Capítulo 1
Livingston, Montana
Septiembre
—Brooke—
Pensé que regresar a Montana sería más fácil.
A la vista está que me equivocaba. Desde que aterricé en el pequeño aeropuerto de Bozeman hace una hora y media aproximadamente —después de tres horas y veinticinco minutos de vuelo—, una presión en el pecho me impide respirar con normalidad.
Y si a mi estado poco sano le sumamos los recuerdos que me sobrevienen de mi infancia, que se han apoderado de mi mente sin piedad alguna, el resultado es aterrador.
¿Es posible recordar momentos de mi vida cuando, a mi corta edad, ni siquiera alcanzaba a entender el mundo que me rodeaba?
Pues, por lo visto, sí.
Tras esperar pacientemente mi voluminoso equipaje, busqué el stand donde poder alquilar un coche para recorrer las treinta millas hasta mi destino.
Llevo unos cuarenta minutos conduciendo por carreteras perdidas en el Parque Nacional de Yellowstone, pensando que quizá no haya sido muy buena idea venir justo en esta época del año.
Esta región es de las más frías en los Estados Unidos, y en unas semanas se empezará a notar.
Ante mí, el paisaje se extiende como un cuadro que he olvidado cómo apreciar.
Mis ojos se pierden en las elevaciones más altas, donde los colores del otoño reinan las majestuosas montañas.
Atisbo, de vez en cuando, cómo el río, que tiene por nombre el mismo de la zona, serpentea entre los campos interminables y bajo un cielo tan vasto que parece devorar el horizonte.
Contemplo la fauna salvaje campando a sus anchas.
Un lugar único, con una variedad enorme de paisajes que no deja indiferente a nadie.
Llevo un rato escuchando la radio local y ya he colapsado.
Conecto el bluetooth de mi móvil al sistema del coche.
Suena Avril Lavigne; hago todo lo posible por relajarme, acompasar de nuevo la respiración y deleitarme con las vistas mientras conduzco los últimos minutos que me separan de la zona a la que me dirijo.
Montana es uno de los lugares más hermosos en los que he estado.
Y lo dice alguien que, gracias a su trabajo, ha visitado numerosos países y preciosas ciudades distinguidas en todo el mundo.
Icónicas, paisajes de ensueño… Sin embargo, Montana es mágico, especial.
Con esas vistas a las solemnes montañas Absaroka como telón de fondo y con su característico río.
De vez en cuando, desvío la mirada de la carretera para apreciar los grandes molinos de viento, diminutos en la lejanía del valle.
También observo las reses que pastan mansamente por la zona.
La carretera tranquila me permite deleitarme con cada detalle.
Miles y miles de hectáreas que, una vez pasados los carteles informativos que anuncian que falta poco para llegar, me recuerdan que todo ese terreno infinito pertenece a mi familia.
Montana es el estado en el que nací, concretamente en la ciudad de Livingston, donde albergo los recuerdos más bonitos de mi infancia.
Esos que creía olvidados, pero que al bajar del avión me asaltaron y ocuparon mis pensamientos.
Quizá por eso me siento así, porque ha pasado mucho tiempo desde que nos marchamos.
Tan solo tenía seis años cuando mi madre dejó a mi padre, hizo las maletas y me llevó consigo.
Tiempo después, Tiffany Brown la gran diseñadora —mi madre—, me explicó el motivo de nuestra marcha.
O al menos, las partes que ella consideró oportunas.
Me contó algo sobre haberse dejado llevar por el primer amor, con todo lo que eso conlleva, y después haberse casado demasiado joven.
Según ella, aquel amor la cegó. Se mudó con Ted, mi padre, a su ciudad natal.
Abandonó sus sueños para estar con él y siempre fue una infeliz.
Supongo que el verdadero problema es que nunca supieron hablar las cosas, llegar a acuerdos de pareja y formar un equipo para ser felices.
Debían quererse por todas sus cualidades, incluso pese a algunas de ellas, pero no lo hicieron.
Conozco a la perfección a mi madre y uno de sus defectos es que es muy egoísta, siempre pensando en ella y en su propia vida.
Por eso sigo sin entender cómo fue capaz de dar aquel paso y dejarlo todo para seguir a Ted.
Con los años, siempre me decía: «El amor es una patraña, se gasta, Brooke».
Hasta que su mantra se convirtió en el mío.
Así pues, el día que abandonó a mi padre me arrastró con ella, a pesar de saber que este lugar era mi sitio en el mundo y me hacía feliz.
Con nuestra marcha no solo dejamos este rincón del planeta y a mi padre, sino también a mi abuelo, a quién adoraba, a gente que recuerdo querer como si fueran de mi familia y a mi mejor amigo.
Aunque este último se haya desdibujado en el tiempo.
Puede que con seis años no se tenga la suficiente capacidad de entendimiento para comprender el gran significado de «mejor amigo», pero yo lo sentí como tal y sé que lo fue.
Aquel chico, algunos años mayor que yo, llegó a mi vida un día cualquiera de diciembre y se quedó en ella, a pesar de que al principio le costó tragarme.
Aún tengo la certeza de que le resulté algo pedante y demasiado risueña para el estado en que se encontraba aquel muchacho cuando llegó.
Supongo que éramos muy diferentes. Mira tú por dónde, hoy en día nos hubiéramos caído muy bien en el acto, porque aquella niña de seis años, feliz con lo que la rodeaba, desapareció el día que la obligaron a marcharse.
¿Y él? Con el tiempo, su recuerdo se difuminó en mi mente.
Si alguien no te quiere en su vida, ¿para qué mantenerlo en la memoria?
Sí, sé que los momentos que pasé con él fueron únicos, y ese sentimiento no lo ha olvidado mi corazón.
Pero a veces la mente es más poderosa, y salvo la nostalgia de lo que sentí siendo tan pequeña, todo lo demás lo he olvidado.
Tan siquiera recuerdo su aspecto; su rostro lo ocupa una gran sombra oscura que soy incapaz de distinguir con nitidez.
Cabeceo para apartar esos pensamientos. Total, después de dieciocho años, en este lugar no quedará nada que haga latir mi corazón nuevamente.
Al atravesar la Puerta Norte de Yellowstone, llego a Livingston.
Con sus animados restaurantes y tiendas históricas, algunas en pie desde el siglo XIX.
Como, por ejemplo, la icónica librería Sax sin embargo, mi falta de previsión jugó en mi contra.
Olvidé decirle a mi asistente que me buscara alojamiento para las próximas semanas y, cuando llamé desde el aeropuerto, el hotel estaba completo.
No tuve más remedio que aceptar quedarme en el único sitio donde no me quieren.
Minutos después, el GPS me guía por una carretera larga, bordeada de árboles y acres de terreno verde y amarillento, fruto del otoño inminente.
La carretera cambia poco después. En lugar de asfalto, la gravilla cruje bajo los neumáticos mientras avanzo.
El sol brilla y el cielo es de un tono tan azul que temo estar viviendo un sueño.
Las hojas pintan el lugar con colores llamativos y dorados.
Y entonces, tras cruzar la entrada embarrada, con sus postes de madera y el letrero desgastado por los años, lo veo: el Rancho Collins.
Un rancho gigantesco en toda regla. No una simple casa.
No. Sino una vivienda principal, robusta, con madera blanca y marrón, tejados grises, y una estructura imponente.
A su alrededor hay varias edificaciones: lo que parece un garaje independiente, donde puedo ver varias camionetas, cobertizos para el heno y el almacenamiento, terrenos para la ganadería y extensas hectáreas de cultivo y pintorescos paisajes,
con sus exuberantes prados verdes y flores silvestres que florecerán vibrantes en primavera o verano y sus colores ocres, naranjas, amarillos y marrones en otoño. Como ahora.
Un refugio idílico para los amantes de la naturaleza.
A simple vista, el rancho del que me había olvidado por completo parece estar rebosante de vida animal y tiene un gran potencial de venta.
Cumple con todos los requisitos e incluye las características ejemplares que buscan los compradores sofisticados de ranchos.
No es que sea una experta en la materia, pero me informé un poco antes de venir y barajé mis opciones.
Detengo el coche para admirar la entrada, decorada con arbustos y setos desprovistos de flores. Apago el motor, aprieto las llaves en un puño mientras lo observo a través de la luna delantera y me infundo de valor.
En cuanto me bajo del coche, con toda la parsimonia posible para ser consciente de la decisión que tomé al venir a este recóndito lugar, fijo mi mirada en toda esa madera blanca y marrón que abarca la edificación y sus tejados de diferentes alturas.
Sin nada de por medio que me impida apreciar cada espacio en detalle, siento que es mucho más grande de lo que recordaba.
Descomunal, más bien.
El lugar realmente es precioso, imponente y rústico. Y no creo estar preparada para esto. Pero no hay otra opción.
Ha llegado el momento.