Las cicatrices del ayer (Montana 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

Livingston, Montana

Septiembre

—Jackson—

—¡Hasta mañana, señor Collins!

Me despido alzando la voz por si alguien dentro de la casa me ha oído trastear. Estoy a punto de cerrar la puerta cuando me topo con Brooke. O, más bien, me la llevo por delante.

Casi consigo que se caiga de espaldas, cargada como va con varias bolsas de la compra entre los brazos.

No sé cómo reacciono tan rápido, pero lo hago.

La sujeto por la cintura con una mano y por su brazo izquierdo con la otra.

Lo que dura tan solo unos segundos, para mí es una puñetera eternidad.

El mundo se reduce al peso de su cuerpo entre mis manos, a su respiración contenida y a esa mirada que me atraviesa.

La sostengo con firmeza. Mis ojos se clavan en los suyos por encima de las bolsas de papel mientras su cuerpo queda levemente inclinado hacia atrás.

Hoy va menos maquillada que ayer y, francamente, está aún más guapa.

Eso sí, se ha vuelto a peinar con esa coleta perfecta y estirada, sin un solo pelo fuera de su sitio.

Sigo teniendo unas ganas tremendas de arrancarle el coletero…

solo para ver qué pasa cuando deja de intentar controlarlo todo.

Lo que no esperaba era que su olor me golpeara de lleno.

Y no, no es el de alguna fruta o verdura que lleva en el interior de esas bolsas.

Es su olor. Huele a malvas… a algo dulce, parecido al jacinto, aunque menos empalagoso.

Y también a otro aroma que tardo un segundo en identificar. Hago memoria para recordar esa flor.

Edelweiss.

Hay flores de montaña que pasan desapercibidas para la mayoría de la gente, pero hay una que para mí ostenta el título de la reina de la cumbre. Igual que aquella niña que compartió mi pasado.

Mi flor de la montaña.

Mi pequeña estrella blanca.

La llamaba así por su tamaño —siempre más bajita que yo— y porque su pelo era tan rubio que, bajo el sol, a veces parecía blanco.

Y su nobleza era igual: limpia, sincera, sin dobleces.

Estar con ella era como calzarse las botas de montaña y encontrarse rodeado de esas estrellas blancas que salpicaban los prados alpinos.

Durante siglos, los alpinistas extendieron la idea de que esa planta solo crecía en las cumbres más inaccesibles, donde solo los más fornidos y heroicos podrían disfrutar de su belleza.

Pero yo recuerdo perfectamente que un día, hace mucho tiempo, un niño de diez años tuvo la suerte de verla ante sus propios ojos.

Y desde entonces… no ha podido olvidarla.

—¡Casi me tiras! —brama Brooke, interrumpiendo el hilo de mis pensamientos.

Me mira con el ceño fruncido, deshaciéndose de mi contacto. Carraspeo y vuelvo en sí.

—Perdona —me disculpo enseguida. Sin darle tiempo a replicar, le quito las bolsas de las manos—. Deja que te ayude con eso.

Prácticamente se las arrebato y su mirada se suaviza. Durante un segundo tengo la absurda sensación de que ha podido asomarse a mi mente y ver exactamente en qué estaba pensando. Abro la puerta de par en par para entrar en la casa, pero su voz me detiene.

—Moore…

No puedo evitar que me haga gracia que me llame así, sin saber todavía cómo me llamo. Mi apellido debería darle alguna pista.

—Dime.

—¿Qué hacías aquí? —inclina la cabeza, cruzándose de brazos.

—Traía la cena para tu padre y tu abuelo.

—Oh… —Sus cejas se elevan hacia lo más alto—. Vaya, gracias.

Está claro que no esperaba que fuera yo quien apareciera con todos esos tuppers de comida para su familia.

—No tienes que darlas —le sonrío y me dispongo a entrar cuando vuelve a llamarme.

—Oye…

Estoy bastante seguro de que habrá pensado que no quiere hacerme cargar con la compra más tiempo del necesario…

pero también sé que después ha imaginado que este peso no es nada para mí.

Y tendría razón. Estoy acostumbrado a cargar cosas mucho más pesadas.

Aun así, me gustaría poder dejar las bolsas en alguna parte para poder hablar con ella con más calma.

—Verás… —señala hacia su coche con el pulgar por encima del hombro—. Traigo más cosas en el coche. Ya que estás aquí… ¿podrías echarme una mano para meterlo todo en casa? Por favor.

No sé si es su suplica, la forma en que lo pide —tan distinta a la de ayer— o simplemente que se trata de Brooke. Pero estaría encantado de ayudarla con cualquier cosa.

—Claro. Dejo esto y vuelvo enseguida.

—Gra-gracias.

Tartamudea un poco al repetir esa palabra, y eso solo consigue que mi sonrisa se ensanche aún más.

Parece que estuviese planeando redecorar la casa entera.

Es increíble la cantidad de cosas que ha conseguido meter en ese coche.

Había bolsas en el asiento del copiloto, en el suelo, en los asientos traseros y en el maletero, apiladas hasta el techo.

Descargo lo último en el pasillo de la entrada, cerca de la cocina.

Me paso las manos por el pelo para echarlo hacia atrás —ese gesto que siempre hago cuando intento despejar la mente— y me acerco para avisarle de que ya he terminado y que me marcho.

Pero entonces me quedo paralizado.

Está frente al frigorífico, agachada, con medio cuerpo dentro mientras coloca la compra.

Esos pantalones de traje se ajustan de más en la curva de su culo.

Me aprieto la el entrecejo con los dedos en un intento desesperado por no prestar atención a esa postura provocativa.

Pero mi vista no coopera. Se fija de más en su trasero curvilíneo, enfundado en ese dichoso pantalón entallado, y que me hace soltar una palabrota.

—Joder… —apenas es un susurro. Pero al parecer ha bastado para que se percate de que estoy tras ella.

«Genial, tío. Muy sutil. Aplausos por tu discreción de mierda».

Brooke se gira a toda velocidad y abre los ojos de par en par. Intento disimular lo mejor que puedo, pero está claro que no cuela.

—¡¿Me estabas mirando el culo?! —abre la boca todo lo que puede, algo ofendida.

—¡¿Qué?! ¡Por supuesto que no! —frunzo tanto el ceño que parece que mis cejas van a encontrarse en el centro. Como si el ofendido fuera yo.

—Venga ya. Sí que lo hacías —responde, cambiando su actitud al instante. Coloca los puños en sus caderas y se le dibuja una sutil sonrisa pícara en los labios que me contagia. Además, me ha pillado. Y no soy un mentiroso.

—A ver… es que estabas ahí, agachada, con el culo en pompa hacia la puerta —señalo la escena como si eso justificara algo—. No era mi intención. ¿Qué querías que hiciera si estaba en mi campo de visión?

—Pues, por ejemplo, no mirar —dice, levantando una ceja rubia oscura.

—Dios, no, eso habría sido un desperdicio.

Eso pretendía ser un pensamiento interno. Brooke arquea más la ceja, sin saber qué quiero decir exactamente.

—Vamos, quiero decir que… tienes un culo perfecto y que…

—Ya está bien —cierra los ojos y levanta una mano para que me calle—. Dejemos de hablar de mi trasero, ¿de acuerdo?

—De acuerdo —carraspeo.

—Ni se te ocurra mirarlo más y tú y yo podremos llevarnos bien.

Nos señala a ambos.

—No sé si seré capaz de evitarlo.

Otra vez he querido hablar para mí. Pero al parecer lo he dicho en voz alta y Brooke me mira estupefacta.

—Era una broma —levanto las manos en señal de rendición, intentando quitarle hierro al asunto y hacerla sonreír otra vez—. Tranquila. Nada de culos. Ni de tetas, ya puestos. Nada de nada.

De pronto se echa a reír. Una carcajada limpia, espontánea. El sonido de su risa inunda todos los rincones de la cocina, envolviéndolo todo. Contagiándome.

—Madre mía —dice entre risas—. Qué manera de empezar hemos tenido tú y yo.

Empieza a sacar productos de las bolsas para colocarlos en su sitio. Veo artículos de limpieza, comida, cosas básicas que claramente no había en esta casa. Al parecer, tiene mucho trabajo por hacer aún.

—¿Por qué has comprado todo esto?

—Porque cuando llegué ayer esto estaba hecho un desastre. Y esa nevera… —me mira por encima del hombro— no es que estuviera bajo mínimos. Era un insulto a los frigoríficos.

Sonrío.

—Ya… A tu padre no le gusta que nadie se encargue de la casa. Aún no sé cómo me permite traerles comida preparada. Ted se va a enfadar contigo cuando vea lo que pretendes hacer.

Me acerco a ella para ayudarla.

—Me da igual si se enfada —dice con firmeza—. No pueden vivir en el estado en el que se encuentra la casa. Además, mi abuelo está enfermo y debe alimentarse en condiciones. Y durante el tiempo que yo esté aquí se hará a mi modo.

Sus palabras me dejan completamente en blanco. ¿Enfermo? No sabía nada. Ted no me ha dicho ni una palabra al respecto. Y Henry tampoco… Frunzo el ceño, a punto de preguntar, pero algo en su expresión me detiene. Lo dice con tanta naturalidad que parece algo evidente.

Y, sin embargo, yo no tenía ni idea. Me quedo con la duda, decido no insistir y simplemente asiento.

—Me parece buena idea, miss Chicago —le lanzo el mote con tono burlón. Pero su cara cambia al instante. Hace una mueca de fastidio que deja ver que no le gusta nada. En realidad, a mí tampoco me gusta llamarla de ese modo.

Durante la siguiente hora, Brooke se dedica a limpiar el interior y el exterior de los muebles mientras vamos colocando todo en su sitio.

Algunos armarios prácticamente se caen a pedazos.

Puede que ahora que ella está aquí esta cocina necesite algo más que una limpieza.

Me ofrezco a frotar la hornilla y el horno en profundidad.

Estoy terminando cuando Brooke rompe el silencio.

—Oye, Moore… gracias por ayudarme. Sé que estabas a punto de marcharte cuando he llegado y se ha hecho tarde.

—Es un placer —le guiño un ojo y Brooke se queda en silencio.

Nos mantenemos la mirada. Ella traga saliva y puedo apreciar el sutil movimiento en su garganta. Se frota las manos, algo nerviosa, hasta que vuelve a hablar.

—¿Quieres quedarte a cenar? —inclina la cabeza, esperando.

Me encantaría quedarme, pero debo volver a casa. Y, además, creo que ella, ahora mismo, necesita cenar con otras personas más importantes.

—No puedo. —Su mirada se apaga al instante y me apresuro a aclarar—: Es que mi madre ya ha preparado la cena y le prometí que no faltaría. Pero podemos quedar otro día.

Le sonrío para ver si me devuelve el gesto.

—Claro. Otro día. Estarás cansado.

En cuestión de segundos, su ánimo vuelve a encenderse.

—Bueno… pues me voy ya —señalo la puerta por encima del hombro.

—Gracias por todo, Moore. Descansa —me sonríe abiertamente.

—Igualmente, miss Chicago.

Pone los ojos en blanco por el mote, aunque sonríe cabeceando a pesar de que sé que no le hace gracia que la llame así.

Salgo de la cocina. Cuando estoy fuera de la casa, me pellizco el puente de la nariz, me paso las manos por el pelo —ese maldito tic cuando estoy más nervioso—.

Suelto un suspiro y me prometo a mí mismo que no volveré a llamarla de ese modo.