Capítulo 34
Livingston, Montana
Noviembre
—Jackson—
Dairon ha llegado primero, pero apenas soy consciente de ello.
En cuanto veo a Nebraska encabritarse, alzando las patas delanteras mientras Brooke pierde el equilibrio sobre la montura, se me hiela la sangre.
No hay tiempo para pensar. Solo de reaccionar.
El grito de Brooke desgarra el aire, agudo y cargado de pánico, mientras se agarra desesperadamente a las riendas.
Abajo, Nebraska no deja de agitarse, herrando coces a ciegas y resbalando en el cauce.
El sonido salvaje del agua golpeando con violencia contra las piedras del río resuena en mis oídos, recordándome que, si cae ahí, la corriente o las rocas pueden destrozarla.
Clavo las espuelas y cabalgo más rápido de lo que creo haberlo hecho nunca. Las riendas se tensan entre mis manos mientras el caballo devora la distancia que nos separa de ella, pero sigue sin ser suficiente.
Todo en mí va a mil por hora. Siento el pulso desbocado golpeándome en la garganta y el aire entrando a trompicones en mis pulmones.
Pero lo peor es ese miedo brutal que me atenaza las entrañas y me aprieta el pecho, la puta certeza de que un segundo puede marcar la diferencia entre amortiguar el golpe o llegar tarde y verla estrellarse contra el agua.
Y entonces la veo caer, hundiéndose de golpe bajo la superficie espumosa del río.
Me tiro al río sin pensarlo. El agua helada me golpea el cuerpo como una descarga, pero apenas lo noto. Solo la busco a ella.
La corriente baja con fuerza, removiendo barro y ramas alrededor de nuestras piernas, y durante un segundo no veo más que agua.
Hasta que su cabeza rubia emerge unos metros más allá. Y el aire vuelve a entrarme en los pulmones.
Llego hasta ella enseguida, rodeándole la cintura con un brazo antes incluso de pensar en lo que hago. Necesito tocarla. Saber que está consciente. Que no se ha golpeado contra una roca. Que sigue respirando.
—Pequeña, ¿estás bien? —la voz me sale ronca, tensa. Mucho más alterada de lo que me gustaría admitir.
Le aparto el pelo empapado de la cara con dedos torpes, inspeccionando cada centímetro de su rostro mientras el agua nos golpea la cintura. Tiene la piel helada. Las pestañas pegadas. La respiración agitada.
Brooke me agarra por los antebrazos, obligándome a detener esa especie de revisión frenética que soy incapaz de controlar.
En la orilla, Dairon no deja de ladrar, saltando nervioso sobre el barro, esperando impaciente a que saquemos a su «humana» de allí.
—Estoy bien, Jack, tranquilo… —Pero entonces sus ojos se abren de par en par, dilatándose por el pánico—. ¿Y Nebraska? ¿Está bien?
Busco al animal. El caballo ya ha salido del agua y permanece junto a un sauce, resoplando, inquieto, pero ileso.
—Está perfectamente —le aseguro, atrapando sus mejillas entre mis manos para que me mire a mí. Solo a mí.
—Madre mía… Ha sido por mi culpa. He chillado, lo he asustado y… —balbucea, y veo cómo las lágrimas empañan sus ojos al pensar que ha dañado al caballo.
Verla así, empapada, temblando y todavía más preocupada por el caballo que por ella misma, me revuelve las tripas de una ternura difícil de explicar.
—Shhh, Brooke, mírame. No ha pasado nada. Él está bien —le digo bajando la voz—. Ahora mismo me importas mucho más tú.
—Te he dicho que estoy bien, Jack…
Intenta ponerse en pie por su cuenta, pero en cuanto presiona las piedras del fondo, un gesto de dolor le cruza la cara antes de que pueda esconderlo.
Frunzo el ceño al instante.
—No, no estás bien —sentencio.
—Puedo sola, vaquero, solo ha sido un golpecito —dice ella, con esa puñetera manía absurda de no dejar que nadie la sostenga.
—De eso nada.
Niego con la cabeza y, antes de que pueda protestar más, le paso un brazo por la cintura y el otro bajo las rodillas.
La levanto del agua y la pego contra mi pecho. El frío de su ropa mojada me cala de nuevo, pero ella tiembla todavía más que yo.
Al principio se pone rígida entre mis brazos, resistiéndose por ese estúpido orgullo. Lo noto en la tensión de su cuerpo. En la forma en que intenta mantener distancia incluso ahora.
Pero poco a poco termina cediendo. Sus manos acaban enlazándose tras mi nuca mientras esconde el rostro contra mi cuello, agotada.
Y en ese instante solo puedo pensar una cosa: ojalá entendiera de una vez que no tiene que cargar ella sola con todo.
Nada más dejarla en la hierba, Dairon se lanza sobre ella. El perro está fuera de sí, lleno de alegría, y empieza a lamerle la cara con un entusiasmo que me arranca una sonrisa que ni siquiera intento ocultar.
—Tranquilo, pequeño. Estoy bien —murmura Brooke, rodeando el cuello y apretándolo contra ella.
Se me infla el pecho al verla así, dejándose querer, devolviéndole el cariño sin pensarlo.
El susto ha sido mayúsculo. No quería que la acompañara, y respeté su deseo de soledad porque sé que una parte de ella necesitaba espacio y aire para ordenar el torrente de emociones en su interior.
Pero en cuanto cruzó el linde del rancho, mi instinto protector, ese que lleva años entrenado para velar por ella, me gritó que no la perdiera de vista.
Ensillé a mi caballo en tiempo récord y la seguí a distancia, oculto entre los árboles, lo bastante cerca como para intervenir si pasaba algo…
y lo bastante lejos para que no se sintiera vigilada.
Y, aun así, el corazón casi se me sale del pecho cuando la vi caer.
—¡Dairon, para! —intento frenar al perro—. Te está poniendo perdida de barro.
Pero a ella no parece importarle. Brooke estalla en una carcajada limpia, ruidosa, de esas que no se pueden fingir.
El perro se le sube al regazo. Está empapada, despeinada y con la cara y la ropa manchada de fango…
y pese a ello se ríe como si no hubiera pasado nada, con una libertad que me contagia al instante.
Esa es la Brooke que yo recordaba. La niña que corría descalza, que bailaba por toda la casa, la que se imaginaba mundos de fantasía en este bosque cuando escuchaba a su padre contar historias.
Adoraba a ese hombre y a su abuelo. Recuerdo cómo sus risas inundaban el prado y cómo irradiaba luz cuando ayudaba a mi madre en la cocina.
Verla así ahora, dejando que esa niña aflore, aunque sea un instante, es la estampa más preciosa que he visto en toda mi jodida vida.
Y eso que las anteriores de las que disfruté también las protagonizaba ella cuando solo éramos unos niños.
Brooke me mira y el color miel de sus ojos brilla con una astucia que me pone sobre aviso.
—Tu padre tan solo está empapado, Dairon… —dice con una sonrisa traviesa—. Venga, guapo, dale cariñito a él también.
¿Desde cuándo mi perro es tan obediente cuando se trata de fastidiarme? Se tira sobre mí y me restriega todo el pelaje sucio, llenándome la camisa de lodo. Brooke ríe aún más fuerte y, para rematar la faena, se acerca y me restriega fango por la cara con sus propias manos.
Estamos hechos un desastre, pero me da igual. Acabo haciéndole cosquillas en las costillas, buscando ese punto débil que sé que no soporta. Enseguida está tumbada en la hierba, removiéndose entre risas hasta que, sin darnos cuenta, acabo sobre ella.
El silencio se desploma sobre nosotros. La luz moteada que se cuela entre las ramas crea sombras en su rostro. Cada vez que la miro, su belleza me golpea como un martillo de diez toneladas. Algo en mi interior se ilumina cada vez que inhalo su mismo aire.
Ella respira con dificultad; su pecho se agita bajo la ropa mojada que se le adhiere al cuerpo como una segunda piel. Mi propio pulso se vuelve irregular, pesado. Es imposible ignorar lo tentadores que resultan sus labios, tan cerca de los míos.
La tensión en el ambiente es demasiado sólida. Noto el calor de su piel a pesar del frío del agua y su propio perfume, una mezcla de flores y campo, que me nubla el juicio.
Brooke empieza a tiritar. El subidón de la risa se le está pasando y el frío empieza a reclamar su cuerpo. Una descarga eléctrica me recorre el brazo; desearía poder calentarla de mil formas diferentes y tengo que tragarme un gruñido ante la imagen que cruza mi mente.
Nos observamos en un pulso silencioso. Ninguno quiere romper el momento, pero el frío no nos da tregua.
—Deberíamos volver… —susurra ella, rompiendo el hechizo.
—Claro —carraspeo, obligándome a levantarme.
La ayudo a ponerse en pie con cuidado. Busco una manta en mi bolsa y se la echo por los hombros, envolviéndola con firmeza.
La ayudo a montar de nuevo en Nebraska y emprendemos el camino de vuelta al rancho en un silencio que, por primera vez, no necesita palabras para explicar lo que acaba de pasar entre nosotros.