Capítulo 14
Livingston, Montana
Octubre
—Jackson—
Puede que esto no sea buena idea.
Brooke no ha mostrado demasiado interés esta semana por conocer el trabajo que se hace aquí, así que no sé hasta qué punto es racional dejar que Austin le presente a los chicos y le enseñe esta zona. Lo más probable es que esté abrumada.
Y, sin embargo… también es cierto que es una persona que parece tener claro lo que quiere.
Se le nota en la forma en que observa, en cómo decide cuándo hablar y cuándo callar, en esa seguridad que intenta disimular pero que se le escapa en pequeños gestos.
Sabe muy bien en qué quiere emplear su tiempo.
Si no quisiera estar aquí, ya habría buscado una excusa y se habría marchado.
Pero no lo ha hecho. Y eso… eso me dice más de lo que lo debería.
Así que, en lugar de intervenir, me permito disfrutar de estos instantes que, de alguna manera la vida me ha regalado. Porque eso es lo que son: un regalo. Uno que no sé cuánto durará.
La escena me arranca una ligera sonrisa.
Sin duda, la chica que ahora se ha visto contagiada por la energía y la alegría de mi amigo, que se muestra entusiasmada con todo lo que Austin le enseña, no tenía intención de pasar así el resto de la mañana.
De haberlo sabido, habría elegido un atuendo muy distinto para ponerse.
Quizá uno de esos conjuntos arreglados, entallados y… ridículos que suele llevar.
Estoy tentado en ir a buscar una chaqueta y ponérsela por encima. El aire empieza a cambiar, y aunque no hace frío, la brisa ya no es la misma. Pero descarto la idea en cuanto la observo un poco más. No quiero que piense cosas que no son. Y no quiero darle motivos para que se aleje.
La cuestión es que su indumentaria no ayuda en absoluto. Me obliga a mantener los ojos fijos en ella. Hago un barrido completo, lento, inevitable.
Algo que sí le ha dado tiempo a ponerse al salir de casa son esas botas que calza, claramente de varios números más grandes.
Frunzo levemente el ceño. Debería comprarse calzado adecuado si va a quedarse aquí más tiempo.
Sigo el recorrido imaginario que estaba trazando con los ojos.
Desde el borde de esas botas hasta sus gemelos.
Y de ahí… a sus piernas: largas y estilizadas.
Demasiado expuestas bajo ese pantalón corto de color burdeos que lleva a modo de pijama.
Frunzo el ceño con más fuerza. De pronto pienso, que es demasiado corto.
No tengo ningún derecho a pensar eso. Ninguno. Y, aun así, en cuanto la idea se forma en mi cabeza, algo dentro de mí se tensa. La sola posibilidad de que otro tío —cualquiera— se fije de más en ella hace que la sangre me hierva bajo la piel. Incluso si uno de esos tíos es uno de los míos.
Carraspeo, incómodo. Dairon, a mi lado, emite un leve gruñido, como si captara el cambio en mi cuerpo antes incluso de que yo mismo lo procese.
—Cállate, Dairon… —mascullo, apoyándome en la madera que rodea el recinto.
Pero no aparto la vista. No puedo. Me recreo en la tela suave que cubre su abdomen, del mismo tono que los pantalones, y sigo ascendiendo hasta sus hombros. Los tirantes caen con una delicadeza peligrosa, como si bastara un simple gesto para que se deslizaran por su piel.
Aprieto la mandíbula.
Brooke se acerca a una de las yeguas negras que le mostraba Austin y empieza a acariciarla con cuidado.
Y yo… no puedo dejar de mirarla. No la pierdo de vista ni un segundo.
La estudio. La observo, intentando memorizar cada detalle en ella.
Mis ojos se detienen en la trenza. La misma que le hecho yo.
Aún no termino de que creer que me haya dejado hacerla.
Su pelo sigue siendo precioso. Siempre lo fue.
Y ese pensamiento me arrastra, inevitablemente, hacia un recuerdo.
El día que me obligó a aprender a hacerlas.
Aquella niña de cinco años odiaba el viento de esta zona.
Decía que el pelo se le metía en los ojos, que tenía demasiado y que era incapaz de recogérselo sola.
Su madre siempre estaba liada y prácticamente pasaba de ella.
Su abuelo no tenía ni idea de peinar a una niña. Y su padre trabajaba demasiado.
Según ella, ya que pasábamos tanto tiempo juntos, debía aprender.
«Nunca se sabe cuándo tendrás que hacerle una trenza a una chica, Jackson», recitaba con esa voz aguda, convencida, casi mandona.
Por aquella época, lo que solía hacer era poner los ojos en blanco ante la niña repipi y sabionda.
Lo que no entendía era cómo esa cría había conseguido hacerse un hueco en el corazón de un niño que ya estaba demasiado roto para su edad.
¿Quién le mandaría a un crío de casi once años pasar tiempo con una niña de cinco?
A día de hoy, ese recuerdo me hace sonreír.
Porque, por lo visto, he tenido que hacerlo.
Aunque ella no lo recuerde. Puede que para Brooke aquella época no significara tanto como significó para mí.
Puede que lo haya olvidado sin más. Pero para mí…
lo fue todo. A pesar de quejarme por tener que hacerle trenzas a una niña y pasar tiempo con ella para que no estuviera sola, cuando se fue mi mundo se apagó.
Sin previo aviso. Sin una despedida. Sin explicaciones.
Brooke gira la cabeza en la distancia y me mira. Y yo sigo aquí, contemplándola como un idiota. Estos días me he dado cuenta de que su maquillaje no es tan exagerado como aquel primer día. Pero hoy… no lleva ni una gota. Y está más preciosa que nunca.
Su piel, de un tono medio, brilla bajo la luz del sol.
Es el tipo de piel que debe tener cuidado para no quemarse, pero que, si lo hace bien, adquiere un bronceado precioso.
Le sonríe a Austin, mostrando una dentadura blanca, perfecta.
Y cuando se ríe a carcajadas por cualquier tontería que le esté contando Austin…
«Joder».
Al reírse de esa forma, echa la cabeza hacia atrás, sin miedo, sin contenerse, como si el mundo no pudiera verla en ese instante.
Se lleva la mano al vientre para sostenerse.
Toda ella es un espectáculo digno de contemplar.
Siempre he sabido que Austin se ha ganado el título de chistoso del grupo.
Pero con ella… parece aún peor. O mejor. No lo sé.
Sigo observándola hasta que, de pronto, gira de nuevo la cabeza y me sonríe. Y entonces reacciono. Borro la cara de estúpido que se me había quedado, endurezco el rostro y me obligo a volver en mí antes de que note cómo la estaba mirando.
En ese momento aparecen los chicos con un par de caballos más.
Austin no tarda en arrastrarla hacia ellos para presentárselos.
Tucson le tiende la mano de inmediato y ella le responde.
Sin embargo, Zac la recorre de arriba abajo sin molestarse siquiera en saludar.
Noto que Brooke se incomoda. Su postura cambia y la noto tensa.
Y eso es suficiente. Actúo y decido intervenir. Me acerco a ellos y la saco de ahí.
—Brooke, quiero enseñarte algo.
La sostengo por la cintura. Y en cuanto lo hago…
«Mierda».
Tengo que cerrar el otro puño con fuerza por la descarga que me atraviesa al rozarla.
Es inmediata. Brusca.
—¿Me acompañas?
Ella me mira una fracción de segundo. Pero enseguida desvía la atención a Zac, alzando una ceja desafiante, sin dejar indiferente a nadie.
—Claro —dice, levantando una mano a modo de despedida. —Ha sido un placer, chicos.
—El placer ha sido nuestro —responden Austin y Tucson al unísono.
Salimos del círculo y nos alejamos. Dairon camina a su lado como si le perteneciera. Al parecer, ese perro ha caído rendido por esta mujer en el poco tiempo que lleva aquí.
—¿Adónde vamos? —pregunta ella.
—Al establo. Quiero mostraste algo que te gustará.
—¿Cómo sabes que va a gustarme? —sonríe, divertida.
Me encojo de hombros.
—Simplemente, lo sé.