Las cicatrices del ayer (Montana 1) Capítulo 27
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Capítulo 27

Livingston, Montana

Octubre

—Brooke—

Mascullo una palabrota entre dientes, una de esas que harían que mi madre me lavara la boca con jabón si estuviera aquí para oírme.

Estoy furiosa conmigo misma. No puedo creer que haya permitido que la situación con Jack escalara hasta ese punto de no retorno.

Si la campana no hubiera sonado, si me hubiera llegado a besar…

¿qué habría pasado? Mis defensas, esas que construí con tanto esmero, están desmoronándose ladrillo a ladrillo cada vez que comparto oxígeno con él.

«No, no y no, Brooke. Las relaciones amorosas no son lo tuyo. Viniste aquí por el testamento, no por un par de ojos azules», me reprendo mentalmente mientras camino a zancadas en busca de mis amigas.

Le doy un mordisco agresivo al perrito caliente —que, maldita sea, está delicioso— y acabo por estampárselo a Candy en las manos. El apetito se me ha evaporado por completo, sustituido por un nudo de nervios, pero me niego a tirar la comida.

—¿Se puede saber qué ha sido eso? —Candy y Jenna me observan con una sonrisa idéntica bailando en sus labios. La diversión en sus rostros es un poco insultante.

Candy apoya un puño en la cadera sobre su chaqueta vaquera oscura.

Su pose de «confiésalo todo» es inconfundible.

Me tomo mi tiempo para responder, distrayéndome con su atuendo: el frío de la noche exige abrigarse, pero ella defiende su camiseta gris de Wild simplemente espera, mascando chicle con una parsimonia felina, estudiándome en silencio con las manos en los bolsillos traseros.

—No sé de qué me habláis —miento, mirando de reojo hacia el rincón donde hace un minuto el mundo se detuvo.

—Ya… —Mis amigas intercambian una mirada cargada de significado. Tienen todo un lenguaje secreto de cejas y muecas.

—No te lo crees ni tú, cariño —suelta Jenna, rompiendo el silencio—. Ese hombretón te miraba como si fueras el postre más exquisito del universo y estuviera a punto de hincarte el diente. —Enarca una ceja con malicia—. Y tú, querida, parecías más que dispuesta a dejarte devorar.

—Desde luego —secunda Candy con tono socarrón—. Te ha derretido el corazón… y otras partes que no están precisamente cerca del pecho.

Abro los ojos de par en par, escandalizada por su desfachatez.

—No tenéis ni idea —sentencio, pasándolas de largo para sumergirme en la visita guiada y zanjar el tema.

Las oigo reír a mis espaldas y cuchichear con una libertad que me hace sonrojar.

«Necesita un buen polvo», escucho opinar a una.

No les quito razón; seguramente una noche de sexo sin complicaciones sería el antídoto perfecto para esta sobredosis de tensión sexual que me tiene al borde del colapso.

«Y si es ese vaquero quien la hace gritar hasta quedarse afónica, mejor que mejor».

Casi me atraganto con mi propia saliva al oír la última parte. Estas mujeres son un peligro público.

Una hora después, la historia de Bozeman ha logrado lo que yo no podía: silenciar a Jack en mi cabeza.

La visita guiada ha sido en una antigua casa de 1891 que operó como burdel.

Caminar por las capas ocultas del «distrito restringido» y escuchar la historia de las mujeres que navegaron entre la ilegalidad y el estigma social me ha resultado fascinante.

Ha sido un golpe de realidad bastante crudo; comentar con mis amigas las tragedias de la adicción, la violencia y la soledad de aquellas mujeres me ha dejado un poso de angustia y una extraña gratitud por mi propia libertad.

Al regresar al punto de partida, me quejo a mi amiga. La atmósfera idílica de las velas ahora me resulta pesada después de tanta historia trágica. Necesito algo que me resetee el cerebro.

—Muy bonito todo, Candy, pero me prometiste una salida divertida y ahora mismo me siento como si acabara de leer una elegía.

—La noche es joven, Brooke —Jenna sonríe con una picardía que me hace sospechar que he despertado a la bestia.

—Exacto. Prepárate, porque lo que viene ahora te va a flipar —sentencia Candy con una energía renovada.

—¡Eh, preciosas! —Una voz jovial nos hace girar al instante

—Vaya, vaya… ¿A quién tenemos por aquí? —Candy empieza a coquetear con Austin en cuanto él se coloca a su lado. Me asombra la facilidad con la que conectan.

Observo al cuarteto que tenemos delante. Cuatro hombres que parecen representar todas las facetas de Livingston, tan distintos entre sí como lo somos nosotras.

Austin y Tucson —que sigue siendo el epítome de la timidez encantadora— me saludan.

Austin me pasa el brazo por los hombros y me deposita un beso ruidoso en la sien.

Lo recibo con una sonrisa cálida; me gusta este hombre.

Es la primera vez en mucho tiempo que siento que he ganado un amigo de verdad, alguien con quien puedo ser yo misma sin el peso de las segundas intenciones, flirteos agotadores o tensiones extrañas.

Su afecto es transparente, un refugio de aire fresco en medio de tanto desastre emocional.

Luego, mis ojos se dirigen a Zac. Es el más alto de todos, sombrío y parece tallado en granito. Me escruta con unos ojos oscuros que transmiten una frialdad escalofriante. No saluda. No sonríe. Es imposible que alguien tan gélido trabaje con seres vivos.

—Eh, tú, Neandertal —Jenna alza la voz, encarando a Zac al notar cómo me mira, como si sus ojos pudieran fulminarme—. Deja de mirar así a mi amiga.

Jenna no es precisamente una mujer baja; tiene una presencia imponente y unas piernas interminables que suelen intimidar a cualquiera, pero, aun así, Zac parece sacarle más de una cabeza de ventaja.

Es un gigante de hombros anchos que la obliga a inclinar el cuello hacia atrás para sostenerle la mirada.

Ella no retrocede ni un milímetro. Zac mantiene su advertencia silenciosa sobre mí un segundo más antes de clavar sus ojos de hielo en la mujer que se atreve a retarlo.

—Tú a mí no me das órdenes —suelta él. Su voz es un rugido bajo que podría petrificar a cualquiera.

Jenna, lejos de asustarse, le sostiene la mirada con sus ojos felinos. Es un duelo de titanes. Zac tiene la mandíbula tan apretada que se le marcan los tendones del cuello; ella le desafía con una confianza que dominaría a cualquier hombre. Claramente, Zac no es «cualquier hombre».

—Vale, vale, vale… —Austin rompe el hielo con una palmada, ocupando el espacio entre sus dos amigos—. ¡Haya paz!

Intenta rodear a Jack y a Zac por los hombros, pero, comparado con ellos, la escena resulta casi cómica. Sin embargo, yo no encuentro nada divertido. Mi mirada termina enredándose inevitablemente en la de Jack.

Él tiene ese brillo pícaro que me desarma por completo.

Su sonrisa es una invitación al pecado y no deja de recorrerme de arriba abajo.

El fuego que creía haber extinguido en el burdel refulge ahora en sus ojos, que han pasado del azul cielo a un azul profundo, tan oscuro como sus tejanos.

Un cosquilleo traicionero me sube por las piernas, flanqueando mi vientre hasta instalarse en mi pecho.

Nunca una mirada me había hecho sentir tan expuesta.

—¿Qué planes tenéis, chicas? —pregunta Austin, radiante.

—Vamos al The Molley Bar —responde Candy.

—Genial. Nosotros también, ¿verdad, chicos? —mi amigo mueve las cejas con muy poca sutileza.

Tucson asiente, Austin desborda ilusión mirando a Candy, y Zac emite un gruñido ronco de resignación. Pero es Jack quien me tiene atrapada; inclina la cabeza, entorna los ojos y una sonrisa genuina asoma en su comisura derecha. Sabe que me tiene donde quiere.

—Candy, yo mejor me voy —digo de repente, presa del pánico—. Estoy cansada, me voy a casa.

—Ni de coña —me corta ella, enganchando su brazo al mío.

—Estás loca si crees que te vas a escapar —añade Jenna, empujándome hacia el coche—. Has dicho que querías diversión, ¿no? Pues andando, nena.

Me meten en el coche en contra de mi voluntad.

—¡Ahora nos vemos, vaqueros! —grita Candy desde el asiento del conductor.

Me hundo en el asiento mientras el motor arranca, cerrando los ojos y rezando para que, al menos esta noche, el control no se me escape del todo entre las manos.