Capítulo 19
Livingston, Montana
Octubre
—Brooke—
¿Qué demonios ha sido eso? Nunca me había costado tanto recuperar el aliento.
Sentía el pecho arder: una combustión lenta provocada por el roce de su aliento cálido en mi mejilla.
No podía borrar de mi retina la imagen de sus antebrazos —un mapa de venas y músculos bajo esa piel tostada— moviéndose tan cerca de mi cuerpo.
Mi mente buscaba desesperada una respuesta mordaz, una frase inteligente para contrarrestar el terremoto que sus palabras habían desatado en mi interior, pero no encontré nada. Ni siquiera tuve tiempo de intentarlo.
Lo seguí hasta la camioneta como un autómata, con las piernas todavía un poco temblorosas. Ni siquiera me fijé en que, para cuando llegué a su altura, él ya había pagado todo el arsenal de plantas, las había cargado en la pick up con eficiencia y se había parapetado en su asiento.
Esta vez no me abrió la puerta. Tampoco es que lo esperara, pero el cambio de humor me descolocó.
Cuando me senté y cerré, él ya llevaba minutos así, estático.
Su mirada se perdía a través del parabrisas, con la expresión endurecida y los músculos de la mandíbula tan apretados que temí que terminara lastimándose.
Tenía el codo izquierdo apoyado en la ventanilla y la otra mano aferrada al volante; sus nudillos palidecían por la presión, como si estuviera conteniendo una fuerza que amenazaba con desbordarse.
Sin mirarme, esperó a que me abrochara el cinturón. Entonces arrancó. El motor rugió con una potencia que reverberó en mis propios huesos, provocándome un repullo involuntario. Encendió las luces para cortar la penumbra del atardecer y condujo en un silencio sepulcral.
Durante el trayecto, no dejé de darle vueltas a lo mismo: ¿qué había hecho yo para que reaccionara así?
No quedaba ni rastro del Jack jovial de hacía unos minutos.
Ni sonrisas, ni miradas cómplices, ni palabras amables.
Solo un ambiente enrarecido, ceños fruncidos y el sonido de nuestras respiraciones agitadas compitiendo con el ruido del motor.
Recibí un mensaje de Candy. Me esperaba en un bar y, conociéndola, no aceptaría un no por respuesta. Se lo mencioné a Jack, pensando que sería la excusa perfecta para romper el hielo y disolver ese muro de hielo que nos separaba. Me equivocaba.
—¿Cómo vas a ir? —fue lo único que me preguntó, con voz monocorde.
Le dije que, tras descargar las plantas, cogería mi coche. Pero él, sin mediar palabra y antes de tomar el desvío hacia el rancho, puso rumbo directo a la ubicación que me había enviado mi amiga.
—Yo me encargaré de descargar todo —sentenció—. Prefiero llevarte yo.
La autoridad en su voz no me dejó margen de maniobra.
En otra situación, le habría dejado claro que soy una mujer independiente, que he navegado sola por la selva de Chicago y que no necesito a ningún macho alfa que decida por mí.
Pero el aire en la cabina estaba tan cargado de electricidad estática que temí que, si replicaba, saltaría una chispa que lo incendiaría todo.
No quería tentar a la suerte; todavía no entendía qué había hecho mal para que ni siquiera se dignara a mirarme.
Detiene la camioneta frente al local y me bajo de inmediato. Cierro la puerta con un portazo, un gesto infantil pero necesario para demostrarle mi enfado.
—Gra-cias —le suelto a través de la ventanilla, con un tono gélido, esperando una reacción.
Nada. Sigue con la vista fija en el asfalto y la mandíbula tensa.
Giro sobre mis talones, convencida de que ni siquiera se despedirá.
¿Por qué me duele tanto su indiferencia?
Si fuera cualquier otro tío, lo habría mandado a la mierda sin miramientos.
Pero con él… con él siento una punzada sutil tras las costillas, un escozor que no logro racionalizar.
He recorrido apenas unos metros cuando su voz me detiene en seco.
—Brooke, espera.
Oigo el portazo y sus pasos pesados golpeando el asfalto, acercándose con urgencia. Al darme la vuelta, el Jack de piedra ha desaparecido. Ahora su semblante está teñido de algo que se parece mucho a la preocupación.
—¿Cómo vas a volver a casa? —pregunta, acortando la distancia hasta quedar de nuevo demasiado cerca. El calor que emana de él vuelve a envolverme en una caricia.
—No te preocupes —intento mantener el tono distante, pero su mirada azul me está ganando la batalla—. Seguro que Candy puede acercarme.
En un acto reflejo, me froto los brazos.
El frío de Montana no perdona y yo, olvidando lo traicionero que puede ser el clima aquí, no he previsto que al anochecer la temperatura caería en picado.
No llevo nada de abrigo. No hace falta que diga que tengo frío.
En un movimiento fluido, Jack se quita su chaqueta y la coloca sobre mis hombros.
Sus manos, grandes y callosas, restriegan la tela contra mis brazos para infundirme calor en un gesto tan íntimo y protector que me deja sin habla.
—Llámame si necesitas cualquier cosa —dice, bajando la cabeza para encontrarse con mis ojos—. ¿Entendido?
Me quedo ahí, contemplándolo como una idiota.
Las luces de neón del local proyectan sombras rojas sobre su rostro, haciendo que sus iris azules brillen con una intensidad sobrenatural.
Sus manos siguen sujetándome por los brazos y siento que la ropa desaparece; su calor penetra directamente en mi piel, erizándome hasta el último vello.
Es innegable. Hay una química chispeante entre nosotros, una tensión que amenaza con devorarnos.
Por un momento fugaz, una idea peligrosa cruza mi mente: ¿Y si me dejara llevar?
Quizás si me acostara con él, este sinsentido se terminaría.
A nadie le amarga un dulce, y Jack es, sin duda, el hombre más sexy que he visto en mi vida.
Seguro que sabe perfectamente cómo complacer a una mujer y yo…
bueno, yo llevo una larga temporada en sequía.
Pero sacudo la cabeza internamente. No he venido aquí para esto.
No puedo permitirme perder el norte con un vaquero de ojos bonitos mientras mi vida en Chicago espera a ser resuelta.
Además, algo me dice que, si acabamos en la cama, las consecuencias serán mucho más complicadas que una simple noche de placer.
«Se acabó. Deja de pensar, Brooke».
—Tranquilo, no hará falta —me zafo de su contacto con un esfuerzo sobrehumano y alzo el mentón, recuperando mi máscara de autosuficiencia—. Gracias por la chaqueta. Te la devolveré mañana.
Sin esperar respuesta y sin atreverme a mirar atrás, giro sobre mis talones.
Camino hacia la entrada del local sintiendo su mirada clavada en mi espalda, una presión que me obliga a mantener el paso firme, aunque mis rodillas sigan siendo de gelatina.
Me hundo un poco más en el cuello de su chaqueta, dejando que ese rastro de la piel y su propio olor me envuelva, y me detengo un segundo frente a la puerta.
Inhalo hondo, trato de recomponer mis facciones y empujo la madera, dejando que el peso de su prenda sea lo único que me acompañe al interior.