Las cicatrices del ayer (Montana 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

Livingston, Montana

Septiembre

—Brooke—

Respiro hondo cuando el aire limpio me golpea el rostro. Hay algo raro en él, como si el propio viento quisiera arrancarme las capas que tanto me he esforzado en crear y acumular durante casi veinte años.

Me estremezco ante esa sensación.

El cielo brilla más de lo que haya visto nunca. De un modo claro y casi irreal. El sol calienta mi rostro de una forma muy reconfortante y cierro lentamente los párpados para llenar mis pulmones del aire fresco, mientras dejo que la energía de la luz impregne mi piel y mi alma.

Sin querer, abro los ojos con una pequeña sonrisa en los labios.

«Bueno, ya está bien».

Me aclaro la garganta y vuelvo a mi cometido. Estoy sacando el equipaje del maletero cuando uno de mis tacones se clava en la tierra y me hace tambalear. Maldigo para mis adentros. Ya van dos. Y resoplo por enésima vez.

«¿A quién se le ocurre venir con tacones aquí?»

Pues a mí, por supuesto… Pero me siento cómoda con ellos. Me dan la fuerza y seguridad que creo no tener por mí misma. Sigo con mis cavilaciones mentales y forcejeando con el equipaje, cuando una voz grave me hace pegar un respingo.

—¿Necesitas ayuda? —Me giro de inmediato hacia el sonido a mi espalda.

—¡Joder, qué susto!

—Perdón… —levanta las manos enfundadas en unos grandes guantes de piel marrón. —No pretendía asustarte.

Su rostro, al menos la parte que puedo apreciar bien, es impasible y, a la vez, muy expresivo.

¿Acaso tiene eso sentido?

—Y no lo has hecho. —Levanto la barbilla y me enderezo, ajustando el chaleco de mi traje de dos piezas, ganando la confianza que creo poseer, pese a sentirme fuera de lugar ahora mismo.

La luz ilumina su rostro de mitad hacia abajo, revelando una piel de un tono caramelo tostado, mientras la parte superior queda a la sombra del accesorio desgastado que lleva sobre su cabeza.

Lo contemplo durante unos segundos. Unos demasiados largos, diría yo.

Pero, al parecer, él también me inspecciona de pies a cabeza.

Y esta vez, sí alza la barbilla y aquea las cejas, aunque apenas puedo distinguirlas bajo el ala de ese sombrero.

Sus ojos me observan con una dureza extraña, dado que no me conoce.

Sentirme algo intimidada por esa mirada no evita que aprecie a la perfección la tonalidad de azul de sus iris bajo esas pestañas.

Son muy bonitos. Impactantes, más bien. Profundos y nostálgicos.

De los que te ponen la piel de gallina si los miras demasiado tiempo.

Diría que su nariz es perfecta: ni grande ni pequeña, ni ancha ni estrecha. Totalmente simétrica con el resto del rostro, cuadrado y marcado, cubierto en su mayor parte por un sombreado de áspera barba y bigote, como si se hubiera olvidado de afeitarse en las últimas semanas.

Hmm. No recuerdo haber salido nunca con un hombre que no estuviera perfectamente afeitado.

«¿Y se puede saber porque piensas en eso ahora? Céntrate, Brooke».

Por lo visto, no le hago ni caso a mi mente, porque sigo embelesada con la belleza salvaje de este hombre.

Me fijo en sus labios, que también lucen perfectos, gruesos y rosados en contraste con su barba entre rubia y castaña.

Ahora que reparo en el tono, subo la vista hacia su pelo, parcialmente oculto por el sombrero.

Algunos mechones asoman bajo él, con la misma tonalidad indefinida.

No sabría decir si es rubio o castaño; más bien una mezcla de ambos.

Y, pensándolo bien, tampoco he salido nunca con un hombre que no tuviera un corte de pelo sofisticado y moderno.

«¿Otra vez? ¿Se puede saber qué te ocurre? Que te centres, Brooke».

Inclino la cabeza, dispuesta a continuar con mi descarado análisis, haciendo un barrido de cuerpo entero, cuando su voz interrumpe mis pensamientos.

—Bueno, entonces… —carraspea, aún más serio —¿Necesitas ayuda o no?

—¿Qué? Ah, sí. Claro que sí. Venga, ayúdame, que te has quedado ahí plantado como un pasmarote.

—Ya, claro. Así que… ¿Como un pasmarote?

En apenas dos zancadas gigantescas acorta la distancia suficiente como para plantarse a mi lado.

Y de cerca es aún más imponente. Me considero una mujer de estatura normal, pues no llego al metro setenta, pero los sobrepaso fácilmente con mis tacones.

Sin embargo, este hombre me saca, al menos, una cabeza.

Y me hago una idea de cuánto tendré que alzar la mirada cuando me vea desprovista de los diez centímetros de tacón.

Acto seguido, escucho ladridos. Un bulto negro y blanco corre hacia nosotros y, en pocos segundos, esa bola de pelo se abalanza sobre mí.

Suelto un pequeño grito ahogado, algo bochornoso, mientras el perro apoya sus patas delanteras sobre mi traje de diseño.

Contemplo aterrorizada las huellas marrones que deja en la tela.

Intento apartarlo con cuidado; no quiero hacerle daño, pero tampoco puedo ignorar el desastre.

Emito un resoplido y echo la cabeza atrás.

—Venga, Dairon, fuera. Ve en busca de los chicos. —Lo agarra por las orejas para acariciarlo, besarle en la cabeza y propinarle un leve golpecito en el lomo para que obedezca y se marche.

Menos mal que el perro obedece a la primera.

El tío que tengo al lado vuelve a mirarme de arriba a abajo y niega sutilmente antes de quitarse los guantes, guardarlos en uno de sus bolsillos traseros y agarrar mis maletas.

Al inclinarse, su brazo me roza durante una fracción de segundo.

Mis ojos se abren al ver cómo los músculos de su bíceps y antebrazo se tensan bajo la camiseta blanca de algodón.

—Si te soy sincero, no creo que vengas preparada para la vida en el campo, miss Chicago.

Al escucharlo tan extremadamente cerca, mi cuerpo reacciona de una forma extraña. Digo extraña porque jamás he sentido esa especie de tirón involuntario en el vientre por ningún hombre. Y mucho menos por su tono de voz.

Esta vez soy yo quien carraspea y se cruza de brazos, alzando el mentón.

—Tú que sabrás de dónde vengo, sabelotodo —lo repaso de arriba abajo. —Ni siquiera me conoces…

Hace una mueca y suelta un bufido.

—Créeme, lo sé. Y ese calzado que llevas —baja esa mirada azul hacia mis zapatos— no es el más idóneo para este lugar.

—Son lo último en moda. Una tendencia muy cara, además de preciosa. Algo que seguramente tú no entiendas.

Los músculos de la mandíbula se tensan y se le marcan mucho más.

Sus ojos se clavan en mí, taladrándome. Finalmente, ignora mi comentario, termina de sacar todo del maletero y lo coloca de tal forma que pueda cargar con el equipaje completo sin que yo intervenga.

Me sabe un poco mal que cargue con todo mi arsenal, pero ya que se ha ofrecido…

Cojo el bolso del asiento del copiloto, cierro el coche y corro tras él. Dios, qué piernas tan largas y grandes tiene. Me cuesta un mundo llegar al porche delantero de la gran casa sin parecer ridícula. Desde luego lleva razón con lo del calzado. Pero no pienso dársela.

Al ver cómo ha dejado caer las maletas sin miramientos, unas sobre otras, sufro un microinfarto.

—¿Se puede saber qué haces? —grazno indignada. —¡Son de diseño! Esas maletas cuestan más de lo que ganarás en medio año.

—Tan solo son maletas, miss Chicago.

No se inmuta por mi comentario ofensivo. Me siento fatal nada más decirlo; creo que paso demasiado tiempo con Tiffany Brown. Me pellizco el puente de la nariz e intento borrar a mi madre de mi mente. Ella ni siquiera quiere que esté aquí.

—En fin, tengo trabajo. Tendrás que subirlas tú misma.

Se quita el sombrero y se pasa una mano por el pelo, echándoselo hacia atrás y dejándome ver la largura exacta.

La verdad es que le queda muy bien. El disfrute no dura mucho porque vuelve a colocarse ese accesorio tan…

tan… tan cliché. En realidad, echándole una última y veloz mirada a su atuendo, todo él es un cliché con patas: camiseta blanca algo sucia por el trabajo, tejanos desgastados, cinturón con una gran hebilla plateada con la silueta de lo que parece un animal con cuernos,

y unas botas cowboy cubiertas de polvo y barro en la punta, en el mismo color que su sombrero.

Lo que decía: un auténtico vaquero sacado del lejano Oeste.

Casi me echo a reír al pensar en ello cuando vuelve a hablar y su voz me obliga a regresar de mis pensamientos.

—Supongo que nos veremos por aquí.

Baja los cuatro escalones del porche, dejándome una panorámica perfecta de su trasero enfundado en esos tejanos.

Hmm. No está mal. Nada mal, de hecho.

«Reacciona, mujer, que pareces una salida de manual».

—¡Espera! No nos hemos presentado.

—No hace falta. Ya sé quién eres, miss Chicago. —Frunzo el ceño al escuchar de nuevo el mote con el que me ha obsequiado nada más llegar.

—Ah, ¿sí?

Se detiene y se gira. Eleva sutilmente sus comisuras en lo que parece una sonrisa.

Ha sonreído, ¿verdad? ¿O ha sido un espejismo?

No, no ha sido fruto de mi imaginación, porque sigue dibujada en sus labios.

No sé por qué pensaba que este hombre no sería capaz de sonreír, ya que parece algo bruto. A lo que yo frunzo todavía más el ceño.

—Sí. Sé perfectamente quién eres. Bienvenida a casa, Brooke —alzo las cejas hacia lo más alto ante el hecho de que sepa mi nombre y por el tono que ha usado, una mezcla de ironía y sinceridad.

Emprende de nuevo la marcha hacia dondequiera que vaya y me deleito en su forma de caminar.

—¡Pero… yo no sé tu nombre! —grito antes de que esté demasiado lejos como para que no consiga oírme.

—¡Tendrás que averiguarlo por ti misma!

Sigue andando hacia atrás, colocándose los guantes de trabajo y sonriéndome, mostrándome una dentadura perfecta incluso en la distancia. ¿Es que todo en él es perfecto? Algo malo tiene que tener. Todo el mundo lo tiene, está claro. Seguro que es su carácter… Sí, seguro que es eso.

—¡Dame una pista o algo!

Se detiene un instante y cabecea. Baja la mirada y su perfecta sonrisa desaparece. Yo me cruzo de brazos mientras lo observo; por lo que parece, no he dejado de hacer este gesto desde que he puesto un pie en este lugar.

El cowboy levanta la cabeza y su expresión cambia. Como si algo se hubiera apagado en sus ojos. No… más bien es decepción lo que asoma en sus facciones. Aunque no podría asegurarlo. No conozco a este hombre y no sé interpretar sus gestos.

—¡Puedes llamarme Moore! —Se lleva dos dedos al ala del sombrero y hace un leve gesto de despedida.

Acto seguido, se marcha con paso decidido, sin mirar atrás.

—Moore… —suelto en un susurro.

Si sigo frunciendo así el ceño, puede que termine con las cejas unidas en el centro.

Me obligo a centrarme en lo que tengo esparcido sobre las tablas de madera.

Aún me queda mucho por hacer. Y volver significa enfrentarme a los fantasmas del pasado que dejé atrás.

Una vez cruce el umbral de la puerta que está a mi espalda, mi vida cambiará por completo.

Allá voy.