Capítulo 37
A las siete de la tarde del veintitrés de junio, Nico Herrera llamó a su puerta con un sobre en la mano y la cara de quien ha tomado una decisión grande y viene a dejarla en sitio seguro.
Remedios lo hizo pasar a la cocina, porque a Nico se le hacía pasar a la cocina desde que tenía seis años y venía a que le pusiera mercromina en las rodillas, y le cortó un trozo de bizcocho del que tenía empezado en la encimera.
El chico no lo tocó. Aquello ya le dijo bastante: un muchacho de diecinueve años que no le entra al bizcocho es un muchacho que trae algo dentro que no le deja hueco.
—Guárdemela usted —dijo, y puso el sobre en el hule, entre los dos—. Para ellas. Cuando estén listas. Usted sabrá cuándo, que las conoce mejor que ellas mismas.
Y después, de pie, con la gorra en las manos, le contó lo demás: que al día siguiente se embarcaba en un mercante, un año, o lo que saliera, para arreglar las deudas de su padre; y que esa misma noche iba a sacar las nasas de la Estrella Polar por última vez, porque la barca ya no era de ellos desde hacía un mes y por la mañana venían a llevársela.
Lo dijo del tirón, sin dramatismo, con el aire del que deja las cuentas hechas antes de un viaje.
Remedios cogió el sobre y lo metió en el bolsillo del delantal.
No prometió nada en voz alta, porque las cosas de guardar no se prometen, se guardan.
Toda su vida había sido eso. «Se lee y se devuelve», ponía de su puño en la primera hoja del Matilda de la biblioteca del aula.
Cosas que la gente le dejaba y que ella devolvía a su hora, ni antes ni después.
Y ya tenía la mitad de aquello en las manos sin que él lo supiera. Desde el día veinte, desde una tarde detrás de la iglesia con una cría alta vomitando el miedo contra la pared. Así que cuando Nico habló, Remedios oía dos historias en una sola boca y se callaba la que no le tocaba.
Se acostó tarde, como siempre, con la luz amarilla de la cocina encendida por si acaso.
A las doce menos cinco lo oyó volver corriendo cuesta arriba.
Le abrió antes de que llamara. Venía otra vez, sin resuello y con una alegría que le partía la cara en dos, a pedirle el sobre de vuelta un momento.
Lo abrió en el hule, escribió cuatro renglones deprisa por detrás y se los leyó él mismo, en voz baja, sin creérselo del todo: que le dijera a África que sí, a todo; que a partir de ahora serían dos esperándola; que mañana no se embarcaba, que mañana empezaba.
Y a Remedios se le juntaron las dos piezas en las manos, la del día veinte y la de aquella noche, y encajaron con un ruidito limpio que solo oyó ella.
Le dio un beso en la frente al chico y lo mandó para el puerto, que tenía faena.
Cerró la puerta contenta. Contenta de verdad, hay que decirlo, porque es lo único que importa de aquella noche: se acostó feliz por ellos dos.
Poco después oyó unos pasos bajo el magnolio. Unas chanclas que se paraban un momento al pie del árbol y seguían cuesta arriba. No se asomó. En San Juan la calle Magnolia era un ir y venir hasta el amanecer, y ella no era guardia de nadie.
No le venía el sueño, y subió al mirador de la Cruz a tomar el fresco, que era lo que hacía cuando no le venía.
A las doce y media lo vio soltar amarras y sacar la barca del puerto silbando, tranquilo, la lucecita de proa apuntando a la bocana.
Un hombre que ha hecho las paces con algo sale así al mar.
Se quedó un rato más, por gusto. Y a la una y diez vio salir del agua, en la playa chica, una figura pequeña que se quedó un momento en las piedras y luego echó a andar hacia las casas.
No supo quién era ni qué hacía allí una criatura a esas horas, y le entró el frío de no saber, ese que no calienta ninguna rebeca.
Pensó que sería algún chiquillo de la verbena bañándose de noche. Se bajó a la cama.
Al amanecer no aguantó más en las sábanas.
Bajó ella a la playa chica, con el frío todavía puesto, a mirar dónde había mirado desde arriba.
Entre dos piedras, en el sitio justo, había una florecilla de plata que no era plata, de las de dos euros de la feria, con un cordón de cuero reventado.
La recogió. La conocía: era de muñeca de niña, y de niña la había visto ella en una muñeca concreta.
Se la guardó en el otro bolsillo del delantal, y ya no fue capaz de dejar de saber lo que aún no sabía.
Cuando Chano entró en el puerto gritando el nombre de una barca, Remedios ya estaba en lo alto de la calle.
No miró el mar. Miró a las niñas, una por una, repartidas por la arena como no las había visto nunca, y las fue contando por dentro con la costumbre de cuarenta años de lista.
Estaban las cuatro. Faltaba un nombre. Se metió las manos en los bolsillos del delantal —en uno la carta, en el otro la flor— y bajó a poner agua a hervir, que era lo que sabía hacer con las manos cuando ya no se podía hacer nada.
*
Aquel verano las llamó a merendar. Fue por las cuatro casas diciendo lo de siempre, «mañana os venís al siete, que he hecho bizcocho», y subieron.
Pero en vez de meterse en la cocina se quedaron en el patio, de pie entre los esquejes, cada una tocando algo que no hacía falta tocar.
Y Remedios, que tenía la mesa puesta y el bizcocho cortado, se quedó detrás del cristal de la cocina y no bajó.
No bajó, y ha tenido dieciocho años para arrepentirse y no se ha arrepentido, porque lo pensó bien allí mismo, con la mano en el bolsillo del delantal y el sobre de Nico dentro.
La carta decía «cuando estén listas», y no lo estaban; se lo estaba viendo en la cara a las cuatro.
Y en el sobre, debajo del nombre del chico, había cuatro renglones que contaban lo de África sin permiso de África, y a África le había jurado en aquella misma cocina que aquello no salía de allí hasta que ella dijera.
Bajar era romper una de las dos cosas. Así que las miró echar cada una su llave a una puerta distinta, cuatro puertas, y se quedó del lado de dentro del cristal, dándoles su rato. No estaban listas. Ni ella tampoco.
A África se la llevó a Sevilla en septiembre, a casa de una prima suya que no preguntaba, con la coartada del curso en el extranjero que se inventaron entre las dos.
El niño nació en marzo, y Remedios lo tuvo en brazos lo que hubo que tenerlo, ni un minuto más, porque aquello no era suyo.
La cría lo dio en adopción con la cabeza fría y el corazón hecho pedazos, que es la única manera de darlo bien, y en un papel del expediente puso un nombre para el día que el niño, de mayor, quisiera saber de dónde venía: el de Remedios.
La única del mundo que sabía las dos puntas del hilo.
Y lo intentó por las buenas, año tras año.
Cada Navidad se sentaba a la mesa camilla con las postales del estanco, las del abeto y la purpurina, y les escribía a las cuatro, a cada una la suya, buscándoles las señas nuevas por donde podía.
Le volvían. «Devuelto al remitente. Destinatario desconocido», con las señas viejas tachadas, pisos que ya no eran de nadie, una ciudad de fuera con un idioma que ella escribía despacio, aplicada, como una alumna.
Algunas ni las echaba: las escribía y se quedaba con ellas en la mano, sabiendo que no había buzón para aquello.
Las ató con una goma y las guardó en el cajón hondo del aparador, esperando una dirección que no cambiara.
*
Se murió Salvador Herrera en el once, del pecho, y Remedios fue al entierro con la carta en el bolsillo, como iba a todas partes por si acaso, y volvió con ella, como volvía siempre.
Al padre de Nico le habría tocado saberlo, que su hijo salió al mar por él.
No se lo dijo. No era de él aquel papel; era de las cuatro, y las cuatro andaban esparcidas por el mapa como los esquejes del patio, cada uno con su reloj.
El pueblo hizo lo que hace el pueblo, que es seguir.
San Juan volvió a ser San Juan; a los pocos años ya decían «el pobre Nico Herrera, que en paz descanse» sin bajar los ojos, y estaba bien que así fuera.
Marina heredó el taburete del Espigón y desde allí se enteraba de todo, y de casi nada.
Rocío daba las noticias por la tele, y Remedios se compró unas gafas nuevas para verla en el ordenador que le puso el sobrino, porque en la televisión de la casa no le entraba aquel canal; la veía dar el parte del mundo entero con la voz que ella le había enseñado a no dejar temblar, y le hablaba a la pantalla como una vieja tonta, «mi niña, respira antes del último punto».
Candela plantaba flores en Jerez, tierra adentro, lejos del agua.
Su esqueje, el cuarto de la fila, seguía sin echar una flor.
Las cosas vivas tienen cada una su reloj, ya lo decía ella, y hay relojes que se paran a esperar.
Envejeció guardando. Es lo que sabía hacer.
*
En octubre del año pasado llamó al número siete una señora de una oficina de Cádiz, muy correcta, con esas palabras lavadas que usan los que trabajan con dolor ajeno.
El chico quería saber. El niño de Sevilla, que ya tenía dieciséis años y una familia buena en Málaga que lo apoyaba, había empezado a buscar de dónde venía, y en un papel de hacía dieciséis años seguía puesto un nombre: el suyo.
Le llegó justo cuando le habían dado los análisis.
No hace falta contar más de eso; lo que le dijeron en Cádiz se lo guardó ella también, como todo, y no dejó que le cambiara la letra más de lo justo.
Le escribió al chico dos cartas. La primera se la comió medio bloc, buscándole el tono a un nieto que no sabía que lo era.
La segunda le salió en cuatro renglones: que viniera en verano, que lo estarían esperando.
La firmó sabiendo que ella, para ese verano, no iba a estar.
La echó al correo sin que le temblara el pulso, que para las cosas que importan siempre le sobró pulso.
*
Y entonces se puso a levantar la casa como se levanta una obra: con planos, con plazos y con un buen encargado.
Del testamento se ocupó desde la cama, con Inma sentada a los pies tomando nota.
Las cuatro tenían que vivir en el número siete de junio a septiembre, las noventa y dos noches enteras, o las cuatro o ninguna.
Sabía que aquello se podía impugnar, que era discutible, que a lo mejor no venía nadie.
Lo pensó muchas noches: ¿y si no venían?
¿Y si el chico no llamaba a la puerta? No tenía ninguna certeza.
Tenía a cuatro niñas que había conocido de crías y una idea de cómo eran por dentro, y con eso se jugó el final.
Un maestro no aprueba a nadie por adelantado; solo pone el examen bien puesto y confía en lo que enseñó.
Escribió las cuatro cartas a mano, con la letra ya de prestado, agarrándose al renglón.
La que más le costó fue la de Candela. A las otras tres les pedía cosas que sabía: una cena, un mes cerrado, una puerta abierta.
A Candela le pedía que lo contara todo, y ella no sabía cuál era el todo.
Solo había visto, desde un mirador, a una cría salir del agua en la noche más larga.
Le estaba pidiendo a una mujer que soltara un peso cuya forma exacta Remedios no había llegado nunca a ver.
Escribió «cuéntaselo, todo» y se quedó un rato mirando la palabra, fiándose de la niña más de lo que la niña se había fiado nunca de sí misma.
Buscó al arquitecto por teléfono, con Inma de intermediaria. «Búscame uno que sepa apuntalar», le dijo, «no uno que sepa tirar paredes, que de ésos hay muchos. Uno que las sostenga.» Vino un madrileño tranquilo que no preguntaba, que era justo lo que hacía falta en aquella casa.
La lata la escondió ella misma. Le costó lo suyo agacharse, pero se agachó, detrás del zócalo del salón, en el escondrijo que había picado hacía años para lo que hiciera falta guardar.
Dentro puso la foto de los cinco en la lumbre, la que le pidió a África revelada en Barbate; los programas de las fiestas de un pueblo que siguió celebrando; la florecilla de plata, para devolvérsela a Candela sin dársela; y un sobre pequeño, cerrado, con dos palabras por fuera que le salieron torcidas de la mano que ya no obedecía: «Todavía no».
Volvió a tapar el zócalo. La obra pasaría por allí; de eso se encargó ella al hacer el plano con el chico.
Firmó en la notaría en marzo, por su pie, con dos testigos, Remedios Alcántara Ponce, con una letra que ya no era la suya y que aun así aguantó el renglón hasta el final. Y le hizo jurar a Inma que ni una coma se cambiaría, pasara lo que pasara, viniera quien viniera a pedirlo.
—Instrucciones son instrucciones —le dijo Inma, y lo dijo con la gravedad de un juramento.
—Ésas —contestó Remedios—. Que ya está la casa armada. Ahora que caigan solas.
*
Se apagó una tarde de mayo, en el hospital de Cádiz, sin ruido, que era como lo hacía todo menos regañar. No le dolió apenas, y lo que le dolió no se lo contó a nadie.
Pasó lista una última vez, por costumbre, que una maestra no se muere sin pasar lista.
Rocío, la que se fue. Marina, la que se quedó.
África, la que huyó más lejos. Candela, la que cargaba con la peor parte sin dejar que nadie se la cogiera.
Y el quinto, el del medio, que contaba siempre.
Los contó a los cinco y esta vez no le faltó ninguno, porque los tenía a todos guardados donde nadie se los podía quitar, y a punto de devolvérselos unos a otros.
En el número siete se quedó encendida, como todas las noches, la luz amarilla de la cocina, por si la última en subir la necesitaba.
Y detrás del zócalo del salón, a oscuras, esperaba una lata de mantecados con una pastora medio comida por el óxido, y dentro un sobre con dos palabras que aguantaban la respiración hasta el verano: todavía no.