Capítulo 16
Livingston, Montana
Octubre
—Jackson—
Efectivamente, los fines de semana no existen en un rancho.
Los animales no entienden de calendarios ni de días festivos, pero aquí los domingos tienen un ritual sagrado.
Cuando la faena termina, Jefferson aparece con bandejas de carne asada que huelen a gloria y montamos mesas plegables frente a la cabaña de los muchachos.
Es nuestro momento. A veces, si el tiempo nos da tregua, la noche nos alcanza, entre el crepitar de una fogata y batallitas que hemos contado mil veces pero que nunca nos cansan.
Me acerco a ayudar a Jefferson con las bandejas y nos sentamos con los demás.
Zac, Tucson y Austin no son solo mis hombres; son mis mejores amigos.
Con el resto, mantengo esa línea invisible que separa al mayoral de sus subordinados; no por soberbia, sino porque alguien tiene que sostener las riendas cuando las cosas se ponen feas.
Pero, aunque guarde las distancias, los conozco a todos.
Sé de qué pie cojean y qué fantasmas los persiguen cuando se apaga la luz en la cabaña.
La verdad es que somos una familia. Yo tengo la mía propia, pero estos hombres solo se tienen los unos a los otros.
La mayoría de los que comen hoy aquí son hombres marginados a los que la sociedad escupió y olvidó por no encajar en sus moldes; supervivientes de vidas poco afortunadas, expresidiarios injustamente culpados o tipos que tuvieron que tomarse la justicia por su mano cuando nadie más miraba.
Todos buscaban empezar de cero.
Sé lo que es eso. Sé lo que es que tu propia madre te mire como a un extraño, tener que aprender a robar para que el estómago deje de rugir y criarte a base de golpes, sacándote las castañas del fuego tú solo.
Por eso, no hay mejor sitio en el mundo para empezar de cero que este rancho.
Ser vaquero es duro, le debes la vida al oficio, pero te devuelve la dignidad.
Yo solo les di lo que nadie más quiso darles: una oportunidad de sentirse útiles.
El ambiente es relajado, la cerveza corre y las risas llenan el aire. De repente, Derek, uno de los vaqueros, se tensa y suelta.
—Jackson, tío, ¿quiénes son esas que vienen con miss Chicago?
—No la llames así —gruño. Mi voz sale más brusca de lo que pretendía, y clavo una mirada de advertencia en él.
—Claro, lo siento, señor —murmura Derek, volviendo a su cerveza.
No me gusta que me llamen «señor», pero no tengo tiempo de corregirlo porque, al igual que el resto, mis ojos se clavan en las tres mujeres que avanzan hacia nosotros. Son unas bellezas, cada una en su estilo, y mis hombres ya están babeando como perros de caza.
Sin embargo, yo solo tengo ojos para la del medio.
La rubia que hoy ha vuelto a recogerse el pelo en una trenza larga que le cae sobre un hombro y un atuendo que me deja sin aliento: un top que deja ver una pequeña franja de la piel de su vientre,
tejanos que parecen esculpidos en ella y esas botas nuevas que le dan un aire demasiado sexy que me vuelve loco.
«Joder, está preciosa».
Trago saliva, sintiendo la garganta seca, y carraspeo para recuperar el control antes de que note que me ha dejado sin palabras.
—Hola, chicos —saluda Brooke.
Sus amigas barren a mis hombres con la mirada. Una los estudia con los ojos entrecerrados y la otra masca chicle con una confianza que intimida. Mis vaqueros creen que van a domarlas; pobres ilusos, no saben dónde se han metido.
—He invitado a Candy y Jenna a comer y os hemos visto aquí. Nos preguntábamos si podemos unirnos…
—Por supuesto que sí, bombón —suelta otro de mis vaqueros, levantándose de un salto para cederle el sitio.
—Eh, Oliver, un respeto —le corto en seco, señalándolo con el dedo. Aunque sea yo quien gestiona de alguna manera el rancho, no deben olvidar que ella es la dueña. O al menos lo será algún día. Por lo tanto, su jefa—. Se llama Brooke. Y quédate donde estás.
Ella me mira y, por un segundo, creo ver una chispa de diversión en sus ojos. Me aparto un poco de mi sitio y le indico mi silla.
—Por favor.
Enseguida, Zac y Austin me imitan cediéndoles sus lugares a las otras dos.
De Austin me lo esperaba, pero ver al hermético de Zac moviéndose por una mujer es algo que no se ve todos los días.
Buscamos más sillas y me acomodo justo al lado de Brooke.
Noto su nerviosismo por la cercanía, la forma en que evita rozarme, y me hace una gracia infinita ver a la chica de ciudad así de descolocada.
—Siento que nos hayamos acoplado —me susurra al oído, enviando un escalofrío directo a mi espina dorsal—. No era mi intención, pero las chicas han insistido y yo…
—Tranquila —la interrumpo, regalándole un guiño que la hace sonrojar al instante—. Hay comida de sobra y estáis donde debéis estar.
Y lo digo de corazón. No hay otro sitio en el que quiera que esté que no sea aquí, conmigo, en su hogar. Aunque ella aún no lo sepa.
La comida transcurre entre risas y modales poco refinados. Mis hombres comen como si no hubiera un mañana. Le paso a Brooke una bandeja de carne asada, rozando su brazo accidentalmente.
—Perdona por estos brutos —me disculpo en voz baja.
—Tranquilo, vaquero —suelta ella con una carcajada que me contagia—. Es placentero verlos disfrutar así. Al parecer, Candy y Jenna piensan lo mismo.
Por primera vez desde que llegó, veo a la verdadera Brooke. Sin la máscara de heredera agobiada, sin esa fachada de chica perfecta. Está disfrutando el momento, igual que ayer cuando estaba con Austin.
—¿Cómo tienes el brazo? —le pregunto, fijándome en su golpe.
Ella lo eleva un poco, mostrándome la piel que ya empieza a teñirse de un violeta bastante feo.
—Mejor. Pero me temo que me saldrá un buen moretón —hace una mueca con los labios y sigue a lo suyo.
La tarde se nos escapa entre los dedos. El sol cae y el frescor nocturno empieza a notarse. Las chicas ponen música, el volumen sube y la fogata proyecta sombras danzantes sobre nosotros. Y entonces, empiezan a bailar.
Me es imposible apartar la mirada de Brooke. Tiene un magnetismo que me quema las entrañas. Se ríe, bebe de su botellín de cerveza y se mueve con una libertad que me revuelve la sangre. Hace gestos con sus amigas, giros de cadera… movimientos bastantes seductores.
«Maldita sea».
Tengo que recolocarme en el asiento porque mi cuerpo está empezando a reaccionar de una forma que no puedo permitirme delante de todos.
Pero lo peor son ellos. Mis vaqueros la miran como sabuesos hambrientos.
Siento un estallido de celos tan punzante que aprieto la mandíbula hasta que me duelen los dientes.
Un codazo seco de Zac me devuelve a la realidad.
—No te conviene, Jackson —me suelta sin mirarme.
—Tú qué sabrás —respondo, dándole un trago largo a mi cerveza.
—Se marchó. Se fue, Jack.
—La obligaron. Era una cría, Zac. Tenía seis años, ¿qué iba a hacer?
—Pudo haber vuelto después y no lo hizo.
—Ahora está aquí —me revuelvo en la silla, tan tenso como el nudo de una soga que soporta demasiado peso.
—Sí. Y tú y yo sabemos perfectamente a qué ha venido. Reacciona de una jodida vez. Esta vez tampoco se quedará, y si piensas lo contrario, estás bien jodido.
—Aún hay esperanza —murmuro, más para mí que para él.
—No la hay. Ni siquiera te recuerda, joder.
—Yo a ella tampoco la recordaba —miento, aunque me queme la lengua.
—Ya. Convéncete de lo que quieras. Pero a mí no me engañas: no te has olvidado de esa rubia en toda tu vida. Te va a romper el corazón cuando se largue sin mirar atrás y nos deje sin nada.
—¡Jack! —el grito de Brooke corta nuestra tensión. Viene hacia mí, radiante, y me agarra del brazo—. ¡Ven a bailar!
—Él no baila —suelta Zac con una voz de ultratumba. Se levanta, cerniéndose sobre ella, ocupando todo su espacio personal.
Brooke no se amilana. Se inclina un poco hacia atrás para aguantarle el duelo de miradas más aterrador que he visto nunca. Es una campeona, porque no baja la vista. Al final, Zac resopla, aprieta los puños y se marcha dándole un empujón deliberado en el hombro al pasar.
—Será imbécil… —murmura ella, sentándose en el sitio de Zac.
Se deja caer, estira las piernas y se relaja de una forma que poco tiene que ver con la chica fina que llegó hace unos días. Supongo que la cerveza está haciendo su trabajo. Se me queda mirando, confundida.
—¿Cómo puedes ser amigo de ese tío? Apenas lo conozco, pero es insufrible.
La observo con una fijeza que roza la desesperación.
Busco en sus pupilas un destello, una grieta, cualquier señal de que la niña que me daba la mano en el río sigue ahí dentro.
Pero no hay nada. Me quema el pecho al pensar que mientras yo guardaba cada trozo de tierra de este rancho como si fuera un altar a nuestra infancia, ella simplemente…
lo borró. ¿Cómo se puede borrar a alguien así?
¿Cómo se puede olvidar el olor de la tierra después de la lluvia o el sabor de las moras que compartíamos?
Me siento como un idiota. Un estúpido guardián de un tesoro que ella considera simple chatarra.
Las palabras de Zac me martillean las sienes. «Ni siquiera te recuerda».
Miro con devoción a la mujer a mi lado.
Mi amigo tiene razón: no recuerda nada de lo que un día nos unió.
Para ella, este lugar es un trámite, un estorbo que adecentar para quitárselo de encima y regresar a su vida de lujos, a sus fiestas exclusivas y, tal vez, a los brazos de algún hombre que la espere en la gran ciudad.
El rancho no significa nada para Brooke y mucho menos aún hará por quedarse.
Eso es algo que ella misma ha repetido hasta la saciedad.
Ya no es mi pequeña Brooke. Es una desconocida con una vida que no entiendo. ¿Por qué me esfuerzo tanto?
—Exacto, no lo conoces —mi voz suena ahora afilada, ruda—. Zac solo quiere mi bien y el de este lugar. Igual que todos los que estamos aquí.
Brooke se endereza como si le hubiera dado una bofetada. Su expresión divertida se borra de un plumazo.
—¿Se puede saber qué te pasa ahora? —me espeta, clavando sus ojos en los míos. La indignación le ha espantado la embriaguez.
Me siento como un auténtico imbécil en cuanto las palabras salen de mi boca.
No quiero ser ese hombre, pero el miedo a perderla otra vez me está volviendo loco.
Jefferson saca su guitarra y empieza a tocar una melodía junto al fuego.
Es una canción triste, de esas que te arañan el alma, y ahora mismo no tengo fuerzas para escucharla.
—Creo que deberías irte a descansar, Brooke. Se ha hecho tarde.
Ella abre la boca, indignada, incapaz de creer que la esté echando. Alza el mentón, orgullosa, y se queda en silencio mientras yo me levanto y me pierdo entre las sombras de los árboles, huyendo de ella antes de que termine de romperme del todo.