Capítulo 24
Livingston, Montana
Octubre
—Brooke—
Emprendemos la marcha a un paso lento, casi ceremonial. Jack camina a nuestro lado, manteniendo una distancia que me resulta extrañamente cómoda. No intenta forzar una conversación ni llena el aire con palabras innecesarias; simplemente está ahí, como un guardián de mi torpeza inicial.
Jack sigue paciente a mi lado mientras nos alejamos hacia el prado abierto.
Me pregunta un par de veces si estoy bien, con una voz suave que parece diseñada para no romper este momento.
Y sí… lo estoy, pero de una forma que no termino de entender.
Esto es bonito. Es placentero. Y, por encima de todo, me devuelve una confianza que creía perdida hace demasiado años.
Siento que el otoño aquí es un incendio de colores que nunca antes había procesado de verdad.
Las plantas vivaces y silvestres nos rodean, con tonos morados que contrastan con el oro de los nogales, el amarillo de los abedules y ese naranja eléctrico de los arces rojos.
Me deleito con el espectáculo y disfruto del silencio de su compañía.
Me sorprende —y casi me inquieta— la facilidad con la que Jack parece leer mis ritmos.
Sabe exactamente cuándo darme espacio, cuándo dejar que me pierda en el paisaje y cuándo intervenir.
Es como si supiera, por alguna razón que no alcanzo a comprender, que este silencio es justo lo que necesito.
Me conoce de una forma que no tiene sentido, porque apenas somos dos extraños que se lanzan pullas cada dos por tres.
¿Cómo puede alguien que acabo de conocer descifrar tan bien mis necesidades?
Le agradezco ese respeto por mi espacio, aunque una parte de mí se pregunta por qué su presencia me resulta tan familiar, como una canción cuya letra he olvidado, pero de la que sigo recordando la melodía.
Hemos llegado lo bastante lejos como para que la casa parezca una miniatura. Llevo tanto tiempo sobre Alabama que el cansancio empieza a pasarme factura; me falta el aire y las piernas me pican por la postura. Mañana las agujetas van a ser mi único recuerdo de esta aventura.
Pero justo cuando nos disponemos a girar para emprender el regreso, la paz del prado se hace añicos.
Gritos lejanos, silbidos de alerta y el trueno ensordecedor de unos cascos desbocados rompen el hechizo.
Un semental nos rebasa a una velocidad suicida, levantando una nube de polvo que nos ciega por un instante.
Jack actúa antes de que yo pueda siquiera procesar el susto.
—Agárrate, pequeña.
Ese «pequeña» golpea mis sentidos con la fuerza de una descarga.
Siento un cosquilleo abrasador, una tirantez eléctrica en el vientre y más abajo, una zona que lleva demasiado tiempo bajo la presión de las costuras de mis tejanos contra la silla de montar.
Es una combinación letal: su voz ronca, mi excitación latente y la adrenalina del momento.
No sabría narrar con exactitud lo que ocurre en los siguientes milisegundos.
Solo sé que las grandes y fuertes manos del tiarrón que tenía a mi lado en el suelo me roban las riendas.
Con un movimiento ágil, rápido y casi acrobático, Jack se lanza sobre Alabama y se coloca tras de mí en un suspiro.
Solo soy capaz de abrir los ojos de par en par y soltar un ruidito que es una mezcla de emoción, canguelo y una excitación que me desborda.
Noto su pecho sólido chocando contra mi espalda antes de que emita un gruñido rudo, zarandea las riendas con precisión y le propina un golpe seco con el talón de su bota a la yegua. Suelto un grito en toda regla cuando Alabama emprende el galope.
Miles de sensaciones me recorren el cuerpo, tan rápidas que mi mente no puede etiquetarlas.
El aire fresco me golpea la cara con violencia y, aunque estoy convencida de que es muy probable que nos matemos, experimento una libertad salvaje que me vigoriza el espíritu.
Jack arremete a través de la llanura persiguiendo al prófugo.
Los cascos de Alabama contra el suelo componen una melodía hipnotizante: salvaje, rítmica y peligrosamente relajante bajo su mando.
Entonces, la realidad de nuestra posición me golpea con más fuerza que el propio viento.
Estoy rodeada por sus brazos musculosos y fornidos, que me aprisionan de una forma deliciosamente posesiva.
Jack tiene el control absoluto de la situación mientras hace lo imposible para que yo no me mueva un ápice de la silla.
Es un doble trabajo que ejecuta con una maestría insultante.
En cada potente balanceo hacia delante, nuestros cuerpos se mueven al unísono, encajando como piezas de un puzle diseñadas para estar juntas.
Su pelvis me propina golpecitos rítmicos en el trasero con cada zancada de la yegua.
Trago con dificultad y me tenso todavía más al descubrirme imaginando escenas de una intimidad salvaje que, sinceramente, no aparecen en el momento idóneo.
Doy gracias al universo por estar delante; así Jack no podrá ver el tono escarlata que ha teñido mis mejillas, ni el deseo que me nubla la vista.
«¿Se puede saber qué haces, Brooke? No es el momento. Te recuerdo que podrías morir ahora mismo», me reprendo, aunque mi cuerpo no parece estar de acuerdo con mi cerebro.
—¡Pequeña! —Otra vez la dichosa palabra, gritada cerca de mi oreja—. ¡Coge las riendas y mantente firme!
—¡No! ¡Jack, no puedo! —grito, desesperada. El viento me roba la voz y la velocidad me hace sentir que el mundo gira demasiado rápido.
—¡Claro que puedes! Necesito tener las manos libres para lanzar el lazo.
Lo entiendo. Mi cuerpo le estorba, le quita espacio y le impide maniobrar con la soltura que lo haría si estuviera solo.
—¡Vale, está bien! —asiento a regañadientes, aunque no tengo ni idea de lo que hago.
Jack me cede las riendas y yo lo agarro con una fuerza desesperada, imitando la tensión que él ejercía hace un segundo.
Vamos a morir. Estoy segura.
Seguimos cabalgando a una velocidad de vértigo.
Siento a Jack erguirse tras de mí, sus músculos tensándose contra mi espalda mientras coge la cuerda rígida de diez metros que llevaba enroscada en la silla.
La eleva por encima de nuestras cabezas y la hace girar con una destreza impecable justo cuando nos ponemos a la altura del semental.
Lanza el lazo al aire. El cabo rodea el cuello del animal y, con una mezcla de fuerza bruta y un cariño infinito, Jack frena a la bestia de setecientos kilos con una habilidad que me deja sin aliento.
Nos detenemos en seco. El silencio que sigue es impactante después del estruendo. Jack salta al suelo de inmediato. Se acerca al semental para acariciarlo y tranquilizarlo, moviéndose con una calma que me resulta ofensiva después de haber rozado prácticamente la muerte.
Lo observo, estupefacta. El tío está impecable. ¿Cómo es posible que su sombrero siga pegado a su cabeza después de ese galope suicida? Su porte es el de un cowboy legendario; ni se ha inmutado.
Una vez que consigue calmar al animal, camina de vuelta hacia Alabama.
Se coloca justo a mi lado y, antes de decir nada, apoya una de sus manos sobre mi muslo.
Es una mano grande, caliente y firme, que ejerce una presión deliberada sobre mi carne a través de la tela de mis pantalones.
Eleva sus ojos cristalinos hacia los míos y el mundo entero desaparece.
—Brooke, ¿estás bien?
Ahora el que galopa de forma errática contra mis costillas es mi corazón.
Me quedo hipnotizada mirando sus dedos hundiéndose ligeramente en mi pierna, esperando mi respuesta, y luego le miro a él.
He olvidado cómo se habla. He olvidado cómo se respira.
Quizás mi voz se quedó perdida en algún punto de la llanura durante la carrera.
Solo soy capaz de asentir varias veces seguidas, soltando un ruidito agudo por la garganta que suena patético hasta para mí.
Si esto es lo que significa empaparse del aura de un rancho… creo que estoy perdida.