Las chicas de la calle Magnolia Capítulo 39
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Capítulo 39

Candela cumplía treinta y seis y lo supo antes de bajar al patio, porque la casa olía a bizcocho.

No a bizcocho de horno de pueblo, de los que se compran.

A ese otro, el de la encimera, el de siempre, el que Remedios dejaba empezado en un plato con un trozo envuelto en papel de aluminio «por si te entra luego».

Marina lo había hecho con la receta de la maestra, que se sabía de memoria de haberla mirado hacer mil mañanas, y lo había hecho sin anunciarlo, y ese olor subiendo por el hueco de la escalera un sábado a las once era la manera que tenía aquella casa de felicitarla.

Bajó. En el patio, entre la parra de sombra fea y los cuatro esquejes en fila, estaban puestas dos mesas juntas con un mantel que no era de nadie, y alrededor la gente.

Las otras tres. Sebas con el delantal de fuera del bar.

Lucía de rodillas en una silla, dibujando.

Y Álvaro, en un rincón, sin bata, con las manos en los bolsillos y una cara de estar donde tenía que estar.

—No hemos puesto globos —dijo Rocío, adelantándose— porque dijo Marina que salías corriendo cuesta abajo.

—Y tenía razón —dijo Candela.

Se rieron los cuatro, y en la risa se les fue el susto que traían, el de haberle montado algo a la que no se dejaba montar nada.

Candela los miró uno por uno con su oficio de siempre —el de ver lo que la gente esconde— y esta vez no había nada escondido detrás.

Estaba todo delante, encima del mantel: el bizcocho con una vela sola, sin números, que a los treinta y seis las velas de contar son una crueldad; un plato de tortillitas que había mandado Pepa; y una servilleta con un dibujo de Lucía en el que se distinguían cuatro mujeres y un magnolio del tamaño de una casa.

El móvil de Rocío sonó apoyado en la jarra del agua. Era Martín, desde Málaga, la cara pegada a la pantalla y detrás una cocina que no era la de allí.

—¡Felicidades, Candela! —Y se le oyó a Charo por detrás, «que no se acaba el bizcocho sin nosotros», y se cortó la llamada con esa prisa de los críos, que dan el recado y ya están en otra cosa.

Gonzalo se asomó a media mañana, dejó una caja de fruta de la lonja «que sobraba» —no sobraba— y no se quedó, porque los hombres como Gonzalo saben cuándo un patio es de mujeres.

Y cuando ya estaban todos con el bizcocho en la mano, Marina se secó las suyas en el delantal, cosa que hacía cuando iba a decir algo que le costaba, y dejó sobre el mantel, delante de Candela, una llave.

Una llave sola. De las antiguas, con el paletón grande y el ojo redondo.

—Es del local de al lado del Espigón —dijo Marina, sin mirarla del todo—.

El de la difunta Angustias, la mercería.

Lleva dos años con el cartel de traspaso y yo lo he apalabrado con la sobrina, que está en Sevilla y no lo quiere.

—Ahora sí la miró—. No es un regalo con trampa, Candela.

No es «quédate». Es «por si quieres quedarte», que no es lo mismo.

Si te vuelves a Jerez, la sobrina lo traspasa a otro y aquí no ha pasado nada.

Candela cogió la llave. Le pesó lo que pesan las cosas que pesan: nada en la mano y todo en otro sitio.

Y le entró el miedo primero, que era como le entraban a ella las cosas.

El miedo de deshacer diez años de vivero armado planta a planta, una vida entera hecha tierra adentro para poder dormir.

Le duró lo que un latido. Porque debajo del miedo, sin pedirle permiso, ya se le había puesto a trabajar la otra cabeza, la de florista, la que entra en un sitio vacío y lo ve lleno.

Los cubos de zinc a la entrada, donde diera el fresco.

El mostrador para atar. Las coronas —porque coronas también, que en un pueblo de mar al que se va al mar hay que despedirlo con flores— al fondo, lejos de la puerta.

Y en el escaparate, mirando al puerto, lo que el pueblo pidiera: un ramo de novia, una maceta de albahaca, un geranio para una ventana.

Con la llave todavía en la mano y el bizcocho a medias, ya lo estaba colocando.

—A ver si va a resultar —dijo Lucía, muy seria, levantando la cabeza del dibujo— que tú no tienes mote.

—¿Cómo?

—La tía Marina es la Sargento. África es la Jirafa. A Rocío la llaman Radio Ro. —Los iba contando con los dedos manchados de rotulador—. Y tú no tienes. ¿Por qué tú no tienes?

Se hizo uno de esos silencios que en aquella casa no eran incómodos.

Candela no tenía mote. Nunca lo había tenido; había sido siempre la callada, la que no daba materia.

Lucía la miró de arriba abajo, las manos con tierra que no se le iba ni fregando, el tiesto que había subido con ella hasta al cumpleaños, y decidió con la seguridad con que deciden los niños.

—Pues Maceta —dijo—. Porque siempre llevas una. —Y volvió al dibujo tan tranquila.

—Maceta —repitió Sebas, saboreándolo—. Le va.

Y a Candela, que dieciocho años atrás un hombre callado la había sacado de una multitud «como se coge una maceta que se va a caer», le pareció bien que la niña la bautizara sin saber nada de aquello, con una palabra chica, de estar por casa. No dijo lo del bautizo. No hacía falta decirlo.

Nadie lloró en aquel patio. La emoción se quedó donde tenía que quedarse: en una vela, en una llave, en un dibujo con un magnolio demasiado grande.

*

El domingo por la mañana Candela se levantó antes que la casa, como siempre, y bajó al patio con la regadera.

Era la última mañana de las noventa y dos.

Esa noche se cerraba el plazo y al día siguiente la casa sería suya, de las cuatro, pero el agua no entendía de fechas y las plantas tampoco, así que hizo lo de todos los días: los geranios, la albahaca, las aromáticas del poyete.

Y al final, como al final, los cuatro esquejes en fila a la derecha de la cancela.

Se acuclilló delante. El de Rocío iba tirando.

El de Marina, fuerte y torcido. El de África, el más alto.

Y el suyo, el cuarto, el que en treinta y seis años no había echado una flor.

Le pasó revista con el dedo, como pasaba lista, y le contó las hojas por costumbre —una, dos, tres, cuatro, cinco, seis— y ahí se paró.

Porque en la punta de la rama, donde el verano pasado no había más que el tallo terminado en seco, había una yema.

Una yema nueva. Chica, apretada, de un verde tierno que no le pegaba a la madera vieja de alrededor.

No la yema de siempre, la dura, la que llevaba tres veranos igual sin abrirse.

Otra. Una que no estaba en junio, que no estaba en agosto.

Y Candela, que se ganaba la vida con esto y lo sabía mejor que nadie, supo lo primero que sabe una florista: que un magnolio no echa yema en septiembre.

Que no tocaba. Que estaba fuera de temporada, contra el calendario, contra lo que debía.

Le vino, sin decirla en alto, la voz de Remedios agachada como ella el año en que las plantó: las cosas vivas tienen cada una su reloj.

Dejó el pulgar posado encima. No apretó, que a lo vivo no se le exige.

No dijo nada, porque no había nada que decir.

Estuvo así un momento, agachada delante del esqueje que no florecía, como dieciocho años atrás, cuando agachada delante de aquel mismo tallo sin flor había decidido irse tierra adentro, lejos del agua, a un módulo de jardinería en Jerez donde una podía vivir de espaldas al mar.

Se levantó. Y siguió regando.

*

A Fali la llamó desde el patio, sentada en la mesa de hierro de las macetas, con el sol de la mañana subiendo por la tapia.

Se lo dijo despacio, con el cuidado que piden las cosas que llevan dentro un traspaso y una vida.

El vivero era suyo, si lo quería. La casa, las bandejas, la clientela, el jazmín que ella no dejaba tocar a nadie.

Tres veranos regando bien, madrugando bien, callando cuando había que callar: se lo había ganado.

Fali se quedó sin palabras primero y luego le sobraron todas, y Candela la dejó hablar, mirando el esqueje de la yema mientras la muchacha le prometía que al jazmín lo iba a cuidar como si fuera de ella.

«Que ya es tuyo, criatura», le dijo Candela.

Y Fali se reía y decía que sí, que ya era suyo.

Dónde iba a dormir ella, eso no lo tenía resuelto del todo.

El número siete era de las cuatro y las cuatro no cabían a la vez para siempre.

Ya se vería. De momento, su cuarto de abajo, el del fondo, el que le tocó la primera noche porque abajo dormían las que volvían con el mar a la altura de los pies.

De momento, eso. Lo demás tenía su reloj, como todo.

*

Por la tarde subió Álvaro y se sentaron los dos en el banco de piedra de la calle de atrás de la iglesia, el mismo, a la sombra, donde ella había llorado como no volvería a llorar.

Esta vez no lloró. Trajo la llave de la mercería en el bolsillo sin saber muy bien por qué, quizá para enseñársela, y él la miró en la palma de su mano y no dijo «qué bien» ni «cuánto me alegro», que no era hombre de esas cosas.

—Me quedo —dijo Candela. Por decirlo en voz alta una vez, a alguien.

—Ya lo sé. —Álvaro miraba al frente, a la pared blanca—. Lo supe ayer, cuando cogiste la llave y se te fueron los ojos a colocar los cubos.

Sacó del bolsillo una cosa pequeña envuelta en papel de periódico. Era un cuentahílos de latón, de los de contar los hilos de la tela, que había aparecido en un cajón de la mercería cuando bajaron a verla. Lo había limpiado. Se lo puso en la mano sin ceremonia.

—Para lo tuyo también sirve —dijo—. Para mirar de cerca una semilla, un bicho en una hoja. —Una pausa suya, de las que ocupaban su sitio—. Y para contar, que a ti se te da.

No era una broma. O era la clase de broma que se dice sin reírse, que era la única que él sabía.

—En octubre, cuando abra la tienda —dijo Candela, mirando el latón—, voy a llamar a ese compañero tuyo de Cádiz. El de la cabeza. —Lo dijo con la calma de cambiarle la tierra a una planta: sin drama, porque tocaba—. No sé para cuánto. Pero llamarlo, lo llamo.

—Bien —dijo Álvaro. Nada más. Y estuvo bien que no fuera nada más.

Volvieron a la plaza andando, con un palmo de aire entre los dos, ni más ni menos, que a Candela le seguía pareciendo el sitio exacto. Él no vivía en el siete, ni ella le había pedido que viviera, ni había una promesa grande metida en aquello. Había otra cosa, más callada.

—Yo ya esperé dieciocho años sin saber a qué —dijo Álvaro, al llegar a la esquina—. Ahora sé. —Y no añadió más, porque él era así, de dejar las frases enteras y quietas, como quien deja una piedra bien puesta.

*

La firma fue el lunes a las doce, en la notaría de Inma, en los bajos de la casa de la plaza, a dos puertas del Espigón. Placa de latón, la maceta de gitanillas en la puerta, dentro las cuatro sillas y una.

Inma les puso los papeles delante. La condición cumplida: las noventa y dos noches hechas, del veintiuno de junio al veintiuno de septiembre, una por una, sin que faltara ninguna de las cuatro ni una sola.

La casa de Remedios pasaba a ser de ellas.

Firmaron por orden, y cada firma sonaba en aquel despacho pequeño como suena el pestillo de una puerta que por fin se puede dejar abierta.

—¿Y ya está? —preguntó Marina, con la pluma todavía en la mano.

—Y ya está —dijo Inma, recogiendo los folios—.

Esto es una firma, no un entierro. Aquí no hay más carta, ni más instrucción.

—Los cuadró en la mesa con dos golpecitos del canto—.

Bueno. Una cosa dejó dicha para hoy, de viva voz, y no era secreto.

Me dijo: «Inma, el día que firmen no te me pongas solemne, que las notarias solemnes espantan la suerte.

» —Media sonrisa de maestra jubilada—. Así que hala. Firmado y a comer.

En la puerta de la notaría se dieron los abrazos partidos, los de la gente que se va a medias. Rocío subía esa tarde a Madrid a firmar su salida del plató, lo de la costa, lo nuevo.

—Vuelvo en nada —dijo, y no era del todo verdad y sí lo era—. Que le prometí a Lucía lo de la radio del colegio, y a esa niña no le fallo yo.

África se iba a Bruselas a cerrar dieciocho años de piso pequeño, a meter en cajas una vida que ya no le servía de dirección.

—Y yo para el puente, a lo de la escuela —dijo, recolocándose el reloj—. Que alguien tiene que llevarle las cuentas al aula esa del mar antes de que la lleven mal.

Se iban las dos, con billete de vuelta, sin saber ninguna que la vuelta de verdad, la de todas, ya estaba puesta para un San Juan que aún quedaba lejos.

Candela se quedó en la acera con Marina, que no se iba a ningún sitio, y sacó las llaves del bolsillo.

Le puso en la anilla la de la mercería, la grande, la de la difunta Angustias, al lado de la del número siete.

Y por primera vez ninguna de sus llaves era la de una puerta por la que salir corriendo.

Enfrente, a dos puertas, el escaparate de la mercería seguía con el polvo de dos años y el cartel amarillo de traspaso.

El pueblo en septiembre, medio vacío, con su versión a medias de todo lo que había pasado aquel verano, yéndose a dormir temprano.

Y aquel cristal sucio, mirando al puerto, esperando a llenarse de flores.

Habría que limpiarlo. Eso, lo primero.