Las cicatrices del ayer (Montana 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

Livingston, Montana

Septiembre

—Brooke—

Cuando termino de desayunar, tengo el estómago lleno y una agradable sensación de bienestar me recorre por el cuerpo. No he podido evitar llamar a Candy para darle las gracias de nuevo … y, ya que estaba, pedirle que me rellenara la taza de café.

Aprovechando que parte de la clientela se había marchado, se ha sentado conmigo un rato.

Hemos charlado bastante. Me he dado cuenta de lo fácil que es hablar con ella, de lo mucho que me ha hecho reír…

y de lo parecidas que somos en algunos aspectos.

Aunque, si soy sincera, en Chicago me siento diferente.

Allí me cuesta más relajarme. Me siento cohibida, observada, medida, encorsetada dentro de esa versión perfecta que mi madre siempre ha esperado de mí.

Desde pequeña me ha inculcado que debo guardar las formas en determinados lugares, moverme entre la élite y comportarme como una mujer de su mundo… y ahora también del mío.

Glamour.

Distinción.

Perfección.

Una fachada impecable, pero también profundamente agotadora.

Esa presión constante me ha convertido, muchas veces, en una mujer distante.

Incluso fría. La clase de persona que mantiene la sonrisa justa y las palabras correctas, pero rara vez se permite bajar la guardia.

Allí casi nunca río. Creo que me he reído más con Candy en esta última hora que en todo el último año.

Ese simple detalle me hace ser un poco más consciente de algo que llevo demasiado tiempo ignorando. Quizá ha llegado el momento de dejar de contemplar la vida a través del cristal de mi madre… y empezar a mirarla desde el mío.

Mi nueva amiga —si es que puedo llamarla así—, tras contarme que regenta el negocio familiar, se ve obligada a continuar con su jornada laboral.

Así pues, yo también me obligo a hacer lo mismo.

Sinceramente, hoy me apetece menos que nunca.

Pero las obligaciones son las obligaciones.

Y de algo tengo que vivir para pagar todas las facturas.

Soy editora jefa de moda en la revista Fashion to Haven.

Un título que suena a éxito… pero que pesa más de lo que parece.

Para llegar a ocupar un puesto como el mío se requieren años de aprendizaje, esfuerzo y dedicación.

Es necesario contar con una sólida formación, un profundo conocimiento del mundo de la moda y una amplia experiencia adquirida desempeñando distintas responsabilidades.

Por eso estudié Periodismo. Y, mientas cursaba la carrera, también completé el grado en Publicidad y Marketing, dotándome así de una serie de destrezas que me ayudaron a ampliar mi gran abanico de salidas laborales.

En realidad, yo buscaba tener herramientas, opciones, un futuro propio.

Aunque, siendo sincera… tampoco era realmente necesario.

Mi madre ya lo tenía planeado por mí.

Cuando invirtió gran parte del dinero que obtuvo gracias a su reconocida fama como diseñadora y decidió crear su propia revista, todos sabíamos cuál sería el siguiente paso.

Tiffany nunca dejaba nada al azar; ella es de las que extirpa el pasado si considera que ya no combina con su presente.

Lo hizo con Montana y lo hizo conmigo cuando me arrancó de aquí siendo una niña, obligándome a olvidar como quien limpia una mancha de vino de un vestido de seda.

Todavía recuerdo, de forma muy difusa y con un nudo en el estómago, aquellos primeros años en Chicago.

Mientras ella escalaba posiciones en los talleres, yo aprendía que mi único valor residía en ser su reflejo.

Se deshizo de su pasado con la misma frialdad con la que se descarta una prenda de una temporada anterior, sin mirar atrás, sin permitirme a mí siquiera mencionar lo que habíamos dejado en el rancho.

Logró reinventarse por completo, pero en ese proceso de sofisticación, se aseguró de que yo también fuera una pieza más de su marca.

En su mente, crear Fashion to Haven era el cierre perfecto para su imperio: una estructura donde tenerme siempre vigilada, bajo su control absoluto.

Para Tiffany, yo no soy una hija, soy su proyecto más ambicioso.

Por eso yo también formaría parte del proyecto.

Era el paso lógico, el pago a tantos años de sacrificio.

Obtuve el puesto directamente. Sin entrevistas.

Sin competir con nadie. Sin que personas con más experiencia o más años de trabajo en el sector tuvieran siquiera la oportunidad de aspirar al cargo. Me nombró editora sin preguntar.

Desde entonces, no solo soy la jefa. Soy la hija de la fundadora. Y eso, en un entorno tan competitivo como el nuestro, es casi como llevar un cartel luminoso colgado al cuello que dice: «Está aquí por enchufe».

Tal vez por eso nadie se molesta en conocerme de verdad. Tal vez por eso me sienta tan sola.

Y así están las cosas. Todos obedecemos a la gran Tiffany Brown. La diseñadora. La visionaria. La mujer imparable que siempre consigue lo que quiere, cueste lo que cueste.

En lo que respecta a mi futuro, por supuesto que yo también tuve mucho que ver.

Sabía qué se esperaba de mí… y acepté. Me esforcé hasta la extenuación para estar a la altura.

Me dejé la piel en demostrar que merecía ese puesto, a pesar de mi juventud.

He trabajado más horas de las que puedo recordar; he sacrificado fines de semana, noches de sueño y cualquier cosa que pudiera distraerme del objetivo.

He demostrado con creces mi valía, pero ese camino me ha costado demasiado.

Porque, mientras avanzaba, fui dejando cosas atrás. Cosas que duelen.

Como el resto de mi vida, por ejemplo.

No me quedó más remedio que seguir aprendiendo, incluso de forma autodidacta.

Leer, investigar, prepararme constantemente.

Creo que nunca he tenido vida más allá de los estudios y el trabajo.

Me exigía demasiado y lo sigo haciendo, porque sabía que, si no lo hacía yo, sería mi madre quién me obligaría.

Por eso nunca he tenido una vida normal.

Ni amistades duraderas. Ni relaciones verdaderas.

Estaba tan ocupada cumpliendo expectativas que me olvidé de mí misma.

Mis relaciones sociales se limitan, básicamente, a pasar horas en la oficina con compañeros de trabajo, reunirme con representantes de artistas o asistir a eventos de promoción, desfiles y showrooms.

Y cuando todo eso termina… nada. Porque fuera de ese mundo no tengo amigos de verdad, ni una vida propia en la que poder encontrarlos.

Solo estamos mi madre y yo. Aunque, siendo honestos, ella solo está presente cuando quiere. La mayor parte del tiempo se lo pasa creando, viajando o reuniéndose con sus propios contactos. Y cuando no está haciendo nada de eso, se entretiene jugando a ser mi celestina con sus absurdas citas a ciegas.

Así que, básicamente… estoy sola. Soy una mujer soltera, profesionalmente exitosa, pero emocionalmente vacía. Y lo peor es que, durante mucho tiempo, ni siquiera me di cuenta.

Ahora empiezo a comprender lo poco que me he cuidado a mí misma a lo largo de los años.

Lo único que me he dado ha sido presión.

Presión y más presión. Como si no tuviera derecho a parar.

Por eso, cuando recibí el correo del abogado de mi abuelo, sentí que aquello podía ser una oportunidad.

Una pausa. Un respiro. Tal vez incluso una forma de averiguar si realmente tengo un lugar en el mundo…

o si mi destino es permanecer siempre a la sombra de mi madre.

Después de enviar los correos correspondientes a mi equipo —informando del eje central de nuestra siguiente publicación, la selección de temas y las entrevistas que se alinearán con la línea editorial y los intereses de nuestros lectores—, doy por concluida mi jornada laboral.

Estaba tan concentrada en el trabajo que ni siquiera me he dado cuenta de que ya ha pasado el mediodía.

Debe haber sido Candy quien, sin decir nada, me ha dejado un plato con un sándwich vegetal y patatas fritas sobre la mesa.

Pensaba que no tendría hambre después de mi copioso desayuno, pero las casi cinco horas que llevo aquí han pasado en un suspiro y mis tripas vuelven a rugir.

Le doy un mordisco y, de pronto, pienso en mi padre y mi abuelo.

¿Habrán comido ya? ¿Tendrán algo para comer? El frigorífico no es que estuviera bajo mínimos… es que estaba prácticamente desierto. Aunque, por otro lado, llevan todo este tiempo sobreviviendo sin mí y no se han muerto de hambre, precisamente. Aun así, no consigo ignorar ese primer pensamiento.

Cuando termino de comer, me acerco a la barra para pagar la cuenta.

Candy me mira con cariño y me asegura que invita la casa.

Al principio me parece demasiado aceptar la invitación.

He pasado aquí toda la mañana y el cocinero incluso me ha preparado la comida.

Insisto en pagar, pero Candy puede llegar a ser muy persuasiva.

Finalmente accedo y se lo agradezco enormemente.

Quedamos en vernos en otro momento. Le propongo tomar algo una noche para devolverle la invitación, y su cara se ilumina al instante. Le parece una idea maravillosa. Y a mí también.

Sin duda, salgo de la cafetería con una sensación muy distinta a la que tenía cuando entré.

Más ligera.

Más… mía.