Las cicatrices del ayer (Montana 1) Capítulo 31
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Capítulo 31

Livingston, Montana

Octubre

—Brooke—

Huelga decir que estoy en contra de la violencia.

En mi trabajo los conflictos se resuelven con una mirada gélida o una cláusula de rescisión, no con los puños.

Sin embargo, tengo que admitir algo que me avergüenza y me fascina a partes iguales: jamás nadie se había peleado por mí.

Nunca. Y por extraño que me parezca, el eco del puñetazo de Jack ha dejado un calor reconfortante en mi pecho, una chispa de algo primitivo que me susurra que, en este rincón salvaje del mundo, no estoy sola.

El hombre que creyó que mi cuerpo era de libre acceso por el mero hecho de bailar en una barra ha decidido no denunciar.

Tiene gracia que quien terminó comportándose como una víctima fuera precisamente él.

Aunque, siendo sincera, no me cuesta imaginar qué le habrá dicho ese vaquero mientras lo asfixiaba contra la pared.

El tipo se ha acercado a mí antes de irse, con la nariz hinchada y los ojos hacia abajo, para pedirme perdón.

Y como lo único que quería era que aquello acabara, he asentido con la poca frialdad que me queda mientras lo veía desaparecer en un coche, presionándose un paño ensangrentado contra la cara.

Al girarme, el cuadro que veo es digno de una película de bandas.

Nuestros vaqueros están sentados en el bordillo, apartados de la entrada del local, bajo la luz parpadeante de un neón.

Candy y Jenna revolotean sobre Tucson y Austin con trapos, hielos y una paciencia infinita mientras reparten regañinas.

Zac está un poco más alejado, rechazando cualquier ayuda con un gesto hosco, pero no he pasado por alto que fue el primero en acudir a nuestro auxilio.

Tampoco la forma en que me bajó de esa barra: firme, sí, pero con una delicadeza y un cuidado que no encaja en alguien como él.

A quien no veo es a Jack. Oteo la oscuridad hasta que su silueta recorta el umbral del local. Sale limpiándose los nudillos, el rostro marcado por la pelea. Y algo dentro de mí reacciona antes de que pueda frenarlo. Me acerco a él antes de poder pensar lo que estoy haciendo.

—¿Estás bien? —pregunto, y mi voz se queda atrapada en un susurro al estar frente a él.

Él se apoya en la pared, soltando un suspiro pesado. Al ver los daños de cerca, se me contrae el gesto sin querer.

—¿Te duele? —Levanto la mano para rozar su labio partido, pero me detengo a milímetros. Algo me golpe por dentro, un vuelco seco en el estómago que me hace retirar los dedos antes de pensarlo.

—Tranquila, pequeña. Estoy perfectamente. Esto no es nada —dice, con esa voz profunda que parece vibrar directamente contra mi esternón.

—No lo parece —tuerzo la boca, escéptica.

—No te preocupes. Ven aquí.

Estira un brazo y, sin darme opción a pensar, me atrae hacia él.

Me acurruca contra su pecho como si fuera lo más natural del mundo, abrazándome de una forma que nadie ha hecho jamás.

Su ropa y su piel desprenden ese aroma a madera, bosque, pino y enebro.

Es un olor que parece entrar directamente por mis pulmones y reclamar cada célula de mi cerebro.

Cada vez que estoy así de cerca, mi capacidad de pensar con claridad se evapora.

Siento una presión dulce en el estómago, algo placentero y peligrosamente familiar. Sé que debería apartarme. No debería dejar que me abrace como si fuera suya, como si necesitara protegerme del resto del mundo.

«No soy de nadie y nunca lo seré», me repito como un mantra.

«Recuerda, Brooke: si no dejas entrar a nadie, nadie podrá dejarte atrás. Nadie te lastimará si mantienes la distancia».

—¿Y dónde estabas? —pregunto, intentando sonar autoritaria.

—Me aseguraba de que Ava recibiera lo que ese tío ha pujado esta noche.

Quería dejarlo claro antes de que se lo llevaran al hospital —responde él con una calma que me asombra—.

Y después me he entretenido un poco más pidiéndole perdón por la que hemos armado en su local.

No me gusta dejar cuentas pendientes ni que la gente que hace bien su trabajo pague por los platos rotos de otros.

Es absurdo. Este hombre es un enigma de contradicciones. Después de una pelea de bar, lo único que le importaba era que la escuela recibiera el dinero. Yo ya le había asegurado a Ava que haría la transferencia el lunes, pero él necesitaba sellar el trato a su manera.

—¿Y se puede saber por qué te has contoneado de ese modo delante de todos esos tíos? —pregunta de repente, arrugando el ceño con una sombra de reproche.

—¿Qué ocurre, vaquero? ¿No te ha gustado el espectáculo? —le pregunto, bajando la voz hasta que solo él pueda oírme.

Le sostengo la mirada, entrecerrando los ojos mientras trato de convencerme de que el tequila y las cervezas todavía me recorren la sangre con fuerza, dándome la valentía necesaria para tentarlo de esa manera.

Necesito creer que es el alcohol el que me empuja a buscar el peligro en su mirada, y no algo mucho más profundo que se me escapa de las manos.

Me gusta ver esa sombra de posesividad cruzando su rostro; me hace sentir poderosa y, al mismo tiempo, terriblemente expuesta.

—Joder, sí. Me ha gustado —suelta, y la honestidad de su voz me golpea como una ráfaga de aire frío… Se pasa la mano por el pelo, frustrado—. Pero habría preferido ser el único en disfrutarlo. En la intimidad, a ser posible.

Siento demasiado calor concentrado en las mejillas. Pero no es ese el que me preocupa, sino el que nace mucho más abajo y me obliga a apretar las piernas con un sutil gesto instintivo.

Necesito que pare. Necesito que deje de lanzarme esas frases cargadas de intención que me recorre la piel con un escalofrío demasiado lento.

Porque cada vez que nos sitúa a los dos en un espacio íntimo, mi mente traicionera ya nos ha quitado la ropa, y me aterra lo mucho que deseo que sus manos dejen de ser un refugio para convertirse en algo mucho más salvaje sobre mi cuerpo.

—Obviando lo ocurrido… ¿Lo has pasado bien? —Gracias al cielo que es él quien cambia de tema, dándome el oxígeno que mis pulmones ya no encontraban.

—La verdad es que sí —admito, y la sonrisa me sale sola.

Después de muchísimo tiempo, la música country no me ha parecido simple ruido.

Me ha hecho sentir una libertad que no recordaba, como si al moverme sobre esa barra hubiera dejado atrás todas las expectativas con las que he crecido.

Por un momento, me he sentido como Violet Sanford en Coyote Ugly, dueña de la noche.

Y en cada giro que daba, siempre encontraba esos ojos azules fijos en mí.

Los mismos que ahora brillan con una emoción contenida.

—Me alegro de que haya sido así.

Da otro paso. Mis manos hormiguean por tocarlo, por limpiar la sangre que aún tiene en su labio.

—Pequeña… —Su voz baja a ese registro grave, casi un ronroneo, que usa cuando la intimidad nos rodea.

Me cuesta respirar. El aire entre nosotros es denso, cargado de electricidad. Mi corazón cabalga contra las costillas cuando vuelvo a mirar su boca. Esa palabra, «pequeña», suena en sus labios como una promesa que no sé descifrar.

Jack invade por completo mi espacio personal.

Me aparta un mechón de pelo con una lentitud exasperante y lo coloca tras mi oreja.

Luego, acaricia mi mejilla con los nudillos, todavía ásperos, marcados por la pelea.

Un gesto tan tierno que me descoloca por completo.

Me sujeta por la barbilla con el pulgar y el índice, moviendo mi cara suavemente para inspeccionarme.

—¿De verdad estás bien? —Su mandíbula se tensa y aparece ese surco entre sus cejas que me muero por alisar con los dedos.

Asiento, incapaz de articular palabra. El bar a nuestras espaldas se desdibuja en puntos de luz borrosos, hasta quedar en un segundo plano; él es lo único nítido.

Mis ojos recorren su rostro, su garganta, sus antebrazos marcados…

y solo puedo fantasear con esas manos sujetándome con fuerza, empotrándome contra una pared o llevándome a su cama.

Imagino el calor de su piel desnuda, el sonido áspero de su respiración cuando me imagino siendo solo suya.

—Ajá… —consigo articular.

Mi cerebro grita en señal de alarma. Con toda la fuerza de voluntad que me queda, doy un paso atrás para recuperar el oxígeno.

—Se… se ha hecho tarde, Jack —carraspeo, tratando de recomponerme.

Él deja caer el brazo y suelta el aire que, al parecer, también estaba reteniendo.

—¿Quieres que te acerque?

—No, volveré con las chicas. Gracias.

—De acuerdo. Ya sabes dónde encontrarme si necesitas algo.

—Genial. Sí. Ha estado bien… me lo he pasado muy bien. Nos vemos —balbuceo mientras me giro para buscar a Candy y Jenna—. Buenas noches, Jack.

—Buenas noches, pequeña.

Le doy la espalda y cierro los ojos con fuerza. Sus palabras me han estallado en el pecho como fuegos artificiales.

—¡Por cierto! —Su voz me alcanza cuando ya me he alejado unos metros—. ¡Me debes una cena!

No me giro, pero no puedo evitar que una pequeña sonrisa asome en mis labios mientras sigo caminando.