Las cicatrices del ayer (Montana 1) Capítulo 22
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Capítulo 22

Livingston, Montana

Octubre

—Brooke—

Esa media sonrisa pícara va a ser mi absoluta perdición.

Repaso mentalmente mi trayectoria: los chicos del instituto, los devaneos de la universidad y los hombres con los que he lidiado en mi etapa como editora en Chicago.

Jamás, en ninguna de esas esferas de éxito y sofisticación, he sentido ni un ápice de lo que Jack acaba de provocarme aquí, ante la imponente vacuidad de este cielo estrellado.

Aquellos hombres me hacían promesas vacías para terminar en mi cama, y yo las aceptaba de buen grado porque el interés era recíproco y superficial.

No buscaba nada duradero, solo distracción.

Aprendí hace mucho que no estoy hecha para amar, y mucho menos para que me amen. Esa lección la tengo grabada a fuego.

Sin embargo, a Jack le creo. Es el tipo de hombre cuya sinceridad no es una estrategia, sino una condición. Y justo ahora, su verdad me está perforando el pecho sin piedad.

Estoy convencida —o eso quiero creer— de que podría haber lidiado con la sensualidad de sus palabras si no hubieran venido acompañadas de ese gemido ronco y un movimiento casi imperceptible de sus caderas contra las mías.

Podría dejar que me besara y preocuparme de las consecuencias mañana; Dios sabe que me estoy muriendo por sentirlo.

En esta oscuridad, mis sentidos se agudizan de forma salvaje: detecto el ritmo de su respiración, el calor que desprende su piel y la dureza de su cuerpo como si yo misma formara parte de él.

Pero no puedo. No puedo permitir que este beso ocurra. Si no dejo entrar a nadie, nadie podrá destrozarme cuando decida marcharse o cuando me aparten de su lado.

Como si el universo captara mi pánico y decidiera lanzarme un salvavidas, la puerta a mis espaldas se abre lentamente. El chirrido de las bisagras rasga el silencio. Casi caemos hacia atrás cuando la silueta de mi abuelo aparece en el umbral.

—¿Brooke?

Carraspeo y me enderezo frenéticamente, tratando de alisar mi ropa con manos temblorosas. Jack me imita, apartándose con una rapidez que deja un vacío gélido donde antes estaba su calor.

—Abuelo, ¿qué haces despierto tan temprano? —Son casi las cinco de la mañana. Sé que aquí el día empieza mucho antes de que amanezca, pero esto es excesivo incluso para él.

Me acerco y le sujeto del brazo, notando su fragilidad bajo la tela del pijama. Él enciende la tenue luz anaranjada del porche y nos observa a ambos. Sus ojos, entornados entre un mar de arrugas curtidas, parecen ver mucho más de lo que desearía.

—Tengo el sueño ligero, mi niña. —Me estremezco ante el apelativo, luchando por no mostrar cuánto me afecta su ternura. Luego, clava su mirada en Jack—. ¿Qué haces tú aquí, chico?

—Lo siento, Henry. Se ha hecho tarde y solo acompañaba a Brooke a casa —responde Jack. Enfunda las manos en los bolsillos y cuadra los hombros, mostrando un respeto profundo, casi solemne.

Mi abuelo arquea una ceja, sopesando la electricidad que aún flota en el aire.

—Gracias por cuidarla, hijo.

—¡No necesito que nadie me cuide! —replico. Mi propia voz me asusta; ha sonado demasiado alta en la quietud de la madrugada. Me muerdo el labio, esperando no haber despertado a mi padre. No necesito más público en este desastre.

—Oh, mi pequeña Brooke… —El abuelo me da unos toquecitos suaves en la mejilla con la palma de su mano—. Todos lo necesitamos. No hay nada malo en ello.

Sus labios se curvan en una sonrisa preciosa bajo ese denso bigote blanco. Me quedo sin habla; creo que es lo más largo que le he oído decir desde que puse un pie en el rancho.

—Ahora, a dormir. Estarás cansada —añade, volviendo su mirada verde hacia Jack—. Y tú, chico, deberías descansar un poco antes de empezar la faena.

—Sí, señor —asiente Jack.

Mi abuelo se retira hacia las sombras del pasillo con la misma discreción con la que apareció.

Ni siquiera me despido de Jack; le lanzo una mirada que pretendo que sustituya todas las palabras que no me atrevo a pronunciar y empiezo a cerrar la puerta.

Pero si pensaba que se marcharía sin más, es que soy una ilusa.

Jack cuela su bota en el hueco, impidiendo que la hoja encaje. Empuja con suavidad, pero con firmeza, y abre de nuevo.

—Brooke… —susurra. Su voz tiene un matiz de súplica que me desarma.

—Mira, Jack, esto iba a ser un error. Entre nosotros no puede pasar nada. No soy la chica que necesitas —escupo las palabras rápido, intentando convencerme a mí misma. Es más seguro así: relaciones insustanciales, sin promesas, sin alma. Como en Chicago.

—Permíteme a mí decidir eso —dice, juntando las cejas.

—Créeme, es mejor así.

Intento empujar la puerta, pero él no cede ni un milímetro.

—Está bien. Si eso es lo que quieres, lo respeto. Pero, por favor, no vuelvas a alejarme. Podemos ser amigos. Déjame compartir tiempo contigo, como cuando… —Se calla, abre mucho los ojos y carraspea, visiblemente incómodo.

Ladeo la cabeza, estudiándolo bajo la luz ámbar.

—¿Como cuando qué?

—Nada. —Se pasa una mano por el pelo, echándolo hacia atrás con un suspiro frustrado. Cuando vuelve a mirarme, su expresión es más suave—. Solo quiero que nos llevemos bien. Que seas parte de esto. Podrías pasar tiempo con los chicos, aprender cómo trabajamos aquí.

Lo medito unos segundos. No me vendrá mal entender la gestión del lugar metida de lleno en el día a día, viendo cómo funciona realmente el rancho, no solo por lo que estoy aprendiendo de los libros.

—De acuerdo.

Jack sonríe abiertamente. Y si su sonrisa pícara de antes era una perdición, esta —franca, cálida y directa— es una devastación total.

—Pues te espero en unas horas en las caballerizas —me señala con el índice, y no puedo evitar que su entusiasmo me resulte contagioso.

—Nos vemos en unas horas, vaquero. ¡Ah, la chaqueta! —Hago el amago de quitármela.

Él retrocede bajando los escalones, sin dejar de mirarme ni un segundo.

—¡Quédatela! Te queda mucho mejor a ti.

Me guiña un ojo y se da la vuelta, caminando con su característica seguridad tan suya hacia la oscuridad. Me quedo ahí, viendo cómo desaparece, mientras aprieto la prenda contra mi pecho. El aroma a cuero, a aire libre y a él me envuelve de nuevo.

Cierro la puerta con una sensación cálida expandiéndose en mi interior, pero con un pánico atroz instalado en la misma zona.