Capítulo 29
Livingston, Montana
Octubre
—Brooke—
He presenciado situaciones surrealistas a lo largo de mi vida.
Trabajar codo con codo con Tiffany Brown te inmuniza contra el asombro; la he visto obligarme a organizar desfiles donde las modelos apenas podían caminar bajo el peso de vestidos hechos de metal industrial,
o cenas benéficas donde el diamante del collar de una invitada costaba más que el presupuesto anual de una ONG.
Pero nada, absolutamente nada de mi pasado me había preparado para lo que estoy a punto de ver esta noche.
—Toma, cariño. Combustible para el espectáculo —Jenna me tiende mi tercera cerveza. O la cuarta. A estas alturas, he perdido la cuenta y mañana me pasaré el día maldiciendo a la Brooke de esta noche.
Choca su vaso con el mío y el de Candy con un entusiasmo que hace que la espuma salte, derramándose sobre mis nudillos.
Le doy un sorbo largo, sintiendo el frío del cristal y el amargor del lúpulo, y me limpio el bigote blanco con el dorso de la mano.
Esa voz en mi cabeza que suele decirme qué es apropiado y qué no, acaba de quedarse muda.
—¿Preparada para la función, Brooke? —pregunta Candy con una chispa de malicia en los ojos.
No puedo responder. La voz de Ava, la organizadora, estalla a través del micrófono, inundando cada rincón del The Molley Bar, y se instala el caos en el local; la gente silba, hace retumbar la madera y grita con una emoción primitiva que te contagia.
—Mira, ya suben —Candy me da un codazo en las costillas, señalando el escenario improvisado.
Como si no los hubiera visto ya. Como si mis ojos no hubieran detectado su movimiento antes incluso de que pusiera un pie en el primer escalón. Malditos instintos.
Ava presenta la dinámica con un desparpajo envidiable.
Nuestros vaqueros se colocan en fila junto a otros cuatro hombres locales.
Las presentaciones son rápidas, cargadas de dobles sentidos y promesas de «buena compañía».
Visto desde fuera, con el pragmatismo de Tiffany Brown, esto es literalmente un mercado de carne.
Pero aquí, bajo las luces LED y el calor de la multitud, hay algo genuino.
De pronto, un pensamiento me asalta: si mi madre tuviera que ayudar a esta escuela, habría organizado una gala en la terraza del Four Seasons Chicago.
Habría figuras de hielo, canapés de esturión que nadie se atrevería a comer y setecientas personas vestidas de etiqueta fingiendo que les importa algo más que salir en los titulares al día siguiente.
Tiffany Brown recaudaría miles de dólares, sí, pero se gastaría la mitad en el menú y la otra mitad en relaciones públicas.
Aquí no hay cubiertos de plata. Hay gente real sudando, riendo y soltando dólares por el simple placer de ver a sus vecinos hacer el ridículo por una buena causa. Y, por primera vez, esta idea me parece infinitamente mejor.
Entonces, la música estalla. Un ritmo country-rock con un bajo tan potente que me retumba en el estómago.
Los hombres empiezan a moverse. Austin es el primero en desatarse; tiene una energía arrolladora, bailando con pasos que mezclan la gracia de un profesional con la picardía de un seductor de pueblo.
Los dólares empiezan a volar hacia el escenario como una lluvia de papel.
El resto del grupo se contagia de su alegría, y es entonces cuando lo veo a él.
Abro tanto los ojos que siento que las pestañas se me van a pegar a las cejas. Candy me da un toquecito en la barbilla para cerrarme la boca.
—Chica, se te va a caer la baba en la cerveza —se ríe Jenna.
—¡Qué! No… es que no esperaba que… —balbuceo, incapaz de apartar la vista.
—¿Que esos vaqueros supieran mover así el esqueleto? —Jenna enarca una ceja, disfrutando de mi colapso—. Admítelo, Brooke: es impactante.
Es todo lo que juré que jamás me atraería concentrado en un solo hombre.
Es rudo, es divertido y es jodidamente hipnótico.
Mis ojos se clavan en Jack. Su melena castaña brilla bajo los focos y sus ojos azules parecen haber absorbido toda la luz del local.
Y entonces, imitando la broma de Austin, empieza a desabrocharse la camisa.
Con una parsimonia que debería estar prohibida, Jack libera los botones uno a uno.
La tela se abre para revelar un pecho dorado, tostado por el sol, con los músculos del abdomen marcándose en cada movimiento, coordinados con el ritmo de la música.
Me permito estudiarlo con una atención pecaminosa.
El vello oscuro que nace en su pecho desciende en una línea fina que desaparece bajo el cinturón de sus tejanos, allí donde las caderas se mueven con una soltura que me hace apretar los muslos.
Sentir su atractivo es una cosa; verlo exhibirlo con esa sonrisa ladeada es una tortura. Me muerdo el labio inferior, memorizando cada sombra de sus músculos, cada surco de su piel.
Vuelvo a la realidad cuando los gritos de las mujeres a mi alrededor alcanzan un volumen ensordecedor. Ava las incita a pujar.
—¡Una cena con este espécimen! —grita ella.
Y entonces, la imagen me golpea de lleno: Jack sentado a la luz de las velas con una desconocida. Jack sonriéndole a otra mujer con esa misma calidez. Jack siendo «propiedad» de alguien durante una noche entera.
Y me arde el pecho. El estómago. Las venas.
No es el tequila ni la cerveza; es algo mucho más posesivo y visceral. No quiero que sea de otra. Esa cena tiene que ser mía.
Una mujer de unos cuarenta años, con un estilo rockero, tatuajes en los brazos y una seguridad aplastante, lanza una puja suculenta. El mazo de Ava está a punto de caer.
«A la una… a las dos…».
No soy dueña de mis actos. Culparé al alcohol, culparé a Mercurio si hace falta o a la música, pero antes de que el mazo sentencie mi destino, me subo al taburete de un salto, desafiando el equilibrio y la gravedad.
—¡Doblo la apuesta! —grito por encima del estruendo.
El bar se queda en un silencio tenso durante un segundo, antes de estallar en vítores. La mujer de los tatuajes me dedica una mirada inquisidora que promete un ajuste de cuentas en el parking, pero no me importa.
—¡Adjudicado a la chica de la barra por cinco mil dólares! —anuncia Ava.
«Cinco mil dólares».
He pagado cinco mil dólares por una cena. Tiffany Brown estaría orgullosa de mi eficiencia financiera, aunque se horrorizaría del método. Mis amigas dan saltitos, celebrando mi locura como si fuera un triunfo olímpico.
Desde su posición junto a la barra, Zac me observa.
No se ha movido un milímetro, pero su mirada es tan fría y cortante que casi puedo sentir el hielo en mi piel.
Me taladra con esos ojos oscuros, dejando claro que no aprueba mi «compra» ni mi espectáculo.
Pero hago caso omiso de su desprecio. Desvío la vista hacia el escenario.
Jack está chocando el puño con Austin y Tucson, riendo, hasta que sus ojos se encuentran con los míos. Su sonrisa pícara se ensancha, volviéndose algo más dulce, más privada. Me mira como si supiera exactamente por qué lo he hecho.
Y es en ese preciso momento, mientras bajo del taburete con las piernas temblando, es cuando el arrepentimiento empieza a filtrarse por las grietas de mi embriaguez.
«¿Qué demonios acabas de hacer, Brooke?»