Las cicatrices del ayer (Montana 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

Livingston, Montana

Septiembre

—Brooke—

He dudado. Durante un momento he dudado y he estado a punto de darme la vuelta y largarme de aquí por culpa del miedo. Miedo a lo que voy a encontrarme tras esa puerta.

Llamo varias veces, propinando golpecitos con los nudillos sobre la madera.

Estoy a punto de abrir la puerta yo misma al ver que nadie se digna a recibirme, cuando oigo pasos al otro lado.

Inspiro con fuerza como respuesta al sonido chirriante de las bisagras, mientras mi corazón me martillea contra el pecho a demasiadas revoluciones por segundo.

—¿Se puede saber qué queréis ahora? —gruñe una voz.

—Hola, papá…

Por un momento me hago pequeñita. Cruzo las manos delante del cuerpo y encojo de hombros antes de levantar una para saludarlo tras tantos años sin vernos.

—¿Brooke? —pregunta en un susurro, con una voz rasposa, como si hubiera olvidado usarla durante un tiempo, y con los ojos abiertos de par en par.

Mi padre me recibe un tanto desaliñado. Nada que ver con el recuerdo que tenía de él.

Lleva una camiseta blanca de tirantes bajo la camisa de cuadros rojos y blancos, algo sucia, como si el blanco hubiera perdido la batalla frente al gris.

Sus tejanos han visto tiempos mejores y sus botas oscuras lucen desgastadas.

Aunque eso es lo normal en un rancho —nadie vive aquí con la ropa impoluta—, no es su atuendo el que llama mi atención, sino su aspecto.

Su pelo oscuro, antes digno de envidia, ahora luce desordenado, sin brillo y cano.

Sus cejas, algo canas también, y las ojeras profundas enmarcan unos ojos verdes que siempre deseé heredar, pero que perdieron la ilusión hace mucho tiempo.

El paso de los años ha dejado muescas en su curtido rostro y su boca permanece apretada, como si tuviera que contener todo lo que está a punto de decir.

—La misma —consigo responder tragando saliva, volviendo a elevar los hombros y haciendo una mueca.

—No te esperaba hoy…

Deja la puerta abierta para que entre y se dirige cojeando levemente hacia la sala de estar. Me armo de valor para seguirlo por el recibidor y pienso que debería hablar con él antes de subir las maletas e instalarme.

Hago un estudio rápido. Y por lo que he podido apreciar en el exterior, el interior luce más o menos igual.

Este lugar parece más desgastado. Más viejo.

Como si los años hubieran caído sobre la casa con el peso de un pedrusco.

Los muebles están cubiertos por una fina capa de polvo; algunas ventanas requerirían mejores cuidados y la pintura, que un día brilló bajo la luz de este paraíso, ahora está desconchada y apagada.

Supongo que es el reflejo del hombre que tengo delante.

Hubo un tiempo en el que aquí vivió una familia.

Eso es lo que indican las fotos y los cuadros que siguen colgados en las paredes, suspendidos en el tiempo.

En la planta baja hay un gran salón y, frente a él, la cocina ocupa la otra puerta a la izquierda de las escaleras.

También hay un aseo y una habitación que imagino será ahora del abuelo, para que no tenga que subir y bajar escalones constantemente.

En el primer piso están los dormitorios: el de mis padres, otra en el que solía dormir Henry y el mío.

Siempre compartíamos el baño grande del pasillo, aunque había otro más pequeño al fondo que casi nunca usábamos.

No sé bien por qué, pero todos terminábamos apelotonados en el mismo, como si el resto no existiera.

También hay un par de habitaciones más que acabaron convertidas en trasteros improvisados y, por cómo he visto el resto de la casa, me temo que no estarán mucho mejor. Dudo que ahora mismo sean habitables.

Y en el último piso, la buhardilla; el trastero oficial cuando los otros cuartos ya no daban abasto.

Allí iban a parar las cosas que nadie quería, pero que tampoco se atrevían a tirar: muebles cubiertos con sábanas, cajas llenas de fotografías que el abuelo nunca llegó a ordenar, herramientas oxidadas, juguetes que nadie reclamaba.

Aunque también fue el refugio de mamá. Se encerraba allí durante horas cuando decidió que quería dedicarse al diseño.

Decía que necesitaba concentración. Silencio.

Espacio para crear. Recuerdo el sonido de la máquina de coser, el papel de patrones extendido por el suelo, lápices, telas y bocetos prendidos con alfileres en un tablón improvisado.

Yo subía muchas veces; tan solo era una niña y quería pasar tiempo con ella, enseñarle mis dibujos o contarle cualquier cosa sin importancia.

Pero con el tiempo empecé a notar que mi presencia no siempre era bienvenida.

Que interrumpía. Que molestaba. Así que aprendí a entretenerme con otras cosas, y la buhardilla terminó siendo más suya que nuestra.

Mientras pienso en todo ello y avanzo por el pasillo, me fijo en el botellín de cerveza que lleva mi padre en la mano. Me pregunto si será el primero del día… o si, por el contrario, ya habrá perdido la cuenta.

Cuando ocurrió el accidente en la mina en la que trabajaba, le costó volver a la normalidad.

Fue un afortunado por conservar la vida y quedarse solo con una leve cojera, pero tuvo tiempos difíciles.

Siempre pensé que se apoyaba en mi madre para sobrellevarlo; sin embargo, ahora que soy adulta y pienso en retrospectiva, no recuerdo que ella fuera especialmente cariñosa cuando más lo necesitaba.

Lo que sí recuerdo es que, cuando me veía a mí, algo en él se aligeraba.

Como si el malestar se apartara durante un rato y pudiera respirar de nuevo en mi presencia.

Aparto ese pensamiento en cuanto nace. Aún duele demasiado.

No necesito preguntarle si es su primera cerveza del día. Una mesilla de madera desvencijada me da la respuesta: un pequeño arsenal de botellas vacías se amontona sin orden sobre la superficie.

Y sufro.

Me atormenta saber que mi padre no ha superado esa adicción.

Paseo la vista por la estancia, deteniéndome en las fotos familiares repartidas por el salón.

Me acerco con pasos lentos a las que descansan sobre la repisa de la chimenea bajo la mirada cargada de resentimiento de mi padre.

Estudio cada una de ellas en detalle. Yo era muy pequeña cuando nos fuimos, pero algunos de esos momentos siguen grabados en mi memoria: papá alzándome sobre sus hombros para alcanzar las manzanas más altas del árbol del jardín de atrás; la feria al atardecer,

los perritos calientes y el helado derritiéndose entre risas; las vueltas infinitas mientras me sostenía en brazos y bailábamos.

El abuelo y yo trasplantado las flores favoritas de la abuela, a la que nunca conocí, pero de la que me hablaba como si siguiera viva en su corazón.

También las noches en las que papá se tumbaba a mi lado después de un duro día de trabajo.

La luna y las estrellas iluminaban su rostro a través del gran ventanal de mi habitación mientras me contaba historias para dormir.

Siempre decía que quedaba una página más por leer.

Siempre inventaba un final distinto solo para alargar el momento.

Estoy casi segura de que esa fotografía la sacó el abuelo a escondidas, a través de la puerta entreabierta, fiel a su obsesión por capturar cada instante, heredada de su mujer.

Hay otra imagen que llama toda mi atención.

Un columpio hecho a mano colgando de un gran árbol junto al río.

Un niño de melena castaña y ojos azules, con el ceño fruncido y gesto hastiado, balanceando a una niña de pelo rubio recogido en una trenza como si aquello fuera lo único que le importaba en el mundo.

Alzo la mano para coger el marco y verla más de cerca, acariciarla con las yemas de los dedos.

¿Es quién creo que es?

—¿Brooke? —Una voz ronca, anciana y en desuso rompe el silencio, estremeciéndome.

Olvido lo que iba a hacer. Dirijo mis ojos hacia el lugar del que proviene y su figura me rompe el poco corazón que me quedaba.

—A-abuelo… —balbuceo, fijándome en su pelo blanco, su poblado bigote y su rostro envejecido.

Sus ojos verdes, idénticos a los de mi padre, me estudian como si no terminara de creerse que soy yo.

O quizá se había olvidado de mí y está haciendo un esfuerzo por recordar.

No lo sé; desconozco todo lo que tenga que ver con ellos.

No sé nada de ellos desde hace demasiados años.

Sin embargo, yo no tengo que hacer ningún esfuerzo, porque de pronto el golpe del pasado cae sobre mis hombros como la losa de cemento más pesada. Y me odio por ello. Nunca imaginé que se desentendieran de mí como si nada.

—A ella bien que la recuerdas, ¿eh, viejo? —suelta mi padre antes de dar otro trago a la cerveza.

Mi mirada viaja de uno a otro sin saber qué hacer ni qué decir exactamente. Son mi familia y, aun así, me siento una intrusa. Como si hubiera irrumpido en una casa que ya no me pertenece. Una extraña que está completamente perdida.

—Oye, papá, ¿podemos hablar un momento?

—Mira, Brooke, no sé por qué has venido realmente ni me interesa. Tu habitación sigue estando donde la dejaste —indica con un leve movimiento de cabeza.

Sus palabras van cargadas de tantas cosas no dichas, de tanto sufrimiento, de tanto dolor e ira, que temo que mi estancia aquí sea un auténtico infierno. Y ni siquiera creo estar preparada para quedarme.

—De acuerdo…

Desaparezco lo más rápido posible y voy a por mi equipaje.

Supongo que debo darle algo de tiempo para que podamos hablar y entienda a qué he venido.

Subo las maletas en varios viajes hasta el primer piso.

Frente a las otras dos habitaciones que tienen la puerta abierta —que observo durante unos segundos— está la mía.

Todo sigue igual. Intacto y polvoriento.

Las motas de polvo flotan escandalosamente bajo la luz directa de los rayos de sol.

Trago el nudo que se forma en mi garganta al contemplar mi alrededor.

Pienso en el tiempo que ha pasado desde la última vez que estuve aquí.

El papel pintado beige con motivos boscosos y de animales ya no luce como antaño.

Desde luego, el tiempo transcurre para todos y para todo.

La cama de forja blanca requiere mucha más de mi atención, pues es la típica cama idónea para una niña, pero no para alguien de mi tamaño.

Así que en unos breves segundos me veo haciendo mediciones y cálculos mentales para ver qué miembros de mi cuerpo sobresaldrán al dormir en ella.

La colcha floral ha adquirido un tono amarillento.

Los cojines con mi nombre bordado y el de conejito siguen colocados exactamente como los dejé.

Es como si el tiempo se hubiese detenido en este lugar y nada hubiera cambiado.

De pronto vuelvo a ser aquella niña que se pasaba horas sentada en el suelo con su casita de muñecas, inventando vidas que siempre tenían finales felices.

La que pintaba mundos que solo existían en su imaginación o se refugiaba en los libros cuando no podía pasar tiempo con su mejor amigo.

No hace falta ser especialmente meticulosa con la limpieza para notar que aquí no ha entrado nadie en años. El polvo cubre cada superficie; se ha posado sobre los muebles, sobre los marcos, sobre mi pasado. Todo parece inmutable. Esperándome.

Los cuadros continúan colgados en las paredes, en los mismos puntos estratégicos de siempre. El mueble antiguo, de madera envejecida, sigue junto a la librería del mismo estilo, con el sillón diminuto a su lado.

Me acerco a la ventana. Desde aquí se ve la zona destinada al pupilaje de los caballos, el corral redondo donde tantas veces los vi entrenar, los establos, la vivienda auxiliar de los vaqueros y la inmensa extensión de terreno que parece no tener fin.

Me asomo con cautela, como si temiera que el paisaje también hubiera cambiado. Pero no. Sigue ahí. Magnánimo. Más vivo que esta casa.

Atisbo un pequeño rebaño de terneros y, automáticamente, una sonrisa nace en mis labios sin que pueda evitarlo.

Más allá de las vallas, el valle se prolonga hasta fundirse con el cerro en la lejanía, y por un momento me quedo sin aliento.

Creía que, al regresar, todo me parecería más pequeño.

Que la inmensidad sería solo una exageración infantil.

Cuando eres niña, el mundo parece gigantesco porque tú eres pequeña.

Pero ahora he crecido. En edad. En altura.

En heridas. Y, aun así, el paisaje sigue imponiéndose ante mí con la misma grandeza y esa sensación de libertad que me hacía creer que aquí todo era posible.

Entonces oigo un silbido. Al principio suena lejano, casi imperceptible. Pero mis ojos lo buscan de inmediato.

«Moore».

Se mueve entre los terneros con seguridad.

Sus gestos son firmes, precisos, casi instintivos.

Hay algo profundamente masculino en la manera en que ocupa el espacio, en cómo los animales responden a su voz, a su presencia.

Me quedo observándolo más de lo que debería, sintiendo esa curiosidad que no sé si nace del interés…

o del peligro. Cuando me dijo que tenía mucho trabajo, no exageraba.

Gran parte de él, al parecer, consiste en sostener este rancho.

Mi rancho. Mi historia. Y no sé por qué eso me provoca una extraña mezcla de gratitud y desafío.

Mi móvil comienza a sonar. El sonido irrumpe en la quietud del momento como un recordatorio brusco de la otra vida.

De la ciudad. Del ruido. Del asfalto. Parpadeo, sorprendida.

Habría jurado que aquí no tendría cobertura, pero al parecer, este lugar no se ha quedado al margen del mundo moderno.

Alguien se encargó de que la tecnología también alcanzara este rincón que yo siempre creí detenido en el tiempo.

Y no sé si eso me hace especial ilusión.