Capítulo 25
Livingston, Montana
Octubre
—Brooke—
Es sábado. Han pasado otras agónicas semanas desde la última vez que permití que la órbita de Jack colisionara con la mía.
¿Estoy volviendo a evitarlo? Absolutamente.
Y aunque me duela admitirlo, sé que es un mecanismo de supervivencia.
No es que no disfrute de su compañía —sería una hipócrita si lo negara—, es que su presencia es un cortocircuito para mi sentido común.
Cuando Jack está cerca, la parte sensata de mi cerebro se desconecta y le cede el mando a un instinto primario que no reconozco.
Mi corazón y mi cuerpo reaccionan con una coreografía salvaje a la que no estoy acostumbrada, y cada vez me cuesta más recuperar el control.
Hace apenas dos tardes, cometí el error de mirar por la ventana de la cocina.
Jack estaba allí, despojado de su habitual camiseta, con la piel tostada por un verano de trabajos bajo el sol inclemente.
Los músculos de su espalda se tensaban y relajaban con una precisión hipnótica mientras cargaba pesados fardos de heno.
Me quedé embobada, estudiando el sudor brillando sobre su columna, sintiendo que observarlo era un deleite absoluto y, al mismo tiempo, una tortura devastadora.
Tenerlo a pocos metros y obligarme a no correr hacia los establos es una lucha que me agota.
Para no sucumbir a la tentación de buscar a Austin o Tucson para charlar —e, inevitablemente, toparme con Jack entrenando con los caballos—, me he refugiado en el trabajo.
Se acerca la temporada alta en la revista; las ediciones navideñas siempre desatan el caos en la oficina y este año me tocará gestionarlo desde la distancia.
Además, las llamadas con mi madre no ayudan.
Sus palabras siempre dejan un regusto amargo, un miedo sutil pero punzante a estar ocupando un lugar donde no soy bienvenida.
Y luego está el silencio de mi padre. Es el mayor de mis temores, alimentado por las indirectas de mi madre: el miedo a que me diga, mirándome a los ojos, que no me quiere aquí.
Él se pasa el día fuera, quizá evadiéndome en algún bar de la ciudad, dejando a mi abuelo solo en la casa.
Aunque, por lo que he visto, ese señor es un roble que no necesita a nadie.
Todo es muy contradictorio; recibí aquel correo urgente sobre su salud para que viniera preparada para lo peor, pero aquí nadie parece necesitar mis cuidados.
Me siento como una pieza de un puzzle que alguien forzó a colocar en el lugar equivocado.
—Brooke, preciosa… —La voz grave de Daniel me rescata de mi bucle de pensamientos. —¿Tienes planes para esta noche?
Levanto la vista de la pantalla del portátil.
La mirada castaña y honesta de Daniel me estudia con ese afecto reconfortante que ha empezado a profesarme.
Estas semanas he descubierto que tras su fachada de hombre rudo hay un corazón noble.
Daniel es pertinaz, no se rinde, pero sus manos —cubiertas de callos y cicatrices que narran su pasado como marine bajo el lema Semper Fidelis— cuentan una historia de redención.
Me confesó que un accidente trágico que le costó la vida a un compañero lo hundió en el alcohol, hasta que logró reconstruirse.
Es un hombre admirable, lejos del «depredador» que creí ver el primer día.
Doy un sorbo a mi café, buscando una excusa diplomática.
—Claro que tiene planes, Daniel —Candy aparece como un ángel de la guarda en el momento justo—. Conmigo. Y ya te he dicho mil veces que dejes de asediar a la chica.
Le da un golpecito juguetón en el hombro.
—¡Auch! —se queja él, fingiendo dolor—. Y tendrás que decírmelo mil veces más.
Me guiña un ojo con una sonrisa que me resulta inofensiva. Daniel es un encanto y sus halagos me suben el ánimo, pero agradezco que Candy tome las riendas.
—Gracias, Daniel, de verdad. Pero esta vez ya estoy comprometida —digo con una mueca de disculpa.
Él se despide con elegancia, depositando un beso caballeroso en el dorso de la mano de Candy antes de marcharse. Mi amiga arquea una ceja, divertida, y se desploma frente a mí, pero antes de que pueda decir nada, una cabecita con el mismo tono chocolate que el de su hermana asoma por el mostrador.
—¡Candy! El frasco de las galletas tiene tres menos que hace diez minutos. El patrón se ha roto —anuncia una voz infantil, meticulosa y algo monótona.
Es Theo. Lleva sus auriculares de cancelación de ruido colgados al cuello y una libreta donde anota, según me ha contado Candy, el inventario de «objetos cruciales» de la cafetería.
Tras él, Marcus, el padre de Candy, aparece con una sonrisa paciente.
Es un hombre de aspecto afable, con la calma de alguien que ha pasado décadas viendo pasar la vida desde detrás de este mismo mostrador, antes de cederle el mando a su hija para centrarse en lo más importante.
—Theo, campeón, recuerda lo que dijimos sobre el conteo de galletas.
A veces los clientes tienen mucha hambre —dice Marcus, apoyando una mano en el hombro de su hijo.
Luego me mira y se quita la gorra con respeto—.
Hola, Brooke. Espero que esta hija mía no te esté dando mucho dolor de cabeza con sus planes.
—¡Papá! —protesta Candy, aunque sus ojos brillan con una ternura infinita—. Solo intentaba salvarla de las garras de Daniel.
Theo se acerca a la mesa y se queda mirando fijamente mi plato.
Candy me lanza una mirada de reojo, alzando una ceja con una mezcla de súplica y complicidad; pidiéndome permiso.
Asiento levemente con una sonrisa y ella, con un movimiento rápido, corta un trozo de mi panecillo y lo coloca en una servilleta aparte frente a su hermano, justo como a él le gusta.
Theo se relaja al instante al obtener su botín.
—Papá, Brooke necesita ver algo más que caballos y fardos de heno —continúa Candy mientras acaricia distraídamente el pelo de su hermano—.
Y, sobre todo, necesita ver a hombres que no tengan esa manía de hablar con gruñidos, que no intenten solucionar todos los problemas a lomos de un animal y que no la miren como si fuera el trofeo más valioso del condado.
Necesitamos una noche de chicas sin tanto aire de tipo duro, ¿verdad, Brooke?
—Me parece un plan estupendo —asiente Marcus, soltando una risotada—.
Tu madre se ha quedado en casa organizando todo lo de Theo para esta tarde.
Vendrá en cuanto termine para echarnos una mano con lo que quede por hacer y así nos iremos los tres juntos.
Mientras tanto, yo me encargo de estar aquí para que tú puedas irte tranquila en cuanto termines con los pedidos pendientes.
Theo asiente con gravedad, concentrado de nuevo en su libreta, mientras Marcus le da una palmadita afectuosa en la espalda.
Es una estampa de familia unida, una maquinaria engrasada por el cariño y la paciencia.
Ver cómo Marcus apoya a Candy, permitiéndole ser ella quien lidere el negocio mientras ellos cuidan del pequeño, me provoca una punzada de envidia sana; es el tipo de hogar que yo nunca terminé de tener.
—Y… ¿se puede saber qué planes tenemos exactamente? —pregunto, cruzándome de brazos sobre la mesa una vez que Marcus y Theo se alejan hacia la zona de servicio entre risas.
—Bozeman, querida —responde con la boca medio llena, tras robarme otro trozo de comida, esta vez sin ningún pudor—. Esta noche hay un recorrido histórico y eventos varios. Jenna, tú y yo. Necesitas otros aires.
—Candy, de verdad, tengo mil gestiones de la revista, no tengo tiempo para irme de excursión y…
—Ah, ah, ah. —Levanta una mano, cortando mi protesta—.
Ya has trabajado suficiente. Mi padre ya está aquí para relevarme y mi madre llegará en un rato para ayudarle con el cierre; estarán encantados de estar al mando durante unas horas si eso significa que su hija se divierte un poco.
Además, después se llevarán a Theo a la Granja Miller para que elija su calabaza y se pierda un rato en el laberinto de maíz antes de que anochezca.
Es su tradición favorita, así que tengo la noche libre de responsabilidades fraternales.
Al mencionar a su hermano pequeño, la expresión de Candy se suaviza por un segundo.
Sé cuánto adora a Theo y la paciencia infinita que tiene con sus rutinas y su mundo particular, pero también sé que cuidar de un niño de nueve años con sus necesidades, sumado a la gestión del negocio familiar, la deja exhausta.
—Hoy es día de disfrutar, Brooke —insiste, recuperando su tono vivaz—. Así que te ordeno que te marches a casa, te pongas aún más guapa de lo que ya eres y te recogeré en una hora. Ni un minuto más.
Sentencia firme. No hay forma de negarse cuando mi amiga adopta ese tono de mando. Pongo los ojos como platos al ver cómo se levanta, se alisa el delantal y se encamina hacia unos clientes que acaban de entrar, sin darme opción a réplica.
Una hora y veinte minutos después, me observo en el espejo de mi habitación. El reflejo que me devuelve el cristal es una versión de mí misma que la Brooke de Chicago no reconocería. Antes, mis noches consistían en vestidos de seda, trajes de diseño y tacones de aguja.
Hoy, voy ataviada con un top negro ceñido, una minifalda vaquera y unos botines color camel.
Pero la pieza estrella, la que hace que mi pulso se acelere, es la cazadora de Jack.
Me digo a mí misma que me la pongo porque es «calentita», una mentira piadosa para no admitir que necesito sentir su olor envolviéndome.
He completado el conjunto con unos aros dorados y un bolso rojo que rompe la monocromía.
Me doy un último vistazo por la trenza para que no haya ningún pelo fuera de su sitio, salvo el flequillo abierto que he dejado libre.
No puedo evitar sonreír al recordar ese peculiar momento en el porche, cuando sus dedos rudos demostraron una delicadeza asombrosa.
Desde ese día, no he vuelto a recogerme el pelo en una coleta.
De repente, la idea cruza mi mente como un relámpago, dejándome paralizada frente al espejo.
¿Podría haber invitado a Jack? Al fin y al cabo, es sábado y a él también le vendría bien un descanso del rancho.
Imaginarlo en Bozeman, lejos de la zona de trabajo, despierta una curiosidad peligrosa. Quizá habría sido divertido. Quizá…
Sacudo la cabeza con tanta fuerza que casi me despeino, espantando el pensamiento antes de que eche raíces en mi mente.
Ni en broma. Lo que necesito es una noche de chicas, risas y no situarme, por voluntad propia, en el epicentro de la tormenta que es Jack.
Tengo que recuperar el control de mi vida y eso empieza por mantener las distancias.
Mejor así. Mucho mejor.
Escucho el claxon del coche de Candy en la entrada. Lleno mis pulmones de aire, me ajusto el bolso al hombro y salgo de la habitación dispuesta a comerme el mundo. O al menos, dispuesta a intentarlo sin pensar en Jack durante las próximas horas.