Las cicatrices del ayer (Montana 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

Livingston, Montana

Octubre

—Brooke—

Menos mal que Jack me ha sacado de ese ambiente.

El aire allí fuera se había vuelto denso, cargado de una electricidad que no sabía cómo gestionar.

Me ha quedado claro que Austin es un soplo de aire fresco: atento, divertido, con esa sonrisa que le excava hoyuelos en las mejillas y te obliga, casi por inercia, a confiar en él.

Hacía una eternidad que no me reía así. Ha sido…

liberador, por un segundo he olvidado el peso que cargo en los hombros.

Me he guardado la curiosidad sobre el aparato electrónico de su oreja; no quería romper la magia del momento pareciendo una chismosa, pero la duda sigue ahí.

Luego está Tucson. Un chico que apenas roza los veinte, con un cabello de un cobre intenso, encendido, y una mirada clara que huía de la mía. Es la timidez hecha persona, pero desprende una nobleza que te hace querer protegerlo al instante.

Y después… después está Zac.

Solo pensar en él se me tensan los músculos.

Es una mole de hombre, pelinegro y de facciones talladas en piedra.

Su barba ensombrece un mentón que mantiene rígido, como si viviera en un estado de perpetua colisión con el mundo.

Cuando me ha mirado de arriba abajo, un escalofrío instintivo me ha recorrido la columna.

Ni un saludo, ni un gesto de cortesía. Solo una hostilidad impenetrable.

¿Qué le he hecho yo? ¿O es que mi sola presencia en este rancho es un insulto para él?

Ahora estoy en las cuadras. El olor me golpea de lleno: es una mezcla embriagadora de madera vieja, paja seca y el aroma dulzón y almizclado de los caballos. Mis botas resuenan contra el suelo mientras sigo la espalda ancha de Jack hacia el fondo del pasillo.

—¿Qué hacemos aquí? —pregunto. Mi propia voz suena pequeña entre estos muros altos.

—Quería que conocieras a alguien —responde él.

Inclino la cabeza, buscándole el sentido, y él me estudia.

Me dedica una sonrisa de medio lado, que me revuelve algo en el estómago, y abre la puerta de un box.

Cuando sale acompañado, mi respiración se corta.

El caballo es una maravilla de la naturaleza.

Es una yegua de capa palomina, de un ocre dorado que brilla bajo los rayos de luz que se filtran por el techo, con las crines y la cola de un blanco tan puro que parece plata.

—Brooke, te presento a Nebraska. Su madre es la yegua negra con la que acabas de estar —dice Jack, acariciando el testuz del animal con una familiaridad envidiable.

Debo poner cara de no entenderlo, porque añade enseguida, leyendo mi pensamiento:

—Hay genes que se saltan generaciones. Es sorprendente.

Siento un vuelco en el corazón. De repente, las barreras del tiempo se desmoronan y la niña pequeña que corría por estos pasillos emerge de las sombras de mi memoria.

—¿La de ahí afuera… era Alabama? —pregunto con un nudo en la garganta.

—Ajá.

—Madre mía… —Me llevo una mano a la boca. Los ojos me escuecen—. Ha pasado una eternidad. Creía que habría muerto.

—Alabama es dura de pelar —dice Jack con suavidad—. Según Zac, todavía le queda guerra por dar.

Salgo de mi estupor y me acerco. Mis pasos son erráticos, temerosos.

Jack sujeta las riendas con firmeza para darme seguridad.

Extiendo la mano, imitando el gesto que él hacía antes.

Al principio, mis dedos rozan el pelaje con miedo, esperando un respingo, pero Nebraska es toda calma.

Es dócil, cálida. Me acerco más, hasta que nuestras sienes casi se tocan, y empiezo a susurrarle palabras que no sabía que recordaba.

Sutilmente, desvío la mirada hacia Jack.

Al no llevar su sombrero, nada oculta la intensidad de su mirada azul.

Me observa con una curiosidad que parece leer mis pensamientos, con una alegría genuina que me hace preguntarme: ¿Por qué le importa tanto mi reacción?

¿Por qué parece que mi felicidad es la suya?

El corazón me late con una fuerza estúpida contra las costillas. Pero ignoro a ese órgano estúpido.

—¿Quieres montarla? —Su voz apenas es audible. Dulce, ronca, cargada de una invitación que va más allá de un simple paseo.

Me pierdo en su semblante. Necesito huir de esto. Esta vulnerabilidad me aterra; no me conviene sentir que pertenezco a este lugar, ni que él me pertenece a mí en este momento. Además, ¿cómo voy a montarme sobre este animal si hace dieciocho años que no lo hago?

La sonrisa que muestra es algo distinta a las que me ha lanzado con anterioridad. Es una que expresa felicidad y que se refleja en sus ojos, haciendo que brillen con un destello absorbente y palpitante.

—La verdad es que… —carraspeo, rompiendo el hechizo— debería irme.

Me aparto bruscamente y la luz en el rostro de Jack se apaga como una vela soplada por el viento.

—No voy vestida para esto —añado, señalando mi ropa como si fuera una prueba irrefutable— y tengo mil cosas que hacer.

—Pero si es sábado, Brooke…

— Tú mejor que nadie deberías saber que en un rancho no existen los fines de semana.

—Cierto. Lo sé muy bien —eleva una comisura en un mohín poco agradable.

Es evidente que Jack sabe perfectamente que lo que le acabo de responder es una excusa barata, pero no insiste.

Él eleva una comisura en un gesto amargo.

Sabe que miento. Antes de que añada nada, levanto mi mano útil y me quito el sombrero de un solo movimiento.

Al hacerlo, mi trenza larga, que estaba algo aprisionada bajo el fieltro, se desliza libremente por encima de mi hombro hasta descansar sobre mi pecho.

Siento el roce del cabello contra mi piel y el alivio del aire fresco en la frente.

Me acerco un paso y le tiendo el sombrero. Mis dedos rozan los suyos al entregárselo, una descarga eléctrica que me recorre el brazo. Él lo acepta en silencio, apretando el ala, mientras nuestras miradas se anclan un segundo demasiado eterno.

—Gracias por prestármelo —susurro.

—Está bien. Si necesitas ayuda, estaremos por aquí —responde él, volviendo a colocarse el sombrero con un gesto fluido que ensombrece de nuevo su mirada.

Me dedica su guiño de siempre antes de llevarse a Nebraska. De repente, siento una presión en los pulmones que no me permite respirar. Sin despedirme, salgo apresurada del recinto, paso por delante de los chicos en el corral, y corro hasta la casa.

Llamé a Candy esta tarde para despejarme. Necesitaba distracción y algo mundano para acallar el ruido de mi cabeza. Fuimos de compras y llenamos el coche de bolsas bajo su argumento de que necesito una «metamorfosis de Montana».

Tenía razón.

Al volver, pasamos frente a la icónica librería.

Recordé lo que siempre decía mi abuelo: «Las librerías siempre me recuerdan que hay cosas buenas en este mundo».

Le pedí parar y ella aceptó encantada. Llevo casi una hora merodeando entre pasillos antiguos que huelen a madera vieja, notas herbáceas y ese rastro húmedo y moho que solo tienen los libros con alma.

No importa si son nuevos o viejos; su aroma procede de la magia de quien los sostiene.

Y los míos huelen a recuerdos. Mi padre y mi abuelo me enseñaron que los libros no están hechos de páginas, sino de deseos y posibilidades.

—Eh, Brooke, ¿lo tienes? —Candy me saca de mi ensimismamiento.

—Sí, vamos.

He elegido un clásico en una edición preciosa y una guía sobre cómo gestionar un rancho.

Necesito conocimientos reales si quiero poner a punto este lugar.

Podría haber hablado con Jack, pero me temo que le prestaría demasiada atención a él y no estoy en plenas facultades.

Al menos, no hasta que consiga quitármelo de la cabeza.

Al pagar, Candy me invita a su casa para una noche de chicas con Jenna.

Me quedo bloqueada. Nadie me ha invitado nunca a nada por el mero placer de disfrutar de mi compañía.

No sé cómo ser una amiga de verdad. No sé cómo recibir afecto sin sospechar que hay algo detrás que lo mueve.

Sin embargo, su propuesta me calienta el pecho de una forma nueva y me obliga a dibujar una sonrisa sincera.

—Me encantaría —asiento, sintiendo que, quizás, las cosas buenas de este mundo están empezando a encontrarme.