Capítulo 23
Livingston, Montana
Octubre
—Brooke—
—¡Pequeña Brooke! —exclama Austin con una euforia casi infantil, como si mi presencia fuera el evento principal de su mañana.
Tras él, el resto de los vaqueros me observan con sonrisas francas.
A primera vista pueden parecer hoscos, hombres de pocas palabras y gestos bruscos esculpidos por la intemperie, pero la comida que compartí con ellos me demostró que sus corazas esconden historias de supervivencia.
Muchos han pasado por la cárcel, víctimas de una vida que a veces es demasiado injusta con quien menos recursos tiene para defenderse.
Jack les dio una segunda oportunidad, un propósito.
Es otro motivo más para verlo como alguien fuera de lo común; un hombre que no solo cría ganado o cuida caballos, sino que rescata personas.
—Austin, deja de llamarme pequeña —le regaño, aunque sin verdadera molestia.
—Sí, señora —responde él, haciendo un saludo militar impecable.
—Ni señora, ni pequeña —hago una mueca de falsa indignación.
—¿Entonces cómo te llamo? —arruga el entrecejo.
—Brooke. Solo Brooke.
Le regalo un guiño, contagiada por su energía, y él me devuelve una sonrisa de oreja a oreja.
Justo cuando voy a preguntarle por el movimiento en el cercado, una sombra se proyecta sobre nosotros.
Es Jack. Camina hacia mí con una seguridad que me corta la respiración, pero esta vez lleva algo en las manos.
—Si vas a pasar el día con nosotros, vas a necesitar esto —dice, deteniéndose frente a mí.
Es un sombrero. No es el suyo, ni uno viejo sacado del almacén.
Es un sombrero de fieltro de buena calidad, de un color arena que parece diseñado para mis ojos.
Me lo coloca con una lentitud deliberada, ajustando el ala con sus dedos expertos, rozando sutilmente mi frente.
Y por un segundo, me parece una especie de ritual, una ofrenda, como si con ese gesto me estuviera abriendo la puerta a lo que de verdad es un día en el rancho.
—Te queda mejor de lo que imaginaba —murmura él, retrocediendo un paso para admirar el resultado con una intensidad que me hace contener el aliento.
—¡Vaya si le queda bien! —interviene Austin, rompiendo el hechizo con una sonrisa de oreja a oreja y un silbido de aprobación—. Estás hecha toda una cowgirl, Brooke. Con ese porte, cualquiera diría que has nacido sobre una silla de montar.
Le regalo una sonrisa a Austin, agradecida por su entusiasmo contagioso. Me ajusto el ala del sombrero, sintiendo cómo su peso me otorga una extraña y agradable sensación de pertenencia.
—Gracias, chicos. —Trato de desviar la atención de la mirada de Jack, que sigue fija en mí—. ¿Y qué es exactamente lo que se hace aquí un día normal?
—Estábamos echándole el lazo al ganado —responde Austin con orgullo—. Hay que controlarlo para administrarle un tratamiento. Zac nos ha mandado vacunar para que no se contagien entre ellas.
—Interesante… —murmuro, fascinada por la logística de este lugar.
Paso gran parte de la mañana en una especie de limbo observacional.
Me mantengo a una distancia prudencial, apoyada en la valla de madera, dejando que el sol caliente mis hombros mientras observo el engranaje perfecto que es este rancho.
El aire huele a cuero, a heno seco y a ese esfuerzo físico que me cuesta procesar.
Veo a Austin y a los demás moviéndose entre el ganado con una agilidad que roza lo instintivo. Sus silbidos y voces roncas llenan el aire, creando una sinfonía de trabajo rudo que me resulta extrañamente relajante.
Me toco el ala del sombrero que Jack me ha colocado hace apenas unas horas. Notar su peso me recuerda todo el tiempo que, aunque sea solo por hoy, he dejado atrás la ropa de oficina. Ahora siento que encajo en este lugar.
—¿Lista?
La inconfundible voz de Jack, vibrante y cercana, me obliga a girarme bruscamente.
De repente, el casi beso de la madrugada irrumpe en mi mente con la fuerza de un rayo.
Él atrapa mi mirada, anclándola a la suya, y juro que por un instante sus ojos se vuelven de un azul tan eléctrico que me cuesta respirar.
Su atractivo hoy es indomable; lleva una cazadora desgastada que acentúa la amplitud de sus hombros y esa masculinidad que parece emanar de él como el calor de una hoguera.
Trago con dificultad, infundiéndome de una valentía que flaquea ante su encanto. Pretendo hacerme la dura, la Brooke de negocios que nada la puede impresionar.
—¿Lista para qué exactamente?
—Para montar.
—Jack, yo no sé montar.
—Error. No recuerdas montar, pero sí sabes hacerlo —dice con una media sonrisa que me debilita emocionalmente—. Además, Alabama era tu favorita, ¿no?
Abro los ojos de par en par. La mención de mi yegua de la infancia me golpea en el centro del pecho.
—¿Y tú cómo sabes eso?
—En este rancho no hay secretos, Brooke —responde, y su mirada me recorre con una intensidad que me hace sentir desnuda—. Austin, ¿le muestras cómo ensillarla?
—¡Claro, jefe! ¡Vamos, Brooke! —Austin me coge de la mano con la energía de un hermano mayor y tira de mí. Lo hace con tanto ímpetu que tengo que sujetarme el sombrero para que no salga volando.
No puedo evitar mirar hacia atrás. Jack sigue en el mismo punto, observándome con una sonrisa divertida y orgullosa, como si disfrutara de mi pequeña derrota.
Media hora después, mi vocabulario ha crecido de forma exponencial: fuste, asiento, chapetones, cincho, estribos…
Austin ha sido un sol, paciente y cariñoso, incluso cuando se daba cuenta de que mi atención se desviaba hacia el cercado principal.
Allí, el hombre que intento mantener fuera de mi cabeza trabajaba a lomos de su caballo, echando el lazo con una autoridad que me parecía un espectáculo digno de una escena que no debería existir fuera de una película.
Jack adora a estos animales, ama este lugar…
y una punzada tras las costillas me recuerda que, según el testamento, soy yo quien debería sentir este rincón como propio.
Pero… ¿lo es? Niego internamente. Mi sitio es la ciudad, el ruido constante de los taxis, las sirenas de ambulancias o coches policía a lo lejos, el ir y venir de gente que no se detiene a apreciar lo que le rodea, el olor a café de oficina y a vidas que siempre van con prisa.
Aquí solo estoy de paso.
—¿Brooke? —Austin me saca de mi trance.
—Perdona, me he despistado —murmuro, ajustándome el sombrero.
—¿Lo tienes? —pregunta sujetando las riendas de Alabama.
—Creo que sí —asiento, aunque por dentro mis nervios están librando una batalla. Me infundo de un valor que no sabía que tenía para enfrentarme a la altura de este animal. Se supone que mi cuerpo recuerda cómo hacerlo, pero mi mente solo ve dieciocho años de distancia.
—Eh, colega, Zac te necesita en el vallado norte. Ya me encargo yo de esto —Jack aparece a nuestro lado con su característica parsimonia dominante, y es él quien toma ahora el control del amarre.
Miro a Austin y le dedico una sonrisa genuina.
—Gracias por la clase, Austin. De verdad —le digo, agradecida por su paciencia infinita. He empezado a cogerle un cariño especial a este hombre; es el ancla de normalidad que necesito en este mar de testosterona y emociones confusas.
—De nada, preciosa —sonríe él, guiñándome un ojo con complicidad antes de alejarse.
Jack carraspea de inmediato. Es un sonido sordo, casi animal, acompañado de un sutil movimiento de cabeza que despacha a su colega sin necesidad de palabras. Austin se larga con una risita ahogada, y en cuanto desaparece, Jack gira sobre sus talones para quedar frente a frente conmigo.
—¿Preparada? —Su voz ha bajado una octava, volviéndose más íntima.
—En realidad… me da un poco de miedo —confieso en un susurro.
Acaricio con delicadeza el cuello de Alabama. La yegua azabache exhala un vaho cálido y espera, paciente, como si ella también supiera que estoy muerta de miedo. Su tacto es suave, una caricia de seda sobre músculos de acero, y me recreo en ese instante para anclarme a la tierra antes de subir.
—Tranquila, iremos despacio. Yo estaré a tu lado todo el tiempo. No dejaré que te pase nada —promete Jack, y hay algo en su tono que me hace creerlo ciegamente—. Además, estoy seguro de que Alabama te recuerda.
Hago una mueca, dudando seriamente de que un animal tenga una memoria capaz de atravesar dos décadas de ausencia. Pero el nombre… el nombre sigue ahí, vibrando en el aire como un eco de mi infancia.
—¿Cómo es que no le cambiasteis el nombre? —le pregunto, sin dejar de acariciar el morro aterciopelado de la yegua.
Desde que aprendí a andar, ya montaba a lomos de Alabama.
Ella apenas tenía tres años cuando empezamos juntas; primero lo hacía con mi padre o con mi abuelo, hasta que fui lo bastante mayor para galopar sola.
Esa yegua era, a efectos prácticos, mía.
No tiene ningún sentido que, tras mi marcha, su nuevo dueño no la llamara como le viniera en gana.
Jack eleva una comisura de los labios en una mueca enigmática.
—Da mala suerte cambiarle el nombre a un caballo —responde, y su mirada se vuelve indescifrable.
¿Es cierto o se lo acaba de inventar para no confesarme el verdadero motivo?
—Venga, pon el pie ahí —me señala el estribo, cortando mis pensamientos.
Obedezco. Sostengo las riendas de cuero con la mano izquierda, sintiendo su textura rugosa, y las apoyo en la parte delantera de la silla.
Pongo la mano derecha en el fuste posterior y me impulso hacia arriba.
Es un movimiento que mi cerebro ha olvidado, pero que mis músculos parecen reconocer en un susurro lejano.
Balanceo la pierna derecha sobre el dorso de Alabama y, de repente, el mundo se ve distinto desde aquí arriba.
Primer paso conseguido. Estoy sobre ella.
—Recuerda —Jack no suelta del todo el bocado, manteniéndose cerca por si acaso—, acomódate bien en la parte más cóncava de la silla.
Espalda recta, no rígida. Hombros cuadrados, pero relajados.
La cara bien alta; mira por encima de sus orejas, nunca hacia abajo.
El caballo tiene que sentir tu seguridad, Brooke. Cierra los omóplatos y mantenlos así.
—Oye, Jack, es demasiada información —protesto con una risita nerviosa.
Noto que el viento empieza a bajar de la montaña y, en un ataque de prudencia, me quito el sombrero y lo aseguro con firmeza a uno de los tientos de cuero a un lado de la silla.
Prefiero que mi pelo sufra el castigo del aire a arriesgarme a que me arrebate el regalo de Jack en mi primer día—.
No sé si estoy preparada para tantas instrucciones.
—Lo estás. Es fácil, Brooke. Lo vas a hacer muy bien y Alabama es la más idónea para tu primera vez después de tanto tiempo.
Lleno los pulmones de aire puro y lo suelto lentamente.
—De acuerdo. Estoy lista.