Las cicatrices del ayer (Montana 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

Livingston, Montana

Octubre

—Jackson—

He perdido la noción del tiempo. No sé si llevamos aquí una hora o una vida entera.

Brooke se evaporó entre los pasillos del vivero en cuanto cruzamos el arco de la entrada, ese armatoste repleto de hojas ocres y bombillas que ya titilaban con una luz cálida, anunciando que el otoño ha tomado el mando.

El lugar es un asalto a los sentidos: huele a tierra mojada, a cera de vela y a ese aroma dulzón de las frutas enceradas que decoran los rincones.

Hay calabazas por doquier y cestas de mimbre que parecen sacadas de un cuento, pero yo solo tengo ojos para una cosa.

Llevo todo el rato siguiendo sus pasos, empujando un carro de metal que chirría bajo el peso de las plantas más grandes con las que se ha encaprichado. Me gusta verla así, moviéndose con esa libertad, y me esfuerzo para que no le falte espacio en el carro para cada uno de sus antojos.

Ahora lleva unos minutos estática frente a las camelias.

Está de pie, con los brazos cruzados sobre el peto vaquero, escudriñando los pétalos como si estuviera descifrando un código secreto.

No es que yo sea un entendido en floricultura, ni mucho menos; tan solo he leído el nombre en el pequeño cartel de información que está clavado en la maceta.

Si hubiera venido solo, habría cogido la primera que hubiera visto y habría salido corriendo de aquí, pero ella no.

Ella la estudia en profundidad, supongo que buscando la perfección antes de escoger alguna.

Mientras ella pasea la vista por todas y cada una de las flores que tiene a sus pies, yo la paseo por Brooke.

Hoy está especialmente guapa. Lleva ese peto vaquero, una camiseta blanca de manga corta debajo y botines marrones.

Ha vuelto a hacerse esa trenza larga y casi no lleva ni pizca de maquillaje.

Y me parece la chica más preciosa de todo el jodido condado.

—¿Qué? —suelta de pronto.

Me quedo helado. Al parecer, me estaba hablando y yo ni me he coscado, perdido como estaba analizándola al completo, memorizando la curva de su cuello y la forma en que la luz otoñal se filtraba en su pelo.

—¿Que cuál escogerías tú? —repite, señalando las flores con una mano.

—No sé —me encojo de hombros, sintiéndome un poco pillado—. Cualquiera me parecería bien.

Brooke frunce el ceño como si lo que acabara de decir fuera el mayor delito del universo.

—Hombres… —murmura, negando con la cabeza mientras un mechón rebelde escapa de su trenza—. No puede ser cualquiera, Jack. Hay que escoger la idónea.

—Está bien, de acuerdo —asiento, queriendo complacerla.

Dejo el carro en un lado para que no moleste al resto de la gente que quiera pasar por este pasillo estrecho y me acerco a ella.

—A ver…

Al acortar la distancia, su brazo desnudo y suave roza el mío.

La descarga es instantánea; un cosquilleo extraño me recorre el cuerpo y me obliga a carraspear para centrarme en las plantas y no quedarme prendado de la rubia que tengo al lado.

Me concentro en el estante, obligando a mis ojos a buscar lo que ella necesita.

Paseo la vista por todas las flores hasta que me detengo en una en concreto.

—Esa —la señalo.

—¿Por qué?

—¿Por qué, qué?

—¿Por qué has elegido esa exactamente? —Se gira hacia mí, vuelve a cruzarse de brazos y me observa con una curiosidad que me pone nervioso. Comienza a repiquetear la bota contra el suelo, esperando una respuesta.

De pronto, no sé si he hecho algo mal, si va a regañarme o qué… Esto es surrealista. Estoy en un vivero, intentando estar a la altura de sus expectativas con una camelia. Pero si es lo que quiere, se lo daré.

—Está bien… La he elegido porque parece que está bien afianzada y los tallos parecen rígidos.

Las hojas están limpias, brillantes, sin manchas y no están descoloridas.

A simple vista parece que esté libre de insectos ni hongos.

Además —añado, fijándome en los detalles que ella mencionó antes—, apenas se ha abierto.

Un capullo es mejor opción, ya que así no se marchitará pronto y podrás disfrutarla más tiempo hasta el año próximo para una nueva floración.

Brooke me mira estupefacta, con los ojos abiertos de par en par, pestañeando de vez en cuando y con cara de «¿qué diantres acaba de pasar?».

Es la misma chapa teórica que me ha estado dando ella durante el tiempo que hemos permanecido en este lugar.

Y aunque la jardinería no entre dentro de mis hobbies, a ella parece encantarle, así que la he escuchado como si me hubiera estado contando un secreto universal.

No me he perdido ni una sola de sus palabras.

—Vaya —consigue salir del estupor. Deja caer ambos brazos a los costados. —Así que la has elegido por todo eso… —murmura para sí.

Me agacho para coger la puñetera maceta y me incorporo quedando peligrosamente cerca de ella.

—En realidad, no —me sincero al fin, y mi voz suena más grave y ronca.

—¿Entonces?

Hago el amago de girarme para colocarla en el carro, pero antes de hacerlo me inclino hacia Brooke. Inhalo su olor —ese aroma que se me ha colado al instante en todo mi ser— y detengo mi boca muy cerca de su oído.

—Porque es la primera que habías elegido tú mucho antes de preguntarme a mí —susurro.

Escucho un sonido extraño que emana de su garganta, un pequeño ahogo que me obliga a tragar saliva a mí también.

Llevo mis ojos a sus labios. Los repaso en profundidad mientras ella los entreabre y su aliento casi se entremezcla con el mío.

Me contengo con cada gramo de voluntad que tengo para no besarla aquí mismo, carraspeo nuevamente, cuadro la espalda para enderezarme y aparto la mirada de ella, tratando de recuperar algo de aire.

—Ya está bien de compras por hoy. Nos marcharnos.

Agarro el manillar del carro y enfilo el camino hacia la salida, sintiendo que mi corazón late mucho más salvaje de lo que debería.