Capítulo 9
Livingston, Montana
Septiembre
—Brooke—
Aparco en el centro histórico de Livingston, encajando mi coche de alquiler —mucho más pequeño que los mastodontes que lo flanquean— entre dos camionetas que parecen listas para devorarlo.
Desde aquí se divisan las suaves colinas que bordean el parque nacional de Yellowstone.
Incluso después de los meses de verano se alcanzan a distinguir pinceladas de blanca nieve en las cumbres más lejanas, como si el invierno se resistiera a marcharse del todo en este lugar.
La mítica avenida me recibe alegre y animada, con su bullicio contenido.
Varios comercios ya están abiertos y los primeros clientes se mueven entre ellos con una familiaridad tranquila, delatando que cada gesto forma parte de una rutina que se repite desde hace años.
Las fachadas de ladrillo terracota, marrones y trigueñas se alzan con grandes letreros llamativos que, imagino, por la noche cobrarán vida entre luces y neones.
Hay una belleza serena en todo esto. Un ritmo pausado, distinto al que he dejado atrás.
Demasiado distinto.
En Chicago nadie se fija en nadie. Aquí, en cambio, tengo la sensación de que cada paso que doy deja huella para quien me observe.
Las tripas me rugen. Normal; ni siquiera he podido terminarme mi café de esta mañana.
Hago un barrido visual, buscando una cafetería que encaje conmigo, que me dé un respiro.
Me detengo frente la puerta del Pinky’s.
La fachada resulta acogedora, casi como una extensión de los locales de Chicago que suelo frecuentar.
Pero un cartel pegado en el cristal rompe mi ilusión: «Cerrado por asuntos propios».
«Genial».
Resoplo y pienso un segundo. Está bien. Buscaré otra cafetería.
Mis ojos se clavan como un imán en otro cartel que anuncia Tru North Café.
No está mal. Tendrá que bastar. Cruzo la carretera y me detengo un instante frente a la fachada azul oscuro.
Las grandes letras del nombre destacan sobre la madera envejecida, y de algún modo, el lugar tiene algo que invita a entrar. Algo cálido.
Tiro de la manilla. Una pequeña campanita de metal, colocada en lo alto del marco de la puerta, anuncia mi llegada.
El olor a café recién hecho, dulces, huevos y beicon invade mis fosas nasales, despertando mis sentidos…
y mi hambre. El murmullo de la concurrida cafetería rebota contra las paredes, creando una sinfonía irregular de conversaciones, risas y platos que chocan entre sí.
El local está lejos de estar vacío, cosa que me hubiera gustado sobremanera.
Casi al instante siento cómo varias cabezas se giran hacia mí.
Sé que no paso desapercibida. Tal vez por mi ropa, demasiado formal, demasiado urbana; tal vez por mi expresión.
Sea como sea, me observan. Y yo lo único que quiero es lo contrario.
Me abro paso hasta el rincón más apartado, deseando que la quietud me cobije como un pequeño refugio.
Me esfuerzo por ignorar las miradas más chismosas y curiosas mientras dejo que mis ojos recorran la decoración del local.
Es rústico, pero con pinceladas modernas.
Una mezcla pensada, probablemente, para contentar a todo tipo de clientes.
El hilo musical, suave y discreto, envuelve el ambiente en una sensación cercana y familiar.
Hay muchas plantas y accesorios de madera envejecida combinados con metal industrial… De alguna forma extraña, todo encaja.
Llevo la vista hacia el ventanal que tengo a mi derecha y observo la calle al otro lado. Tal vez, si les doy unos minutos, esta gente deje de mirarme como si fuera un extraterrestre y vuelva a lo suyo.
—Hola, preciosa.
Una voz áspera, masculina y con una intención que pretende ser seductora me sobresalta.
Un hombre de unos cuarenta y tantos años, se planta junto a mi mesa.
Viste cómo la gran mayoría de los hombres que he visto desde que llegué: camisa, chaleco, tejanos y botas.
En la mano sostiene una taza de café y en la cabeza lleva una gorra con estampado militar que se quita al instante con un gesto que pretende parecer elegante.
Me fijo en sus ojos castaños, en las cejas pobladas y en el tono tostado de su piel, curtida por el sol.
Una barba de varios días oscurece parte de sus mejillas, el labio superior y el mentón.
—¿Quería algo, señor? —me aventuro a preguntar, esforzándome por sonar educada.
—Eres nueva por aquí, ¿verdad? —sonríe de una forma un tanto extraña.
No es solo curiosidad lo que veo en sus ojos. Es ese brillo que tienen algunos hombres cuando creen haber descubierto una presa fácil a la que poder hincarle el diente.
Dudo un segundo.
—En realidad…
Empiezo a hablar, pero me detengo. Iba a decirle que hace años viví aquí. Que solo era una cría cuando me fui y que ahora he vuelto por un tiempo. Aunque eso no le incumbe en absoluto. Por suerte, una voz femenina interrumpe la tensión.
—Oh, venga, Daniel, deja a la muchacha en paz.
Una camarera joven, muy guapa y segura de sí misma, se acerca a nosotros.
La observo con más detenimiento del que pretendía y no puedo evitar admirarla.
Tiene una belleza natural, fresca. Es, más o menos, de mi estatura.
Lleva el cabello corto por encima de los hombros, castaño oscuro; ojos verdes muy vivos; nariz pequeña y labios rojos.
Su expresión es despierta, ágil. Irradia confianza.
Esta chica sí que sería la carroña perfecta para todos esos cuervos desesperados.
Apostaría a que solo tiene un par de años más que yo, pero se la ve tan suelta en este negocio que parece llevar aquí media vida.
—Candy, si solo le estaba dando la bienvenida, mujer… —protesta el hombre.
—Lo que tú digas, Daniel. Pero déjala en paz. Termínate el café y márchate. No querrás llegar tarde al trabajo, ¿verdad?
La camarera enarca una ceja y se cruza de brazos mientras golpea el suelo con la punta del pie.
—Está bien, está bien…
El tal Daniel vuelve a colocarse la gorra y alza su mano libre en señal de rendición. Después inclina la cabeza hacia mí a modo de despedida.
—Bienvenida, preciosa. Hasta otro día.
No le respondo. Solo asiento ligeramente. Supongo que eso bastará como despedida.
—Tranquila. Daniel es inofensivo —hace un gesto con la mano, restándole importancia al asunto, como si hubiera leído mi incomodidad—. Habla mucho, pero después es un bonachón.
Me sonríe.
—Gracias… Eh… ¿Candy?—así la ha llamado ese hombre. Pero ahora también me fijo en el cartelito que lleva a la altura del pecho.
—Exacto —su sonrisa se ensancha con calidez. —¿Qué vas a tomar?
Saca una pequeña libreta y un bolígrafo del bolsillo delantero de su delantal azul marino. Su entusiasmo me deja descolocada un instante; es evidente que le encanta su trabajo.
—Pues… —no he mirado la carta, pero sé lo que quiero—. Un café solo y una tostada de aguacate con huevo poché. Ah, y que el pan sea de semillas, por favor.
Candy deja de escribir en cuanto anota el café. Levanta la vista hacia mí con los ojos entrecerrados y una expresión curiosa. Se endereza, guarda la libreta y parece pensar unos segundos. Luego, como por arte de magia, su rostro se suaviza y se vuelve aún más dulce.
—¿Cuánto llevas aquí, cariño? —ladea la cabeza.
—Llegué ayer —respondo casi con cautela, como si existiera la posibilidad de dar una respuesta equivocada.
—Ya veo… —asiente despacio—. Veré qué puedo hacer con tu desayuno… —creo que espera que le diga mi nombre, así que me presento.
—Brooke. Brooke Collins —añado, elevando una comisura en una media sonrisa.
—¡Oh! ¿Eres familia de los Collins? —abre los ojos de par en par.
—En realidad, soy la hija de Ted y la nieta de Henry Collins.
—Vaya… pues qué bien. Esa familia necesita motivación y alguien que les alegre los días —comenta. No sé muy bien por qué esta chica piensa que yo soy la persona adecuada para eso—. En fin, voy a hacer todo lo posible por traerte un buen desayuno, Brooke.
Me guiña un ojo, sin que desaparezca su gran sonrisa, antes de dirigirse al mostrador. Lo atraviesa y desaparece en lo que deduzco que será la cocina.
Cojo aire profundamente y lo suelto poco a poco. Me pellizco el puente de la nariz unos segundos y decido abrir el portátil. Tal vez, si empiezo a trabajar, pueda dejar de sentirme tan fuera de lugar.
Minutos después, Candy aparece frente a mi mesa con su característica sonrisa.
—¡Brooke! Te traigo el mejor desayuno para que afrontes el día de hoy.
Declara la frase con orgullo mientras coloca ante mí una torre de tortitas esponjosas que desprenden un aroma increíble.
Están coronadas con sirope de arce y frutos rojos.
La imagen es tan perfecta que casi da pena tocarla.
Destrozar esa obra de arte sería un sacrilegio.
Y mejor no hablemos de cómo huele, porque si no me será complicado no caer en la tentación.
También deposita una gran taza sobre la mesa y vierte en ella el café directamente desde la cafetera.
El humo se eleva lentamente y el aroma amargo se mezcla con el dulce del plato.
Por un momento se me hace la boca agua. Pero hace años que no como algo así.
Este plato es una bomba calórica y, si mi madre me viera ahora mismo, pondría el grito en el cielo.
Durante años me enseñó que ciertas cosas —los dulces, los errores, las decisiones impulsivas— siempre terminan pasándote factura.
—Oh, Candy… te lo agradezco, pero esto no es lo que te he pedido.
Deslizo el plato sobre la mesa para apartarlo de mí, muy a mi pesar.
—Ya lo sé, cariño. Pero, Brooke… —se inclina hacia mí como si estuviera a punto de contarme un secreto mientras vuelve a colocar el plato justo delante—. Cuando pruebes estas tortitas no querrás otra cosa —me guiña un ojo otra vez.
¿Es que todo el mundo en esta ciudad no sabe hacer otro gesto que no sea ese?
Sus ojos brillan. Me reta, pero de una forma extrañamente dulce.
Sopeso la opción unos segundos. Estoy hambrienta.
Estas tortitas tienen una pinta deliciosa.
Mi madre no está aquí; puedo hacer lo que me dé la gana.
Y Candy está siendo realmente amable conmigo.
Así que… ¿Por qué no?
—De acuerdo —acepto, acercando el plato.
—¡Genial! Ya verás, te van a encantar. Heston es un gran cocinero —afirma con una seguridad absoluta—. Si necesitas algo más, estoy por aquí. ¡Que aproveche, cariño!
—Gracias, Candy.
La observo alejarse entre las mesas y, por un instante, me siento menos sola. Tal vez, después de tanto tiempo… no todo en Livingston tenga que ser incómodo.