Capítulo 7
Livingston, Montana
Septiembre
—Jackson—
—Mamá, ya lo recojo yo, no te preocupes…
—Estarás cansado, mi vida. Vete a la cama, anda. Necesitas dormir.
—Estoy perfectamente. Eres tú quien debe irse a descansar. Ha sido un día agotador.
Hoy han llegado nuevos huéspedes y mi madre ha trabajado sin descanso para asegurarse de que todo estuviera impecable, como siempre.
Camino hacia la cocina con un montón de platos apilados entre las manos y los dejo en el fregadero.
Ella me sigue con tres vasos entre las suyas, imitándome al colocarlos donde corresponde.
Cuando levanto la vista, la encuentro observándome con una sonrisa cansada, de esas que intenta disimular el agotamiento.
—Te he dicho que ya me encargo yo —le doy un beso en la sien, esperando que lo interprete como una señal clara de que puede irse a dormir.
Por lo visto, no es el caso. Mi preciosa y terca madre ni siquiera hace el amago de marcharse. Si no, más bien, todo lo contrario. Me coloco frente al fregadero para empezar a lavar los platos mientras ella se queda allí, como si buscara una excusa para alargar la conversación.
—¿Sabes? Me apetece una infusión para dormir —anuncia, a la par que se dirige hacia el mueble donde las guarda.
No puedo evitar poner los ojos en blanco mientras sigo con lo mío. Conozco demasiado bien a esta mujer como para no saber que lo último que quiere ahora mismo es dormir.
—¿Quieres una?
—No, gracias.
El silencio se instala en la cocina, roto únicamente por el sonido del agua cayendo y el tintineo de la vajilla entre mis manos. Ella, de momento, permanece callada. Algo le ronda por la cabeza; lo sé por la forma en que se toma su tiempo antes de hablar.
Y ahí está…
—Así que… —empieza al fin— la pequeña Brooke ha regresado.
Aprieto la mandíbula.
—Ya no es tan pequeña, mamá —respondo con un deje de ironía.
—Para mí siempre será la pequeña Brooke, cielo.
—Si tú lo dices…
No quiero hablar de esto. Pero es imposible no pensar en ella. En cómo se veía cuando apareció en el rancho después de tantos años, En lo que me hizo sentir verla de nuevo. En todo lo que, al parecer, ha olvidado.
—¿Y bien? —por el rabillo del ojo veo cómo apoya la cadera contra la isla de la cocina e intenta cruzarse de brazos, aunque en una mano sigue sosteniendo la taza de la infusión.
—¿Y bien qué? —murmuro, lanzándole una mirada de soslayo.
—Pues que… ¿qué te ha dicho cuando te ha visto?
Resoplo.
—Nada. Que no me quedara como un pasmarote y la ayudara con el equipaje.
—¿Y ya está?
—Bueno… —cierro el grifo y dejo los platos escurriendo—. También me preguntó cómo me llamaba.
Me seco las manos con el paño de cocina y me giro para mirarla, apoyándome contra la encimera e imitando su postura. Su expresión es una mezcla de nostalgia y tristeza contenida.
Emily Moore… No existen palabras suficientes para describir lo que esta mujer significa para mí.
Cuando llegué aquí siendo un crío, me costó aceptar que este lugar pudiera ser mi hogar.
No confiaba en nadie. No sabía lo que era sentirse parte de algo.
Mucho menos de una familia. Pero ella… Ella supo cómo hacerme sentir en casa. Ella y mi padre.
Emily fue la primera en acercarse a mí. Con esa paciencia infinita que parece llevar en la sangre y esa calidez que hace que cualquiera se sienta a salvo a su lado.
Y también estaba mi padre. Con su presencia tranquila.
Con su forma de estar cerca sin presionar.
Como si supiera que, tarde o temprano, encontraría mi lugar aquí.
Lo hicieron juntos. Me convirtieron en su hijo sin pedirme nada a cambio.
Por eso todavía me sorprende lo fácil que esta mujer consiguió ganarse mi corazón.
Sobre todo, teniendo en cuenta lo difícil que se lo puse al principio.
Recuerdo perfectamente la primera vez que la vi.
Me pareció preciosa incluso cuando yo me empeñaba en desafiarla para no aceptarla.
Su melena color chocolate, cortada justo por encima de los hombros.
Sus ojos oscuros y cálidos, rodeados de pestañas largas y tupidas.
Su pequeña nariz. Su sonrisa paciente. Delgada.
De estatura media. Si la abrazara ahora mismo, probablemente desaparecía entre mis brazos.
El pensamiento me arranca una sonrisa fugaz.
Pero lo que más me impresionó de Emily Moore nunca fue su aspecto.
Fue su corazón. Emily siempre está dispuesta a escucharte.
Siempre pendiente de los demás. Se desvive para que quienes llegan a este lugar se sientan como en casa, para que se marchen llevándose estas tierras grabadas en el recuerdo.
Quiere con locura a mi padre, y cuando yo llegué, me demostró que tenía más amor del que nadie podría necesitar.
Y sigue siendo igual de hermosa, por dentro y por fuera, después de casi veinte años.
—No me ha reconocido, mamá —murmuro finalmente.
Me paso una mano por la cara para espantar el cansancio del día.
Después me llevo ambas manos a la cabeza y echo hacia atrás los mechones más rebeldes.
Suspiro. Ella no responde de inmediato. Da un pequeño sorbo a su infusión, perdida en sus propios pensamientos.
Sé cuánto adoraba a la pequeña de los Collins.
Pasaban horas juntas: cocinando, charlando, inventando historias.
Aquella niña se colaba en nuestra casa como si fuera una extensión de la suya, y a mis padres nunca pareció importarles.
A mí, al principio, sí. Me molestaba su presencia. Su energía inagotable. Su costumbre de seguirme a todas partes. Me obligaban a pasar tiempo con ella y eso me sacaba de quicio. Hasta que, con el tiempo, me acostumbré a tenerla correteando por aquí. Y dejó de ser una molestia.
—Está bien —digo al final, apartando esos pensamientos—. Creo que ahora soy yo el que se va a la cama. ¿Quieres que espere a que regrese papá?
Ella niega con la cabeza.
—Tranquilo. No tardará. Ha ido con Dairon a comprobar que esté todo en orden por ahí afuera.
—De acuerdo. Buenas noches, entonces.
Me acerco para darle otro beso en la sien. Estoy a punto de desaparecer por el pasillo cuando su voz me detiene.
—Hijo…
Giro la cabeza y la miro por encima del hombro.
—Brooke te recordará. Ya verás. Era muy pequeña cuando la obligaron a marcharse.
Un gruñido escapa de mi garganta. No respondo.
Mi mirada cae durante un instante sobre el suelo de madera oscura, como si las vetas de la tarima albergaran las respuestas a todas las preguntas que me rondan la cabeza.
Suelto el aire lentamente. Luego vuelvo a mirarla y le dedico una sonrisa apenas perceptible.
—Hasta mañana, mamá.
—Que descanses, mi amor.
Un buen rato después estoy tumbado boca arriba en la cama.
Un brazo bajo la cabeza y la otra mano descansando sobre el abdomen desnudo.
El silencio de la habitación contrasta con el ruido constante de mi mente, incapaz de apagarse.
Sin darme cuenta, me acechan los recuerdos de mi infancia, especialmente aquellos que marcaron el momento en que comprendí que este lugar era, de verdad, mi hogar.
Los recuerdos de antes… prefiero no darles más espacio del necesario. No se lo merecen.
Hay uno, sin embargo, que vuelve a mi memoria con más frecuencia de la que me gusta admitir.
Yo la vigilaba mientras coloreaba; prácticamente me habían obligado a hacerlo.
Brooke, tan pequeña, estaba sentada frente a su escritorio, con los pies descalzos colgando de la silla y balanceándolos adelante y atrás, como si marcaran el ritmo de su propio mundo.
Yo estaba tumbado en su cama, con la cabeza a los pies, lanzando una pelota contra el cabecero para verla rebotar y atraparla una y otra vez.
A ratos la observaba, enfrascada en su mundo de fantasía, trazando formas en el papel con sus lápices de colores, entornando los ojos y sacando la punta de la lengua cuando necesitaba concentrarse más.
Tan sumida en su universo que parecía olvidarse de todo lo demás. Y yo la contemplaba fascinado.
Pasábamos la primera quincena de diciembre.
Afuera el frío, el viento y la lluvia dominaban el paisaje.
Los densos nubarrones de aquel día oscurecían la habitación.
Entonces un relámpago rasgó el cielo plomizo.
Un segundo después, el trueno sacudió el silencio e hizo temblar las ventanas.
Brooke se sobresaltó. Parpadeó, como si acabara de regresar al mundo real.
Se levantó de un salto, abrió la ventana y asomó la cabeza a la corriente helada.
Le bastaron unos segundos para girarse hacia mí con una sonrisa traviesa.
Esa sonrisa que siempre significaba problemas.
Me señaló con un gesto desafiante y salió corriendo.
Bajó las escaleras como un torbellino, cruzó la puerta trasera y casi voló hacia el prado como un pájaro que acababa de descubrir que tenía alas.
Le grité, suplicándole que se detuviera.
Que iba a enfermar. Que encima me regañarían a mí.
Pero Brooke nunca escuchaba cuando algo se le metía en la cabeza.
Era tan testaruda. Corría descalza sobre la hierba fría y empapada, dejando que la lluvia le resbalara por la cara mientras sus carcajadas estallaban al ritmo de los truenos.
La alcancé al aumentar la velocidad. Y justo cuando llegué a su altura, se detuvo.
Se quedó allí, quieta, observando a los animales del rancho que pastaban tranquilos bajo la tormenta, ajenos a todo, disfrutando de la naturaleza en todo su esplendor.
Entonces me miró y dijo que quería ser como un caballo.
Sentir la libertad. Ser majestuosa, con determinación y coraje.
Brooke ansiaba ser libre, salvaje y valiosa.
Yo la observé sin entender del todo cómo funcionaba su cabeza, pero sonreí al contemplarla.
Y recuerdo perfectamente lo que sentí en ese momento.
Fue el día que empecé a amar la vida que había comenzado a vivir en aquel lugar entre montañas.
Con unos padres que acababan de aparecer en mi vida.
Con una familia que me acogió como si siempre hubiera pertenecido a ella.
Y con una niña que me enseñó lo bonita que podía ser la existencia.
Brooke sería lo que quisiera ser. Y yo quería lo mismo para mí. Quería ser feliz.
La tormenta terminó empapándonos por completo, pero no regresamos a la casa hasta que Brooke consiguió que acabáramos revolcándonos en los charcos, entre risas y empujones.
Entramos por la puerta hechos un desastre: mojados, sucios, descalzos, cubiertos de barro y…
felices. Su madre nos echó una buena reprimenda.
A mí, por supuesto, me cayó la peor parte por ser el mayor, pero estábamos tan felices que dolía y no nos importó.
Los dos sabíamos que volveríamos a hacerlo.
Que no existía castigo capaz de borrar aquello.
Y que yo lo repetiría tantas veces como hiciera falta solo por ver brillar la sonrisa de Brooke.
Ese recuero, y muchos otros, regresan ahora con mezcla de nostalgia y dulzura. Por todo lo que vivimos. Y por todo lo que perdimos.
La puerta se abre de par en par. Dairon aparece en la habitación como un rayo y, con un salto ágil, se encarama a un lado de la cama.
La energía de este perro siempre me impresiona.
Este border collie blanco y negro lleva siete años durmiendo conmigo.
Su pelaje es suave y acariciarlo se ha convertido en mi ritual para calmar la mente.
Cuando decide que ha recibido suficientes caricias, me demuestra su cariño como mejor sabe: pasándome la lengua húmeda por toda la cara.
—Eh, ya basta… —gruño entre risas.
Después se acomoda a mi lado.
—Buenas noches, Dairon —le susurro.
El perro lo entiende a la perfección, porque enseguida deja escapar un ladrido apagado y apoya la cabeza sobre las patas delanteras. Siempre se duerme después de mí, como si necesitara asegurarse de que estoy bien antes de descansar. Y entonces, solo entonces, él también cierra los ojos.