Capítulo 8 #2
Como si su presencia tuviera un efecto narcótico que no había anticipado.
Se lleva una mano al bolsillo trasero de sus tejanos y saca una gorra.
Se la coloca con esa maestría que tienen algunos hombres, sin pretensión alguna, pero de una forma tan rematadamente cautivadora que me quedo embobada un poco más. Otra vez.
—Pues…
«Venga, Brooke, céntrate. Si a ti los tíos como él no te atraen».
—Pasear. Tomar un café que ya no podré disfrutar —levanto la taza vacía con dramatismo, frunciendo el ceño, aniquilándolo con la mirada mientras hago una mueca por haber desperdiciado mi fuente de energía—. Inspeccionar la zona…
—Ya veo.
Pasa por mi lado y entra en el establo. Comienza a hacer cosas de las que no tengo ni la más remota idea.
Se mueve con diligencia. Cada gesto suyo parece automático, preciso, como si su cuerpo recordara el trabajo antes que su propia mente.
Pero antes de volcarse por completo en su rutina de trabajo, vuelve a girarse hacia mí.
—He traído un termo con suficiente café para los dos. Si quieres, podemos tomarnos una taza y después te enseño el lugar como es debido.
Su voz es tranquila. Amable. Tentadora. Sus ojos azules sostienen los míos con demasiada intensidad.
Resultan provocadores y bastante convincentes.
Lo pienso durante un momento, pero rechazo la oferta.
No puedo perder el tiempo con nada de esto.
No vine aquí para dejarme deslumbrar por sonrisas fáciles ni cuerpos bien proporcionados.
—Te lo agradezco, pero como puedes ver necesito una ducha —me señalo como puedo, sin soltar la camisa para no mostrar más piel de la debida. Aunque algo en mi interior se revuelve ante la idea de que ya haya visto demasiado—. Y también tengo que hacer algunos recados en la ciudad.
—Está bien —dice con una mueca apenas perceptible en los labios.
No parece molesto. Pero sí un poco decepcionado. ¿Le habría gustado que aceptara?
—¿Otro día? —pregunto, intentando suavizar la negativa con una sonrisa. Me sabe mal haberlo entristecido.
—Claro. Otro día —me devuelve la sonrisa, con esa calidad que vuelve a ponerme a la defensiva—. Si necesitas algo, estaré por aquí —me guiña un ojo y sigue trabajando como si nada.
Y yo… por alguna extraña razón, me he quedado paralizada como una tonta ante ese guiño.
Algo dentro de mí me grita que mi día podría haber sido mucho mejor si hubiera aceptado pasar la mañana con él.
Sin embargo, no tengo tiempo que malgastar.
No he venido aquí para dejarme llevar por vaqueros sexis ni miradas que te nublan el juicio.
No debo perder la visión de lo que he venido a hacer.
Antes de desnudarme, inspecciono el baño, pensando que esta zona de la casa también necesita modernizarse.
Los elementos naturales de la decoración —la madera, los colores neutros y los accesorios vintage— podrían seguir estando presentes y ser los protagonistas, pero quizá sustituyéndolos por otros nuevos.
Pienso en todo ello mientras repaso cada rincón con la mirada.
Si finalmente no me queda más remedio que vender el rancho, tendré que dedicarle más tiempo del que había previsto en un principio y gastar una buena suma de dinero en adecentarlo.
Dejo la ropa sucia a un lado, abro el grifo de la ducha y espero.
Cuando el agua caliente empieza a caer, suspiro con alivio.
No sé por qué había asumido que no funcionaría y acabaría dándome una ducha fría.
Me dejo envolver por el vapor, esperando que también se lleve la tensión que ese vaquero ha dejado en mi cuerpo cuando me miraba las tetas y ha conseguido hacerme sonrojar.
«Moore».
La imagen de ese guiño, de esa sonrisa y de su voz aparece en mi mente sin ningún tipo de permiso.
Esa forma en la que se ha mesado el pelo, cómo se lo ha echado hacia atrás antes de colocarse la gorra…
Ese par de ojos azules, tan claros como un cielo azul sin nubes.
Esa barba recortada en líneas firmes que le cubre parte del rostro.
Sus piernas largas, firmes, poderosas… Pensarlo en el modo en el que lo estoy haciendo es casi un deseo depravado.
La excitación se despierta en mi interior al imaginar a ese cowboy.
En cómo sería tener todo ese cuerpo fuerte y grande sobre el mío, intuyendo ese equilibrio entre delicadeza y rudeza que sospecho que oculta.
¿Sería delicado, dulce… o salvajemente dominante?
«¡Por el amor de Dios, Brooke, basta ya! Se nota que llevas tiempo sin acostarte con nadie y te está pasando factura. Reacciona».
Termino de ducharme y me envuelvo en una toalla. Salgo al dormitorio y maldigo el caos que me rodea. ¡Está todo hecho un desastre! Tengo que poner un poco de orden, empezando por mí misma.
Rebusco entre la ropa interior y escojo un conjunto básico.
Luego intento dar con un atuendo que sea más o menos cómodo para el día.
Tras un buen rato descartando opciones, creo que encuentro algo práctico: una camisa blanca, pantalones grises entallados con raya diplomática y unos zapatos negros de tacón bajo.
Una vez vestida, me sitúo frente al espejo para hacerme una cola de caballo y darle algo de color al rostro.
Recuerdo que no estoy en Chicago ni en la oficina, y tampoco voy a ver a mi madre, por lo que no estoy obligada a aparentar la perfección que siempre debe envolverme.
Así pues, opto por un poco de bronceador, un toque de colorete, unas pinceladas de rímel y un color nude para los labios.
Me observo y me doy el visto bueno. Esto tendrá que bastar.
Lo siguiente que hago es recoger lo que puedo de la habitación.
Doblo la ropa que no usaré y las vuelvo a almacenar en las maletas, que apilo en un rincón para que no molesten.
Ordeno los papeles, guardo el portátil con su cargador, estiro las sábanas de la cama y cierro la ventana que había dejado abierta para ventilar el dormitorio.
Cuando termino, la estancia me gusta un poquito más.
Sonrío con cierta satisfacción. Cojo el bolso, el portátil y las llaves del coche.
Son casi las nueve de la mañana, pero cuando bajo las escaleras, parece que estoy sola en casa.
Eso, o mi padre y mi abuelo son extremadamente silenciosos.
Dudo unos segundos si buscarlos para informarles de que voy a salir y que no sé a qué hora regresaré. Pero enseguida recuerdo que probablemente no les importe lo más mínimo.
Así que salgo de casa y me dirijo al coche.