Capítulo 33
Livingston, Montana
Noviembre
—Brooke—
Tras nuestra pequeña charla, y antes de enfrascarse en su ritual de lectura, el abuelo me soltó un par de verdades que se me quedaron clavadas: debía concertar una cita con su abogado cuanto antes y, sobre todo, encontrar el momento para sentarme a hablar con mi padre.
No dije nada. Solo asentí con el ceño fruncido mientras el peso de sus palabras me hundía los hombros.
Mi padre lleva esquivándome desde el minuto uno, igual que yo a él.
Nuestra relación no es un nudo que se pueda desatar; es una cuerda que se rompió hace demasiado tiempo.
Él no me quiere aquí y, aunque me duela reconocerlo, quizá eso debería hacer más fácil recordar que este nunca fue mi lugar.
Necesitaba aire. Necesitaba que el viento me limpiara la cabeza para ver esta situación con perspectiva. Mi madre, por una vez, tiene razón: estoy alargando mi estancia en Livingston más de lo que dicta la lógica.
Aun así, no puedo evitar la sonrisa que me provoca haber compartido el desayuno con el abuelo.
Me he sorprendido reconociendo que este rincón del planeta todavía guarda un trocito de mi corazón.
Quizá no soy esa mujer estirada y prepotente que finjo ser en las oficinas; quizá esa solo era la armadura que me moldeé para que nadie viera las grietas.
Pero aquí, Candy, Jenna, Austin y hasta el testarudo de Zac han conseguido que esa armadura se resquebraje, dejando entrar rayos de luz que no esperaba. Les he cogido un cariño que me asusta.
Y luego está Jack.
Nunca un hombre había logrado hacerme sentir esta vibración constante, este zumbido en la sangre. Sé que es peligroso. Sé el daño que podría hacerme si me permito caer… o peor aún, el daño que yo le haría a él cuando me marche. Porque él no se merece que lo rompan. Justamente él, no.
Sin darme cuenta, mis pies me han llevado hasta el establo. Estoy frente a la puerta de madera que me separa de Nebraska. Mi instinto me grita que ha llegado el momento de enfrentarme a algo más que a mis pensamientos.
—¿Necesitas que te ayude? —Su voz me sobresalta, vibrando justo detrás de mí. Tiene el don de aparecer de la nada sin hacer el menor ruido.
—¡Joder, Jack! Deja de hacer eso —protesto, llevándome la mano al pecho para frenar los latidos desbocados.
—Lo siento —sonríe, y esa curva en sus labios me debilita. Se ha quitado el sombrero y su melena castaña está revuelta, con mechones apuntando en todas direcciones que lo hacen parecer terriblemente sexy y real. —¿Qué haces aquí?
—Quería ver si soy capaz de montarlo —respondo, desviando la mirada hacia el caballo para no perderme en la suya.
—Y… ¿quieres que te ayude?
Sé que no deberíamos pasar más tiempo juntos.
No quiero darle sentido a algo que no lo tiene ni alimentar expectativas que no puedo cumplir.
Pero entonces miro a Nebraska —un animal imponente, inquieto, imposible de ignorar— y tengo que admitir que no tengo ni idea de cómo ensillarlo correctamente.
Y preferiría no acabar estampada contra el suelo antes siquiera de salir del corral.
—Claro —accedo, rindiéndome a su cercanía.
Observarlo ensillar al caballo es una auténtica tortura sensorial.
Sus manos, grandes y expertas, se mueven con una precisión que me deja hipnotizada.
Ajusta las cinchas, comprueba los estribos, acaricia el lomo del animal…
Cada movimiento le hace tensar los músculos de sus antebrazos y yo solo puedo pensar en la fuerza que esconden.
Menos mal que, en algún punto entre esta mañana y ahora, ha decido cubrir ese maldito torso.
—Pues listo —anuncia, entregándome las riendas.
Las sostengo con manos temblorosas. Inspiro el aire frío, tratando de llenar el vacío que su proximidad me provoca.
—¿Quieres que te acompañe? —Los pocos rayos de sol que escapan de las nubes se reflejan en sus ojos, haciéndolos brillar con un azul casi irreal.
—Si no te importa, preferiría estar sola. Necesito pensar.
—Por supuesto —acepta sin una sola objeción, sabiendo exactamente hasta dónde puede llegar conmigo. Y eso debería tranquilizarme, pero no lo hace.
—Jack… ¿Y si no quiere que una desconocida se suba a él? —pregunto de repente, dudando de si de verdad estoy preparado para esto.
—Pues no seas una desconocida —eleva una comisura, divertido.
—Qué fácil lo ves tú.
—Brooke… —Da un paso hacia mí, invadiendo ese espacio que yo intento proteger—. Solo tienes que ser tú misma para gustarle.
—¿Y si no le gusto? —Hago un mohín, sintiéndome pequeña bajo su escrutinio.
—Oye, mírame.
Ya lo hacía. Es imposible no mirar ese cielo soleado que tiene por ojos.
Jack eleva una mano y me aparta la melena hacia atrás.
Deja su palma instalada en mi nuca —un contacto eléctrico que me recorre la columna— mientras su pulgar acaricia mi mejilla con una suavidad que me descoloca por completo y me hace bajar la guardia sin darme cuenta.
—Lo único que debes hacer es estar feliz. El caballo percibe lo que eres, no lo que aparentas.
Nos quedamos así, suspendidos en un instante eterno.
Mi respiración se agita y noto cómo algo en mí se enciende al instante, cálido e inesperado como para ignorarlo, y envía oleadas de calor hacia mi bajo vientre.
Es demasiado. Siento un tirón de deseo tan nítido que me obliga a dar un salto hacia atrás, rompiendo el hechizo.
—Recuerda que nos comunicamos con ellos a través de gestos y sonidos —dice él, probablemente notando mi huida, y su voz cambia, volviéndose más firme, más práctica. Esa que nos mantiene a salvo—. Le transmites tus emociones, Brooke. Si tienes miedo, él lo sabrá.
—Ajá —asiento, fingiendo interés en un cubo de fruta cercano. Le doy una manzana a Nebraska para ganármelo mientras Jack sigue con las instrucciones.
—Si necesitas calmarlo, haz presión suave con las yemas de los dedos o ráscalo levemente con las uñas. Así…
Me muestra sobre el pelaje del caballo y yo lo imito, tratando de que mis dedos no tiemblen.
Todo en él es sexy: la forma en que explica, la forma en que toca al animal, la forma en que me observa. Subo a la silla a toda prisa, necesitando la altura para poner distancia.
—Respira lento. Controla tu ritmo cardíaco. Solo déjate llevar, Brooke.
—De acuerdo. ¿Algo más, profesor? —le dedico una sonrisa cargada de ironía para ocultar mis nervios. Es solo un paseo, me digo. Puedo sobrevivir a esto.
—Solo una cosa más…
Jack posa su mano sobre mi muslo, apretando con una firmeza que me corta el habla. Ahogo un pequeño gemido y el nudo en mi garganta se vuelve insoportable. Su expresión se torna seria, casi solemne.
—Pequeña… —Esa palabra otra vez. Pronunciada por él suena a pertenencia—. Recuerda que el caballo es símbolo de libertad, resistencia y coraje. Ten determinación.
Con ese mensaje retumbando en mi pecho como un tambor, espoleo suavemente a Nebraska y salgo directa al campo, huyendo de su mirada para intentar ordenar el caos de mi cabeza.
La explosión de colores del otoño me tiene dopada. El bosque es un incendio de rojos, dorados y naranjas que se aferran a las ramas antes de que el invierno lo arrase todo. Nebraska trota con una delicadeza asombrosa; parece que, efectivamente, hemos conectado.
El viento me azota la cara y mueve mi melena, que hoy he dejado libre. Recordé la sensación de anoche, cuando Jack me soltó el pelo en el bar, y quise recuperar esa libertad. Visto mis vaqueros y una rebeca holgada, sintiéndome, por primera vez en años, cómoda en mi propia piel.
Intento evadirme de todo, pero el trabajo aparece como un fantasma. Mi madre me ha llamado esta mañana y no he querido contestar. Sé lo que hay al otro lado del teléfono: reproches, la orden de volver, la vida que me espera en Chicago.
El susurro del río que zigzaguea entre los árboles llena mis oídos, ayudándome a desconectar de nuevo. Dirijo a Nebraska hacia la orilla para que descanse y beba. El suelo está embarrado y el sonido del agua es relajante. Pero, justo antes de desmontar, un silbido agudo y vibrante corta el aire.
Una serpiente.
El pánico me atenaza y el grito me sale solo, agudo, torpe, completamente involuntario. Nebraska se asusta bajo mí al instante y se mete en el arroyo con un movimiento brusco que me arranca las riendas de las manos.
Todo ocurre demasiado rápido.
Pierdo el equilibrio. El mundo empieza a girar y el aire desaparece de mis pulmones mientras siento cómo salgo despedida hacia un lado. Y justo antes del impacto contra el agua helada, entre el ruido salvaje de mi propia respiración, escucho unos ladridos frenéticos acercándose a toda velocidad.