Capítulo 8
Livingston, Montana
Septiembre
—Brooke—
El sonido que me taladra los oídos no sé si forma parte de un mal sueño o si es real. Pero como no se detiene, termina por arrancarme del todo de ese estado extraño entre el sueño y la vigilia.
Maldigo entre dientes mientras busco el dichoso móvil entre el caos que reina sobre la cama: papeles desperdigados, ropa arrugada y el portátil que dejé a medio cerrar cuando me desvelé anoche.
Dios, qué mal he dormido… Me duele cada parte del cuerpo. Esta cama no solo es pequeña, sino que el colchón tiene demasiados años. Y ya en su día, seguramente, tampoco sería de buena calidad. Cuando por fin encuentro el teléfono, apago la maldita alarma con un gruñido cargado de mal humor.
Estoy acostumbrada a dormir en los mejores hoteles, en lo que yo llamo «camas nube».
O en mi propia cama, equipada con el mejor sistema de descanso del mercado.
Si hubiera dormido en ella, probablemente no me habría levantado con esta mala leche.
Encima aún no ha amanecido. Ayer se me olvidó retrasar la alarma y, si no calculo mal, todavía faltará casi media hora respecto a Chicago para que empiece a asomar el sol.
Ni siquiera sé por qué la dejé puesta. ¿Qué se supone que voy a hacer tan temprano aquí?
Una tenue luz violácea comienza a filtrarse por la ventana, un tímido preludio del amanecer.
Recorro la habitación con la mirada y un suspiro melancólico se escapa de mis labios antes de que pueda evitarlo.
Esta habitación solía gustarme. En aquel entonces no me importaba que mi cama no costara miles de dólares como la que tengo ahora.
Ni que las paredes fueran sencillas, ni que el suelo crujiera al pisarlo.
Intento ser positiva y ver el lado bueno de la situación.
Aunque ahora mismo me cueste una barbaridad.
Bostezo sin disimulo y me estiro antes de levantarme.
Abro un poco la ventana para comprobar qué temperatura hace en el exterior.
Septiembre está terminando y el otoño llegó hace unos días, pero durante la jornada aún hace calor.
Sin embargo, a estas horas de la mañana el aire es más fresco, así que rebusco entre la ropa algo que me permita estar cómoda mientras bajo a prepararme un café.
Después de revolver media maleta, encuentro unos pantalones de chándal beige. Me da por reír. Fueron un regalo de mis compañeras de la oficina, a modo de broma, sabiendo que jamás me pondría algo así. Y, sin embargo, aquí están. Y yo también. Vaya ironía.
Con los dichosos pantalones puestos —que, he de reconocerlo, son bastante cómodos y calentitos— los combino con una camiseta de tirantes y una sobrecamisa de cuadros azules y blancos que he encontrado tirada por ahí.
La prenda desprende un olor muy característico, denso por el sutil rastro de los años que lleva guardada.
No es que tenga la frescura de la ropa limpia, así que añado mentalmente hacer la colada a la lista de tareas que pienso cumplir durante mi estancia.
Aunque… cuando la sostengo por el cuello y la acerco a la nariz, algo cambia.
Inhalo. Una vez. Dos. Y lo reconozco al instante.
Es el olor de mi padre. De cuando yo era una niña.
El golpe emocional es instantáneo. Siento cómo las lágrimas se acumulan en mis ojos, presionando por salir, pero las reprimo.
Sigo sin entender muchas cosas. Sigo sin entender por qué.
Y, aun así, no soy capaz de encararme con él y preguntarlo directamente.
No creo estar preparada para escuchar de su propia voz lo que, en el fondo, ya sé.
Con un nudo en la garganta me obligo a centrarme.
Respiro hondo. Me recompongo como puedo y bajo a la cocina.
Rezo porque haya algo de café. Con suerte, lo encuentro.
Menos mal que suelo beberlo solo, porque ni de broma pienso arriesgarme con la leche del frigorífico.
Obviamente tendré que ir a hacer la compra pronto.
No hace falta ser muy lista para imaginar que mi padre y mi abuelo se alimentan a base de tuppers que alguna alma caritativa les habrá traído.
Así que este punto de la lista urge como el que más.
Mientras preparo la cafetera, pienso en mi abuelo.
El abogado no fue precisamente explícito sobre su estado.
Al verlo después de tantos años lo vi cambiado; sin embargo, no me dio la impresión de que estuviera enfermo.
Y si lo está, necesitará a alguien que le dedique tiempo.
Que lo cuide. La idea me entristece más de lo que esperaba.
Él también actuó como mi padre. Él también guardó silencio.
Y no entiendo por qué. Quizá pueda hablar primero con él.
Aunque, al llegar ayer, apenas hizo otra cosa que mirarme con esos ojos verdes acuosos, mientras sus labios temblaban bajo el espeso bigote blanco.
Trago el nudo de la garganta y me sirvo el café en una taza. La abrazo entre las manos. Inhalo el aroma. Dejo que el calor me envuelva y me concedo unos minutos.
Aprovecho la soledad del amanecer para salir de casa.
En la puerta trasera busco algún par de zapatos que pueda usar.
Encuentro unas botas gris oscuro. No sé de quien serán exactamente, pero me las calzo.
Claramente me quedan grandes y parezco un fantoche.
Menudas pintas llevo. Si alguien me viera… Menos mal que estoy sola.
Camino hacia la zona donde ayer vi trabajar a ese tal Moore.
El aire fresco y limpio oxigena mis pulmones al instante.
Es un aire distinto al de ciudad: más crudo, más vivo.
Guardo silencio y ese mismo aire silva en mis oídos, junto a otros sonidos de la naturaleza.
El cielo comienza a teñirse de un tenue gris azulado, preludio del inminente amanecer.
Todo está en silencio. Tan solo se oye el sonido del propio ambiente, poderoso y vibrante: el crujir de las ramas, las hojas agitándose con el viento, el canto lejano de algún ave anunciando el nuevo día…
El paisaje que me rodea parece más un cuadro que la vida real. Naturaleza en todo su esplendor.
Cierro los ojos por un momento y dejo que los recuerdos fluyan. Carreras descalza por los pastizales. Risas que se perdían en el horizonte. Noches infinitas bajo un cielo cuajado de estrellas. Llevo la taza a los labios y el sabor del café, fuerte y amargo, me ancla al presente.
Sigo caminando hasta llegar al establo. Me quedo en la entrada observando cada rincón de las cuadras.
El sonido de los caballos moviéndose, resoplando, golpeando suavemente el suelo con los cascos…
Esos sonidos mezclados con el silencio del exterior, junto a lo que me provoca este lugar, me obligan a detenerme y a recrearme en este momento.
La sensación que noto en el pecho es… es…
—¿Miss Chicago?
—¡Joder, qué susto!
Doy un pequeño brinco y me tiro encima el poco café que me quedaba.
—¡Mierda! ¿Se puede saber qué haces? —alzo la vista con gesto ceñudo.
Moore está apoyado contra uno de los postes del establo, como si llevara ahí más rato del debido.
Tiene dibujada una pequeña sonrisa pequeña, ladeada, de esas que parecen contener una broma privada.
Pícara. Burlona. Y condenadamente atractiva.
Pero hay algo más. Algo que dura apenas una fracción de segundo.
Una especie de quietud extraña en su mirada.
Como si me estuviera observando con demasiada atención.
—Pues trabajar… —responde con toda tranquilidad, sin apartar la vista de… ¡Espera! ¿Me está mirando lo que creo que me está mirando?
Bajo la cabeza hacia todo el desastre y abro los ojos de par en par.
«Joder, joder, joder…»
El café ha empapado mi camiseta blanca y la mancha se extiende sin piedad por la tela. Y lo peor no es eso. Lo peor es que se transparenta. Mucho.
Cuando me vestí así no esperaba encontrarme con nadie. Así que opté por la comodidad. Sin sujetador. ¡Oh, Dios mío! Reacciono a toda la velocidad que me permite el cerebro y me cubro como puedo con la camisa. Frunzo el ceño y aprieto los labios antes de hablar.
—Eh, tú. Vaquero, aquí arriba.
El cliché con patas carraspea, levanta lentamente la vista y arquea una ceja divertida.
—¿Me estabas mirando las tetas? —pregunto, cabreada por la situación.
—Sí.
Parpadeo.
—¿Perdona? —abro la boca, sorprendida porque haya sido tan sincero.
—¿Qué? —se encoge de hombros—. No he sido yo quién se ha tirado el café encima.
Señala la taza con un movimiento de cabeza y después apunta a mis… mis… mis tetas.
—Me considero un tipo que respeta a las mujeres, miss Chicago. Pero uno no es de piedra.
Vuelve a dibujar esa estúpida sonrisa, enfundando sus manos en los bolsillos mientras inclina la cabeza para seguir observándome.
Junto todavía más las cejas y entrecierro los ojos, fulminándolo con la mirada.
Al parecer, el cowboy, ni se inmuta ante mi expresión de «lárgate de aquí y déjame sola».
Me sigue mirando de una forma que no sabría describir.
Tiene algo que me atrapa, que me deja suspendida en un punto intermedio entre la incomodidad y el asombro.
Como si estuviera viendo algo que yo no veo.
Y, sin darme cuenta, mi irritación empieza a disiparse.
Como si su sola presencia tuviera el poder de apaciguarme.
Entonces, mi expresión también se suaviza.
Fijo los ojos en los suyos, queriendo entender qué hay detrás de esa intensidad tan tranquila.
El azul de sus iris podría descomponerse en decenas de tonalidades distintas y aún sabría decir con exactitud cuál es el suyo.
Azul cielo. Luminoso. Inmenso. Hipnótico.
Como esos días despejados y soleados que parecen invitarte a respirar más hondo.
Hoy no lleva el sombrero que ocultaba parte de su rostro ayer, y eso me permite observarlo con más claridad.
Su melena color caramelo, salpicada de reflejos más claros, cae en mechones desordenados que enmarcan su cara con naturalidad.
Una bastante provocadora. Algunos de ellos rozan su frente; otros caen por detrás cubriéndole la nuca.
Hay un desorden demasiado encantador en esa cabellera que le cae en sutiles ondulaciones, como si no le preocupara demasiado su aspecto.
Pero detrás de todo ese aparente descuido…
hay un orden demasiado sexy, peligrosamente atractivo y que, sinceramente, le sienta de escándalo.
Por un instante me sorprendo imaginando cómo sería deslizar mis dedos entre esos mechones. Es ese tipo de atractivo que no se esfuerza en serlo. Y precisamente por eso resulta tan peligroso.
—¿Y se puede saber qué haces tú tan temprano por aquí?
Su voz me arranca del pequeño trance en el que me había sumido.