me hace sentir completamente presente, sin esfuerzo, haciéndome creer que no hay otro lugar que tener que volver.

Jack desmonta con agilidad, ata a su caballo y viene directo hacia mí.

Me ayuda a bajar con una delicadeza que contrasta con la rudeza de sus manos.

El golpe en el trasero protesta y noto el tobillo resentido, pero todo eso se desvanece cuando siento su tacto sobre mí.

Al deslizarse desde mis axilas hasta mis caderas para dejarme en el suelo, el tiempo se vuelve demasiado consciente.

Demasiado lento en mi cabeza. Sus dedos dejan un rastro en mi piel que me hace contener la respiración.

Es solo un segundo, pero cuando me suelta y me priva de su calor, el frío me golpea con el doble de fuerza.

—Primero bañaremos a los caballos —anuncia, guiándolos hacia la zona de lavado.

Lo sigo sin rechistar. Debería irme a casa, meterme en una ducha hirviendo y borrar todo rastro de fango, pero mi cuerpo se niega a alejarse de él. Ayudarle es la excusa perfecta para prolongar esta burbuja en la que sigo sumergida.

Observo cómo usa la manguera, empezando por las patas de los animales con un cuidado muy tierno.

Me pide el champú especial; me despojo de la manta y me arremango para aplicar el jabón.

Mis dedos se pierden en el pelaje de Nebraska, realizando masajes circulares que crean una espuma blanca y densa.

No llevo guantes; necesito sentir la textura, la vida del animal bajo mis palmas.

Limpio las crines con una destreza que me asombra, como si un recuerdo muscular de mi infancia hubiera despertado de un letargo de veinte años.

Estoy tan concentrada que tardo en darme cuenta de que Jack ha dejado de moverse. Me está mirando. Sus ojos azules están fijos en mí con una fascinación tan evidente y e intensa que me obliga a tragar saliva. Me quedo enredada en su mirada, olvidando el agua, el barro y el mundo exterior.

—Ya está —logro decir, rompiendo el hechizo con una voz que suena más ronca de lo habitual—. Deberías enjuagarlos.

Jack carraspea, como si él también necesitara reconectar con la realidad.

—Claro. Sí, claro…

Pasamos un rato largo cepillando y secando en un silencio que ya no es incómodo, sino expectante.

Cuando termina con los caballos, Jack se los lleva a las cuadras.

Dairon, en un gesto de traición absoluta a su dueño, se queda conmigo.

No puedo evitar lanzar una carcajada; este perro parece haber decidido que soy su nueva persona favorita.

—Vamos a ponerte guapo, amiguito —le susurro a Dairon mientras abro de nuevo el grifo—. Bueno, ya lo eres, no me malinterpretes, pero este barro no te hace justicia.

Dairon suelta un ladrido suave, dándome su aprobación. Empiezo a enjabonarlo, pero el muy traidor decide sacudirse justo cuando estoy más cerca. El agua y la espuma salen volando, empapándome de nuevo. Me río a carcajadas, una risa que nace del estómago, libre y salvaje, mientras juego con él.

En ese momento aparece Jack. Se queda apoyado en el marco, observándonos con una sonrisa divertida que hace que mi vientre de un vuelco. Esa sensación de «mariposas» que siempre me pareció un cliché barato de novela romántica está ahí, aleteando con furia.

—¡No te quedes ahí mirando! —le grito, intentando ocultar mis nervios—. ¡Ayúdame, que este perro no se va a lavar solo!

Se arrodilla a mi lado, su hombro roza el mío. Entre los dos terminamos la tarea, y en cuanto Dairon se ve libre, sale huyendo a toda prisa a airearse por su cuenta, probablemente para volver a ensuciarse en cinco minutos.

—Creo que prefiere secarse al aire.

—Eso parece —sonrío al observar a Jack, que se levanta al instante.

Lo imito, y lo que hago a continuación ni siquiera lo medito; debo de estar poseída.

Si la Brooke sensata, madura y seria de hace meses se hubiera parado a pensarlo, aunque fuera un segundo, entendería que es una idea nefasta.

Pero está siendo un día tan extrañamente bonito, a pesar de que me hubiera gustado ser más sincera con mi abuelo o de haberme ahorrado la caída desde el lomo de Nebraska, que me permito simplemente ser.

Me dejo llevar por el entusiasmo del momento, por esa chispa que solo este lugar parece encender en mí.

—Creo que a ti también te hace falta una buena ducha, vaquero —suelto en tono de broma.

No le doy tiempo a reaccionar. Apunto la manguera en su dirección y lo mojo por completo, viendo cómo el chorro impacta contra su pecho.

—¡Será posible, Brooke! —exclama él.

Me carcajeo al comprobar que tiene los ojos cerrados, tratando de atraparme a ciegas mientras yo giro a su alrededor como una niña traviesa.

La risa es tan placentera, tan real, que me obligo a parar un momento; tengo que sujetarme el vientre, doblándome sobre mí misma porque el aire me falta.

Es increíble. Nunca me había reído así, con esta ligereza que me hace olvidar quién se supone que debo ser.

Jack se pasa una mano por la cara para quitarse el agua de los ojos y se echa el pelo hacia atrás. Me permito observarlo una fracción de segundo, aunque sé que se convertirán en muchos más, mientras el abdomen me sigue doliendo de tanto reír.

Su imagen es, sencillamente, devastadora.

Se quitó la chaqueta al llegar y ahora su camisa empapada se pega a su cuerpo como una segunda piel; puedo apreciar cada montículo de sus músculos, la dureza de su pecho, la línea de sus abdominales.

Emite un gruñido juguetón, tan terriblemente sexy, que tengo que reprimir el mío propio al escucharlo.

Creo que no hay nada de Jack que no me guste, aunque a veces me ponga las cosas tan difíciles.

Me gusta el sonido de su voz, ese timbre que me vibra en los huesos, y hasta sus gruñidos.

Me gusta esa confianza ciega que desprende, como si tuviera claro quién es y si al resto del mundo no le gusta, que se vaya al infierno.

Lo envidio por eso. Me gusta su sonrisa amplia cuando muestra los dientes y esa otra, la pícara, la de medio lado.

Su barba de semanas, sus ojos azules que parecen contener todo el cielo de Montana…

la anchura de su espalda, la fuerza de sus piernas.

El recuerdo del contacto de sus dedos en mi piel sigue latiendo bajo la superficie.

Pero también me gusta su alma. Cuando les lleva comida a Ted y Henry porque sabe que no se cuidarían solos, o que trate a sus vaqueros como iguales siendo el mayoral.

Podría pasar horas enumerando lo que me gusta de él y aun así me parecería insuficiente.

Le asoma una sonrisa en la comisura de la boca y me deleito en ella, hasta que cometo el error de subir la vista a sus ojos.

Brillan con una picardía que me anuncia que lo que acabo de hacer será mi fin.

Entrecierra la mirada, eleva el labio y hace un movimiento de cabeza que me hace soltar un «oh, oh» interno.

—Mierda… —murmuro.

Suelto la manguera y me doy la vuelta para correr, pero Jack es más rápido. Me atrapa al instante. Siento su mano firme en mi cintura y su brazo fuerte pasando por debajo de los míos, sujetándome por el estómago. En un santiamén estoy pegada a él, estampada contra el firme muro de su pecho.

«Joder, Brooke, ¿qué has hecho?».

—No sabes lo que acabas de hacer, pequeña —susurra Jack. Sus labios rozan el lóbulo de mi oreja, enviando un escalofrío de excitación por toda mi columna.

«Créeme, me acabo de dar cuenta. Seré imbécil».

Pero mi parte racional parece haberse desconectado por completo.

Porque mi parte emocional me obliga a cerrar los párpados mientras el tiempo se ralentiza; percibo cada centímetro de su cuerpo contra el mío como si fuera mi propia piel.

Si pensaba que iba a vengarse mojándome, me equivocaba. Lo que hace es mucho más peligroso.

Me gira lentamente para colocarme frente a él.

Estoy tan pegada que tengo que agarrarme a sus bíceps para no caer; lo bastante firmes como para sostenerme sin apenas esfuerzo.

Elevo la barbilla para admirarlo, porque es la estampa más abrasadora que he visto jamás.

Tiene mechones mojados cayéndole por la frente, ocultando parcialmente esos ojos azules que se han oscurecido, volviéndose duros, intimidantes y, a la vez, extrañamente familiares.

Puedo ver una gota de agua pendiendo de sus pestañas.

Bajo la mirada a su nariz, a su barba sombreada, a sus labios…

y él se percata de cómo trago saliva. El gesto me traiciona.

El aroma que desprende es único; no son los perfumes caros de los hombres a los que estoy acostumbrada, es el olor del mismísimo bosque cerniéndose sobre mí.

Me pierdo en sus labios, tan cerca, tan reales, y una pregunta empieza a martillear en mi sien, cada vez más fuerte, sin que pueda frenarla: ¿Qué pasaría si lo besara? ¿O si, por una vez, dejara de luchar y permitiera que fuera él quien me besara?

Si nos dejáramos llevar, el mundo exterior dejaría de existir.

Es ridículo negar la tensión que vibra entre nosotros; es una electricidad estática que me eriza la piel cada vez que respiramos el mismo aire.

Quizá solo sea deseo físico, una atracción animal alimentada por el aislamiento del rancho…

O quizá sea algo mucho más profundo y aterrador.

Intento racionalizarlo, trato de convencerme de que podría manejarlo como siempre lo he hecho.

¿Y si hago como con el resto de mis ligues?

Un revolcón rápido, una noche de piel contra piel y adiós.

Sexo sin más, sin nombres grabados en el corazón, sin promesas al amanecer.

Pero en cuanto miro la intensidad de su mirada, tan clara y fija en la mía, sé que me estoy mintiendo.

Algo en mi interior, una voz que no puedo acallar, grita con un cartel de peligro y luces de neón parpadeantes: «No cedas».