Capítulo 20
Livingston, Montana
Octubre
—Brooke—
El suelo pegajoso es lo primero que me da la bienvenida en cuanto cruzo el umbral.
Cuando alzo la vista, el impacto es abrumador: el local está tan abarrotado que casi no cabe un alfiler.
La música country retumba en las paredes, compitiendo con un griterío de risas y conversaciones que se eleva por encima de las guitarras.
Es un estruendo salvaje que me golpea los oídos.
La mayoría de la gente se apiña contra la barra, pidiendo rondas de cervezas que engullen como si fuera agua helada bajo un calor sofocante.
Las luces son cegadoras al principio, pero mis ojos tardan apenas unos instantes en adaptarse al baile de sombras y destellos.
Contemplo el ambiente: hay algo magnético en la diversión de este gentío.
Hombres y mujeres bailan con una destreza que me deja boquiabierta; se mueven con una agilidad natural, como si el ritmo les corriera por las venas desde que nacieron.
Escaneo la multitud hasta que doy con Candy.
Ella me ficha en cuestión de segundos, al parecer vigilaba la puerta esperando mi aparición.
Con una maestría de quien conoce cada centímetro de este lugar, llega hasta mí, me agarra de la mano y tira hacia ella.
La sigo como buenamente puedo, abriéndome paso a base de pequeños empujones entre parejas que giran y grupos que brindan sin parar.
En medio del caos, un hombre recibe un golpe de otro chico y parte del contenido de su jarra sale volando, aterrizando directamente sobre mí.
O, mejor dicho, sobre la chaqueta de Jack.
«Mierda».
La escena es surrealista. Para alguien como yo, cuyas fiestas en la universidad eran eventos medidos y distantes, este bullicio es un mundo nuevo.
¿Se supone que debo encajar aquí? Los clásicos del country fluyen desde un rincón donde una banda toca en directo, dándole al aire una vibración eléctrica.
Triunfantes, logramos alcanzar la barra. Allí nos esperan Jenna y un par de tipos que no he visto en mi vida; supongo que se han acoplado a ellas mientras me esperaban.
—¡Chica, pero qué te ha pasado! —Jenna abre mucho los ojos al ver el estropicio en la prenda.
Yo me quedo ahí, aturdida, mirando la mancha húmeda sobre la piel. Candy, siempre práctica, agarra un fajo de servilletas y empieza a frotar con energía. Menos mal que es resistente y no parece haber calado. Solo espero que no deje rastro; no me perdonaría arruinar esta prenda.
—¡No es nada! —grita Candy sobre el ruido, leyéndome el pensamiento—. ¡Esto sale con un poco de maña!
—Brooke, te presento a Tom y Jimmy —anuncia Jenna.
Ambos sostienen sus bebidas y no disimulan ni un poco el escrutinio.
Me recorren de arriba abajo con una mezcla de sorpresa y deleite.
Van demasiado elegantes para este bar, especialmente comparados con mi outfit de «un día en el rancho».
Si la gran Tiffany Brown estuviera aquí, me arrastraría al baño para montarme un escándalo por mi aspecto.
O peor, lo soltaría delante de todos, obligándome a marcharme para vestirme como es debido.
Es irónico, porque durante un tiempo, ella vistió exactamente igual que yo hoy.
Pensar en mi madre y en este lugar es incompatible. Ella me prohibiría poner un pie en un sitio así, por tanto, borro su imagen de un plumazo.
Tom, el moreno, me sonríe de medio lado y me tiende la mano. Me cuesta reaccionar; me quedo mirando su palma extendida como si fuera un objeto extraño hasta que Candy me da un leve codazo en las costillas. ¿Qué me pasa? ¿Dónde está la Brooke resuelta que domina cualquier situación social?
Recupero el control, esa máscara profesional que tan bien conozco, y le devuelvo el saludo con una sonrisa que me obliga a forzar los músculos de la cara. Me presento, aunque por alguna extraña razón, la imagen de Jack sigue revoloteando en mi mente, nublándome el juicio.
—Es un placer, Brooke. Soy Tom —dice él, remarcando su nombre como si quisiera grabarlo en mi memoria.
—Encantada.
En cuanto pronuncio esas palabras, algo hace clic.
Me digo a mí misma que esta es la noche perfecta para evadirme, para ser simplemente una chica que disfruta con sus amigas y conoce a hombres nuevos.
Hombres con los que, tal vez, pueda pasar un rato divertido y borrar de una vez la sombra de ese vaquero que me tiene los sentidos puestos del revés.
—Pide lo que quieras, invito yo —dice Tom, señalando su cerveza.
—Lo mismo que tú, gracias —respondo, devolviéndole la sonrisa.
Las siguientes horas se convierten en un borrón de risas, confidencias a gritos y bailes. Bebo, charlo con Tom, río con las chicas y bailo hasta que los pies se quejan dentro de las botas. Y tengo que admitir que me había echado de menos. Hacía mucho que no me permitía simplemente… estar.
La oscuridad ha devorado el paisaje de Livingston. Solo los faros del coche iluminan el carril maltrecho, anunciando que hemos cruzado los límites del rancho y que, al fondo, aguarda mi casa.
¿Mi casa? ¿Es mía de verdad? ¿Es un hogar? Siempre he pensado que no, que es solo una parada técnica en mi vida, pero al ver su silueta recortada contra las descomunales montañas, bajo un cielo que parece estallar en estrellas, una sensación cálida y extrañamente acogedora se me instala en el pecho.
—Pues hemos llegado —anuncia Tom, rompiendo el hechizo, como si yo no supiera perfectamente dónde estamos.
—Gracias por traerme, Tom.
Hago el amago de bajarme, pero el movimiento se queda a la mitad cuando siento su mano sobre mi muslo. Ejerce una pequeña presión con los dedos y le dedico una mirada veloz, cargada de sorpresa. ¿Quién demonios le ha dado permiso para tocarme?
Sí, la noche ha sido agradable. Tom es atento, se ha interesado por el rancho —un poco de más, ahora que lo pienso—, hemos coqueteado y bailado. Pero en ningún momento le he dado señal verde para pasar a la siguiente fase.
—¿Una última copa? —sugiere con una voz cargada de insinuación.
Lo observo bajo la tenue luz del salpicadero.
Es un hombre atractivo, no puedo negarlo.
Pelo moreno con un corte impecable, ojos verdes enmarcados por pestañas densas y un rostro perfectamente afeitado.
Su camisa celeste está estratégicamente desabrochada, lo justo para intuir un abdomen de gimnasio y esa estética pulcra que tanto abunda en mi mundo.
Tom es lo que conozco. Es mi realidad, mi zona de confort. Por un segundo, pienso que sería tan fácil dejarle entrar… Quizás un rato de distracción con él sea la medicina que necesito para quitarme de encima esta «tontería» que siento por Jack.
Estoy a punto de decir que sí, las palabras ya están en la punta de mi lengua, cuando un golpe seco contra el cristal de mi ventanilla me hace dar un respingo de terror.
—¿Qué cojones…? —suelta Tom, girándose hacia el cristal.
Yo me he quedado paralizada, incapaz de articular palabra. El corazón me golpea las costillas con una fuerza violenta al reconocer la silueta que se recorta contra la negrura de la noche, justo al otro lado del vidrio.
¿Se puede saber qué demonios hace él aquí a estas horas?