Las cicatrices del ayer (Montana 1) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Acaricio su cabeza y lo rodeo por el cuello con el brazo que sí puedo mover para tranquilizarlo.

Después llevo la vista hasta el vaquero que tengo al lado.

Luce su atuendo habitual. A estas alturas ya lo tengo bastante estudiado: camiseta —que va combinando en distintos colores, siempre en tonos neutros— que se ciñe a sus músculos de una forma absolutamente devastadora.

Una observación inevitable. Tejanos. Botas —o bien las típicas de cowboy o las de montaña— y su característico sombrero, que también lo alterna con gorras dependiendo de la hora del día o del trabajo que esté haciendo.

El caso es que, siempre que lo veo, me quedo embobada.

Ese look le sienta condenadamente bien, y mis neuronas parecen dejar de funcionar como deberían cada vez que está frente a mí.

Por lo general, suelo tardar unos minutos en volver en mí.

Como ahora. Porque no tengo ni idea de lo que está diciéndome.

He dejado de prestarle atención y lo observo en profundidad mientras se sienta a mi lado e inspecciona la zona en la que me he golpeado.

Lo más probable es que me salga un buen hematoma.

Y lo curioso es que el dolor ha pasado a un segundo plano.

Lo observo quitarse el sombrero con gesto preocupado y dejarlo a un lado, apoyado sobre los tablones de madera del suelo.

Con una mano se pasa los dedos por el pelo y, en un movimiento rápido, se lo echa hacia atrás.

Me he fijado en que suele hacerlo mucho cuando estoy delante.

Alza los ojos hacia los míos, pero yo le estoy mirando los labios.

Se mueven bajo ese sombreado de barba de varios días que cubre su mentón.

Supongo que me estará diciendo algo, pero no logro entenderlo.

Esta situación se ha vuelto extraña para mí. No alcanzo a descifrar lo que dice por culpa del estruendo que parece reverberar dentro de mi cuerpo, como si el momento hubiera creado su propio ruido interno que me tapona incluso los oídos.

Todo se ralentiza y solo puedo centrarme en lo atractivo que es.

Y en lo bien que huele. Notas de perfume que me trasladan inmediatamente a mi infancia y a un paisaje bucólico, como si él mismo fuera todo un bosque salvaje por explorar.

Si cierro los ojos puedo imaginar senderos verdes bajo la fresca sombra de los árboles y dejarme llevar por la mezcla de olores de su piel: hierba, madera, musgo, heno, pino, enebro y…

sudor. Al reparar en su encanto me percato también del mío.

He bajado tan rápido que ni siquiera me he vestido bien.

Aún no me he lavado la cara ni me he hecho una coleta; seguramente luzca una melena alocada de recién levantada.

—Oye… me estás asustando. ¿Te encuentras bien, Brooke?

Dairon ladra tras las palabras de su dueño, como si también quisiera saber la respuesta. Ahora sí que lo oigo. Y abro los ojos de par en par.

—Sí, sí, perdona.

Intento levantar los brazos para recogerme el pelo y que no me vea con estas pintas, pero el dolor vuelve a atravesarme el brazo y lo agarro con un gesto de molestia.

Si algo he podido observar del hombre que tengo al lado durante esta semana es que es muy atento y parece percibir las necesidades de cada persona antes incluso de que se expresen.

—No te muevas de aquí —me ordena.

Se levanta a toda prisa, entra en casa y al rato aparece con un vaso de agua y un antiinflamatorio.

—Tómate esto.

Obedezco al instante.

—Deja que te ayude.

¿Ayudarme? ¿Ayudarme con qué exactamente? Se me forman unas pequeñas arrugas entre las cejas, pero antes de que pueda preguntar nada ya lo tengo detrás de mí.

—¿Qué… qué haces?

Me muevo para que se esté quieto y lo miro con desconcierto.

—Tranquila. Solo voy a echarte una mano. Confía en mí.

Cómo no… sale a relucir su famoso guiño. Y qué quieres que te diga, con ese gesto me convence.

—Vaaaleeee… —alargo las vocales mientras cedo y le doy la espalda para dejarlo hacer lo que pretendía.

No voy a negar que sentir sus grandes dedos callosos deslizándose entre mi melena me produce una sensación inesperadamente agradable.

—Ya está.

En menos de un minuto vuelve a sentarse a mi lado con una gran sonrisa en los labios, claramente orgulloso de su obra.

Llevo la mano que sí puedo mover hacia mi pelo y lo palpo.

¿Me ha hecho una trenza? Y por lo que puedo tocar está perfecta.

Abro la boca. Supongo que, al principio, por estupefacción.

Después porque pensaba decir algo… un «gracias» al menos.

Pero las palabras parecen haberse esfumado.

—¿Cuándo aprendiste a hacer trenzas? —consigo hablar al fin, intentando que la pregunta suene divertida por el hecho de que acaba de peinarme con sus manos… y lo ha hecho muy bien.

Sin embargo, no me pasa desapercibido que su semblante se torna un poco más serio de lo habitual. Ahora es él quién acaricia a Dairon y éste se deja hacer.

—Hace muchísimos años. Cuando era un crío de diez años.

Su mirada se pierde en el horizonte. Levanta ligeramente las cejas y fija la vista en ningún punto en concreto, como si estuviera buscando algo en un recuerdo lejano.

—¿Tienes una hermana a la que peinabas de pequeña?

Le doy un leve empujoncito en su musculado brazo. Pero pasan dos cosas. La primera, que ese leve contacto basta para que vuelva a ser consciente de lo fuerte que está. La segunda, que el movimiento me hace quejarme otra vez. Moore adelanta un poco el cuerpo y apoya los codos sobre las rodillas.

—No tengo hermanos —dice con voz firme. Y temo haberle hecho recordar algo que no debería.

Si es que no sé para qué pregunto estas cosas.

«Brooke, te va mejor cuando no interactúas demasiado con la gente y no pasas el límite. Estás más guapa calladita».

—Pero… sí tenía una buena amiga. —Vuelve a mirarme y reaparece su sonrisa perfecta.

Me pierdo en ella un instante. Y el límite que yo misma me impongo con los hombres desaparece en un segundo.

Subo la mirada hasta sus ojos. Azules, con motitas amarillas que brillan aún más bajo la luz del día.

Me miran como quisieran decir algo más. Como si escondieran un secreto.

Inclino ligeramente la cabeza para estudiarlo en profundidad.

El silencio que se ha instalado entre nosotros no resulta incómodo.

Al contrario. Es agradable. Estar en su presencia se siente fácil, natural. Casi familiar.

—¡Oye, Jack…!

Uno de los hombres que he visto antes desde la ventana se acerca y rompe nuestra pequeña burbuja.

—Vaya, vaya… ¿a quién tenemos aquí? Tú debes de ser la pequeña Brooke.

Ladeo la cara en una mueca de incomprensión.

Frunzo el ceño por varios motivos. Primero, por lo de «pequeña».

No soy precisamente baja de estatura y tampoco tengo hermanos, así que difícilmente puedo ser la «pequeña».

Tan solo soy Brooke. Brooke a secas. Así que ha sonado más bien como un mote cariñoso que ha debido escuchar con frecuencia.

Segundo, porque sabe mi nombre. Y no imagino a mi padre presumiendo ante sus trabajadores de que su niñita ha vuelto, cuando ni siquiera él quiere que esté aquí. Por lo que, supongo que, el cowboy que tengo al lado ha sido quien ha debido hablarle de mí.

Miro al recién bautizado Jack y noto que está algo nervioso. Ni siquiera me mira directamente. Se entretiene con su perro, acariciándolo como si la conversación no fuera con él.

—Así que Jack, ¿eh? —le pregunto para que me mire.

Y lo hace. Vaya si lo hace. Como si estuviera esperando algo más. Pero… ¿el qué?

—Así es. Supongo que ya lo has averiguado.

—Eh… ¿me he perdido algo? —Ambos miramos al hombre que nos observa con una ceja levantada.