Capítulo 32
Livingston, Montana
Noviembre
—Brooke—
La luz de la mañana en este paraíso rural es distinta.
Más suave. Más tranquila. Nada que ver con esos amaneceres de mi ciudad donde el sol chocaba contra los edificios y acababa colándose por todas partes, agresivo, imposible de ignorar.
Aquí, en cambio, la mañana parece avanzar de puntillas.
El sol de noviembre parece derramarse por el ventanal despacio, tenue, como si supiera que algunos seguimos intentando recuperarnos de la noche anterior.
Me levanto de la cama con el cuerpo pesado, sintiendo todavía el eco del alcohol en las sienes, y descorro las cortinas.
El cielo ha perdido el azul vibrante de ayer; ahora es un lienzo grisáceo y denso que anuncia la llegada de la lluvia.
Abro la ventana y dejo que la brisa fresca inunde la habitación.
El frío me muerde, pero lo agradezco; necesito que me despeje la mente.
Cierro los ojos y lleno los pulmones. El olor es embriagador: tierra húmeda, pino y esa frescura pura que solo existe lejos del asfalto.
Me recuerda a una infancia que creía haber olvidado, una mezcla de calabaza, hojas secas y el aroma dulce del chocolate caliente que alguien preparaba al fondo de un recuerdo.
Este lugar se ha convertido en algo más que un alto en el camino.
Empezó siendo un escape, una aventura improvisada a la que no pensaba acostumbrarme, pero ahora…
ahora hay días en los que me descubro sintiéndome bien aquí.
De verdad. Y eso es lo que más vértigo me da.
Me gusta la calma de este rancho. Las mañanas lentas.
El silencio. La forma en que nadie parece vivir pendiente del reloj.
Como si el mundo, entre estas montañas, avanzara un poco más despacio y te dejara espacio para respirar.
Sin embargo, la realidad es una deuda que siempre reclama lo que es suyo.
Llevo un casi dos meses aquí, estirando los días como si fueran chicle, retrasando la obligación que me trajo a Montana por el miedo a enfrentarme a lo que vendrá después.
¿Qué pasará cuando tenga que decidir? ¿Qué sucederá cuando el caos de mi verdadera vida reclame su lugar?
Un silbido agudo rompe el silencio del prado, sacándome de mis pensamientos. Veo a Dairon aparecer como un rayo, corriendo hacia la figura que lo reclama: su dueño.
Jack está allí fuera. Viste sus vaqueros desgastados, esos que parecen una segunda piel, una camiseta blanca y una parka fina de trabajo que se ajusta a sus hombros con una precisión insultante.
Me fijo en cómo se mueve; hay una ligera rigidez en su costado, un rastro físico de la batalla campal de anoche.
Al verlo, la imagen de él despojándose de su camisa, reaparece en mi mente como una ráfaga de calor.
Me lo imagino así, con el torso al desnudo bajo este sol pálido, todo músculo, cicatrices y piel salvaje, con ese rastro de vello castaño perdiéndose bajo el borde del pantalón.
Me hormiguean las manos al contemplarlo. Me obsesiona la idea de bajar allí y trazar con mis dedos cada línea de su abdomen, de tocar ese labio partido que anoche sangraba por defenderme.
Jack se pone de cuclillas frente a un ternero.
El animal, en lugar de asustarse por su envergadura, empuja su hocico húmedo contra la palma de su mano con una confianza absoluta.
Jack le sonríe, ofreciéndole muestras de una ternura que me deja sin aliento; lo acaricia con esas manos grandes que anoche eran puños de acero y hoy parecen ser de terciopelo.
Le habla en susurros, como si el animal fuera el único que merece conocer su lado más dulce.
Al instante, mi mente traicionera me proyecta en el lugar de ese animal.
Me visualizo recibiendo el calor de esas manos grandes, sintiendo su fuerza contenida rodeándome, protegiéndome…
y luego, algo mucho más oscuro y urgente.
Fantaseo con el roce de su barba incipiente contra mi cuello, con los sonidos ásperos que saldrían de su garganta si me tuviera contra él, desprovistos de ropa, bajo el sol frío de noviembre.
«¡Vuelve en ti, Brooke! ¿Se puede saber qué demonios estás haciendo? Estás perdiendo la cabeza por completo por un vaquero que no encaja en tu mundo».
Pero es inútil. El aire frío me quema por fuera, pero por dentro estoy ardiendo. Es imposible apartar la vista de él. Él es el imán y yo soy solo metal intentando resistirse a una fuerza que me supera.
Sinceramente, me cuesta horrores, pero logro apartarme del ventanal para dejarlo trabajar tranquilo.
Si sigo adherida a la madera, devorando con la mirada cada músculo de su espalda, temo que mi fuerza de voluntad se evapore.
Bajar las escaleras a toda prisa y abalanzarme sobre él en mitad del prado no me parece una idea tan descabellada, y eso es precisamente lo que me asusta.
Me obligo a bajar las escaleras despacio, tragándome la agitación, y entro en la cocina.
Cada vez que pongo un pie aquí, el pecho se me llena de una gratitud punzante.
Recuerdo el estado lamentable en el que encontré esta estancia y lo que sentí al descubrir que Jack, en silencio y sin pedir nada a cambio, la había devuelto a la vida.
Ahora es preciosa, el refugio que siempre debió ser.
Sonrío al contemplar los detalles y mi vista se pierde un momento a través del ventanal entreabierto que da al prado, buscando de nuevo ese aroma a tierra y libertad.
—Pronto comenzarán las lluvias.
Me giro al oír esa voz, envejecida y cansada, pero cargada de una sabiduría que me detiene el pulso.
—Abuelo… —Me apresuro para ir a su lado y lo sostengo por el brazo, sintiendo su fragilidad bajo la tela de la camisa—. ¿Estás bien? ¿Necesitas algo?
—Oh, cielo, estoy perfectamente —responde él, dándome unas palmaditas cariñosas en la mano.
Lo guío hacia la mesa de madera del rincón, pero antes de sentarse, se acerca al viejo tocadiscos.
Sé lo mucho que adoraba ese trasto; es una reliquia de los tiempos en que esta casa rebosaba vida.
En cuanto los primeros acordes de «Be My Baby Tonight» de John Michael Montgomery empiezan a vibrar, el aire de la cocina cambia.
Cierro los ojos un segundo, transportada.
Antes, cuando sonaba esa canción, mi abuelo me cogía de la mano y me hacía girar sobre mí misma hasta que me mareaba de risa.
Luego aparecía mi padre y los tres bailábamos como locos mientras preparaban el desayuno.
Mi abuelo siempre decía que la cocina era el corazón de la casa, el punto neurálgico de un hogar.
Hasta que aparecía mi madre y nos obligaba a bajar el volumen para no molestar a nadie.
—¿Molestar a quién? —preguntaba yo, con la lógica aplastante de una niña.
—Pues a mí, Brooke, a mí. Esa música me da dolor de cabeza —sentenciaba ella.
Acto seguido, mi padre me cogía en brazos, me daba un beso en la sien y me prometía que más tarde jugaría conmigo. Mi abuelo apagaba el tocadiscos y la quietud se hacía de nuevo en la casa. Una calma que siempre me dejaba un sabor agridulce.
Sigo pegada a mi abuelo mientras termina de sentarse. No hay nada en él, salvo los achaques típicos de la edad, que me demuestre que no está perfectamente, tal como él dice.
—¿Quieres café, abuelo?
—Me encantaría —su sonrisa sempiterna bajo el poblado bigote blanco me contagia.
Mientras preparo la cafetera, el silencio se vuelve el protagonista.
Me gustaría preguntarle tantas cosas… Por qué no me llamaron, por qué se olvidaron de mí con tanta facilidad.
Los nudos de dolor se me instalan en el estómago al pensar que quizá dejé de existir para ellos durante todos estos años.
Y, sobre todo, ¿por qué cree que este rancho debe ser para mí después de tanto tiempo fuera?
—Ese chico ha traído esa bolsa —dice el abuelo, señalando la encimera.
No necesito preguntar de quién habla. La abro y descubro varios tipos de pan y algunos dulces caseros que aún conservan el calor del horno. Sonrío al imaginar a Jack colándose en mi cocina al amanecer, dejando este desayuno para nosotros sin decir una palabra.
Sirvo el café y coloco todo en una bandeja.
—Hoy desayunaremos juntos, abuelo.
—No deseo otra cosa, cielo —sus ojos verdes se iluminan y un pellizco de culpa me atenaza el pecho.
Nos sentamos frente a frente, envueltos por la suave melodía country que suena ahora de fondo y el piar de los pájaros que se cuela por la ventana.
—Cuéntame algo sobre ti, Brooke —pide él de repente—. Quiero conocer a la mujer en la que te has convertido.
Trago saliva con dificultad. Hago un repaso mental y selecciono la versión «oficial» de mi vida: los estudios, la competitividad, cómo llegué a ser editora jefe de la revista y los viajes de lujo que he disfrutado.
Él escucha atento mientras come, pero yo me muerdo la lengua para no soltar la verdad.
No le cuento que, tras marcharnos, vivimos un tiempo con mis abuelos maternos hasta que mamá se cansó de ellos porque no los soportaba.
No le digo que en el colegio no hice amigos porque me veían como una «niña de campo» extraña.
Crecí con un vacío que ninguna ciudad ruidosa ni ningún éxito profesional lograba llenar.
Me pasé años preguntándome cada día, antes de dormir y al despertar, por qué mi propio padre, mi abuelo…
la gente a la que quise con toda mi alma infantil, simplemente dejó de quererme.
Me torturaba imaginando el cartero llegando al portal y pasando de largo, o el teléfono de casa en un silencio sepulcral, esperando una llamada que nunca se produjo.
Ni una carta por mi cumpleaños, ni un «te echo de menos» en Navidad.
Nada. Fue como si, al cruzar el límite del estado, yo hubiera dejado de existir para ellos, como si me hubieran borrado de las fotografías y de sus memorias con la misma facilidad con la que se sacude el polvo de unas botas.
Me volví una chica hermética, arisca, centrada solo en los estudios y en mi madre.
Recuerdo una noche, en mi primer año de carrera, cuando discutí con ella por una fiesta.
Me prohibió ir, diciendo que esas fiestas no traían nada bueno y que no quería que yo arruinara mi vida como le pasó a ella.
Nunca me dio explicaciones, pero en ese instante hallé la respuesta que me rondaba la cabeza: yo le destrocé la vida a mi madre.
Yo fui el error que truncó sus sueños. Mi madre se quedó a mi lado, sí, pero lo hizo por obligación, no por amor.
Aquella noche, por primera vez, desobedecí.
Salí, bebí y bailé. Y esa misma noche aprendí que mis relaciones con los hombres serían como las que ella tenía: encuentros de una semana, sin ataduras, sin riesgo de que te rompan el corazón.
El amor es una palabra que nos queda grande a las Brown.
Al fin y al cabo, si tu propia sangre puede olvidarse de ti, ¿quién demonios va a quererte de verdad?
Pero, por supuesto, a mi abuelo no le cuento nada de eso. Le ofrezco una sonrisa forzada y digna de una portada de revista y sigo reservando mis cicatrices para cuando esté a solas.