Capítulo 21
Livingston, Montana
Octubre
—Jackson—
El jodido vivero solo sirvió para ponérmelo todo más difícil. No dudé ni un segundo en acompañarla; después de esos días esquivándonos, de silencios y de mi estúpida forma de responderle aquella noche, creí que estar cerca de ella me ayudaría a silenciar mis propias comeduras de cabeza.
Qué equivocado estaba.
Fue una tarde entretenida, a pesar de que las horas pasaban y mi paciencia con las plantas se agotaba.
Había algo emocionante, casi enternecedor, en el simple hecho de compartir ese espacio con ella.
La seguí por cada pasillo como una sombra, memorizando cada mueca de desagrado frente a una maceta y esas pequeñas explosiones de felicidad que iluminaban su rostro cuando encontraba algo que le gustaba.
No fue algo premeditado; simplemente no podía evitarlo.
Me vi queriendo absorber cada detalle de su forma de moverse, de hablar, de existir…
temiendo que, si parpadeaba, perdería un segundo de ella que no volvería a recuperar.
Por eso, cuando me preguntó por la dichosa flor, reaccioné así.
Supe desde el momento en que se plantó frente a ella cuál elegiría Brooke, así que no entendía por qué necesitaba mi aprobación.
El caso es que, tras soltarle lo poco que había aprendido de jardinería, mis pies actuaron por su cuenta.
Me atrajo hacia ella como un imán. Al llegar a su altura, el calor de su piel, la suavidad de sus brazos desnudos, su perfume y ese color miel de sus ojos me nublaron el juicio por completo.
Juro por lo más sagrado que tuve que usar toda mi fuerza de voluntad para no acortar la distancia y besarla.
Ansiaba sentir esos labios carnosos y rosados contra los míos con una desesperación que me asustaba.
Pero entonces, como un fogonazo, la conversación con Zac me golpeó la conciencia.
No podía olvidar que la mujer que tenía enfrente no me recordaba.
Yo no era nadie para ella. Y no podía obviar por qué estaba aquí; llevo demasiado tiempo al mando de este rancho para no saber a qué ha venido a Livingston.
Ese pensamiento fue suficiente para encender mi rabia. Rabia contra ella, conmigo y con este destino de mierda que nos puso en mundos tan distintos.
Salí del vivero huyendo de mí mismo. En la camioneta, el silencio era un manto asfixiante.
Por un lado, necesitaba llenar el hueco con su voz, hacerla reír, sentir que volvíamos a ser los de antes; por otro, el miedo me dictaba que no debía sentir nada.
No por alguien que tiene su verdadera vida fuera de Montana.
Pero es inútil intentar frenar un incendio cuando el viento sopla a favor.
Cuando la vi bajarse para ir al bar y ni siquiera me despedí, la culpabilidad me atenazó las entrañas.
Me sentí como una absoluta mierda. Fui tras ella porque la idea de dejarla marchar así ya me había empezado a atormentar.
Al verla tiritar, no dudé en ponerle mi chaqueta; la sensación de mis manos rodeando sus brazos y mis ojos anclados en los suyos hizo que mi corazón galopara como un purasangre: veloz, seguro y salvaje.
Ahí lo entendí. Brooke puede hacer lo que quiera conmigo.
Puede destrozarme si le apetece, porque esa mujer con la mirada del color del valle cuando el verano se esfuma, alberga en su interior a la niña que un día fue y que se quedó grabada en mi alma para siempre.
Me duele que no se acuerde, que haya borrado nuestros momentos y el vacío que dejó al irse, pero estoy dispuesto a quemarme solo por verla sonreír un poco más.
No quería estropearle la noche con sus amigas.
Se merece vivir, respirar fuera de la presión del apellido de su madre.
Pensé en esperarla fuera del bar, pero me habría visto como un macho alfa vigilándola y se habría puesto hecha una furia.
Y con razón. Ella es independiente y no necesita a nadie que la cuide, aunque yo me muera por ser ese hombre.
Al final, conduje hasta su casa y la esperé en el porche.
Son las cuatro de la madrugada y en dos horas empieza mi jornada, pero no me importa.
Cuando el motor se detiene y los faros se apagan, la luz de cortesía del interior me permite ver la escena con una claridad que me atraviesa hasta los huesos.
Me pongo en pie por instinto, apretando los puños hasta que los nudillos me duelen por la presión.
El tipo que la trae se inclina demasiado hacia ella; por la posición de su brazo, sé que la está tocando, y la sangre me hierve en las venas con una furia que no puedo controlar.
Me basta un segundo para ver la reacción de Brooke; su primer movimiento la delata.
Quizás ella ni se da cuenta, pero yo sí.
Y aunque sé que no tengo derecho a decidir por ella, verla sonreír ante lo que sea que ese capullo remilgado le esté proponiendo, me saca de quicio.
Camino hacia el vehículo sin ser consciente de mis propios pasos. No puedo pensar con claridad. Solo quiero que salga de ahí. Que esté conmigo, no con él.
El imbécil repeinado me lanza una mirada de advertencia a través del cristal mientras Brooke me observa con los ojos abiertos de par en par, preguntándose, seguramente, qué demonios pinto yo aquí.
Ella abre la puerta con ímpetu, dejando claro su enfado, le suelta algo al tío ese y cierra con un sonoro portazo que resuena casi en todo el valle.
Empieza a caminar hacia la casa con pasos largos y decididos, creyendo que puede ignorarme.
—Brooke, espera.
Se gira con la rapidez de un látigo, frunciendo el ceño bajo la luz plateada de la luna.
—¿Se puede saber qué haces aquí, Jack?
—Esperarte.
Suelta un gruñido de exasperación y vuelve a darme la espalda para subir los escalones del porche.
Antes de que cruce el umbral, la alcanzo.
La agarro por el codo y la hago girar con firmeza, pegando su cuerpo al mío y aprisionándola contra la puerta de madera.
Su mano se estampa contra mi pecho para frenarme y el calor de ese contacto me enciende la piel como si me hubieran prendido fuego por dentro.
A mi espalda, se oye el rugido del motor del coche al arrancar con brusquedad. El sonido de los neumáticos sobre la grava se aleja rápidamente por el carril, volviéndose cada vez más tenue hasta que el silencio absoluto de la noche nos engulle de nuevo. Ya no hay nadie más. Solo nosotros.
El silencio se vuelve denso, eléctrico. Avanzo unos centímetros más sobre ella, obligándola a levantar la barbilla para sostener mi mirada.
—Nadie te ha pedido que me esperaras —susurra, y su aliento me roza los labios, haciéndome sentir que el mundo se reduce a este instante.
—No hace falta que me lo pidas para querer hacerlo —replico, sintiendo cómo se estremece bajo la presión de mi cuerpo—. ¿Pensabas meter a ese capullo aquí?
Nunca he sido un hombre celoso, pero esto es diferente. Pensar en lo que ese tío pretendía hacer desata algo feroz dentro de mí que no puedo controlar.
—¿A ti qué te importa? No es de tu incumbencia, Jack —suelta ella, remarcando mi nombre como si fuera una línea que no debo cruzar.
—Me importa todo lo que tenga que ver contigo, miss Chicago.
La empujo sutilmente contra la madera, soltando su codo para pasar la mano por su pelo, rozando la trenza deshecha que le cae sobre el hombro.
Deslizo los dedos por su brazo hasta llegar a su cadera y la cuelo por debajo de la chaqueta, buscando ese rastro de piel cálida que queda al descubierto bajo el peto vaquero.
No se me pasa por alto cómo sus dedos se cierran sobre mi camisa, arrugando la tela en un puño.
Ejerzo más presión contra ella; mis caderas están prácticamente fundidas a las suyas.
—Dijiste que no volverías a llamarme así… —Su mirada baja a mis labios, que cada vez están más cerca de los suyos, y vuelve a mis ojos, cargada de una invitación que apenas logra contener.
—Lo haré cuando dejes de comportarte como tal —murmuro, conteniendo el deseo salvaje de besarla.
Necesito una prueba. Necesito saber que ella también lo desea, que no es solo mi obsesión. Quiero que deje de esconderse, que sea Brooke quien me atraiga, quien me obligue a perder el control contra la superficie firme que la sostiene.
—¿Y vas a enseñarme tú a ser lo contrario? —resuella, poniendo los ojos en blanco con una falsa exasperación que no engaña a nadie.
—Yo no tengo que enseñarte nada, porque tú sabes de sobra que no eres lo que ese mote representa. Solo tienes que ser capaz de verlo.
—¿Y qué pretendes con esto, Jack? —pregunta, señalándonos con un sutil movimiento de cabeza, aferrándose aún más a la tela que cubre mi torso.
Cierro los ojos y emito un gruñido sordo, una lucha interna que estoy perdiendo por goleada. Al abrirlos, recorro su rostro hasta detenerme en esos labios jodidamente sexis.
—No soy capaz de seguir reprimiendo lo que siento, Brooke. Me lo estás poniendo muy difícil…
Ella entreabre los labios, sorprendida por mi sinceridad. Su pecho sube y baja con una respiración errática, presa de la misma tensión que me está matando a mí. Me gusta ver que también le cuesta controlarse. Que está tan perdida como yo.
Entonces, suelta la frase que hace que todo salte por los aires:
—¿Y quién te prohíbe lo contrario?