Capítulo 4
Livingston, Montana
Septiembre
—Jackson—
Sé que estaba asomada a esa gran ventana hace un momento. No la he visto, pero la he sentido. Esa sensación incómoda y cálida a la vez de saber que alguien te observa. Juraría que, si me girara ahora mismo, volvería a encontrarla allí, intentando saciar esa curiosidad que siempre tuvo.
Dudo. Podría girarme y pillarla in fraganti, sorprenderla observándome como si el pasado no pesara entre nosotros. Y, sin embargo, no lo hago. No porque me importe. Sino precisamente porque me importa demasiado.
Cuando la vi bajar del coche hace un rato, el mundo se detuvo un segundo. No era la niña de trenzas deshechas y rodillas raspadas que corría por el rancho llamándome a gritos. Era una mujer. Elegante. Impecable. Lejana. Y pese a ello, la reconocí al instante. No necesitaba más que sus ojos.
Han pasado dieciocho años desde que se marchó.
Dieciocho años en los que este lugar siguió respirando sin ella.
En los que yo seguí aquí. Era demasiado pequeña cuando se fue; es lógico que no recuerde el chico flacucho que la seguía a todas partes.
Al crío que apenas levantaba un palmo del suelo y que vivía pendiente de si sonreía o lloraba.
Ahora soy todo lo contrario. Es normal que no me haya reconocido, pero que sea normal no significa que no duela.
Cuando quiso saber mi nombre, sentí algo hundirse dentro de mí.
No fue sorpresa exactamente; más bien, una confirmación.
Como si, de algún modo, yo no hubiera sido parte de su historia como ella lo fue de la mía.
Durante años intenté convencerme de que no volvió porque no quiso.
Que no se puso en contacto porque no le importaba.
Al fin y al cabo, éramos unos críos. Quise odiarla por eso.
El odio simplifica las cosas; te coloca en un lado claro de la historia. Pero nunca lo conseguí.
Así que no me giro. Porque si lo hago, si dejo que me vea mirándola como entonces, podrá notar que su regreso me ha provocado un terremoto en mi interior y no estoy dispuesto a admitirlo. No pienso darle esa ventaja.
Sigo con mis quehaceres como si nada. Tengo demasiado trabajo acumulado después del periodo de cultivo como para distraerme con fantasmas del pasado.
Este año contraté a chicos jóvenes de la ciudad para la temporada.
Necesitaban dinero y experiencia, algo que les hiciera sentir que servían para algo.
Y yo necesitaba manos. Todos nos beneficiaríamos: ellos llevarían un buen sueldo a casa y yo estaría algo más desahogado para seguir ayudando a mis padres y mantener al día los animales y los contratos de pupilaje.
Zac, Austin y Tucson llevan años trabajando conmigo, por lo que ya no son solo empleados.
Zac es el veterinario del rancho. Tranquilo.
Metódico. Tiene una paciencia infinita con los animales…
y bastante menos con las personas. Es de los pocos que sabe cuándo un caballo está sufriendo antes incluso de que lo manifieste.
Austin y Tucson se encargan del ejercicio y la limpieza junto al resto de vaqueros.
Austin es disciplina; si algo falla, él lo detecta antes que nadie.
Tucson, en cambio, tiene una conexión casi instintiva con los caballos.
No necesita levantar la voz para que obedezcan; tampoco es que suela hablar mucho con las personas.
Y luego estoy yo. El responsable de todo. De que las cuentas cuadren. De que los animales estén sanos. De que los hombres cobren. De que el rancho siga en pie.
Adoro a todos los animales desde que llegué a Montana siendo apenas un chaval.
Con el tiempo aprendí que podía convertir esa devoción en una forma de vida.
La gente quiere tener su propio caballo, pero no todos pueden hacerse cargo de él durante todo el año.
Así que nosotros les ofrecemos algo más que un establo: vigilancia constante, ejercicio diario, atención inmediata si ocurre cualquier incidente.
Aquí ningún animal se queda sin supervisión.
Supongo que porque yo sé demasiado bien lo que es sentirse sin ella.
Cuando conocí este lugar, pensé que estaba descuidado.
No por falta de cariño, sino por agotamiento.
Siempre tuve visión de futuro; es algo que aprendes cuando vienes de dónde vengo yo.
Cuando entiendes demasiado pronto que, si no te construyes un mañana, nadie lo hará por ti.
Aprendí a sacarme las castañas del fuego muy joven. Hasta que llegué aquí.
Mis padres, Emily y Robert, regentan una pequeña granja alquilada en las tierras de los Collins.
Con el tiempo la transformaron en casa de huéspedes.
Tras obtener los permisos adecuados, levantaron cabañas privadas, acogedoras, con suelos de madera cortada en sierra circular y mobiliario de nogal.
Mi madre se encarga de los desayunos; los sirve con una sonrisa que consigue que cualquiera se sienta en casa.
Mi padre gestiona las reservas, reparaciones y números con una constancia que admiro.
Ellos me adoptaron. Y aunque al principio fui reacio —culpa de los lugares de los que provenía—, terminé amando Livingston como si hubiera nacido aquí.
Las primeras semanas fueron un desastre, con un mal humor constante y mucha desconfianza.
Me negaba a encariñarme con nada. Estaba demasiado acostumbrado a ir de casa en casa como para permitir que este sitio me importara.
Hasta que un buen día levanté la vista de verdad.
Y empecé a deleitarme con el consuelo que ofrecen las tranquilas a la par que salvajes montañas, los cielos malhumorados, las tormentas que se acercaban cuando tocaba…
o el cielo abierto, azul y soleado. Los ciervos, los alces, los zorros rojos y las aves de todo tipo que vislumbraba en los campos.
Pero si soy sincero, no fui yo quien aprendió a mirar así.
Alguien me enseñó. Alguien que me abrió su corazón nada más llegar y me mostró el mundo con una ligereza que yo había olvidado que existía.
Cabeceo al recordar.
Cuando Tiffany y su hija se marcharon, este rancho terminó de perder la luz que le quedaba.
Ted ya arrastraba demasiadas sombras desde el accidente en la mina, pero aquello fue el golpe definitivo.
Ver cómo su mujer y su niña subían a un coche sin intención de regresar…
eso terminó de romperlo. Nunca vi en Tiffany el cariño que Brooke aseguraba que existía entre sus padres.
Ella repetía que se querían, que eran una familia.
Pero yo no veía tales muestras de afecto.
No veía complicidad. No veía esa cercanía que se supone que une a dos personas que se aman. Sobre todo, por parte de aquella mujer.
Pero, tal vez, yo no entendía nada entonces. O puede que lo entendiera demasiado bien.
Cuando se fueron, Ted cayó en un pozo sin fondo.
Bebía para no pensar. Para no sentir. Mis padres y la gente del pueblo intentaron ayudarlo, pero se cerró en banda.
Hay hombres que prefieren hundirse antes que aceptar un salvavidas.
Y Henry tuvo que soportar cómo su adorada nieta se alejó de ellos y cómo su propio hijo se consumía en silencio.
Cómo el orgullo se le convirtió en armadura y la culpa en veneno.
Yo tenía once años cuando supe que no quería que este lugar muriera así.
No fue una revelación épica; fue más bien una certeza silenciosa.
Como cuando sabes que, si no haces algo, nadie lo hará por ti.
A los catorce reuní el valor suficiente para hablar con Henry.
Le expuse mi idea con más ilusión que argumentos sólidos.
Quería profesionalizar el pupilaje, mejorar las instalaciones, ampliar los servicios…
convertir el cuidado de los caballos en algo serio, estable y rentable.
Recuerdo su mirada. No me trató como a un crío soñador. Me escuchó.
Al principio llevaba él las cuentas, los contratos, las conversaciones con empresarios que me triplicaban la edad y la experiencia.
Yo me limitaba a aprender. Después del instituto venía directo al rancho y me encargaba de lo que nadie quería hacer: las tareas más sucias, las más pesadas.
Fui el pringado oficial durante años. Pero nunca me quejé, porque cada día aquí era una elección. Y yo elegí quedarme.
Cuando el señor Collins entendió que ya no podía con el ritmo que exigía el rancho, delegó en mí.
No fue un traspaso oficial con papeles y discurso incluido; fue una conversación sobria, directa.
Confianza depositaba en silencio. Y desde entonces, esto es mi responsabilidad.
Siempre pensé que este lugar debía permanecer intacto por si algún día la hija de los Collins regresaba.
Y lo ha hecho. Ha regresado. Sin embargo, me temo que no por los motivos que me gustaría.
Además, no la recordaba así. Supongo que, en algún rincón absurdo de mi cabeza, esperaba reconocer de inmediato a la niña que corría detrás de mí por el río, la que se sentaba en el columpio y me pedía que la empujara más alto, mucho más alto, como si el cielo estuviera al alcance de la mano.
Cuando la vi tras el coche, intentando sacar las maletas con su traje impecable y esos tacones demasiado altos, dudé por un instante.
Pensé que quizá no era ella. Que habría enviado a alguien en su lugar.
Hasta que se giró. La coleta rubia, tirante, perfecta.
Ni un solo mechón fuera de lugar. Joder, tan controlada que casi me dieron ganas de despeinarla solo para comprobar si debajo seguía estando la niña que conocí.
Su ropa gritaba glamour, lujo y distancia.
Por un segundo me sentí fuera de lugar en mi propio hogar.
Cuando me habló con ese tono firme, casi altivo, decidí dejar sus maletas en el porche sin demasiada delicadeza.
¿Pero qué se pensaba? ¿Que soy su siervo para tratarme de ese modo?
Quería desaparecer antes de soltar alguna burrada de la que luego me arrepintiera.
Pero cuando su voz me detuvo, dispuesta a presentarse como si fuéramos dos completos desconocidos, no pude hacer otra cosa que clavar mi mirada en la suya.
Y ahí estaban. Esos ojos entre la miel y el caramelo que años atrás me parecieron lo más cercano a la magia que había visto nunca.
Ha cambiado, sí. Chicago le ha dado porte, seguridad, una coraza que se percibe incluso en la forma en que se sostiene sobre esos tacones.
Ya no era aquella niña. Pero cuando me perdí en sus iris, pasado y presente se unieron y recordé exactamente por qué nunca fui capaz de odiarla.
Y sonreí. Fue algo muy sutil. Pero no pude evitarlo.
Estaba claro que no me había reconocido.
Así que pensé que quizá sería divertido —o tal vez necesario— jugar un poco con ella.
Creía que al llamarla por su nombre algo se encendería en su memoria.
Que frunciría el ceño. Que me miraría y me recordaría.
Me equivoqué.
Cuando quiso saber mi nombre, el mundo se me vino abajo en un silencio seco, dejándome sin aire.
Fue absurdo e irracional. Ella tenía seis años cuando se marchó; es lógico que no vea en mí al chico que fui.
Pero dolió. Sentí una punzada de orgullo herido.
Una tristeza vieja, mal cerrada. La incómoda certeza de que, quizá, fui yo quien se aferró demasiado al pasado.
Por eso solo le dije mi apellido. Si quiere saber quién soy, tendrá que averiguarlo ella. Tendrá que recordar que hay años, momentos y personas que no deberían borrarse tan fácilmente. Hay cosas que uno no olvida, solo las entierra lo bastante hondo como para poder seguir adelante.
Suspiro. Dejo la herramienta en el suelo, me enderezo y alzo la vista hacia la planta alta de la casa.
Y, como ya suponía, Brooke está allí, observándome mientras habla con alguien por el móvil.
Durante un segundo nuestras miradas se cruzan.
Deduzco que no esperaba que la descubriera, porque da un brinco torpe y se golpea con el marco de la ventana.
La oigo incluso quejarse antes de desaparecer tras las cortinas blancas con toda la rapidez posible.
Y entonces, pese a todo… sonrío. Niego con la cabeza y continúo con mi trabajo. Pero esta vez no es una sonrisa burlona. Es la de alguien que acaba de confirmar que, por muchas capas que se haya puesto encima, la niña que conocí sigue ahí.
Tiene que serlo.