Capítulo 13
Livingston, Montana
Octubre
—Brooke—
He pasado la última semana inmersa en el trabajo.
Hace solo siete días que llegué, pero parecen muchos más.
Una eternidad, más bien. En este lugar del mundo, los días transcurren de otra manera.
Más lentos. Más despacio. Como si el tiempo respirara calma, muy lejos del ritmo frenético de Chicago.
Sin apenas darme cuenta, he terminado adoptando una rutina.
Me levanto, me arreglo y conduzco hasta el centro para desayunar en el Tru North Café.
He pasado allí prácticamente todas las mañanas, lo que me ha permitido entretenerme…
y conocer mejor a mi nueva amiga Candy. También he conocido a su compañera, que regresó después de tomarse unos días de descanso.
Se llama Jenna y tengo que admitir que posee un estilazo imposible de ignorar.
Candy y Jenna son preciosas, cada una con su estilo propio.
Si ya me gustaba la forma en que viste, habla y actúa Candy, con Jenna me quedé completamente boquiabierta.
No solo por su físico —que es espectacular—, sino por su forma de moverse por el mundo, como si supiera exactamente quién es y qué quiere.
Luce una melena morena intensa, en la que se adivinan reflejos rojizos cuando la luz incide sobre ella, y unos ojos rasgados de color café que capturan la atención de cualquiera.
Sus labios carnosos casi siempre están pintados con carmín rojo.
El primer día que la vi llevaba un top corto que dejaba al descubierto parte de su abdomen, unos vaqueros oscuros y ajustados y unas botas que parecían hechas para caminar kilómetros sin perder un ápice de estilo.
Durante los siguientes días me fijé en que suele vestir de forma parecida, aunque cambia los accesorios según le apetece: pendientes grandes de plata, pulseras, brazaletes o collares.
Algo que también llamó mi atención fue la tinta que decora sus brazos.
No son tatuajes grandes que cubren toda su piel aceitunada.
Son pequeños o medianos, de líneas finas, dispersos aquí y allá, como si no tuvieran relación entre sí…
y, sin embargo, todos formaran parte de un mismo mapa. El mapa de su vida.
Si algo he envidiado de mis dos nuevas amigas estos días es la sensación de libertad que desprenden.
Ambas parecen mujeres fuertes, decididas, listas para conquistar el mundo…
. o incluso un rodeo si hiciera falta. Sus estilos reflejan exactamente eso: espíritus libres y auténticos.
Irradian belleza y valentía como el sol del desierto.
Como si fueran capaces de coger un lienzo en blanco y pintar sobre él su propio camino.
Algo que me ha llevado a reflexionar más de una vez. Porque yo nunca tuve esa opción.
Todos los días me he encontrado en el Café con el tal Daniel.
Y he podido comprobar que Candy tenía razón: tiene sus cosillas, sí…
pero en el fondo es un santurrón. Cada mañana me dedica una gran sonrisa, me llama «preciosa» y parece guardar la esperanza de que algún día acepte que me invite a algo.
No es porque se mayor que yo —aunque, muy probablemente me doble la edad—, es que siento que no debería darle falsas ilusiones.
Así que, después de rechazar educadamente sus ofrecimientos, él me dedica su característico movimiento de cabeza —gorra incluida— y se marcha deseándome un buen día.
No puedo evitar sonreír al pensar en la rutina de estas mañanas. Me gusta venir a aquí. Me gusta empezar a reconocer las caras de los terratenientes y observar a los forasteros que pasan por estos lares.
Después del almuerzo regreso al rancho y me entretengo con distintos quehaceres.
La mayor parte del tiempo la he pasado arreglando la casa.
Limpiando. Adecentándola. Aún no sé si lo hago para que mi padre y mi abuelo puedan vivir en condiciones…
o por si finalmente firmo los papeles y vendo el rancho.
No lo sé. Y no lo sé porque he estado tan ocupada con todo lo demás que todavía no he visitado al abogado de mi abuelo.
Tal vez porque, en el fondo, me da miedo hacerlo.
Aun así, tarde o temprano tendré que acudir.
Como no me veía capaz de presentarme directamente en su oficina, al menos le envié un correo electrónico para avisarle de que me había instalado en el rancho y que estaría disponible para concertar una cita en las próximas semanas.
Supongo que necesitaba recordarme a mí misma que para eso he venido.
Porque si no… ¿qué demonios hago yo aquí?
En cuanto a la casa, compré pegamento para papel pintado y arreglé las partes más estropeadas de las paredes de mi habitación.
No quise deshacerme del papel; quería mantener la esencia del lugar.
Lo que sí hice fue comprar un armario en una tienda vintage que encajaba perfectamente con la estética.
También compré una cama nueva, del mismo estilo que la anterior, pero con las medidas adecuadas para mi altura.
La vestí con una colcha blanca y cojines en tonos marrones y beige bordados con herraduras y con motivos western.
Los combiné con algunos de mis antiguos cojines.
Incluso el que tiene forma de conejito. Me resulta entrañable conservarlos.
También cambié la vieja almohada de plumas por una nueva.
Aquella noche fue increíble tumbarme en una cama nueva, rodeada al mismo tiempo de los recuerdos de mi antigua vida.
Un mediodía encontré a Moore delante de casa cargando camionetas con algunos trabajadores.
Se echó a reír al verme aparecer otra vez cargada de paquetes hasta los topes.
Me preguntó cómo había conseguido meter todo aquello en mi pequeño coche de alquiler.
La verdad es que, cuando quiero, puedo ser bastante cabezota.
Todo es cuestión de logística… y estrategia.
Sin embargo, cuando lo vi allí, me quedé momentáneamente sin palabras.
Estaba apoyado contra su pick up, con la cabeza ligeramente ladeada y esa sonrisa sesgada que dibuja una curva peligrosa en sus labios.
Y sin camiseta. No llevaba nada que cubriera su torso.
Una fina capa de vello oscuro descendía desde su pecho y desaparecía bajo la cinturilla de los vaqueros.
Tan solo llevaba una gorra, los tejanos, las botas y la susodicha prenda —que colgaba enganchada al cinturón—.
Tenía los brazos cruzados, lo cual hacía que sus bíceps parecieran aún más anchos y fuertes.
No es que hiciera precisamente calor como para ir medio desnudo.
Pero, por algún motivo, decidió hacerlo.
Y yo no presté atención a las razones; estaba demasiado ocupada babeando mentalmente ante semejante espectáculo.
Por suerte, Dairon se abalanzó sobre mí y comenzó a lamerme.
Gracias a él conseguí salir de mi trance momentáneo.
Le obligué a ponerse algo que cubriera ese abdomen trabajado y tostado por el sol antes de que mi cerebro —y mis zonas bajas— sufrieran más de la cuenta.
Después, me ayudó a subir las cajas a la planta de arriba.
No quise aprovecharme demasiado de su amabilidad después de lo que hizo al día siguiente de rechazar mi invitación para que se quedara a cenar.
Cuando bajé a la cocina aquella mañana, descubrí que los muebles estaban arreglados.
Tuvo que pasarse la noche trabajando. Incluso los había pintado de otro color.
Me quedé plantada en el quicio de la puerta con una mano en la boca tras seguir el olor a pintura.
Verde. Un tono entre bosque y grisáceo. Uno de mis colores favoritos.
Una coincidencia que me dejó completamente desconcertada.
No recordaba haber escuchado ni un solo ruido durante la noche, pero al despertar, comprobé que había dormido casi cuatro horas más de lo habitual.
Supongo que el somnífero hizo más efecto después de pasarme horas recordando…
lamentándome… y castigándome por mi vida y mis decisiones.
Hoy es sábado. Desde fuera me llega el sonido de silbidos y risas masculinas.
Como hoy me he levantado tarde y no he ido a la cafetería para avanzar con la casa, esos sonidos resultan nuevos para mí.
Deslizo las cortinas con cuidado y me asomo a la ventana procurando que nadie me vea.
Veo a Moore y a dos hombres más junto a él.
También hay algunos vaqueros repartidos por el valle trabajando con las reses.
Están fuera de las cuadras con varios caballos.
La curiosidad sigue siendo mi debilidad, así que siento el deseo de bajar y observarlos mejor tratar con esos animales.
Recuerdo que de pequeña montaba a una joven yegua de precioso pelaje negro azabache.
Si la memoria no me falla, se llamaba Alabama.
Sonrío al recordarla. Unos meses antes de irnos, mi abuelo me dijo que estaba preñada.
Me obsesioné con la idea y le hice prometer que el potrillo sería para mí.
Si era hembra la llamaría Nebraska; si era macho, Áyax.
¿Qué habrá sido de ellos? ¿Seguirán aquí?
Definitivamente, la curiosidad termina pudiendo conmigo.
Me calzo lo primero que encuentro y salgo disparada hacia los establos.
Lo que ocurre es que no recordaba haber dejado en la puerta trasera todos los trozos y tablones del antiguo armario por si hacían falta para hacer fuego o para la chimenea en los meses que se aproximan.
Tropiezo con ellos y estoy a punto de caer de bruces contra el suelo.
Pero lo que ocurre es peor: acabo golpeándome contra uno de los gruesos postes que sostienen la terraza de la habitación de mi padre.
Suelto un pequeño grito de queja.
—¡Joder!
El dolor me atraviesa el brazo con un latigazo tan brusco que me deja sin aire durante un segundo. Me agarro la zona mientras suelto una retahíla de improperios entre dientes.
«Genial, Brooke. Pareces imbécil».
Dairon es el primero en llegar. Aparece casi de inmediato y empieza a empujarme con su húmedo hocico, inquieto, recorriéndome con pequeños golpecitos para comprobar que sigo entera.
Después de esta semana, este perro se ha ganado completamente mi confianza.
En realidad, lo hizo el primer día, a pesar de mi malestar por mancharme la ropa.
No tardé en darme cuenta de que es un animal noble, obediente y tremendamente cariñoso, sobre todo con su dueño.
—Tranquilo, Dairon… estoy bien.
Pero mi voz sale atropellada por el dolor.
—¡Brooke! ¿Estás bien?
Enseguida tengo ante mí al aludido, con el ceño fruncido por la preocupación.
Me obliga a sentarme en el escalón y me coge del brazo para inspeccionarlo.
Cuando lo levanta, no puedo evitar hacer un gesto de dolor.
Dairon empieza a lamerme las manos y los brazos, colándose entre mis piernas para cerciorarse de que estoy sana y salva.