Las cicatrices del ayer (Montana 1) Capítulo 30
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Capítulo 30

Livingston, Montana

Octubre

—Jackson—

—Pareces alterada —le susurro al oído cuando logro acortar la distancia.

Brooke se gira bruscamente. Sus ojos están encendidos, brillantes por el alcohol y la adrenalina.

Me recorre con la mirada: se detiene en mi boca, sube a mis ojos y vuelve a bajar a mis labios, anclándose ahí unos segundos que me parecen una eternidad.

No puedo evitar pensar en cómo sería besarla.

Me pregunto si le gustaría que lo hiciera de una forma salvaje y fiera, reclamándola con esa urgencia que me quema por dentro cada vez que me mira, o si, por el contrario, preferiría descubrir que detrás de toda esta fachada de tipo de rancho, rudo, bruto,

también se esconde un hombre capaz de besar con una dulzura que le robe el aliento.

Sinceramente, le daría lo que ella me pidiera y necesitase. Puedo ser todo a la vez si lo deseara. Mis músculos se tensan con violencia al imaginar lo que vendría después de ese beso.

—Más quisieras, vaquero —suelta ella, recuperando el aliento. Esconde una sonrisa tras su vaso de cerveza, provocándome con una maestría que no pocas veces le he visto—. Quizá es solo la excitación de la novedad. Y no te voy a negar que ahí arriba has tenido unos contrincantes bastante… apetecibles.

—Pero has pujado por mí —le devuelvo una sonrisa maliciosa, disfrutando de cómo se le entrecorta la respiración. Brooke abre mucho los ojos, atrapada en la verdad.

—Era por ayudar a esos niños, Moore. No te lo creas tanto.

—Podrías haber dejado ganar a la otra señora. Ella parecía muy dispuesta a colaborar con la causa —contraataco. Me inclino hacia ella, invadiendo su espacio vital hasta que tiene que echar la cabeza hacia atrás para sostenerme la mirada.

—Y yo te he dicho que la oferta se podía mejorar. Soy editora jefe de una reconocida revista, Jackson. Sé reconocer un buen producto cuando lo veo.

—Ya. Será eso —murmuro, bajando la voz hasta que compartimos el mismo aire. El olor a tequila, cerveza y a su perfume floral me está nublando el juicio.

—¡¿Qué os parece si hacemos lo mismo con las mujeres?! —El grito de Ava por el micrófono rompe nuestra burbuja.

La rubia entrecierra la mirada y una comisura de sus labios se eleva con una malicia que me pone sobre aviso.

—Prepárate para lo que vas a ver, vaquero —susurra tan cerca de mi boca que puedo sentir el calor de sus palabras. El vello de mis brazos se eriza—. Vamos chicas —se gira hacia Candy y Jenna, agarrándolas por los brazos con una energía renovada—, enseñémosles cómo se gana dinero de verdad.

Me guiña un ojo mientras mis colegas estallan en silbidos y vítores. Todos menos Zac, que emite un gruñido profundo y se hunde más en las sombras. Sé que Brooke se arrepentirá por la mañana, pero ahora mismo tiene ese brillo de querer arrasar con todo en la mirada, y no soy quién para detenerla.

—Eh, Brooke, espera —la detengo, rodeando su muñeca con los dedos. Siento su pulso acelerado bajo mi tacto. Me inclino hacia ella—. Permíteme.

Antes de que pueda protestar, sostengo el coletero de su trenza y lo deslizo. Su pelo cae en una cascada de ondas perfectas, doradas y fragantes sobre sus hombros.

Joder.

Ahora el que se arrepiente soy yo; verla así es demasiado para mi autocontrol.

—Disfruta, pequeña —le digo con la voz más ronca de lo que pretendía.

Ella entorna los ojos, mordiéndose el interior de las mejillas para ocultar una sonrisa juguetona, y se da la vuelta.

Pero no busca las escaleras del escenario; se encamina con paso firme hacia el extremo más concurrido de la barra, arrastrando a las chicas con ella.

Antes de que pueda procesar sus intenciones, se acercan a unos tipos que están acodados y les susurran algo al oído.

Ellos, encantados, las agarran por la cintura y las aúpan hasta lo alto de la madera.

Aprieto la mandíbula hasta que me duelen los dientes. Mis puños se cierran por instinto. Esto ya no me gusta ni un pelo.

Ava proclama que nuestras chicas son «la bomba» y los hombres empiezan a arremolinarse a los pies de la barra como lobos hambrientos. Los piropos suben de tono, volviéndose soeces y groseros en cuestión de segundos. Brooke se convierte en el centro de gravedad del universo.

El foco la encuentra, recortando su silueta contra la penumbra del bar.

Empieza a moverse y, joder, no tiene nada que ver con nuestro baile torpe de vaqueros.

Ella baila con una sensualidad innata, una mezcla de elegancia y fuego salvaje.

Sus caderas se balancean al ritmo de la música, rítmicas y fluidas, mientras su top negro brilla bajo las luces, pegándose a su cuerpo.

Se ríe, compartiendo miradas cómplices con Jenna y Candy, que a ambos lados parecen sus escuderas en una batalla de seducción.

Jenna se mueve con una fuerza felina, desafiante, mientras Candy derrocha una alegría contagiosa que hace que los dólares vuelen hacia ellas.

Pero Brooke… Brooke posee algo más. Se agacha con una lentitud tortuosa, rozando la superficie de la barra con las yemas de los dedos, su mirada clavada en la mía como si estuviéramos solos en el mundo.

Es un desafío directo, una declaración de guerra de la que no quiero escapar.

El aire se vuelve denso, cargado de feromonas y de una adrenalina tan espesa que casi se puede mascar.

El espectáculo es hipnótico, pero el ambiente está empezando a volverse demasiado eléctrico, demasiado turbio.

Veo las caras de los tíos de la primera fila; ya no es admiración, es hambre.

Y Brooke, en su embriaguez de libertad y alcohol, no ve que está bailando al borde de un precipicio.

Mi corazón late con tal fuerza que me duele el esternón.

Estoy fascinado, sí, pero el instinto de protección está empezando a asfixiar el deseo.

No soporto que todos esos ojos la recorran como si fuera un trofeo.

No soporto que esas manos busquen un roce prohibido mientras ella se ríe, ajena a la marea que está a punto de desbordarse…

Si alguien me hubiera dicho que esto acabaría pareciéndose una escena de Bar Coyote, le habría dado la razón. El aire en el Molley se ha vuelto espeso, cargado de ese olor a sudor, alcohol barato y testosterona que siempre precede a un desastre.

Ava sigue soltando apuestas por el micro, pero yo ya no la oigo.

Mi mundo se ha reducido a un solo punto: el desgraciado que ha decidido saltarse todas las putas reglas.

Es un hombre de unos cincuenta años, calvo, sudado y con esa mirada turbia que da el exceso de bourbon.

Lo veo sacar un fajo de billetes y abalanzarse hacia la barra con un hambre que me revuelve las tripas.

Antes de que pueda dar un paso, le echa la mano al tobillo a Brooke.

La tira con una fuerza bruta, haciendo que sus botas resbalen y que caiga de culo sobre la madera con un impacto seco que me recorre la columna.

Veo a Jenna y a Candy agacharse para cubrirla, pero al imbécil le da igual.

Se le va la mano, plantándosela en el culo con una arrogancia asquerosa, riéndose como si hubiera cazado una pieza y tuviera derecho a manosearla delante de todo el mundo.

Aprieto tanto los puños que siento que los tendones me van a saltar de los nudillos. Me duele la mandíbula de la tensión.

«Se acabó».

No hay pensamiento racional, solo instinto animal.

Cruzo el local con una violencia ciega. No esquivo a la gente, la aparto a golpes.

Llego hasta él y lo agarro del cuello de la camisa con una mano, levantándolo lo justo para tener su cara a mi altura.

Le suelto un puñetazo que me recorre todo el brazo hasta el hombro.

El sonido del impacto es sordo, de hueso contra hueso, y se oye incluso por encima de la música.

Austin, Tucson y Zac no esperan a que les diga nada. Han saltado detrás de mí y el bar se convierte en una carnicería en segundos. Veo a Zac repartiendo leña con una frialdad que asusta; no desperdicia ni un movimiento, despejando el sitio a base de fuerza bruta.

Después de un forcejeo que me llena la boca de sabor a sangre, consigo estampar al tipo contra la pared del fondo.

El local es un hervidero; hay gente corriendo hacia las salidas por si aparece la policía, pero yo no puedo soltarlo.

Le tengo el antebrazo clavado en la tráquea, sintiendo cómo se ahoga bajo mi peso.

—¡Sacadlas de aquí! ¡Ya! —rujo hacia mis hombres.

Obedecen al momento. Veo de reojo cómo Zac agarra a Brooke por la cintura, levantándola de la barra con una delicadeza que no le pega nada, asegurándose de que pise firme antes de bajar a las otras dos y empujarlas hacia la puerta.

Pero Brooke se da la vuelta. Viene hacia mí y me agarra del antebrazo. Sus dedos tiemblan sobre mi piel.

—Suéltalo, Jack, por favor —me suplica. Le clavo una mirada que sé que está cargada de odio y furia. Sus ojos están dilatados, llenos de un pánico que me desgarra por dentro—. No merece la pena. Vámonos de aquí.

—Eso, tío… escúchala —el cerdo escupe un coágulo de sangre que me mancha la camisa. Su voz suena rota, ahogada por la presión que ejerzo sobre su garganta.

Estoy a punto de soltarlo. Por ella. Porque me lo pide con esa voz que atendería a cualquier súplica. Pero este cabronazo decide que es un buen momento para seguir cagándola.

—Además… si se contonea como una puta, que no espere que la traten de otra forma.

El mundo se vuelve rojo al instante. No hay frenos, no hay juicio, solo el impulso de reventarle la cara.

Sin pensar, le suelto otro puñetazo directo a la nariz. Siento el crujido del cartílago bajo mis nudillos y es lo más satisfactorio que he sentido en toda la noche. Brooke suelta un grito que me atraviesa los oídos, pero ya me da igual todo.

Nadie la toca.

Nadie la llama así.

No mientras yo respire.