Capítulo 26
Livingston, Montana
Octubre
—Jackson—
Creo que es la primera vez en meses que me permito el lujo de cruzar los límites del rancho con un propósito que no sea estrictamente laboral.
Normalmente, mis fines de semana se resumen en unas cervezas rápidas con los chicos y, de vez en cuando, el consuelo efímero de alguna cama extraña para acallar el ruido de la soledad.
Sin embargo, hace ya mucho tiempo que ese juego dejó de interesarme; la rutina de los cuerpos vacíos terminó por volverse más pesada que la propia castidad.
Llevo una larga temporada en una sequía voluntaria, una especie de letargo sensorial que la aparición de Brooke no ha hecho más que acentuar, convirtiendo cualquier otra distracción en algo pálido e insuficiente.
En un rancho, el trabajo no es una ocupación, es un asedio. Y más cuando llevas sobre los hombros el peso de querer honrar a la familia propietaria, de ser el mayoral que no falla, de asegurar los salarios y de conseguir que mis vaqueros sientan que este pedazo de tierra es su hogar.
Sinceramente, no sé cómo me he dejado arrastrar hasta Bozeman esta noche.
Y mucho menos entiendo cómo Zac ha acabado cediendo también.
Austin tiene ese don exasperante de ser convincente cuando se lo propone; es de esos tíos a los que, por alguna razón que se me escapa, me resulta imposible decirles que no.
Llevamos merodeando por la calle principal cerca de una hora. El recorrido histórico empezará en treinta minutos y, aunque todo el mundo insiste en que es una exhibición digna de ver, sigo sintiendo que este no es mi escenario.
Estrujo entre las manos el folleto arrugado que me ha dado Austin. Lo he leído tantas veces que las fechas y los nombres se han quedado grabados en mi memoria por puro aburrimiento.
Ojeo la calle, buscando cualquier distracción que me ayude a matar el tiempo frente al edificio Extreme History.
La noche se ha cernido sobre nosotros, pero las farolas permanecen apagadas por decreto del evento.
Todo está iluminado por miles de velas titilantes, creando una atmósfera mística, casi irreal, que huele a cera caliente y a otra época.
De fondo, suena una música folk melancólica.
Es… bonita, supongo, aunque mis oídos echan de menos el ritmo más crudo del country actual.
Los locales están cerrados, pero sus escaparates son altares de llamas de todos los tamaños que se reflejan en los cristales.
Hay hileras de luz bordeando las aceras y el aire está cargado con el aroma de las foodtrucks: perritos calientes, hamburguesas y tacos.
La alegría de la gente es una marea contagiosa, y no puedo negar que, en conjunto, la estampa es impresionante.
Sin embargo, lo que provoca una explosión de adrenalina en la boca de mi estómago no es la decoración, ni la música, ni la comida…
Es ella.
Una chica rubia, haciendo cola en el camión de los hot dogs, envuelta en mi chaqueta.
La recorro con la mirada, de los pies a la cabeza, sintiendo un latigazo de posesividad que me pilla desprevenido.
Está de espaldas, pero me bastaría un solo segundo en la oscuridad más absoluta para reconocer esa silueta.
Sin medir las consecuencias, me abro paso entre la multitud hasta alcanzarla.
La noche acaba de mejorar de forma drástica.
—Hola —le susurro al oído, dejando que mi aliento roce su piel.
Suelta un pequeño chillido, un sonido que es música para mis oídos, y se gira con los ojos desorbitados. Se lleva la mano izquierda al pecho, tratando de contener un corazón que, por lo que veo en el pulso en el cuello, está tan agitado como el mío.
—Me has asustado… —murmura, dando un paso adelante cuando la cola avanza—. ¿Se puede saber qué haces aquí?
Meto las manos en los bolsillos de mis vaqueros y disfruto de la forma en que me inspecciona. Me observa un segundo más de lo necesario, con una intensidad que me hace sonreír con suficiencia.
—Supongo que lo mismo que tú —respondo, clavando mis ojos en los suyos. Ella frunce esas cejas rubias, un tono más oscuras que su cabello, en un gesto de confusión que me dan ganas de besar.
Avanzo a su lado, acortando la distancia.
—¿Y se puede saber por qué me estás evitando, Brooke?
—¡Qué! —Su voz sube una octava, delatándola—. ¡Yo no te estoy evitando!
Gira el rostro hacia el furgón con una rapidez cómica, huyendo de mi mirada.
—Sabes que sí —vuelvo a susurrar, inclinándome hacia ella antes de enderezarme.
Lo ha hecho. Durante siete días ha levantado un muro.
Y no sé si es porque para ella no soy más que el empleado que gestiona sus tierras, o porque aquel casi beso en la madrugada la persigue tanto como a mí.
Mi lado racional, ese que me ha mantenido vivo hasta ahora, me grita que la deje ir, que su distancia es mi única salvación para no salir escaldado de este incendio.
Pero mi lado irracional, el que quiere saltar al vacío, me exige que insista.
Que busque a la niña que fue, a la Brooke que un día fue todo lo bueno que conocí.
¿Tanto he cambiado para ella? ¿Tan enterrado está nuestro pasado que no queda ni un rastro de reconocimiento en esos ojos miel?
—Uno clásico, por favor —le dice al chico de la ventanilla cuando llega su turno.
—Que sean dos —la interrumpo sin contemplaciones—. Y mejor completos. Con todo.
—Marchando dos completos —responde el muchacho.
Brooke me mira estupefacta, indignada por mi intromisión.
—No me gustan los completos —sisea entre dientes.
—Oh, te encantan. Eran tus favoritos —suelto sin pensar.
Ella junta las cejas de tal forma que temo que se le unan en el centro.
Carraspeo, maldiciendo internamente mi falta de filtro.
El recuerdo me asalta: aquella barbacoa en el porche, Brooke con la cara manchada de salsas, diciéndome que yo era un soso por comer el perrito solo con pan y carne.
Me decía que, sin cebolla, queso y mostaza, la vida no tenía gracia.
A día de hoy sigo pensando cómo una niña tan pequeña podía ser tan pedante y sabelotodo…
y cómo yo podía estar tan desesperado por su atención.
Sin ella a mi lado, mi mundo era el que perdía toda la gracia.
—¿Y tú cómo sabes eso? —Se cruza de brazos, exigiendo una explicación.
—Una corazonada —miento, recuperando la compostura.
El chico nos tiende los pedidos y pago antes de que ella pueda protestar.
—Puedo pagar el mío, Jack.
—Claro que puedes. Pero es una invitación, pequeña. No le des más vueltas.
Vuelvo a carraspear. Ese apelativo, «pequeña», sale de mi boca con una naturalidad que me asusta. Le doy la espalda y camino hacia la entrada del edificio, rezando para que no se quede allí plantada. Suelto el aire que no sabía que retenía cuando escucho sus pasos tras de mí.
—Pues… gracias —dice al fin. Se planta frente a mí y me estudia con una profundidad que me inquieta. Parece estar buscando algo que se escapa de su entendimiento.
Mi corazón late con la fuerza de un crío de quince años frente a la reina del instituto. Es patético, pero real.
—Te queda muy bien esa chaqueta —añado para ver su reacción.
Abre los ojos de par en par. Sabe que si se ha puesto mi prenda es porque me tiene presente, por mucho que intente negarlo.
—De momento es la más calentita que tengo —se escuda.
«Ya. Claro».
—Venga, pruébalo —la animo.
Cede sin rechistar. Al primer mordisco, suelta un suave gemido involuntario que me recorre la columna como una corriente eléctrica.
Cierra los ojos y yo necesito un minuto para que mis sentidos no colapsen.
Enumero mentalmente las razones por las que debería dejar de mirarle la boca, pero las ignoro todas.
—Madre mía… está riquísimo —admite con la boca llena, con una expresión de satisfacción que me llena de un orgullo absurdo.
Se lame los labios. Sus ojos pardos brillan bajo la luz de las velas y sus labios, pintados de un color canela suave que resalta el tono miel de su mirada, se vuelven el centro de mi universo.
Una neblina densa nubla mi juicio. Noto una pequeña gota de la mezcla de mostaza y kétchup en su comisura y el impulso de limpiársela con mi propia lengua es tan voraz que me obliga a acortar la distancia.
Me detengo a milímetros, luchando contra mis propios instintos.
Elevo la mano hacia su barbilla, dándole cada segundo para que se aparte.
No lo hace. Le paso el pulgar con una lentitud agónica por la comisura.
El tiempo se detiene. Las llamas de las velas se reflejan en sus iris color miel, haciéndolos arder.
Su flequillo libre enmarca un rostro que me parece lo más sagrado que he visto nunca.
Sus labios se entreabren cuando mi yema roza la piel sensible de su boca.
Su pecho sube y baja con una urgencia que me dice que ella también siente lo mismo que yo estoy sintiendo.
Agacho la cabeza, decidido a terminar lo que empezamos aquella madrugada. Estoy a centímetros de su aliento cuando la campana de la iglesia estalla, anunciando el inicio del evento y rompiendo el hechizo que nos mantenía aislados del mundo.
Brooke parpadea, despertando del trance, pero antes de que pueda retroceder, sostengo su mirada y, muy despacio, me llevo el pulgar a los labios. Deslizo la lengua sobre la yema del dedo para limpiar el rastro de su salsa, sin dejar de mirarla a los ojos ni un solo segundo.
El efecto es inmediato. Brooke abre los ojos de par en par y veo cómo su garganta se mueve al tragar saliva. Es un gesto de deseo, crudo y directo, que parece quemarla más que el propio contacto previo. Se queda sin aire, atrapada entre la sorpresa y una agitación que ya no puede ocultar.
—Las chicas me están esperando —suelta al fin con la voz quebrada, mientras intenta recomponer su fachada de indiferencia.
Y sin más, me bordea y desaparece entre la multitud con paso apresurado, huyendo de lo que acaba de pasar. Yo me quedo allí, con el sabor de la mostaza en la lengua, el pulgar aun ardiendo y el corazón gritando que vuelva.