Las cicatrices del ayer (Montana 1) Capítulo 17
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Capítulo 17

Livingston, Montana

Octubre

—Brooke—

La furia es un motor extraño; te mantiene en marcha, pero te agota por dentro.

Han pasado varios días y el enfado sigue ahí, instalado en mi pecho como un huésped que no piensa marcharse.

He evitado a Jack con una determinación que roza lo absurdo, aunque no estoy segura de si soy yo la que dobla la esquina cuando lo ve de lejos o si es él quien ha decidido que ya ha tenido suficiente de «miss Chicago».

Por eso, cuando abro la puerta de casa para salir y me lo encuentro de bruces, el mundo se detiene un segundo.

Estamos tan cerca que la punta de mis botas casi toca las suyas.

El calor que desprende su cuerpo me golpea el rostro, y por instinto, elevo la barbilla y entorno los ojos, apretando los labios.

Quiero que vea mi indignación, quiero que sienta el muro que he levantado.

Me muerdo la lengua para no soltarle el primer comentario mordaz que me quema la garganta, decidida a dejarle claro que no soy una de sus reses a las que puede arrear con palabras rudas.

Pero antes de que pueda articular palabra, él habla. Y me deja descolocada.

—Lo siento, Brooke.

Sus ojos se clavan en los míos con una intensidad desprovista de armaduras. Hay una delicadeza en su tono que me recorre la piel en una especie de caricia inesperada.

—Siento haberte hablado de ese modo. No tenía derecho. Perdóname.

Me quedo gélida. En mi mente, hago un repaso fugaz por todos los hombres que han pasado por mi vida desde la adolescencia: chicos de ciudad con trajes caros y egos más grandes que sus cuentas bancarias; tipos que me ignoraron,

que me trataron con condescendencia o que desaparecieron sin dar explicaciones.

Ninguno, ni uno solo, me pidió perdón jamás con esa desnudez en la mirada.

Abro los ojos de par en par, estudiándolo. A esta distancia, puedo ver el peso de la culpa en la sombra de los suyos. Su sinceridad es un dardo que atraviesa mi orgullo y me obliga a suavizar el gesto.

—Yo también lo siento —susurro. Siento cómo la tensión abandona mis hombros.

Al decir esas palabras, unas pequeñas arrugas de alivio se dibujan en las comisuras de sus ojos y una sonrisa, pequeña y auténtica, asoma a sus labios. Es un momento de paz tan extraño que, supongo, mi cerebro decide cortocircuitar. Solo así se puede explicar lo que sale de mi boca a continuación.

—Sé que tienes mucho trabajo, pero voy a ir al vivero y me preguntaba si te apetecería acompañarme —suelto, con un entusiasmo que desconozco en mí.

«¿Por qué has hecho eso, Brooke?», me grita mi subconsciente. Una cosa es perdonar y otra muy distinta es invitar al lobo a pasear por el jardín.

Espero, casi rogando, que me diga que no. Él es el mayoral, tiene un imperio ajeno que gestionar, caballos que domar y hombres que vigilar. No tiene tiempo para flores y mucho menos para mí. Pero, una vez más, Jack decide que su pasatiempo favorito es descolocarme.

—Claro. Me encantaría. Dame un momento.

Sonríe y se dirige corriendo hacia su camioneta.

Lo observo mientras lanza la gorra a la parte trasera y agarra una chaqueta.

Mi coche está ahí mismo, pero mi mente empieza a buscar excusas logísticas a la velocidad de la luz.

Ir en su camioneta es lo más sensato. Si voy a comprar sacos de tierra y plantas para devolverle la vida al porche, necesito espacio.

«Es por el maletero, Brooke. Solo por el maletero». Me lo repito como un mantra mientras me acerco a él.

—He pensado que quizá sea mejor ir en tu camioneta.

—Bien pensado —dice él, divertido—. El tuyo es demasiado diminuto y me costará entrar en ese trasto.

Suelto una carcajada limpia y cabeceo. Me dirijo al lado del copiloto, pero Jack es más rápido. Antes de que pueda estirar mi brazo para alcanzar la manilla, él ya la ha abierto por mí. Frunzo el ceño, plantándome frente a él.

—Puedo hacerlo yo, ¿sabes?

No es que sea una de esas mujeres que se ofenden por un gesto de cortesía, pero que él sea tan caballeroso me hace sentir cosas que he jurado no sentir. Me hace sentir… cuidada. Y eso es peligroso.

—No dudo de que puedas —responde con demasiada suavidad—. Solo intento ser cordial.

Estudio su expresión mientras me indica con la mano que suba al todoterreno.

—De acuerdo. Gracias.

Me lo imagino haciendo el gesto de tocarse el ala del sombrero si lo llevara puesto, pero en su lugar, me dedica uno de sus guiños.

Ese maldito guiño. Me estoy acostumbrando a ellos y eso me aterra.

¿Qué pasará el día que se canse de lanzármelos?

¿Qué pasará el día que ese destello azul deje de buscarme?

Me instalo en el asiento y él cierra la puerta con una delicadeza que contrasta con sus manos grandes y rudas.

Lo observo rodear el capó. No debería sentir este calorcito en el pecho.

No debería sentir ese pellizco de anticipación cuando se sube al asiento del conductor y me regala una sonrisa con los ojos brillando como el cielo de Montana en verano.

—¿Lista?

Su voz resuena en el espacio cerrado de la cabina, volviéndolo todo demasiado íntimo.

«¿Para qué exactamente?», me pregunto en un grito silencioso que se queda atascado en mi garganta.

¿Para ir a comprar flores o para dejar que me rompas todos los esquemas?

¿Para este trayecto de media hora o para el precipicio al que me empuja tu cercanía?

Siento demasiadas cosas bullendo bajo la piel como para detenerme a analizarlas ahora mismo, así que me limito a tragar saliva y aferrarme al bolso.

—Sí.

—Genial.

Arranca el motor y yo clavo la vista en el parabrisas, tratando de concentrarme en el paisaje para no perderme en el perfil del hombre que tengo al lado. Entonces, la voz de Luke Combs empieza a cantar Fast Car y, y el ritmo de la canción parece acompasarse con los latidos de mi corazón.