Las cicatrices del ayer (Montana 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

Livingston, Montana

Septiembre

—Brooke—

Las yemas de mis dedos acarician el pasamanos de madera mientras bajo las escaleras.

Está rugoso, astillado y descuidado, como si llevara años sin que nadie se molestara en lijarlo o barnizarlo.

Desciendo con cuidado, en silencio, procurando que los tacones no repiqueteen demasiado contra los escalones.

Los tablones del suelo, viejos y gastados se quejan bajo mi peso.

Crujen a cada paso, como si protestaran por mi presencia, hasta que finalmente alcanzo la cocina.

No tengo muy claro por qué intento moverme con tanto sigilo, como si temiera llamar la atención de alguien. Había pensado incluso descalzarme, pero basta echar un vistazo rápido al suelo para descartar la idea. La pulcritud en esta casa, desde luego, brilla por su ausencia.

Anoto mentalmente la limpieza en mi lista de tareas urgentes.

Si voy a vivir aquí durante el tiempo que sea, tendré que sentirme mínimamente cómoda con el ambiente.

Aunque, si soy sincera conmigo misma, el verdadero motivo de mis pasos cautelosos no es la suciedad, obviamente; es más bien la falta de valor para enfrentarme a mi padre.

Las palabras de mi madre siguen revoloteando en mi cabeza, como moscas insistentes, y me han dejado una sensación amarga en el pecho.

Una mezcla de culpa, incomodidad y algo que prefiero no definir.

Cuando recibí el correo del abogado de mi abuelo explicándome la situación, lo único que fui capaz de leer una y otra vez fue la misma frase:

«Henry Collins Winterbuck desea que las tierras y el inmueble Collins Ranch pertenezcan de inmediato a su nieta, Brooke Collins Brown…».

Después de eso releí el correo incontables veces, como si fuera una niña que acaba de aprender a leer y aún no entiende del todo el significado de las palabras. Incapaz de procesar la información.

Las palabras «FUTURA ENFERMEDAD, HERENCIA, NIETA, RANCHO, MONTANA, LIVINGSTON…» se repetían en mi mente como si alguien las hubiera escrito en mayúsculas dentro de mi cabeza. Una y otra vez. Pero sin que ninguna terminara de tener sentido.

Intenté ponerme en contacto con el abogado, pero fue imposible localizarlo.

Al final después de darle vueltas durante días, llegué a la conclusión de que quizá todo aquello era una señal.

Tal vez era el momento de volver al que una vez fue mi hogar.

De hablar con mi padre después de tantos años de silencio.

De ver a mi abuelo. Y decirles, cara a cara, que todo esto es un error.

Que mi vida no está en Montana. Que no tengo ni pajolera idea de cómo se gestiona un rancho.

A eso se sumó la discusión monumental que tuve con mi madre cuando le conté que pensaba viajar a Livingston.

Se negó en rotundo. Repetía una y otra vez que Henry está como una cabra, que mi padre está aún peor, que qué demonios pintaba yo en ese rancho perdido en medio de la nada.

Que mi vida y mi trabajo están en Chicago.

Que se esforzó mucho para llegar a donde había llegado y que mi puesto de editora en la revista fue gracias a ella.

Porque, claro… ¿cómo va a ser gracias a mis estudios, a mi esfuerzo, a mi constancia y perseverancia o a mis años de trabajo?

Claro que no. Todo se lo debo a la gran Tiffany Brown.

En fin.

Obviando ese pequeño detalle, en algo sí tiene razón: ¿qué demonios hago yo aquí?

Es cierto que mi vida está en Chicago. Mi trabajo, mi apartamento, mis compañeros…

todo está allí. Y aquí no tengo nada. Así que lo mejor será ir con cuidado, ver cómo evolucionan los próximos días y hablar con ellos para rechazar la oferta.

Y si no queda más remedio que aceptar esta herencia anticipada…

pues venderé el rancho. Haré todo lo posible por ofrecerle la ayuda que mi padre necesite, buscaré la mejor residencia para mi abuelo y después regresaré a casa.

Simple. Práctico. Razonable.

De momento, sin embargo, lo único que me importa es encontrar algo que comer.

Mi estómago no me da tregua y reclama lo que le pertenece.

Cuando abro el frigorífico, me encuentro un espectáculo bastante desolador.

Botellines de cerveza. Tuppers con restos de comidas de origen dudoso.

Un par de piezas de frutas que claramente han visto días mejores y que ahora presentan un color sospechosamente oscuro.

Unas pocas verduras que corren exactamente la misma suerte.

Y una botella de leche abierta. La observo unos segundos con desconfianza.

Casi no prefiero destaparla; existe una alta probabilidad de que el olor agrio invada mis fosas nasales y me provoque arcadas.

Resoplo y cierro la nevera.

Empiezo entonces a inspeccionar la estancia con algo más de esperanza.

Abro los armarios color vainilla, visiblemente deteriorados y claramente pasados de moda.

Casi doy un pequeño salto de alegría cuando encuentro una bolsa de pan de molde, un bote de crema de cacahuete y otro de mermelada.

Después de comprobar cuidadosamente las fechas de caducidad —no pienso morir por intoxicación alimentaria en mi primer día aquí— me preparo un sándwich doble.

Le doy un buen bocado. Con el hambre que tenía, me sabe a gloria.

Mientras mastico, observo la cocina con ojos analíticos.

Está claro que esta casa necesita una renovación urgente.

Si finalmente decido vender el rancho, habrá que hacer algunas reformas importantes.

Los muebles, de madera y tono crema, se caen prácticamente a trozos y parecen sacados de otra época.

La hornilla necesita una limpieza a fondo y sospecho que el horno no está en mejor estado.

Si voy a vivir aquí durante un tiempo, tendré que adecentar un poco la casa.

Por mi propia salud mental. Y, por supuesto, vaciar por completo esa nevera, desinfectarla y hacer una compra decente con alimentos que permitan llevar una dieta mínimamente saludable.

Cuando termino mi improvisado banquete, decido subir de nuevo a la habitación y empezar a deshacer las maletas.

Voy colocando la ropa sobre la pequeña cama mientras pienso en el siguiente problema: el armario de esta habitación claramente pertenecía a una niña.

Así que el espacio disponible es… limitado.

Cuelgo los vestidos más caros y delicados para evitar que se arruguen o se estropeen.

Las camisetas, blusas y pantalones los voy doblando con cuidado y los guardo en la cómoda envejecida.

Intento organizarlo todo de forma que la mayor cantidad de prendas posible quepa en los cinco cajones.

Pero cuando alzo la vista hacia la cama… aún queda mucha ropa.

Frunzo el ceño. ¿Se puede saber por qué demonios he traído tantísimas cosas?

Ni que fuera a quedarme aquí un año. Decido abandonar la batalla por el momento.

Mañana haré una selección de lo que realmente necesito y lo que no.

Puedo enviarlo de vuelta a Chicago, venderlo o incluso donarlo.

Ahora mismo no tengo la cabeza para tomar esa decisión.

Estoy demasiado abrumada por el simple hecho de haber vuelto a este lugar…

y por todo lo que eso está removiendo dentro de mí.

Recojo la ropa que queda sobre el colchón y la amontono en la pequeña silla del escritorio.

A estas alturas ya me da igual si se arruga; ya me ocuparé de eso en otro momento.

En lugar de seguir peleándome con las maletas, busco mi portátil.

Antes de salir de Chicago adelanté bastante trabajo; pensaba que aquí sería imposible tener conexión a internet para publicar los artículos de la revista a tiempo.

Pero, una vez más, me equivoqué. Este lugar, aunque viejo, destartalado y perdido entre montañas, parece estar sorprendentemente bien adaptado a la tecnología. Me acomodo sobre la cama. El colchón se hunde bajo mi peso y el somier chirría cuando cambio de postura.

«Genial».

Subo las piernas y me siento en posición de flor de loto. Enciendo el portátil. En cuestión de segundos aparecen ante mí decenas —no, cientos— de correos de la revista. Un sinfín de tareas pendientes.

«Perfecto».

Al menos así me mantendré ocupada. No pensaré demasiado en el hecho de que quizá nunca debería haber venido.

Paso las siguientes horas completamente absorta por la pantalla, contestando mensajes, revisando textos y organizando entregas, sin darme cuenta de que el día se va apagando al otro lado de la ventana.

Cuando quiero darme cuenta, ya ha anochecido.

Y sin más… caigo rendida por el sueño.