Capítulo 5
Livingston, Montana
Septiembre
—Brooke—
—Joder, qué daño… —Mascullo, llevándome una mano a la sien.
—¡Brooke, esa boca!
—Lo siento, mamá.
Me masajeo con cuidado el punto donde me he golpeado, intentado aliviar el dolor que empieza a latir bajo la piel.
Eso me pasa por hacer cosas absurdas. ¿Quién me mandaría asomarme otra vez a la ventana mientras atendía la llamada solo para ver al hombre que trabaja en nuestras tierras?
Como si no tuviera ya suficientes cosas en la cabeza.
—Bueno, ¿y qué tal la llegada?
—Pues… ha sido extraña.
—Ted seguirá hecho un asco, ¿verdad? —El deje de repulsión de su voz no pasa desapercibido.
—Mamá…
—¿Qué? Es cierto, cariño. Ted se dejó mucho y…
—Mamá… —la interrumpo antes de que siga hablando así de mi padre—. Por favor, déjalo. Lo estaba pasando mal y…
—¿Y? — replica con rapidez—. ¿Te recuerdo que no quiso saber nada de ti después de separarnos?
Intento tragar el nuevo nudo que se me ha formado en la garganta. Cuando nos fuimos, mi madre consiguió mi custodia completa. Alegó que mi padre ya bebía demasiado y que no estaba en condiciones de criarme. El juez le dio la razón. Y quizá tenía motivos.
Pero… no sé.
A veces no puedo evitar preguntarme qué habría pasado si hubiéramos hecho las cosas de otro modo.
Si hubiéramos intentado ayudarlo con su problema en lugar de marcharnos sin más.
Si hubiéramos seguido siendo una familia.
Quizá podría haber pasado algunas temporadas aquí.
Con mi padre. Con mi abuelo. Y después regresar con mi madre. Conseguir un equilibrio.
Pero nada de eso ocurrió. Mi madre siempre decía que temía por mi bienestar. Que con mi padre nunca se sabía. Que este lugar no era un ambiente seguro para una niña. Y, aun así, si cierro los ojos y busco en mis recuerdos, lo que aparece no es precisamente miedo, sino cariño.
Mi padre era atento conmigo. Con nosotras.
Recuerdo su voz, sus manos grandes levantándome en brazos, su risa grave cuando yo decía alguna tontería.
También recuerdo que hubo un momento en el que algo cambió, aunque entonces no supe verlo.
Tenía cerca de seis años; a esa edad eres maleable.
Absorbes lo que los adultos te dicen sin cuestionarlo demasiado.
Con el paso del tiempo aprendí a aceptar la versión de mi vida que tenía delante: Chicago, mi madre, mi nueva realidad.
Y entendí que mi padre —mi propia familia— ya no me quería aquí. Así que hice lo único que podía hacer para seguir adelante. Olvidé mi vida en Montana, como si nunca hubiera existido. La borré. Como si esos años fueran solo un recuerdo difuso por mi imaginación. Salvo que no lo eran. Sí existieron.
—No. No hace falta que me recuerdes nada, mamá —respondo al final, procurando mantener la voz firme.
—Bueno, tú no te entretengas mucho por ahí, ¿eh? —continúa—. Acaba rápido lo que tengas que hacer y vuelve a casa. Todavía no sé por qué te empeñaste en ir allí. Podrías haber solucionado todo desde aquí.
Me pellizco el puente de la nariz, algo exasperada.
—Quería venir, mamá. Quizá ya sea hora de aclarar ciertos temas antes de cerrar definitivamente esta etapa y regresar. Necesito pasar página.
—Tonterías —responde sin dudar—. No hay nada que aclarar, cariño. Si piensas que vas a conseguir algo de ese hombre que no sean reproches o malas contestaciones, está claro que no lo conoces bien.
—No me diste la oportunidad de hacerlo, mamá —se me escapa, algo molesta.
Un segundo de silencio.
—¿Cómo?
Casi puedo verla al otro lado del teléfono, llevándose una mano al pecho y luciendo esa manicura perfecta que siempre lleva impecable.
El ceño fruncido, los labios formando una pequeña «o» de incredulidad, profundamente ofendida por mi comentario.
Dios, estoy demasiado cansada para esta conversación.
—Déjalo, mamá —suspiro—. Escucha, estoy agotada y tengo hambre.
Justo al decirlo, el estómago me ruge con un sonido tan claro que me hace cerrar los ojos de pura resignación.
—Hablamos en otro momento, ¿vale?
—De acuerdo, cariño. Ten cuidado por ahí con los osos.
—Mamá… —vuelvo a masajearme la sien. Ahora es ella quien me está provocando dolor de cabeza, no el golpe que me he dado. —Aquí nunca hemos visto osos y lo sabes.
—Bueno, pues lobos. Tú ya me entiendes, cariño.
—Adiós, mamá.
Me despido antes de que pueda añadir nada más.
Dejo el móvil sobre la cómoda y respiro hondo un par de veces, intentando calmar la tensión que me ha dejado la conversación.
Después me acerco al espejo de cuerpo entero al otro lado del armario.
Menos mal que abarca mi estatura completa y no tengo que agacharme para observarme.
«¿Se puede saber qué estás haciendo, Brooke?», le pregunto a mi reflejo. La mujer que me devuelve la mirada parece tan cansada como yo me siento.
«Pues solucionar las cosas. O eso espero, sinceramente».
Me deshago la coleta y dejo que el cabello caiga libre sobre mis hombros. Me paso los dedos entre los mechones, masajeándome el cuero cabelludo, mientras observo mi atuendo con escepticismo: el traje gris, los tacones. Totalmente inapropiado. Está claro que con esta ropa no voy a hacer mucho aquí.
Y ahora me pregunto para qué demonios traje tanto equipaje.
Probablemente nada de lo que hay en esas maletas sea realmente útil en este lugar.
Tendré que buscar alguna tienda en el pueblo y comprar ropa más adecuada.
Lo que me recuerda que debería sacar las cosas de las maletas antes de que todo se arrugue mucho más.
Porque ni siquiera sé si hay plancha en esta casa.
Pero antes… necesito comer algo. Anoche estaba demasiado nerviosa para cenar y esta madrugada apenas me tomé un café rápido antes de salir hacia el aeropuerto. No es de extrañar que me ruja el estómago. Muevo los hombros para destensarme, estiro el cuello y salgo de la habitación.
Es hora de enfrentarme a esta casa.