Capítulo 67
Fashion Haven, Chicago
Mayo
—Brooke—
Paciencia infinita es lo que tengo. Eso es lo único que me repito mientras camino por el pasillo, tratando de procesar el drama que la modelo ha dejado a su paso y el zumbido constante de las exigencias que nunca terminan.
Sin embargo, toda esa verborrea mental se detiene en seco cuando entro en mi despacho.
Mi madre está aquí.
Está sentada al otro lado de mi mesa, ocupando el espacio con su naturalidad invasiva que siempre ha maneja a la perfección.
Lleva un vestido de crepé plisado con escote de muesca en un negro riguroso, su media melena peinada perfectamente, sin un solo pelo fuera de su sitio.
Realza el conjunto con pendientes dorados que destellan con cada uno de sus movimientos, a juego con el bolso y los zapatos de tacón que descansan sobre mi moqueta gris como si fueran piezas de una exposición.
—Ya era hora de que llegaras, hija —dice, y su voz tiene ese tono de reproche suave que se te clava bajo la piel.
—Estoy trabajando, mamá —resoplo mientras la rodeo. Me siento en mi silla, buscando en la mesa de cristal algún tipo de barrera que me proteja de ella.
—Hemos quedado para comer, Brooke. Tengo que presentarte a…
Cierro los ojos un segundo. Ya sabía que su visita no era un detalle desinteresado. Siempre hay un plan, siempre hay algo nuevo que quiere encajar en mi vida.
—Has quedado tú, mamá. No yo. Tengo una montaña de trabajo acumulado y un set de fotografía patas arriba.
—Pues lo aplazas y me acompañas —responde con ese tono de orden disfrazado de sugerencia de quien no conoce la palabra «no»—. Me gustaría que conocieras a un amigo mío que…
Sus palabras empiezan a desvanecerse. Prácticamente dejo de escucharla, porque mi atención queda atrapada por la caja de madera que Deacon ha dejado sobre mi mesa.
Ahora, con ella delante, la curiosidad puede conmigo y soy incapaz de apartar los ojos.
No es la típica caja de un envío estándar; no hay logotipos, ni cintas adhesivas industriales.
Es algo… personal. Su presencia sobre el cristal de mi escritorio de diseño resulta casi desafiante, como si guardara un secreto que no pertenece a este edificio ni a esta vida.
Con sumo cuidado, casi con miedo de romper algo, acerco la caja hacia mí.
La abro lentamente mientras oigo de fondo la verborrea de mi madre, que sigue enumerando las virtudes de ese hombre que pretende presentarme.
Sus palabras son solo un zumbido lejano, un ruido que no logra penetrar en la burbuja de extrañeza que se acaba de formar frente a mí.
Nada más retirar la tapa, me quedo petrificada.
Lo primero que veo es un sobre de color blanco, reluciente e impoluto, descansando sobre una montaña de otros mucho más desgastados.
Ese blanco nuevo desentona nada más verlo, parece una declaración de intenciones, mientras que los de abajo, amarillentos y con los bordes rozados, huelen a tiempo acumulado, a años de estar guardados en algún rincón.
Cojo el primero. Mis dedos tiemblan un poco al abrirlo. Solo hay una frase escrita, con una caligrafía firme:
«Esto te pertenece».
Frunzo el ceño, con un pellizco de inquietud que me pilla por sorpresa. No comprendo nada. Mi primer pensamiento es que se trata de un error, que Deacon se ha equivocado de despacho. Pero hay algo en la apariencia de esos sobres antiguos que me empuja a seguir.
Saco el taco grande de cartas. Estás unidas por un cordel con un nudo apretado.
Lo desato y los sobres se desparraman sobre mi mesa.
Empiezo a abrir uno, y luego otro, y otro más.
Mis ojos saltan de una línea a otra, atrapando fragmentos de frases que me cortan la respiración: «Para Brooke», «Para mi niña», «Feliz cumpleaños, cariño».
Me doy cuenta, con un escalofrío que me recorre la espalda, de lo que tengo entre las manos.
Son cartas para mí, pero para una Brooke que ya no existe.
Una Brooke mucho más pequeña. Las leo por encima, con el pulso acelerado, abrumada por la cantidad de papel escrito; necesitaría horas, quizás días, para procesar todo esto.
Entre los sobres también aparecen pequeños paquetes, regalos de Navidad y de cumpleaños con fechas que se remontan a mi infancia.
Es una vida entera que no llegó jamás a mis manos. Una comunicación desde otro mundo que alguien cortó de raíz.
—… ¿Me estás oyendo? — La voz aguda de mi madre detiene el ruido de mi mente, cortando mi hilo de pensamientos, obligándome a salir a la superficie de la realidad.
Me quedo unos segundos en blanco, con el corazón martilleando contra mis costillas. Mi propia voz suena extraña cuando consigo articular palabra, como si viniera de una profundidad a la que ni yo tengo acceso.
—¿Qué decías? — Pregunto, aunque mis ojos siguen clavados en esos sobres, incapaces de apartarse.
—No has escuchado ni una palabra, ¿verdad?
—Ella se inclina un poco, observando las cartas que sostengo con fuerza entre las manos.
Tiene el ceño fruncido y esa expresión de impaciencia que suele usar cuando siente que pierde el control de la situación—.
¿Se puede saber qué es eso que estás mirando para que me ignores de esa forma?
—Son… son… —Intento articular una respuesta, pero las palabras se me quedan atascadas en la garganta, asfixiándome.
Levanto la mirada hacia ella. Mi madre alza las cejas, esperando una explicación con esa mirada inquisitiva que siempre me ha hecho sentir que no tengo derecho a tener mis propios secretos.
En ese instante, mi teléfono vibra sobre la mesa como un zumbido. Bajo la vista y leo el mensaje de Jackson. Solo tres palabras:
«Escúchale, por favor».
¿Escuchar? ¿Escuchar a quién?
El corazón me late con una fuerza descontrolada, a punto de salírseme del pecho.
Trago con dificultad, sintiendo la boca seca, y vuelvo a mirar a mi madre.
Me escruta con su mirada penetrante e inquisitiva, una mirada que parece querer desnudarme y encontrar cada uno de mis puntos débiles para hacer con ellos lo que le venga en gana.
—¿Y bien? ¿Qué es lo que te pasa, Brooke? —suelta ella, con impaciencia.
Unos golpes en la puerta me sobresaltan tanto que casi salto de la silla. Se abre enseguida.
—Brooke… —se asoma Martha.
Aprovecho el movimiento para dejar todas las cartas otra vez en el interior de la caja, ocultándolas de la vista de mi madre. Es un acto reflejo, el instinto de proteger lo único real que he tenido entre las manos en mucho tiempo.
—¡Fuera de aquí, niña! —estalla Tiffany sin siquiera mirar a Martha, con un desprecio que me revuelve el estómago—. Estoy hablando con mi hija, no la molestes con…
—¡No te muevas, Martha! —grito en dirección a mi madre, y veo cómo se queda lívida ante mi tono—. Mamá, es mi asistente, no la tuya. Así que, por favor, dame un momento.
Mi madre frunce el ceño con tanto ahínco que sus facciones parecen endurecerse, convirtiéndose en una máscara de indignación, pero se mantiene callada por orgullo.
—¿Qué ocurre, Martha? —pregunto, tratando de que no se note que me tiembla la voz.
—Hay un señor fuera… Dice que necesita hablar contigo. Urgentemente.
«Escúchale», repite mi cerebro.
—Dile que pase. Gracias.
Me aliso el traje con movimientos automáticos, sintiendo el roce de la tela contra mis manos húmedas por el sudor.
Estoy tan nerviosa que el pulso me bombea con fuerza en los oídos, impidiéndome pensar con claridad.
Todo esto es un sinsentido; las cartas, el mensaje de Jackson, mi madre…
Siento que el suelo se tambalea bajo mis pies y solo trato de mantenerme firme mientras espero que aparezca quienquiera que esté ahí fuera.
—Brooke, no tenemos tiempo para estas interrupciones —suelta mi madre, consultando su reloj de pulsera—. Hemos quedado para comer y la puntualidad es lo mínimo que se espera de alguien en tu posición.
—¡Mamá! —grazno, mientras me pellizco el puente de la nariz, sintiendo que la presión detrás de mis ojos es insoportable—. Cállate un momento, por favor. ¿Sí?
El silencio que sigue es abismal. A la vista está que no se esperaba que le hablase de este modo; se queda mirándome con los ojos muy abiertos, estupefacta por mi reacción.
Pocas veces en mi vida he tenido el valor de mandarla callar de forma tan directa, y verla así, muda de la impresión, me da un segundo de tregua antes de que la puerta vuelva a abrirse.
Martha hace pasar al hombre.
Y el tiempo en el despacho parece congelarse.
Nada más verlo, el aire deja de entrar en mis pulmones. Abro los ojos de par en par, sintiendo un mareo que me obliga a apretar los puños a los costados. Estoy aturdida, en un estado de shock tan profundo que el resto del mundo parece haberse desvanecido.
—¿Papá? —apenas me sale la voz, ahogada por la sorpresa.
Él entra despacio, y mis ojos lo recorren de arriba abajo.
No es el hombre derrotado y consumido que vi por última vez hace meses.
Ha adelgazado, pero es una delgadez sana, firme; ha recuperado una fuerza que parece haberlo hecho incluso más alto.
Camina con una confianza que le devuelve la autoridad que recordaba de mi infancia.
Lleva el pelo entrecano más corto, peinado hacia atrás, dejando a la vista la firmeza de sus rasgos.
Lo estudio en profundidad, desde los pies hasta la cabeza, tratando de asimilar la transformación.
Sus tejanos oscuros y su camisa blanca impecable no tienen nada que ver con las prendas desgastadas que vestía en Livingston.
Pero es su rostro lo que me hace flaquear: su tez está curtida, con pequeñas arrugas en las comisuras de los ojos que hablan de toda una vida, pero con un color que ya no es el de la enfermedad o el abandono.
Ya no hay rastro de las bolsas violáceas bajo sus ojos.
Y luego están esos ojos verdes, mirándome con un brillo de lucidez que hacía demasiados años que no admiraba.
Vuelve a ser él. El hombre seguro de sí mismo que vivía en mis recuerdos.
—¿Papá? —repito, y mi voz suena tan pequeña, tan carente de toda esa seguridad que tanto me ha costado fingir, que por un segundo me olvido de dónde estoy y de quién soy. Solo soy yo, llamándolo después de una vida entera sin él.
—Hola, Brooke.