Capítulo 38
En septiembre La Almadraba se iba quedando sin gente como se apaga un puchero: despacio, por los bordes primero.
Se fueron los del camping, se fueron los de los apartamentos de la playa nueva, y el martes quince Marina abrió el Espigón para los de siempre y para nadie más.
La del estanco con su parte, Chano con su caña temprana, y a media mañana la plaza para ella sola.
El verano dejaba de dar dinero, sí. Pero también dejaba de pedir.
Estaba bajando las sillas de la terraza cuando vio bajar por la cuesta al hombre del traje claro.
No era de allí. Eso se sabe antes de verle la cara: por cómo pisa, por cómo mira los números de las puertas buscando el que le han dado.
Traje de lino color hueso, camisa sin corbata, una carpeta fina bajo el brazo.
Entró en el Espigón, miró el trozo de mar que se colaba entre los toldos con ojo de tasador, y pidió un cortado con una sonrisa de las que se ensayan en el coche.
—Un cortado —dijo Marina, y se lo puso. Templado y corto, como el de Remedios, porque no sabía ponerlos de otra manera.
—Marina Quintero, ¿verdad? —Le tendió la mano por encima de la barra—. Bermúdez, de Azahar Costa. Le va a sonar el nombre.
Le sonaba de un membrete azul metido en el cajón de las cosas sin sitio, junto a las postales de Navidad que nunca se enviaron.
Tres sobres en tres meses, cada uno más gordo, todos «muy educados, muy altos»; el de agosto lo había traído este mismo hombre a la cancela, pero con él se las había visto África, y a Marina, hasta aquella mañana, solo le habían llegado los papeles.
Ahora, por fin, le tocaba a ella la cara.
Marina le miró las manos —limpias, de las que no habían fregado nunca una barra— y esperó a ver qué pedía de verdad, que a la gente la leía por eso, por lo que pedía y por cómo pagaba.
—Ustedes firman el lunes, tengo entendido.
—Bermúdez dejó la carpeta en el mármol, sin abrirla todavía—.
Y me manda mi empresa a decírselo en persona, que ya está bien de cartas.
Es la mejor oferta que van a ver por esta casa.
—Bajó un poco la voz, no de secreto, de oficio—.
Se lo digo de corazón: hay un plan parcial en el ayuntamiento.
Si esa manzana se recalifica, y va a recalificarse, ustedes venderán igual. Pero peor. Y yo no habré vuelto.
No lo dijo con maldad. Esa era la parte fea: lo dijo casi con pena, avisando de una marea que iba a subir con ellas o sin ellas.
Fue en ese momento cuando entraron las otras tres.
Venían de la notaría, de dos puertas más abajo, de pasar la mañana con Inma y unos papeles que Bermúdez no sabía que existían.
Rocío delante, con esa manera suya de entrar en un sitio y ponerse al mando sin que nadie se lo pida; África detrás, recolocándose el reloj; Candela la última, callada, con tierra todavía en las uñas de haber regado a la luz del día.
—¿Interrumpimos? —dijo Rocío. Ya había visto el traje claro. Ya lo había realizado entero de un plano.
—El señor de Azahar —dijo Marina—. Que ha bajado a asustarnos en persona.
Bermúdez sonrió con paciencia y abrió la carpeta. Sacó una hoja, la giró sobre el mármol para que la cifra mirara hacia las cuatro, y a Marina no le hizo falta leerla para saber que era más grande que todas las otras juntas.
Fue África la que habló, con la voz plana de traducir, poniéndolo en columnas.
—El plan parcial lo hemos mirado esta mañana con Inma. —Ni un temblor—. La manzana se recalificaría para vivienda. Pisos con vistas. Su producto de costa.
—Exacto —dijo Bermúdez, agradecido de que lo entendieran.
—Ya. El problema es que el número siete no va a ser vivienda.
—África se recolocó el reloj—. Va a ser un equipamiento.
Un proyecto, con la cofradía de pescadores y con el ayuntamiento dentro.
—Hizo una pausa de intérprete, la justa—.
Y recalificar un pueblo entero es una cosa.
Recalificarle al ayuntamiento un equipamiento que él mismo firma es otra guerra.
Esa no la gana usted con una carta más gorda.
Bermúdez miró a las cuatro, una por una. Era buen comercial: supo antes que ellas que había perdido. Cerró la carpeta despacio.
—Piénsenlo hasta el lunes —dijo, por decir algo.
—Está pensado —dijo Marina.
Y cogió la hoja de la cifra, la de los ceros, y la partió por la mitad encima de la mesa.
Y luego partió las mitades. Sin dramatismo, con las mismas manos con que rompía el pan duro para las migas, y dejó los cuatro trozos en un platillo, al lado del cortado.
Ella, que se había pasado el verano aprendiendo a guardar en vez de romper —el cartón del cierre lo tenía en el almacén, doblado, sin tirar—, aquello no era de guardar.
Aquello era de romper, y le supo a gloria.
Bermúdez dejó una moneda de más junto a la taza.
—Invita la casa —dijo Marina, y le devolvió la moneda—. Pero el cortado se lo cobro. Un euro con veinte. Clavado. —Porque a los suyos no les cobraba, y él no era de los suyos, y ella marcaba la frontera donde la había marcado siempre: en la caja.
El hombre del traje claro subió la cuesta y no volvió, y no dejó nada detrás, ni siquiera miedo.
*
—Va a ir diciendo que somos cuatro locas —dijo Marina, recogiendo los trozos del platillo.
—Que lo diga. —Rocío se sentó en un taburete—. Peor sería que nos llamaran las que vendieron.
Lo del proyecto llevaba dos semanas cociéndose, desde la noche de los Faroles, aunque ninguna lo había dicho en voz alta hasta que Inma les puso los números delante aquella misma mañana.
La casa no se vendía. La casa iba a ser una escuela de vela y aula del mar para los críos del pueblo, los que en invierno no tenían más que hacer que mirar las barcas desde el muelle.
Gonzalo de patrón y de director, que para eso era secretario de la cofradía y sabía de mar más que de hablar.
Bajó él a media tarde, con Lucía de la mano recién salida del colegio, y se sentó en el Espigón sin saber que se sentaba a una reunión. Marina les puso un batido y un café, y se apoyó en la barra a oír cómo se armaba la cosa, que era su sitio favorito para oír armarse las cosas.
—Lo que quede del fondo de Remedios, para arrancar —dijo Inma, que había bajado también, con su libreta—. Ella dejó dicho que lo que sobrara al final del verano fuera para vosotras. Pues ya está dicho para qué.
—La cofradía pone dos barcas viejas y sitio en el pantalán —dijo Gonzalo—. Eso lo saco yo adelante en la junta de octubre; los viejos llevan años quejándose de que los chavales no saben ni hacer un nudo.
—Y el ayuntamiento, el local del varadero y los permisos —remató Rocío, que ya lo tenía minutado—. Con salir en el bando de fiestas se conforma el alcalde. Le viene de cara.
Una frase cada uno, y la cosa se tenía de pie. A Marina, que llevaba toda la vida cuadrando cajas ajenas, le pareció que aquella cuadraba mejor que ninguna, porque no la sostenía el dinero: la sostenía el pueblo, cada uno arrimando un hombro.
La parte del chico se apartó por teléfono.
Marina llamó a Málaga desde la barra y le explicó a Charo lo que se estaba montando; y Charo, que era mujer de pocas vueltas, dijo que a Martín le haría ilusión que hubiera algo suyo en aquel pueblo aunque estudiara lejos.
Que se lo reservaran por escrito. Que ya bajaría en verano a estrenarlo.
—Hay que ponerle un nombre —dijo Inma, con el bolígrafo levantado sobre la libreta—. Para los papeles.
Se hizo un silencio de esos que en aquella casa no eran incómodos, sino de estar todos pensando lo mismo y esperando a ver quién lo decía.
No hizo falta votarlo. La casa había sido siempre la casa de Remedios; el bizcocho de la encimera, la luz amarilla, hasta la trampa de amor en que las había metido, todo era suyo.
—Casa Remedios —dijo Marina. Y nadie propuso otro.
Fue Lucía la que dio con el corazón del asunto, sin saberlo, como daban con todo los niños. Estaba dibujando barquitas en una servilleta y levantó la cabeza.
—¿Y me vais a enseñar a mí?
—Tú ya sabes nadar, renacuaja —dijo Gonzalo.
—Yo sé porque me enseñó mamá. —Lo dijo sin sombra, con esa naturalidad con que los críos nombran a sus muertos—. En la poza de Punta del Fraile. Iba de un lado a otro cosiendo las dos aguas, decía ella.
Y a Marina se le quedó la frase pegada, cosiendo las dos aguas, y vio que a Candela también, que hasta entonces no había dicho ni una palabra y tenía los ojos en la servilleta de la niña.
—Para eso está el aula del mar —dijo Candela, muy bajo—.
Para los que le tienen miedo al agua. —Se tocó la muñeca, la magnolia, y siguió, mirando la plaza y no a nadie—.
Si a mí a los diecisiete alguien me hubiera sentado en una barca y me hubiera enseñado que el agua no muerde, a lo mejor no me habría ido tan lejos de ella.
A lo mejor no me hubiera hecho falta un módulo de jardinería tierra adentro para poder dormir.
No lo dijo con pena. Lo dijo con el alivio del que por fin le encuentra la utilidad a una herida vieja. Marina no contestó; le puso otro batido a Lucía que la niña no había pedido, que era su manera de estar de acuerdo.
*
Esa noche, cerrando, Marina cogió un cartón de una caja de cascos —el mismo tipo de cartón, la vida son ecos— y un rotulador gordo, y escribió: LOS DOMINGOS, CERRADO. Lo pegó por dentro del cristal, al lado de la persiana verde.
—Trece años sin librar un domingo —dijo Sebas, viéndola desde la plancha ya apagada—. La del estanco se va a morir.
—Que se tome el cortado del domingo en la gasolinera. Un día. —Marina apretó el celo en las esquinas—. Este bar lleva demasiado tiempo siendo lo que se pone entre tú y yo. Un día a la semana, sin barra en medio, a ver qué hay.
Sebas se acercó, se apoyó en el mármol por el lado de los clientes, que era desde donde le hablaba cuando le hablaba de verdad.
—¿Y qué crees que va a haber?
—No sé. —Marina dejó el rotulador—. A lo mejor una tarde tonta.
A lo mejor un día de estos dejamos de impedirnos las cosas.
—No dijo la palabra hijos. No hacía falta decirla; estaba en la mesa, como había estado siempre, solo que ya no era una puerta cerrada con llave sino una que se había quedado entornada—.
No te prometo nada. No te hago un plan. Solo digo que se acabó lo de cerrarme yo la puerta antes de mirar si había alguien detrás.
Sebas no dijo «vale». Aquella noche no dijo «vale».
Le puso a Marina la mano en la nuca, corta, y volvió a la plancha a raspar lo que ya estaba raspado.
Marina se acordó de una cosa que le había dicho a él en agosto, y le pareció que aquello de ahora era su segunda mitad: que se había casado por lo que había, sí, pero que se había quedado por lo que fue llegando.
Y lo que iba llegando, a los treinta y cinco, era un domingo libre y una puerta sin cerrar.
No era poco. A Marina, que sabía de cuentas, no le parecía poco.
*
Lo del sábado lo llevaban entre todos y a espaldas de la única que no debía enterarse.
Candela cumplía treinta y seis el sábado diecinueve.
Y las otras tres, con Sebas de intendencia y Álvaro de correveidile discreto y Lucía de espía —que la niña guardaba un secreto mejor que un notario—, llevaban una semana montando algo pequeño para el patio del siete.
Nada de fiesta; a Candela una fiesta la habría hecho salir corriendo cuesta abajo.
Y un regalo que Marina había apalabrado en secreto: el local de al lado del Espigón, la mercería que cerró la difunta Angustias, con el cartón amarillo de SE TRASPASA en el cristal desde hacía dos años.
Marina había llamado a la sobrina, en Sevilla, para pedirle que no lo traspasara a nadie hasta el sábado.
Por si Candela quería una floristería con vistas al puerto en vez de coronas de entierro tierra adentro. Por si quería quedarse.
Faltó poco para que se fuera al traste. Candela bajó al bar el jueves a por hielo justo cuando Rocío tenía el móvil en la mano enseñándole a Álvaro la foto del local, y Sebas, que la vio venir por el rabillo, cantó una comanda que no existía —«¡marchando dos de calamares!
»— con tal susto en la voz que Candela se paró en la puerta.
—Si no hay nadie en la terraza, Sebas.
—Es para… —Sebas miró a Marina, náufrago— para el congelador. Que hay que rotar el género.
—Los calamares.
—Los calamares.
Candela los miró a los cuatro, uno por uno, con esa cara suya de ver lo que la gente escondía y callárselo. Cogió su bolsa de hielo, y en la puerta, sin volverse, soltó:
—Estáis todos rarísimos. —Y se fue cuesta arriba.
—Nos ha pillado —dijo Rocío, blanca.
—No nos ha pillado —dijo Marina, secando un vaso que ya estaba seco—. Esa lo ve todo. Pero es la que mejor sabe callarse lo que ve. Nos va a hacer el favor de no saberlo hasta el sábado.
Se quedaron los cuatro riéndose bajito, en el bar vacío, con la persiana medio echada y el cartel nuevo de los domingos pegado al cristal.
Después del lunes cada una tenía su viaje pendiente.
Rocío subía a Madrid a firmar su salida —lo del plató por lo de la costa, un cambio que a Marina todavía le costaba explicarle a la del estanco—, y África a Bruselas a recoger dieciocho años de piso pequeño ahora que la excedencia estaba dada.
Pero eso era después. Primero el pueblo, que en septiembre se vaciaba de todos menos de ellas.
Fuera, la plaza se iba a dormir temprano, con el sueño hondo de los pueblos en septiembre. El sábado, el cumpleaños en el patio, con el esqueje que nunca floreció mirando. El lunes, la firma en la notaría de Inma, dos puertas más abajo, y la casa por fin de las cuatro.
Quedaban seis días de las noventa y dos noches.