Capítulo 28
Livingston, Montana
Octubre
—Brooke—
Si me hubieran preguntado hace un mes, habría dicho que un local así no es de mi agrado.
Es el polo opuesto a los lounges minimalistas y sofisticados de Chicago, donde el volumen de la música te permite mantener la compostura y cada gramo de dignidad en su sitio.
Sin embargo, hay algo en el The Molley Bar que me atrapa.
Es eléctrico. Es, al parecer, el epicentro de la vida nocturna de Bozeman y alrededores, y lo entiendo en cuanto cruzo el umbral.
La atmósfera es al más puro estilo country, sin filtros ni adornos innecesarios: tablones de madera crujiente, paredes de ladrillo visto que narran décadas de juerga y miles de fotografías de clientes famosos que nos observan desde marcos iluminados por tiras de LED.
Hay un olor embriagador a serrín, cerveza derramada y perfume barato que, extrañamente, resulta acogedor.
Al fondo, entre la penumbra, distingo mesas de billar y póker donde el tintineo de las fichas compite con la música.
Pero lo que de verdad hipnotiza es la pista de baile: una marea de sombreros y botas moviéndose con una energía que te hace vibrar el pecho.
Es un lugar informal, rudo y terriblemente amigable.
Por un segundo, me siento la protagonista de una de esas películas que siempre juré que eran tan solo ficción para adolescentes.
Pero esto no es la gran pantalla; es la realidad, huele a sudor y Bourbon, y no tengo ni idea de si estoy preparada para lo que se aproxima.
El calor dentro del local es sofocante en contraste con el aire más fresco de la calle.
Me alegro infinitamente de haber escuchado a Candy y haber dejado la chaqueta de Jack en el asiento trasero de su coche.
Ahora, solo vestida con mi top negro ceñido y la minifalda vaquera, me siento extrañamente ligera. Y expuesta.
Candy y Jenna tiran de mí hacia la barra, esquivando a un grupo de vaqueros que ríen estruendosamente.
Nos detenemos frente a una hilera de barriles de cerveza gigantescos que parecen sacados de una vieja destilería de contrabando.
Apenas nos hemos hecho un hueco en la barra cuando los chicos aparecen tras nosotras.
Siento unas manos grandes, calientes y firmes colándose por mi cintura.
Me sostienen con una confianza que me corta el aliento y pego un respingo que casi me hace tirar el bolso.
Sus dedos se clavan en la tela fina de mi top; la barrera que antes me ofrecía su propia chaqueta ha desaparecido, dejándome a merced del calor directo de su piel.
—¿Habéis pedido ya? —La voz grave de Jack reverbera en mi columna, compitiendo con el bajo de la música.
Odio el hormigueo que me recorre el cuerpo. Odio que mi piel reconozca su tacto incluso a través de la ropa. Intento fingir indiferencia, pero mi sistema nervioso está enviando señales de alerta roja. Esto no va a acabar bien; lo huelo en el aire.
—No —responden mis amigas con una alegría que me resulta un tanto sospechosa. Yo soy incapaz de articular palabra porque sigo sintiendo la presión de sus dedos en mis caderas, como si el top que llevo puesto hubiera dejado de existir—. Acabamos de llegar. ¿Queréis cerveza?
—Obvio, preciosa —Austin ocupa el lugar a mi derecha, pegándose a Candy con una naturalidad envidiable.
Aprovecho el movimiento para zafarme del agarre de Jack y me encaramo a un taburete libre. Me pongo frente a él, usando la madera de uno de los barriles como una trinchera.
«Aquí no podrá tocarme», me miento a mí misma.
Jenna toma el mando y pide las bebidas: cerveza para ellos y tequila para nosotras.
Si hiciera un recuento del alcohol que he ingerido desde que llegué a Montana, la cifra superaría con creces todo lo que bebí en mis años universitarios.
En Chicago, yo era la chica de la copa de vino blanco que duraba toda la noche.
Aquí, soy la que se abalanza sobre el chupito en cuanto el barman lo apoya en la madera.
Me lo bebo de un trago. Sin pensar. El líquido me quema la garganta y me enciende un fuego en el estómago que, lejos de calmar la ansiedad, la potencia.
Jenna pide una segunda ronda y sé que he cruzado el punto de no retorno.
Una hora después, el bar es un hervidero.
Hablamos a gritos para hacernos oír. Yo me refugio en la charla con Austin y Tucson —quien me sonríe con esa timidez que lo hace parecer un cachorrito perdido—, mientras Jack y Zac hablan entre ellos en voz un poco más baja.
Imagino que Zac le está dando un sermón sobre por qué mezclarse con nosotras es un error.
Y por primera vez, estoy de acuerdo con el Neandertal.
Entonces, aparece alguien.
Es el tipo de mujer que hace que el resto de las mortales nos sintamos invisibles.
Melena castaña con reflejos miel que le cae por la espalda, piel canela y unos ojos color chocolate que contrastan con unos labios pintados de un rojo tan intenso que parece una advertencia.
Lleva una camisa de cuadros anudada por encima del ombligo, dejando a la vista un sujetador de encaje negro que grita «mírame».
Sus tejanos están tan bajos y ajustados que desafían las leyes de la física.
Pero no es solo su físico; es su seguridad.
Se acerca a Jack y apoya una mano en su hombro con una libertad pasmosa, posesiva, como si lo conociera desde siempre.
Él le sonríe con una cortesía impecable, pero ella…
ella lo mira como si quisiera devorarlo ahí mismo.
Siento una punzada de algo oscuro y afilado en el estómago.
Imagino, durante un microsegundo de lucidez distorsionada por el tequila, a esa chica sobre el cuerpo de Jack, moviéndose al ritmo de la música, sudorosos y…
«¡Brooke! Detente ahora mismo», me grito internamente.
«Vas por la segunda cerveza y los tequilas de antes te están pasando factura. ¿Qué te importa a ti con quién cabalgue este hombre?».
—Hola, vaqueros —dice ella finalmente, con una voz jovial que se eleva sobre la música.
Me dedica una sonrisa rápida y amable, la típica que te da la bienvenida sin juzgarte, antes de centrarse en los chicos—.
Habéis venido en la noche perfecta. Estamos recaudando fondos para los niños de la nueva escuela de educación especial a las afueras.
La actitud de los chicos cambia al instante.
En cuanto escuchan las palabras «niños» y «ayuda», su atención es absoluta.
Especialmente la de Jack. He pasado suficiente tiempo con él para saber que, tras esa fachada de mayoral duro, hay un hombre que no sabe decir que no a quien lo necesita.
Es su mayor virtud y, para mi cordura, su mayor defecto.
—Y sois los candidatos perfectos —continúa ella, guiñándoles un ojo—. Tenéis que subiros al escenario, bailar como si la escuela dependiera de ello y dejar que el público apueste.
—¿Y? —pregunta Jack, apurando su jarra de cerveza sin un ápice de prisa—.
Digo yo que, si quieres que la gente suelte su dinero, necesitarás algo más que unos cuantos tíos moviéndose ahí arriba —sentencia, dejando la jarra vacía sobre la madera con un golpe más seco de lo normal.
Señala con un gesto de cabeza a sus colegas, que no pierden detalle—.
Ya sabemos que a la gente le cuesta ayudar por el simple placer de hacerlo; es una pena, pero es la cruda realidad.
Si nos quieres ahí armando un espectáculo para atraer a las masas, dime…
¿qué se lleva a cambio el que decida gastar su valioso dinero en nosotros?
La chica suelta una carcajada, y por fin le quita la mano del hombro para cruzar los brazos, impresionada por su franqueza.
—Amigo mío —responde ella, mirándolo de arriba abajo con aprobación profesional—, el afortunado o afortunada que puje más alto por cualquiera de vosotros se llevará, como mínimo, una cena privada con el participante. Lo que ocurra después de la cena… bueno, eso ya es cosa vuestra.
El comentario es totalmente promocional, pero a mí me suena a un desafío directo que no estoy dispuesta a perder.
—De acuerdo. Lo haremos —sentencia Jack, fijando sus ojos azules en los míos. Me está lanzando un pulso silencioso y el alcohol me grita que no me retire.
—Conmigo no contéis —gruñe Zac, llevándose la bebida a los labios.
—Claro, tú para qué vas a mover un dedo por alguien que no seas tú mismo —lo increpa Jenna.
Zac la atraviesa con una mirada que derretiría el acero, soltando uno de sus rugidos bajos. La tensión entre esos dos se puede cortar con un cuchillo.
—Pues venga —finaliza la chica, dándole una palmada amistosa a Jack y guiñándonos un ojo a las tres de forma cómplice—. En cinco minutos os espero arriba. ¡No me falléis!
Se aleja hacia el escenario. Yo me quedo mirando mi vaso vacío. Jack va a ser subastado. Y lo peor es que no sé si seré capaz de ver cómo otra mujer compra su tiempo bajo la excusa de una cena benéfica.