Capítulo 12
Livingston, Montana
Septiembre
—Brooke—
Estoy terminando de preparar la cena cuando, desde la cocina, veo a mi padre cruzar el umbral de la puerta del salón y venir en mi dirección. Alza la mirada… y se queda paralizado al verme. Es evidente que no esperaba encontrarme aquí.
Durante un segundo ninguno de los dos de mueve. El tiempo parece quedarse suspendido entre nosotros, como si ese simple instante pesara más de lo que debiera.
—Hola —mi voz sale tan débil que apenas parece mía. Carraspeo y lo repito, intentado que suene más firme—. ¡Hola! ¿Te apetece cenar?
Su semblante cambia al momento. La sorpresa desaparece y deja paso a algo mucho más duro.
Su expresión se vuelve rígida, casi hostil, como si mi presencia hubiera invadido un espacio que considera suyo.
La rabia se hace presente en sus ojos verdes.
Me observa con intensidad, escrutándome, tratando de descifrar realmente qué hago aquí, como si yo fuera un problema que acaba de aparecer en su vida sin previo aviso.
Frunce los labios y aprieta los puños a ambos lados de su cuerpo.
¿Tanto le molesta verme aquí?
—¿Se puede saber qué estás haciendo?
Escucharlo hablarme de ese modo me eriza la piel.
La brusquedad de su tono tiene algo que me atraviesa por dentro y, de pronto, me siento pequeña.
Muy pequeña. Durante un segundo vuelvo a ser una niña esperando una regañina de su padre por haber hecho algo mal; a pesar de que este hombre que está frente a mí apenas me regañaba nunca.
—La cena —respondo, intentado sonar neutra.
Sé que Moore me ha dicho que ya les había traído comida, pero necesitaba mantener las manos ocupadas. Necesitaba hacer algo para no sentirme tan fuera de lugar en esta casa que, en teoría, también fue mía alguna vez. Mi padre baja un poco más la cabeza y me observa con los ojos entrecerrados.
El silencio que se instala entre nosotros es espeso. La tensión flota en la estancia como una presencia invisible. Nos separan apenas unos pasos… pero la distancia real ente nosotros es un abismo.
—Me refiero a qué estás haciendo aquí…
Su respiración está cargada de una rabia tan afilada que casi duele al escucharla.
Es un rencor enquistado, de esos que llevan demasiado tiempo creciendo en silencio.
Puedo verlo. Puedo sentirlo. Ha sufrido.
Y sigue sufriendo por algo. Sin embargo, no me atrevo a preguntar. No después de tantos años.
La que debería estar enfadada soy yo.
Y entonces, de pronto, la rabia también me alcanza. ¿Pero qué se piensa? ¿Que estoy encantada de estar aquí? ¿Que he venido porque me apetecía verlo o porque me moría por regresar a este lugar? ¿Al único sitio donde sé, con absoluta certeza, que no soy bienvenida?
Para mí habría sido más sencillo quedarme en Chicago.
Seguir con mi vida como si nada de esto existiera.
No aceptar la llamada del abogado. No plantearme que mi abuelo está enfermo.
No preocuparme por el hecho de que mi padre —alcohólico y perdido en sí mismo— se quedara solo en este rancho.
Nada de esto debería importarme. Porque yo… tampoco le importo a nadie.
Alzo la barbilla y clavo mis ojos en los suyos, obligándome a sostener su mirada con toda la dureza que soy capaz de reunir.
—Mira, papá —mi voz sale más firme ahora—. Sé que no quieres que esté aquí. Yo tampoco quiero. Pero esto es lo que hay. —Hago una breve pausa, sintiendo cómo me arde la garganta—. Así que tendrás que aguantarte. No te queda más remedio, porque no pienso moverme de aquí hasta que solucione las cosas.
Resopla por la nariz. Ni siquiera intenta responder. En apenas un segundo desaparece de mi vista y, tras su marcha precipitada, el estruendo de un portazo rompe el silencio de la casa
Me quedo quieta. Durante unos instantes, simplemente respiro.
Luego me giro despacio hacia la ventana que hay detrás del fregadero.
El cielo se está oscureciendo poco a poco más allá del cristal.
El día se retira con lentitud, dejando paso a una noche que empieza a extenderse sobre las montañas.
Me agarro al borde de la encimera. Mis dedos se aferran a la madera mientras intento calmar los latidos desordenados de mi corazón.
Inhalo profundamente una vez. Luego otra. Y otra más, hasta que mi respiración empieza a acompasarse; hasta que el temblor en mi pecho se suaviza.
Cuando por fin lo consigo, termino de preparar un plato con un poco de pollo y algo de verdura.
Lo coloco sobre una bandeja junto a los cubiertos y un vaso de agua.
Camino hacia el salón. Una parte de mí teme encontrarlo vacío, pero cuando entro y veo a mi abuelo sentado en su sillón, siento un alivio inesperado que se extiende por mi pecho.
Al menos él no ha desaparecido también.
Está en su rincón de siempre, junto al gran ventanal desde el que se pueden ver las luces del exterior titilar en la oscuridad que ya envuelve el paisaje.
Tiene un libro entre las manos. Cuando me oye entrar, gira lentamente el rostro hacia mí.
Deja el viejo volumen sobre la pequeña mesa auxiliar y me observa.
Sus ojos verdosos, enmarcados por unas cejas canas, recorren mi rostro con calma.
Su piel curtida por los años, su bigote blanco y espeso…
todo en él me resulta tan familiar que duele.
Me acerco despacio.
—Hola, abuelo.
La palabra se queda suspendida entre nosotros.
Me cuesta pronunciarla. Hace tanto tiempo que no lo llamaba así que casi siento que no tengo derecho a hacerlo.
No responde. Desde que llegué ayer, apenas lo he escuchado hablar.
En realidad, solo ha dicho mi nombre una vez.
Tampoco es que hayamos coincidido demasiado; la mayor parte del tiempo he estado evitándolos.
—Te he traído algo de cenar.
Dejo la bandeja en la mesita y me coloco frente a él.
Luego me acuclillo para quedar más o menos a su altura.
Nos miramos en silencio. Soy consciente de cómo sus ojos se detienen en mi cabello, en mis mejillas, en cada pequeño rasgo de mi cara, como si tratara de reconocer a la niña que fui alguna vez.
Después su mirada baja hasta mis manos. Tan jóvenes. Tan diferentes a las suyas.
De pronto, alarga una de las suyas y toma una entre sus dedos. El contacto me provoca vuelco en el corazón. Su piel está arrugada, gastada por los años… pero desprende un calor suave, reconfortante. Levanto la vista hacia sus ojos, que están vidriosos.
Siento tantas cosas a la vez que me resulta imposible ordenarlas: tristeza, miedo, confusión.
Un nudo de emociones que me oprime el pecho.
Y, de pronto, los recuerdos regresan. La niña que fui aparece con una claridad inesperada.
Aquella niña risueña que siempre corría por el rancho y que encontraba en su abuelo al mejor compañero de aventuras.
¿Cómo es posible que, de repente, recuerde nuestras conversaciones? Yo era una cría.
Con nostalgia, recuerdo cómo le contaba que había niñas con las que quería jugar, pero que no parecían quererme demasiado en su grupo.
Cómo se reían de mí porque era demasiado alegre, demasiado entusiasta.
Me solían llamar bicho raro porque apreciaba el mundo de una manera distinta a la que solían hacerlo ellas.
Con los años, en el colegio y luego en el instituto, todo siguió igual.
Solo que aprendí a esconderlo. A reprimir lo que sentía.
A mostrar únicamente lo que se esperaba de mí.
Mi madre también contribuyó a eso. Ella siempre decía que, si no quería que la gente me hiciera daño, debía aprender a no enseñar quien era realmente. A esconder mi verdadera cara.
Pero mi abuelo siempre decía otra cosa.
Según él, yo tenía muchas cosas en mi interior.
Cosas que ni siquiera la capa de huesos y piel que me cubría podía ocultar.
Decía que mi interior era como el tintineo de la magia de un bosque susurrándome que algún día, alguien sabría verme como era.
Alguien que apreciaría mi manera de ver la vida, que cogería mi corazón salvaje entre sus manos y lo llenaría de aún más amor del que ya albergaba.
Me repetía que mi alma era incluso más hermosa que todas las estrellas que iluminaban los cielos de Montana. Que, si pudiéramos tocarlas con las manos, ni siquiera ellas brillarían tanto.
—Te quiero, abuelo —terminaba diciéndole yo. Luego me abrazaba a sus piernas mientras él reía y acariciaba mis trenzas.
—Brooke, cielo… —su voz me devuelve al presente.
La congoja se implanta en mi garganta de tal forma que me provoca un nudo que me impide tragar. No puedo hacer esto. No puedo. Porque no entiendo nada de lo que ha pasado entre nosotros, ni cómo hemos llegado hasta aquí.
—Lo siento, abuelo —susurro, con la voz quebrada por la emoción—. Lo siento mucho.
Antes de que las lágrimas puedan traicionarme, me levanto y salgo de allí. Subo las escaleras lo más rápido que puedo hasta encerrarme en mi habitación.